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sábado, noviembre 08, 2014

La duda combustible
















Era fácil adivinar el primer gran desenlace del caso Ayotzinapa: luego de la larga y mañosa espera venía la previsible andanada de resultados que dicen pero no dicen, que son pero no parecen, todo enunciado al gaseoso estilo de siempre. Un recorrido a paso veloz por los grandes escándalos de los sexenios recientes nos permite apreciar que en el librito de la comunicación oficial lo importante es dejar sembrada la mayor cantidad de dudas, aplicar el viejo y manoseado recurso de la opacidad que, pasado cierto lapso, todo lo mitiga.
Remontémonos (sólo por hacer un corte temporal relativamente próximo) al 94, a marzo del 94. El asesinato de Lomas Taurinas quedó de inmediato manchado por datos borrosos y contradictorios, por evidencias que de botepronto daban para pensar en una sofisticada operación de enrarecimiento. De hecho, el dato principal no es claro hasta la fecha: ¿el sujeto captado por las cámaras inmediatamente después de la agresión a Colosio es el mismo que tiempo después fue presentado (ya con lentes) ante los medios de comunicación o en el camino lo sustituyeron por otro como si fuera un doble de película? Pese a las cientos de páginas y videos generados hasta la fecha, nada se sabe en realidad con total certeza, nada, y hasta el lugar de los hechos fue modificado antes de que en el futuro a alguien se le ocurriera reconstruir la trama, rehacer el film.
Poco después asesinaron a José Francisco Ruiz Massieu y despareció Manuel Muñoz Rocha, diputado federal y presunto autor intelectual del crimen. La pesquisa incluyó, esto jamás lo olvidaremos, la pericia de Francisca Zetina, “vidente” y sembradora de cráneos. Pese a la magnitud del homicidio y pese a los fiscales especiales y toda esa vaina engañabobos, ni antes ni después ni nunca logró ser esclarecido bien a bien aquel enredo.
Asesinatos, masacres y demás se han sucedido pues sin freno y jamás ha quedado establecido nada en limpio. Adrede traje como ejemplos dos crímenes salientes por la ubicación política de los personajes. Si en esos casos no fluyó la información hasta caer ya destilada en un recipiente claro, menos en los centenares de casos en los que, por montones, caen ciudadanos de a pie, hombres y mujeres sin notoriedad social. Acteal, Aguas Blancas, San Fernando y similares y conexos siguen siendo en México las masacres insignia de los años recientes, ¿y qué quedó allanado desde entonces sobre ellas, quién fue castigado? El calderonismo genocida, por ejemplo, atiborró el país de muertos y todo terminó apegado a la tradición del carpetazo, una de las más socorridas en la realidad que padecemos.
Por eso ahora no podíamos esperar algo distinto. Luego de más de cuarenta días de incertidumbre y zozobra, el ya cansado procurador Murillo Karam sale a declarar que en efecto han sido hallados y estudiados muchos cadáveres (o lo que quedó de ellos) y tiene a unos cuantos sujetos ya detenidos como presuntos responsables. El inmenso aparato de seguridad y de procuración de justicia metido en el asunto y son apenas ofrecidos estos pobres resultados que, por otro lado, en todo momento exculpan al gobierno federal. En fin, grotesco.
La diferencia entre las dudas que quedaban hace años y ésta es enorme: no sólo se ha llegado, parece, al colmo del cansancio social, sino que ahora hay mecanismos de acceso a la información que no están controlados en su totalidad por unos pocos. Por eso creo que esta vez la respuesta podrá ser otra, por eso hablo en el encabezado de este comentario de una “duda combustible”, una duda que no sofoca sino que enciende, que encorajina más.

domingo, marzo 23, 2014

La tarde-noche de aquel 23














Faltaban dos o tres años para que internet comenzara la invasión de los hogares, así que en marzo de 1994 todavía nos informábamos sólo con los periódicos y las revistas, la radio y la televisión. Se suponía que los medios electrónicos eran los más veloces, y lejos estábamos de imaginar que cerca de veinte años después las redes sociales permitirían diseminar una noticia por todo el mundo a sólo unos segundos de haberse dado.
Llegué aquel miércoles 23 de marzo a casa luego de ofrecer un par de clases en la universidad. Me faltaban exactamente dos meses para cumplir treinta años, era soltero y tenía un cuartito independiente en casa de mis padres. Mi biblioteca, la cama, una mesa de trabajo y la maravillosa máquina de escribir Olympia color guinda estaban allí. Creo recordar que también contaba para entonces con la tele Hitachi en blanco y negro que agarraba la señal con un gancho de ropa en calidad de antena. El caso es que llegué como a las siete o poco más, encendí la tele y al primero que vi y oí fue a Javier Alatorre, ya para entonces el lector de noticias estelar en TV Azteca.
Al principio me desconcertó que estuviera fuera de su horario. Algo había pasado. Luego lo dijo claramente, pero todavía sin datos precisos: habían atentado en Tijuana contra el candidato del PRI a la presidencia. Al parecer dos o tres balazos. Hacía enlaces un tanto torpes, no se sabía mucho en Tijuana y menos en el DF. Lo único verdaderamente cierto en ese momento era que el candidato había sido llevado con urgencia a un hospital, grave.
Poco después, casi a las nueve, en cadena nacional, el vocero de la campaña del PRI, Liébano Sáenz, dio la noticia: el candidato estaba muerto.
Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Jamás se supo bien a bien qué pasó. Muchas pistas fueron borradas, quizá hasta cambiaron al asesino material, fiscales especiales fueron y vinieron, el país se puso más tenso que de costumbre, corrió un río de tinta, pero con claridad no se supo nada de nada.
Siempre he creído que la orden salió del lugar del que se sospechaba más, pero no podía decirse. Ni entonces ni ahora, pues de alguna forma ese poder sigue vigente y es muy grande, grandísimo, inmenso, el mayor del país desde 1988 o poco antes.