Mostrando las entradas con la etiqueta madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta madrid. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 18, 2026

Gerda en la trinchera

 















Entre el 17 y 18 de julio de 1936, hace justamente noventa años, comenzó la Guerra Civil española, una de las confrontaciones más sangrientas que registra la historia del siglo pasado y sin duda el hito bélico que gravita más en el presente español. El alzamiento militar en Melilla y Ceuta, posesiones españolas conservadas hasta la fecha en África, fue el banderazo de salida para el golpe que después encabezaría uno de los generales sublevados: Francisco Franco. Luego del albazo, poco a poco los “nacionales” avanzaron por territorio de España y en el camino, de oeste a este, encontraron la confusa oposición de los “republicanos”. Es innecesario añadir que las batallas produjeron una carnicería sobre la que la justicia jamás se expidió, así que aquello sigue archivado en la ominosa impunidad.

A la violencia se sumó el poderío del armamento y la asesoría de Hitler y Mussolini en respaldo de los golpistas. La llamada Segura República poco a poco fue desmoronada hasta que, tres años después, en abril de 1939, cayó y dio inicio al medievo español del XX: la dictadura de Franco que extendería su mancha política, económica y socialmente venenosa hasta 1975. En realidad, llegó más lejos, hasta nuestros días, pues muchas de las grandes fortunas actuales fueron amasadas mientras el Franquismo reprimía, mataba y hacía negocios privados con recursos públicos.

En efecto, los estragos de la guerra que comenzó hace nueve décadas siguen vigentes no sólo en lo económico. En el plano ideológico, los nietos de la Falange mantienen vigente un pensamiento perrunamente conservador. Controlan la economía, los medios más importantes, la justicia y algunos partidos que, como el PP y Vox, no tienen tapujos para disimular así sea un poco su carácter ultrarreaccionario. El discurso de personajes como Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal hacen innecesarias mayores explicaciones. Como otras tantas naciones del mundo, España corre hoy el peligro de caer en las garras de su Trump o su Milei con el plus de la maldad de larga data cultivada en las mazmorras de la Inquisición.

Durante la Guerra Civil se formó un grupo de artistas que manifestaron su apoyo a la República en peligro. En él participaron Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Elena Garro y Silvestre Revueltas, entre muchos otros que viajaron desde lejos y se unieron a la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura en la que también participaron, claro, españoles como Rafael Alberti, su esposa María Teresa León y León Felipe. Mezclada con tales personalidades anduvo una joven rubia, de baja estatura y políglota. Su nombre era un seudónimo: Gerda Taro. Había nacido en 1910, en Stuttgart, Alemania, en el seno de una familia judía. Se llamaba realmente Gerta Pohorylle Boral, y como parte de su educación vivió un tiempo en Lausana, Suiza. Su origen, su ideología y sus amistades provocaron que saliera de Alemania, pues el nazismo, con la figura del Führer en la cima del poder tras el derrumbe de la República de Weimar, era una amenaza nada ilusoria, más concreta que un gueto.

Una esplendida biografía titulada Gerda Taro. La primera fotorreportera que se (sic) dejó la vida en el campo de batalla (RBA, 2020, México, 185 pp.) ilumina la circunstancia de Pohorylle, quien en efecto arriesgó su vida por cumplir con la labor de documentar los más cerca posible la Guerra Civil. Malamente y no sé por qué, esta semblanza exhibe el crédito de su autora con extrema cicatería; su nombre es Betty Doñate, reportera y escritora catalana.

Decía pues, basado en el texto de Doñate, que Gerta se estableció en París sin documentos para trabajar. Sobrevivió como pudo, sabía francés y era una excelente mecanógrafa. Allí convivió en círculos de jóvenes revolucionarios y allí conoció a un joven también migrante de origen húngaro: André Friedmann, cuyo verdadero nombre era Endre Ernö, pues también ocultaba su origen judío. Era fotógrafo, operaba una cámara Leica, y poco a poco se había edificado una buena reputación en el oficio de fotorreportear.

Las carambolas de la azarosa vida que movía en París a la joven alemana terminaron por acercarla afectivamente a André y, por esto mismo, a la fotografía, actividad que llamaba su atención. La relación de Gerta con André y el despertar de su curiosidad por el arte fotográfico coincidieron con el estallido de la Guerra Civil en España. El joven fue contratado por revistas francesas para hacer fotos en el campo de batalla, y en ese momento Gerta tuvo la idea de acompañarlo. Entre los dos crearon una agencia y para denominarla se les ocurrió, casi como broma, un nombre falso: Robert Capa, supuestamente un experimentado fotógrafo norteamericano.

Aunque atravesada por cierta irrealidad, la agencia consiguió los contratos para hacer fotos de la guerra, así que Gerta y André cruzaron los Pirineos. Llegaron a Barcelona, pasaron a Madrid y luego a la zona de Andalucía, tomaron muchas fotos que luego aparecieron publicadas en Francia con la firma “Photo Robert Capa”. La conclusión del público lector fue obvia: ese nombre correspondía a un hombre, no a una mujer. Como Gerta deseaba hacerse de prestigio como fotorreportera, con el paso de los días comenzó a usar el seudónimo Gerda (no Gerta) Taro, que le sonaba a “Greta Garbo”, actriz a la que admiraba. Así nació “Reportage Robert Capa & Taro”.

Tras algunas separaciones de André, motivadas por el mismo trabajo que los obligaba a cubrir distintas zonas en conflicto o a viajar a París para entregar material y establecer nuevos contratos con revistas y diarios, en Gerta se radicalizó el deseo de usar su oficio como herramienta de denuncia. Tomó muy en serio uno de los consejos de André: para obtener buenas fotos hay que acercarse al acontecimiento tanto como sea posible. Al trabajar sola, Gerda decidió arrimarse hasta la misma línea de combate, acompañar, con alto riesgo de su vida, a los milicianos de la República. En un combate librado al oeste de Madrid, tenía casi 27 años cuando arreció la lluvia de balas, y al escapar sobre un vehículo atestado de heridos, mal tomada del estribo y cargada con su equipo fotográfico, cayó al suelo y el carrete de un tanque le pasó encima. Quedó gravemente herida, lograron llevarla a un hospital, pero murió desangrada algunas horas después.

La joven fotógrafa de la línea de fuego recibió un multitudinario homenaje en Madrid y luego en París. Fue sepultada en el cementerio del Père Lachaise, en la capital francesa, y hasta la fecha su sepulcro recibe visitantes que le dejan flores y mensajes de cariño y admiración.

En esta época de posverdades y mentiras descaradas, de fotos trucadas con herramientas digitales y, lo peor, de crecimiento neofascista en modo cínico, la Guerra Civil española nos recuerda, entre otros muchos hechos, que Gerda Taro, armada sólo con su cámara y su voluntad, entregó la vida al periodismo. La pequeña rubia con corte de pelo a la garçonne fue una “cazadora de luz” (como la definió José Bergamín), en donde la palabra luz es sinónimo de foto que a su vez es sinónimo de verdad. Hasta la fecha, aquellas imágenes captadas por Gerta Pohorylle declaran que la lucha contra el fascismo, sea cual sea la trinchera que se elija, no debe suspenderse.

sábado, junio 15, 2024

La ruta de don Miguel

 









Leo la cronología preparada sobre Cervantes en un libro que por ahora no viene al caso mencionar, y quedo una vez más aturdido ante los vericuetos por los que debió atravesar el más grande escritor de nuestra lengua antes de llegar a la composición de su obra cumbre y no cumbre. Si me pidieran una sola palabra para resumir toda su andanza, diría ésta: odisea. Y sí, su vida fue una odisea tan agitada y agobiante que apenas es posible creer que en medio de tan incómodas peripecias el Manco fue capaz de crear lo que creó. Si no fuera porque es cierta, la suya parece una cronología fantástica, el itinerario de un ser salido de la imaginación de un fabulador que nos quiere ver la cara.

Ya desde pequeño comenzó su trashumancia. Había nacido, como sabemos, en el ombligo de España, en Alcalá de Henares, hacia 1547. En 1551 su familia pasó a Valladolid, donde los huesos de su padre recalaron en la cárcel, un hábito, como se vio luego, que también bullía en el ADN de Miguel. Bajo el sol vallisoletano llega a 1566, cuando pasa a radicar en Madrid. Allí le ocurren dos hechos significativos: publica por primera vez (unos poemas que no ha celebrado la posteridad) y cae en prisión por un altercado (diríamos hoy “de nota roja”) cuya víctima fue un tal Antonio Sigura. Según la cronología, este desaguisado pudo ser la causa de su salida de una península para deambular en otra, la italiana, donde arreció una movilidad que no halló sosiego durante décadas, puede decirse que hasta su muerte.

Sin reposo, ajeno a las comodidades del business class o de los hoteles contratados por internet, un poco por culpa de su voluntad y otro poco por la mano invisible del azar, Cervantes erró por Roma, Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma, Ferrara; participó en el combate de Lepanto, luego en otros por zonas de la costa africana como Corfú, Bizerta y Túnez; cuando desea regresar a España lo toman cautivo y llega a su célebre confinamiento en Argel. Tras un lustro de prisión, es rescatado, vuelve a España y sigue allí su errancia; viaja a Lisboa; se casa; en Sevilla cae preso y ya para no marear más el periplo, llega a Madrid siempre a los tumbos, sin saber cuál iba a ser su siguiente derrota (“derrota” en ambos sentidos de la palabra).

En todo aquel trajín, como pudo se las arregló para leer y aprender en los libros que se le atravesaban, y es de suponer que debió obligarse a la comprensión inmediata de lo leído, pues no tendría luego la oportunidad de revisitar las mismas páginas. Más importante fue su lectura de la vida: en sus viajes mediterráneos se las vio con todo género de personas, de todas las calidades, condiciones y estados, desde el sujeto prominente al desvalido, desde el lúcido al imbécil. Todos le enseñaron a conocer la entreverada naturaleza humana, tanto que en su cautiverio argelino concibió la idea de escribir la historia del caballero andante y de toda la caterva de personajes que en su historia se congregan.

Para los parámetros de su época y aún de la nuestra, Cervantes fue longevo: vivió casi setenta años. Podemos decir que en los primeros cincuenta, entre caídas y quebrantos más que entre ascensos y caricias, aprendió lo necesario para trabar en sus últimos veinte años —que tampoco fueron mullidos— la obra que lo haría aterrizar en la inmortalidad.

¿Cómo pudo ser que este hombre desventurado, apaleado, ninguneado, molido en el trapiche de una existencia errabunda y tortuosa, haya podido escribir lo que escribió? Su cronología basta para advertir que es un milagro, y que, contra lo que se piensa, la mejor obra de Cervantes fue Cervantes.

domingo, enero 22, 2023

Europa 2022

 











Más de dos meses después y ya en el comienzo de este 2023 he podido revisar las fotos del viaje a Europa compartido con Maribel entre octubre y noviembre del año pasado. Lo digo de antemano: fue espléndido, pero menos por la estancia allá que por haberlo vivido junto a ella.

No dejaré de repetirlo: sé que para muchas personas es común viajar y cada vez son más frecuentes los amigos que en sus redes nos comparten, con legítima, con justificada alegría, recorridos lejanos y a veces lujosos. En nuestro caso asumimos el periplo europeo como una aventura largamente soñada y preparada, y así nos fue, de maravilla.

Ambos, Maribel y yo, sabíamos que cada momento de esta experiencia debía quedarse en nuestra memoria, que no podíamos desperdiciar ningún minuto del paso y la estancia por allá. Si estábamos siendo privilegiados con algo así, juntos debíamos disfrutarlo y agradecer a la vida por la oportunidad, y todavía es hora que en las sobremesas evocamos algún pasaje del hermoso recorrido que nos obsequió el destino.

Todo comenzó el lunes 24 de octubre en el aeropuerto Francisco Sarabia, de Torreón. Volamos a la Ciudad de México y de inmediato abordamos la conexión a Madrid. El cruce del Atlántico, pese a las muchas horas que demanda, se desarrolló sin que lo sintiéramos pesado, pues nos tocó un asiento triple que nos permitió pernoctar (per-noctis, pasar la noche) con más espacio. Llegamos a Madrid y en taxi nos trasladamos al hotel Mayorazgo, casi al lado de la gran Gran Vía. Desde ese punto de operaciones hicimos nuestras caminatas por el centro de la capital española. Ofrecí allí, en la Embajada de México en España, la conferencia que amablemente me organizó el Instituto Cultural de México en España, donde saludamos a mi amigo y paisano Jorge Valdez Díaz-Vélez, poeta y exdiplomático, con quien luego departimos en La Pecera del Círculo de Bellas Artes.

En Madrid (que yo ya conocía) mostré a Maribel los sitios de mayor celebridad: la Cibeles, la Puerta de Alcalá (en reconstrucción), la Plaza del Sol (también en reconstrucción), la Plaza Mayor y un montón de recovecos ubicados en sus inmediaciones. Comimos de todo, paella, pizza, hamburguesas, e incluimos en nuestras ingestas unos churros —los del establecimiento Maestro Churrero aledaño a la plaza Jacinto Benavente— que hace doce años probé y quise que Maribel también insumiera dada su devoción fanática por la harina. Madrid fue el único lugar donde compré libros (siete, en Casa del Libro y El Corte Inglés), pues el viaje no había sido preparado para cargar papel.

Luego de Madrid viajamos a Burgos, una hermosa ciudad de Castilla-León, la cuna de mi admirado Alex Grijelmo. Su catedral gótica, llamada Catedral Basílica Metropolitana de Santa María, es un portento arquitectónico, y en todo momento tuve presente que no estábamos lejos de Atapuerca, paraje burgalés donde se han encontrado vestigios antiquísimos de civilización, entre ellos el llamado Cráneo 14, el cráneo de “Benjamina” que ha dado pie a la noción de una sociedad ya humana, preocupada por el cuidado del otro, una sociedad donde es posible ejercer la “cuidadanía” (“cui-da-da-ní-a”, no “ciu-da-da-ní-a”) de la que habla en sus libros José Laguna Matute. Viajar por los paisajes castellanoleoneses, riojanos y después navarros fue un privilegio. En un punto sentí, sentimos, que algo de aquellos escenarios naturales se parecía a los que vemos en la carretera de Torreón a Durango o Chihuahua.

Pasamos la frontera y entramos a Francia por los rumbos de Biarritz, ciudad que siempre me recuerda “Tu rastro de sangre en la nieve”, quizá el cuento más largo de García Márquez, y “Habla, memoria”, de Nabokov, pues varias veces allí vacacionó su aristocrática familia. Después paramos en Burdeos, la tierra de otro querido amigo mío: Michel de Montaigne, capo del Renacimiento francés cuyo legendario castillo está por esos rumbos. No desaprovechamos la ocasión para empujar allí un vino bordelés, quizá el más emblemático en la industria vitivinícola de toda la otrora Galia. Luego, al siguiente día, llegamos a Amboise, bellísima ciudad donde comimos en un mercadito similar a nuestros tianguis. Ubicada junto al río Loira, en esta localidad medieval vivió Leonardo invitado por el rey Francisco I. El viejo Da Vinci murió allí hacia 1519, año en el que, por cierto, Cortés comenzó la conquista de lo que hoy es México. En París nos detuvimos tres días, los tres extraordinarios. Hicimos el recorrido de ley por sus puntos más representativos, como la Eiffel, el Sena, el Arco del Triunfo, el Louvre, los Campos Eliseos y (todavía en faraónica reconstrucción) la catedral de Notre Dame, residencia del jorobado victorhugueano. Aprovechamos un medio día para conocer el palacio de Versalles, último lujoso reducto del decapitado Ancien Régime.

Para llegar a Inglaterra usamos el ferry que parte de Calais, al lado de la peliculesca Dunkerque, hasta los acantilados de Dover. La experiencia de atravesar el Canal de la Mancha fue fenomenal, una travesía que da para poco más de una hora de conversación con sándwiches y cafecito. Tres días pudimos estar en Londres. Igualmente, visitamos los puntos emblemáticos (Big Ben, Westminster y Buckingham) y de casualidad, sin querer, la zona financiera donde nos sorprendieron una buena lluvia y vientos destructores de paraguas. También por allí nos internamos al palacio de Windsor, sitio que es museo sin dejar de ser todavía “casa”.

El regreso de la isla británica al continente se dio de nuevo mediante el ferry, monstruo flotante de metal y de concreto. Nos dirigimos a Bélgica, donde paramos en la húmeda y preciosa ciudad de Brujas, enclave chocolatero. De ese punto nos trasladamos a Ámsterdam, donde hicimos también tres días, los últimos de nuestro viaje. En esta ciudad neerlandesa visitamos la fría y portuaria Volendam y las casitas perfectas, estilo Heidi, de Marken, y en el camino hacia esos puntos no pudimos no asombrarnos ante el sistema de canales que hace tan peculiar y productiva a esta nación atestada de bicicletas. Allí también hicimos un paseo en bote, recorrimos una quesería, el mercado de las flores y visitamos una fábrica de joyas que nos confirmó la fama de los nerlandeses en el trabajo del diamante. Debo añadir que en nuestro último día europeo saludamos a mi querida exalumna y amiga, lagunera ella, Idoia Leal Belausteguigoitia y a su hija Ainoa, quienes generosamente nos visitaron desde Eindhoven, donde radican.

El lunes 7 de noviembre tomamos, muy cansados ya, pero felices, el vuelo de retorno a la Ciudad de México desde el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol, y llegamos a Torreón el martes 8 en la mañana. Así como llegué, con jet lag y todo, pasé directo a la oficina de la universidad, y hasta ahora he podido escribir esta apretada crónica de un viaje que Maribel y yo no podremos olvidar.

De nuevo, una disculpa si los aburrimos con nuestra alegría, pero “así fue”, como dijo el músico-poeta de Ciudad Juárez.

Nota. La foto que encabeza este post fue tomada frente al Louvre, en la puerta del edificio que habitó Tolstoi en París.