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sábado, noviembre 15, 2025

Momentos de Martín Luis Guzmán


 











Se acerca el aniversario 115 de la Revolución Mexicana y siempre es tema de interés más allá de lo que quede vivo o muerto del movimiento encabezado por Madero. Uno de los personajes más atractivos de aquella coyuntura es Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), escritor que nos dejó una obra vasta y ahora por suerte reunida en dos obesos tomos del FCE. No sé si exagero al afirmar que es el mejor escritor adscrito en la saga conocida como “novela de la revolución mexicana”, pero sin duda es uno de sus imprescindibles.

Quien tenga interés por leerlo puede acercarse a la edición ya clásica de La sombra del caudillo, la intonsa (con las hojas de sus tres lados exteriores no cortadas) de Porrúa, o de plano buscar los susodichos tomotes del Fondo. También, como introducción biográfica, recomiendo conseguir el libro Martín Luis Guzmán (Nostra Ediciones, México, 2009, 87 pp.), de Julio Patán (Ciudad de México, 1968). Se trata de un recorrido veloz, de una mirada panorámica al escritor chihuahuense, pues en seis capítulos dibuja aquella vida a la que no le faltó acción ni pensamiento expresado en una escritura siempre filosa, severa y pulcra en lo estilístico.

Desde la introducción, Patán establece que hay dos grandes momentos en la vida de su biografiado: uno, que va de 1915 a 1940, en el que MLG escribe y publica frenéticamente, entre otros, sus libros esenciales: El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa. En este mismo periodo, el chihuahuense participa sin parar de la agitación política desatada tras la caída del Porfiriato, actividad en la que se acerca a los principales líderes, sobre todo a Villa, y también lapso caracterizado por largas radicaciones en Estados Unidos y en España, en ambos casos para ponerse a salvo, como exiliado trashumante.

El otro periodo significativo va de 1940 hasta 1976, cuando se acoge, por decirlo amablemente, al régimen postrevolucionario y goza de espacios laborales y reconocimientos importantes, lo que fue tomado como renuncia a sus juveniles banderas democráticas. Patán lo apunta así (se refiere al regreso de MLG tras el cercano triunfo del franquismo y su estacionamiento en el sistema político mexicano): “Las cosas, sin embargo, cambian dramáticamente con Guzmán desde que sale de la España en guerra para volver a México. Poco a poco, a partir de los años cuarenta, aquel disidente crónico se acerca al establishment posrevolucionario hasta acumular una cantidad difícilmente equiparable de reconocimientos y prebendas a cargo del Estado priísta: presidente de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, senador de la República, embajador ante Naciones Unidas, Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho. El final de este camino, famoso, imborrable, fue su apoyo al presidente Gustavo Díaz Ordaz ante los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Hijo de militar porfirista, MLG nació en Chihuahua por el oficio de su padre, asignado a tal estado del país. A los diez años cambió su radicación a la capital, donde ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria; allí se topó con Caso, Vasconcelos, Reyes y otros jóvenes de su edad influidos por el magisterio del dominicano Pedro Henríquez Ureña. En ese espaco se formaría el Ateneo de la Juventud, grupo que cuestionó el Positivismo oficial como única vía para acceder al conocimiento. Dictaron conferencias, hicieron sus primeras publicaciones, y en el camino los agarró la Revolución y después el asesinato de Madero.

Tanto Guzmán como Vasconcelos fueron quizá los ateneístas más contagiados de fervor político (los más acelerados, diríamos hoy) por lo que se vincularon con las bataholas que los mantuvieron a salto de mata. Lo asombroso es que Guzmán (y de hecho todos los miembros del Ateneo) logró crear una obra literaria vigorosa en medio del oleaje encrespado de la política nacional y los transterramientos. Para el chihuahuense, la década de los veinte fue, como ya se vio, la más productiva, tanto que, como lo consigna Patán, en la segunda etapa de su vida no volvió a producir una obra similar en calidad y cantidad.

Un pasaje muy interesante de la biografía guzmaneana es el que describe el papel de mediador que tuvo poco antes de la Decena Trágica. A petición de Madero, MGL habló con Reyes para que a su vez convenciera a su padre de abandonar la pelea contra el gobierno: “Madero le pide a Guzmán que a su vez le pida a Alfonso que se comunique con su padre y le transmita una oferta ciertamente atractiva: libertad a cambio de su compromiso de retirarse a la vida privada. Alfonso se niega: el padre simplemente se rehúsa a escucharlo a él, tan titubeante cuando de la sucia política se trata”. Más allá de estas tratativas, sabemos lo que pasó después, el baño de sangre en el que se convirtió la asonada antimaderista.

El gobierno usurpador de Huerta provoca la estampida de sus enemigos, lo que lleva a MLG a una primera salida forzada del país. Anota Patán: “Cercados por la policía secreta, deciden hacer un nuevo intento de fuga. Éste es el bueno. Llegan a Veracruz, saltan a La Habana, alcanzan Nueva Orleans y luego El Paso, donde los espera José Vasconcelos. Ya en la franja fronteriza, Guzmán no tiene mayores problemas para llegar a Ciudad Juárez, donde se encuentra con la figura más importante de sus días revolucionarios y una de las más importantes de su vida. En Ciudad Juárez está Francisco Villa”.

El ajetreo del escritor corre como sombra al lado de las coyunturas políticas. En otras palabras, a cada cimbronazo de la realidad mexicana corresponde un movimiento de MLG, sea para regresar o para irse, para acercarse a un caudillo o para romper con él. A alimón crece su obra, sobre todo en los periodos de su residencia en Madrid, donde se reencuentra con su amigo Alfonso Reyes y, entre otras actividades, quizá fundan la crítica cinematográfica para los diarios en español con la columna “Frente a la pantalla” firmada por un seudónimo común: Fósforo. Es de hecho, también, con el libro La querella de México, una especie de pionero en los estudios sobre el Ser mexicano que muchos años después provocaría libros importantes de Samuel Ramos (1934) y Octavio Paz (1950), entre muchos otros autores.

Tras el segundo exilio en España y el estallido de la Guerra Civil, Guzmán regresa a México y acá se encuentra con el gobierno de Cárdenas. Patán dibuja así la escena del regreso: “La última es la vencida. El aterrizaje de Guzmán en el México de Cárdenas es el definitivo. Al coronel, al diputado, al periodista, al ensayista, al conspirador, al novelista, al vendedor de aspirinas, al cónsul, al empresario periodístico, al asesor político lo esperan días de paz y abundancia, con Cárdenas y mucho después. La Revolución, para citar al propio Guzmán, termina de hacerse gobierno con la llegada del general de Jiquilpan al poder, y al escritor exiliado termina por hacerle justicia”. Los beneficios le llegan entonces sin obstáculos, es un escritor apapachado por el sistema y termina su vida en el ocaso del echeverriato.

Más que asomarnos a la segunda etapa de MLG, conviene, en resumen, que nos acerquemos a la primera, la de su obra más saliente. No es hiperbólico afirmar que fue y es el mejor prosista que tuvo nuestra narrativa revolucionaria.

miércoles, febrero 05, 2025

Siete estrofas de amor

 









De casualidad en este febrero releí El “Fausto”, de Estanislao del Campo (Buenos Aires 1835-1880). Es, como cualquiera lo sabe, uno de los primeros libros de la denominada poesía gauchesca, quizá el primer conjunto de obras literarias con marcado acento hispanoamericano. Por sus formas y su compacidad temática sólo podría compararlo con la novela de la Revolución Mexicana, otra corriente nacida y cultivada exclusivamente por un país de nuestro continente.

El “Fausto” es un poema narrativo. Aborda el encuentro en el campo entre don Laguna y el Pollo, dos viejos amigos. Tras los saludos de rigor, el Pollo le cuenta que fue a la capital y en el teatro Colón vio una obra. La representación no fue otra que el Fausto, de Goethe, en la adaptación de Gounod. Don Laguna se interesa en saber qué vio, así que el amigo le comparte el resumen de la historia que ya conocemos, aquella en la que el viejo Fausto ama a una joven inalcanzable, y la aparición y la promesa del diablo para que, mediante un convenio también bien conocido, aquel contacto con la muchacha pueda llegar a su consumación.

La gracia del poema está en que sigue los pormenores de la obra goethiana en un estilo inocente, impregnado de conmovedora rusticidad. El gaucho que cuenta apela a su experiencia para detallar el contenido de la obra. La parte que más me gusta está en la sección IV, y es una descripción de lo que puede sentir cualquier enamorado no correspondido. Son siete estrofitas compuestas en verso octasilábico rimado abba. El signo “//” es salto de estrofa. Vean lo bueno y cierto que es:

“Cuando un verdadero amor / se estrella en un alma ingrata, / más vale el fierro que mata / que el fuego devorador. // Siempre ese amor lo persigue / a donde quiera que va: / es una fatalidá / que a todas partes lo sigue. // Si usté en su rancho se queda, / o si sale para un viaje, / es de balde: no hay paraje / ande olvidarla usté pueda. // Cuando duerme todo el mundo, / usté, sobre su recao, / se da güeltas, desvelao, / pensando en su amor projundo. // Y si el viento hace sonar / su pobre techo de paja, / cree usté que es ella que baja / sus lágrimas a secar. // Y si en alguna lomada / tiene que dormir al raso, / pensando en ella, amigazo, / lo hallará la madrugada. // Allí acostao sobre abrojos, / o entre cardos, Don Laguna, / verá su cara en la luna, / y en las estrellas, sus ojos”.

sábado, noviembre 02, 2024

Amores de Zapata












Solemos imaginar a los héroes político-militares siempre en calidad de héroes, en permanente trance justiciero, es decir, entregados a sus buenas o malas causas las 24 horas del día. Quizá esto se debe a que la categoría de las personas que han llegado al bronce de la plaza pública no admite, ante la mirada del pueblo llano, las ordinarieces de la vida cotidiana, como comer, dormir, hacer del dos o regodearse salivosamente en las alcobas. Muchas biografías dan cuenta de miles de detalles vinculados con las andanzas públicas de los próceres, pero no tantas son las que exploran los pliegues menos evidentes de sus vidas.

Esta laguna también puede deberse a un rasgo del comportamiento humano que fue característico hasta hace poco: la defensa de la intimidad. En efecto, las personas separaban muy bien los espacios de lo público y de lo privado, de suerte que lo segundo permanecía oculto, no se compartía sino muy escasamente. Hoy, en la era de las redes sociales, esto cambió de manera radical: lo privado se enfatiza al grado de convertirnos en delatores seriales de nosotros mismos, todo por la limosna de los likes que nos permiten comprobar que existimos y somos aceptados en la sociedad (digital).

Antes lo privado quedaba oculto y se cuidaba hasta la muerte, lo que movía las palancas del chisme y del infundio. Cualquier error —una infidelidad, por ejemplo— se pagaba caro en el mundillo comunitario, más cuando era pequeño. De ahí viene la sentenciosa frase “pueblo chico, infierno grande”, donde por “infierno” debemos entender “habladuría”, “cotilleo” a expensas del prójimo. En este caldo se movieron los héroes, así que son escasas las andanzas privadas de las que ha quedado huella documental, vacío que por otro lado aprovecha la novela histórica para dar densidad a lo narrado.

El libro Las compañeras de Zapata (Crítica, México, 178 pp.), de Felipe Ávila Espinosa, es un notable ejemplo de investigación abocada a explorar lo que en general ha sido tema secundario. En este caso, la vida amorosa —amorosa en el sentido espiritual y físico del adjetivo— de Emiliano Zapata Salazar, uno de los iconos indiscutidos de la Revolución Mexicana. Sin olvidar el marco de fondo, es decir, el quehacer político del líder morelense y las circunstancias sociales que lo rodeaban, el investigador focaliza su mirada en la promesa del título: los amoríos del caudillo consumados en matrimonio o arrejunte.

No era Zapata, por lo que se lee, un tipo ajeno a los placeres de la carne. Dueño de un carisma poderoso, de ánimo cordial y porte físico espectacular, no faltaron en su vida los encuentros carnales. Debemos, claro, ubicarnos en su contexto: los hombres de aquel tiempo no se ponían muchas trabas para foguearse (esta palabra tiene un significado ígneo) con las mujeres que quedaban a su alcance, más cuando el tipo disponible tenía atributos de pudiente en todos los sentidos. Zapata era joven, buen mozo, vestía bien, montaba a caballo con maestría, lideraba una causa, y todo esto hacía imposible que fuera soslayado por muchas de las mujeres con las que trabó contacto. Por esto no puedo no pensar en la reticencia de la palabra "compañeras" y no "mujeres" en el título, esto para mitigar, un tanto anacrónicamente, la posible y poco bienvenida atribución de donjuanismo al guerrillero prócer.

Felipe Ávila, autor de este libro, es sociólogo por la UNAM y doctor en Historia por El Colegio de México. Es autor de El pensamiento económico, poltíco y social de la Convención de Aguascalientes; Los orígenes del zapatismo, Entre el Porfriato y la Revolución. El gobierno interino de Francisco León de la Barra; Las corrientes revolucionarias y la Soberana Convención; Breve historia del zapatismo (2018), Emiliano Zapata. La lucha por la tierra, la justicia y la libertad (2019); Breve historia de la Revolución Mexicana (en coautoría con Pedro Salmerón, 2017) y Carranza: constructor del Estado Mexicano (2020). Es profesor de Historia del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Además de los apartados introductorios, Las compañeras de Zapata (por cierto, libro pulcramente editado) contiene seis capítulos y un epílogo. Los tres primeros trancos se refieren, en orden cronológico, a las tres mujeres de quienes ha quedado buen registro documental como compañeras del revolucionario nacido en Anenecuilco hacia 1879. Ellas son Inés Alfaro Aguilar, “su primera compañera”; Josefa Espejo, “su esposa”; y Gregoria Zúñiga, “a la que más quiso”. Luego vienen tres capítulos titulados “Goyita y la muerte de Zapata”, “Petra Portillo” y “Otras compañeras de Emiliano”, además del epílogo.

Al inicio, el autor explica sobre Zapata que “Su imagen se ha vuelto un ícono de la cultura popular. Su figura está por doquier, en pinturas de artistas célebres, en monumentos y estatuas, en centenares de fotografías y decenas de videos. Su nombre lo llevan colonias, calles, escuelas, ejidos, estaciones de transporte público, organizaciones campesinas y populares. Sin embargo, sabemos poco sobre la vida privada de Zapata: ¿cómo era con sus compañeras y con las mujeres con las que tuvo hijos, con su familia, con sus amigos y compañeros guerrilleros? Este libro es un primer acercamiento a ese Zapata terrenal, más íntimo, más privado, a través de los testimonios de quienes compartieron parte de su vida con él”.

Para construir su acercamiento, Ávila Espinosa recurre a entrevistas directas con algunas de las mujeres que sobrevivieron al líder tras su asesinato en la emboscada tendida contra él en la hacienda de Chinameca, esto el 10 de abril de 1919. Los diálogos son parte de archivos públicos, no del propio autor con las protagonistas. La reconstrucción de la vida cotidiana en la que se movió Zapata con su ejército tiene, por ello, marcados tintes de oralidad, como en este pasaje salpicado de abundantes nahuatlismos, y así casi todo lo citado in extenso dentro del libro: “Del lado izquierdo del corredor estaba la cocina y también del lado izquierdo de la puerta de esta se encontraba en el interior el tlecuil o fogón sobre el que se colocaba el comal de barro para hacer las tortillas, el tazcal para guardarlas y los tenamaztles, que son tres piedras colocadas de modo que puedan ponerse sobre ellas las ollas al fuego; una tinaja grande para agua, el metate, el molcajete y, colgando del techo, un garabato de madera en donde siempre tenían carne seca o longaniza”.

No se percibe en las declaraciones un mal recuerdo de Zapata, ni en lo sentimental ni en lo político. De hecho, su ruptura con Madero —quien fue padrino en su primera boda— fue más consecuencia de los enemigos que mediaron entre ellos que de ellos mismos: “La relación entre Madero y Zapata fue compleja. Los dos eran hombres sinceros, bienintencionados y preocupados por el bienestar de los demás. Había una simpatía y un respeto mutuos. No obstante, representaban mundos diferentes. Zapata era un campesino del centro sur de México, representante de una cultura tradicional de apego a la tierra y a sus comunidades. La tierra era un medio para obtener el sustento diario, no para acumular riqueza. Madero era un próspero hacendado norteño, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, con una visión de la agricultura como empresa productiva, tecnificada y comercial”.

En los sobresaltos de la lucha revolucionaria que a la postre lo convertiría en leyenda, Zapata se dio tiempo para amar con cuerpo y alma. Ingresar a este sector de su biografía es humanizarlo, es regresarlo a su complejidad, es fundir su bronce para convertirlo en carne y hueso, es perfilarlo tan acertado y falible como cualquier otro ser humano. 

sábado, septiembre 07, 2024

Fervor de Vasconcelos

 











En mi infancia, y en la infancia de todos mis contemporáneos, era común que consumiéramos reiteradamente los mismos productos audiovisuales, llámense películas o programas de televisión. No era posible, claro, que eligiéramos el día y la hora para ver tal o cual obra ante la pantalla de la sala familiar o de la sala cinematográfica, pues todavía no disponíamos de sistemas de reproducción (videocaset o DVD) o programación a la carta del tipo de Netflix, así que nos contentábamos con lo que estaba disponible en el horario habitual de la tele o en la cartelera de las salas de cine. Además, la cantidad de contenidos no parecía, como hoy, infinita, así que podíamos ver año tras año algunas películas de cajón: todos mis contemporáneos nos echamos al menos diez veces las de Pepe el Toro o, en semana santa, Marcelino pan y vino, cinta que nos hacía llorar aunque ya supiéramos desde el principio que nos haría llorar. Esta es la razón por la que mis contemporáneos guardan en su memoria lo mismo que yo guardo.

Uno de los recuerdos compartidos es, quizá, el nombre de Mauricio Magdaleno, quien en muchas películas del Indio Fernández aparecía en los créditos como guionista. Y sí, lo fue de filmes como Flor silvestre, María Candelaria, Pueblerina y muchos más. Como Gabriel Figueroa en la fotografía, Magdaleno era el otro brazo del cineasta coahuilense a la hora de trabajar una película, y fuera del fugaz crédito al inicio de las cintas (antes los créditos totales aparecían cuando arrancaba la obra) nada conocía yo con certeza sobre él. Sólo sabía,  sin haberlos leído hasta ahora, que era autor de los libros de narrativa El resplandor y El ardiente verano.

En los días recientes he subsanado en parte tal laguna con la lectura de Las palabras perdidas (FCE, México, 224 pp.), que insumí en su primera edición (intonsa) de 1956, libro que además tiene un apéndice con fotos y cada capítulo, de los 24 que suma, ofrece un hermoso grabado del maestro Alberto Beltrán. Ha sido una sorpresa redonda, tanto que ya la tengo considerada mi mayor placer literario de agosto/2024. Con una prosa intensa, elegante, ágil y no desprovista de contrapuntos entre la desolación y el humor, Magdaleno reconstruye la odisea emprendida para instalar a José Vasconcelos en la silla presidencial. Aquello ocurrió hace casi cien años, en 1929, y, como bien lo sabemos, terminó en fracaso.

No creo que sea flaco elogio afirmar que la prosa de Magdaleno es parecida, al menos para mí, a la de su coetáneo Martín Luis Guzmán. Lo digo por el ritmo de crónica en caída libre, por el fondo temático vinculado a los golpeteos en el primer momento posrevolucionario, por los ambientes físicos que describe y por apelar muy principalmente a un repertorio acabado de mexicanismos. Al leerlo, uno siente la oralidad del país en muchos trazos, en palabras y locuciones que para nosotros han sido frecuentes en la conversación familiar, en el cotilleo con aire todavía algo rural pero hoy, por desgracia, aplanado por esa máquina uniformadora del habla y la mala escritura llamada internet, sobre todo en su vertiente de las “redes antisociales”, como las llama Horacio Verbitsky, el mejor periodista vivo de América Latina. Por expresiones de cuño mexicano me refiero a algunas como “la carabina de Ambrosio”, “alborotar el huacal”, “pelar gallo”, “aguantar a chaleco”, “echar al plato” y decenas más, acaso cientos que se apiñan en un estilo que no deja de parecer moderno, actual, aunque todavía impregnado de giros un tanto ampulosos, medio declamatorios.

Magdaleno nació en Tabasco, un pequeño municipio del estado de Zacatecas, en 1906, y murió en la Ciudad de México hacia 1986, justo a los ochenta de su edad. Su padre acusó inquietudes políticas, fue simpatizante de Obregón, así que sus hijos Mauricio y Vicente, apenas atravesados los veinte años y junto a varios veinteañeros más, habían sido arrastrados por la pasión política en un México de rebatingas por el poder que tuvo como momento señero el magnicidio en La Bombilla perpetrado contra la figura del presidente electo, lo que fortaleció a Calles y alebrestó a sus opositores de cara al proceso electoral del 29.

Parte de los alebrebrestados de marras (“de marras”, así escribían los articulistas de endenantes) eran los grupúsculos que idearon candidatear a Vasconcelos. En ellos participaban los hermanos Magdaleno, y es sobre la campaña en favor del oaxaqueño en lo que trabaja Las palabras perdidas. El proyecto comenzó casi de casualidad, cuando en 1928 los estudiantes de la capital vieron que se aproximaban las elecciones e intuyeron, sin posibilidad de errar, que el futuro Jefe Máximo manipularía todo para quedar él a la sombra pero sin soltar los hilos que le permitirían controlar el movimiento de sus títeres. Los jóvenes y varios viejos nostálgicos del maderismo pensaron en un posible gallo para la Grande. Calles, quien ya tenía de factótum a Portes Gil, importó a Ortiz Rubio de la diplomacia en Brasil para que actuara como “aspirante” del oficialismo. Allí aparece la figura de Vasconcelos, quien acepta la posibilidad y recibe un respaldo minoritario aunque confiado en su crecimiento conforme avanzara la campaña. La idea era, ya desde entonces, hacer valer los postulados justicieros de la revolución, renovar moralmente las estructuras de poder secuestradas por una cáfila de gandallas con discurso dizque revolucionario y pistola al cinto por si la demagogia no apaciguaba a los rejegos.

El problema, el inmenso problema para los vasconcelistas, como se desprende de la crónica urdida por Mauricio Magdaleno, era que su propósito suponía múltiples obstáculos: no eran muchos los convencidos, tenían pocos recursos, el país era enorme y, sobre todo, estaba plagado de cacicazgos adictos al callismo que podía poner palos en la rueda a las actividades de la campaña o de plano apelar a métodos más taxativos, como las madrizas o los balazos.

Magdaleno escribió su crónica un cuarto de siglo después de ocurridos los hechos que de joven le incumbieron. Cuando vivió lo que allí cuenta tenía 23 años, y Vicente, su hermano, 22. Eran casi unos chamacos, e igual muchos de sus correligionarios, quienes con ahínco juvenil, cuenta el autor, desplegaron sus trajines políticos por la capital y varios estados de la República sobre todo del norte, como deja ver la crónica, ya que casi todo el relato se mueve en la capital, el Bajío y el noreste del país. El proselitismo exigía viajes, pega de carteles, repartición de volantes y mítines en los que la oratoria, todavía una actividad muy apreciada, servía para enfervorizar a los ciudadanos y convencerlos sobre la valía del “Maestro”, como llamaban a quien escribió el Ulises criollo, quien asimismo era un temible orador, ducho para la cita erudita y más ducho todavía para zaherir a sus enemigos con la filosa verba que igualmente se dejó sentir en muchos de sus agrios libros poselectorales, ya cuando por su exilio y su amargura adhirió al nazismo.

“Trato de recoger mis pasos, no de deformarlos. Aquello fue así”, dice Magdaleno a la mitad de su abultada relación. ¿Y qué fue “aquello”? Pues los recorridos, las conversaciones, las actividades proVasconcelos, los errores y más que nada las pocas garantías que los militantes tenían, por ejemplo, al celebrar un mitin, ya que no fueron esporádicas las ocasiones en las que anónimos matones a sueldo los bajaran del estrado a plomazos y en plena efusión oratoria para después hospedarlos, si bien les iba, en alguna celda abundantemente provista de chinches. “Han mandado manadas de asesinos a todas partes a fin de hacernos saltar antes de que los derrotemos en las urnas”, dijo por esos días Vasconcelos según Magdaleno. No era mentira decir eso en el México de entonces, cuando ya comenzaba a cocerse, con la fundación reciente del PNR, el sistema presidencialista del que Calles fue primer mandamás, un sistema de jefatura todopoderosa, revolucionaria de dientes para afuera y para la que los comicios sólo representaban una pantomima de envergadura nacional.

En realidad, Vasconcelos aparece poco en Las palabras perdidas. Los jóvenes dialogan con él en escasas ocasiones y Magdaleno lo muestra como hosco, apenas cordial, pero, pese a esto, ninguno de sus seguidores le regateó una estimación que rayó en la idolatría basada esencialmente en la ponderación de su pasado como secretario de Educación, promotor de colecciones bibliográficas y de revistas como El Maestro (1921-1923). La idea vertebral del plan era, como ya señalé, un sueño guajiro: regenerar el sistema político, abatir en él la podredumbre moral de quienes habían salido gananciosos en la tómbola de la revolución e instaurar un gobierno probo bajo el lema, por cierto muy vasconceleano, “Trabajo, Creación, Libertad”. Si Renato Leduc escribiría años después que “la Revolución degeneró en gobierno”, una idea similar alentaba los esfuerzos de quienes empujaron la candidatura de Vasconcelos: la administración de la cosa pública estaba en manos (garras) de unos pocos buitres en detrimento de las inmensas mayorías, lo cual urgía la implantación de la nueva moral explícita en el ideario electoral vasconcelista.

El final es triste, diríase que hasta dramático. El día de los comicios fue el 17 de noviembre del 29, y con él llegó la derrota cimentada en el chanchullo más directo: la inhibición del voto mediante la fuerza. El callismo, o su instrumento, el portesgilismo, distribuyó saboteadores armados en todos los puntos del país donde sentían que había prendido la prédica vasconcelista, y así el desenlace fue anticlimático porque ni Vasconcelos ni nadie dio respuesta armada al obvio fraude, de donde se deduce que sus intenciones eran buenas, pero mala la organización y pésima la falta de un plan B a sabiendas de que el enemigo impondría sí o sí su plan A. Mauricio Magdaleno, quien vivió la jornada electoral en el noreste —por Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila—, anduvo en ascuas, a salto de mata y en espera del levantamiento por un tiempo, pero nada ocurrió.

Conocemos la historia que vino poco después: Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez fueron impuestos por Calles, quien mantuvo así su poder hasta que se topó con el bigote de Lázaro Cárdenas. Luego, Mauricio Magdaleno se metió a guionista del Indio, escribió novelas, hizo periodismo, dio clases, participó en actividades de divulgación como integrante del Seminario de Cultura Mexicana, fue investido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y llegó a diputado y funcionario público. Entretanto, en 1956 publicó Las palabras perdidas, crónica de una derrota electoral que quizá fue más que eso: una derrota histórica, una derrota que continuó siendo derrota durante varias décadas en un país caracterizado más por los tumbos y por el revoltijo de intereses repugnantes que por la equidad, para decirlo con un estilo que no por oratorio es falaz.

Nota 1. No aguanto las ganas de compartir algunos grabados, ocho nomás, del maestro Alberto Beltrán. Como digo en el comentario, cada una de estas imágenes y 16 más abren cada uno de los capítulos de Las palabras perdidas. No fueron escaneados, sino que les tomé foto con mala luz. Pese a la técnica rupestre que usé para captar cada imagen, es innegable que su calidad plástica conserva gran poder de comunicación. Un dato adicional y asombroso: en 1999 o 2000, no lo recuerdo con precisión, alcancé a conocer en el DF al maestro Beltrán en un encuentro convocado por el Seminario de Cultura Mexicana del que él era miembro. Yo también lo era, pero de la modesta corresponsalía de Torreón. El grabador moriría un par de años después en la misma capital del país. Aquí parte de su obra:




















Nota 2. El libro es completamente asequible, pues ha sido reimpreso y reeditado varias veces desde su publicación hasta la fecha. Puede ser conseguido nuevo o usado, y en este caso, incluso, la primera edición de 1956. Esta es la portada de la edición más reciente: FCE, México, 2006, de fácil localización en línea.



miércoles, junio 26, 2019

Noventa de La sombra




















Otro de los libros imprescindibles que cumplen década en 2019 es La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976), quizá la mejor novela política mexicana del XX. Fue publicada hacia 1929 en el exilio español de su autor, cumple noventa años, y alguna vez escribí sobre ella que la preocupación de Guzmán estaba enderezada no tanto, como en otras novelas más ortodoxas, hacia la anécdota; las peripecias importan menos que el objetivo final: sentar un testimonio literario, con referentes históricos harto reconocibles, sobre la podredumbre de nuestro hacer político cuando ya presuponíamos no sólo el triunfo, sino el asentamiento y los beneficios sociales de la Revolución; La sombra… es una cruda negación de ese supuesto estatus: México todavía arrulla con balazos su naciente vida institucional, y en 1929 lejos estamos todavía de anular tal atavismo.
Más que novelar, Guzmán reporteó y examinó. De ahí que su imaginación no haya operado como lo hacen otros escritores; el chihuahuense observaba y concluía, y esa capacidad radiográfica es de hecho lo más visible en sus primeros libros. En La querella de México (1915), por ejemplo, apunta que como país “Nacimos prematuramente, y de ello es consecuencia la pobreza espiritual que debilita nuestros mejores esfuerzos, siempre titubeantes y desorientados”. O en una entrevista con Eduardo Blanquel: “Sigo creyendo que uno de los graves males de México, de los peores, es su falta de virtud y, por lo tanto, su inmoralidad. La inmoralidad, no sólo en cuestiones económicas, no sólo en cuestiones pecuniarias, sino en todos los órdenes”.
Los análisis de Guzmán sobre nuestra política lo obligan a pensar con pesimismo, pero, como Axkaná González (personaje que ha sido considerado el alter ego del autor en La sombra…), su idealismo no le permite darse por aniquilado. Maltrecho y todo, defectuoso de origen y lo que sea, el trabajo político debe ser desarrollado y acabar con la empistolada barbarie para que el lugar sea ocupado aunque sea por alguna pálida forma de democracia. Sobre esto no se hace muchas ilusiones y el asunto de su relato deriva en una matanza que es calca de otra real, pero el hecho de que Axkaná termine como termina en la novela da la impresión de que el autor cree en el futuro, en la salvación del ideal redentor que seguirá luchando.
Como Pedro Páramo, es un libro básico. Busque la accesible edición de Porrúa, la intonsa. No lo defraudará.

sábado, noviembre 20, 2010

Inacabable 1910



Una de las ideas más recurrentes sobre la Revolución que oficialmente comenzó un 20 de noviembre de hace un siglo exige por fuerza resultados incontrovertibles y perennes. Así, el quietismo de siempre observa que nada debemos celebrar, pues la situación de los mexicanos hoy es igual o peor, si es posible, que la detonante del movimiento armado contra el gobierno re-re-re-re-reelecto de Porfirio Díaz. Cierto que el panorama actual de México es oscuro, que todo pinta para complicarse más y por eso se ha instalado la impresión de que nada debemos celebrar. Estoy de acuerdo, quizá, en no celebrar; no en no recordar.
Pensar en una Revolución como fenómeno dinámico que luego, por razones de triunfo parcial o total, se inmoviliza y acarrea beneficios inmarcesibles para la población es partir de una premisa errada. Cierto que el discurso oficial que se adueñó del triunfo de la Revolución lo hizo a tal grado que la petrificó, la institucionalizó. La realidad de nuestra sociedad, y de cualquier otra, incluso de las que no experimentan ningún fenómeno revolucionario, es precisamente contraria a cualquier estancamiento: la realidad es movediza, cambiante y vive permanentemente atravesada por contradicciones políticas, sociales y sobre todo económicas. La Revolución no fue una panacea, el Remedio con mayúscula, sino un punto de arranque simbólico para articular las fuerzas de la nación con un sentido popular y no privilegiante, lo que al parecer no se dio pues caímos en una especie de monolitismo mítico: la Revolución, la nueva gran diosa del país, remedió de un sombrerazo, de una sola vez y para siempre, todos los males de los mexicanos. Falso.
Negar, por otra parte, que durante muchos años hubo avances sociales es un disparate. La distribución de todo mejoró, desde la educación a la salud, desde el empleo hasta la productividad. Paradójicamente, uno de los estancamientos más salientes del régimen, hasta la fecha, con todo y la transición simulada de 2000, fue el electoral, la bandera más importante que enarboló Madero y prendió la mecha de la inconformidad. Durante un siglo, con algunos mínimos oasis, las elecciones fueron/son controladas por los grupos dominantes, de suerte que esto ha impedido el desarrollo de nuestra acción política. Soy de los que sospecha, empero, la inevitabilidad del mal necesario y coyuntural de un partido fuerte que terminó por calmar al México alebrestado de 1910 a 1930. Para frenar las asonadas, los golpes bajos, las traiciones y los maximatos que alimentaron la nota roja de aquellos años, era necesario sentar bases firmes. Es verdad que se pasaron de rosca sobre todo en el control corporativo, pero fue, despejado todo idealismo, la única forma de encerrar al tigre que había soltado la lucha armada, como dijo, lacrimoso por la prematura nostalgia, Díaz en la escalerilla del Ipiranga.
Recuerdo y no celebración, entonces, si es que en eso hay un matiz, es lo que en mi caso haré o vengo haciendo en este año de lecturas relacionadas con el tema revolucionario en nuestra espléndida literatura. El descubrimiento de la complejidad que tuvo aquella gesta me ha obligado a mirar héroes de bronce como humanos, a comprender su falibilidad, una falibilidad más marcada en el fragor de los acontecimientos, en el momento en el que las decisiones de ruptura, ataque, alianza, fuga, negociación debían tomarse en caliente, con la pistola del enemigo en la espalda o con la desconfianza del correligionario ante los medias tintas.
Petrificar la Revolución, entenderla como un fenómeno inmóvil, es hacer poco, nulo caso a Heráclito. Si algo se mueve, si algo exige una permanente acción popular y compromiso, es el cambio. No culpemos por nuestro quietismo a quienes dieron los primeros pasos para que este país mejorara. Todavía es tiempo de sumarse a algo, a lo que sea. Las revoluciones, las verdaderas, nunca terminan, por eso debemos recordar (re-cor-dar, verbo que etimológicamente significa “volver a pasar por el corazón”) que la nuestra alguna vez comenzó y que somos sus herederos.

Hoy, conferencia de Carlos Flores Revuelta
Hoy a las 12 del mediodía será ofrecida una conferencia sobre danza y Revolución en el Cinart, en la antigua estación del ferrocarril de Torreón. El expositor será Carlos Flores Revuelta. La entrada es libre. Organizan el Icocult y la Dirección Municipal de Cultura.

miércoles, marzo 17, 2010

Los de abajo: el cimiento



He revisitado las páginas de Los de abajo, de Mariano Azuela, con reiterado goce. La primera vez que estuve en ellas fue hace cerca de treinta años, allá por 1983. Luego, creo, volví a deambularlas en los albores de los noventa y hoy, en 2010, he consumado mi tercera lectura de esta novelita que es considerada unánimemente la primera piedra de la literatura de la Revolución Mexicana. Y conste que, por lo pronto, le llamo literatura y no novela. Sé que sus mejores productos fueron novelísticos, pero sentiría injusto no incluir en su gran corpus al cuento e incluso a esa forma de la poesía que es el corrido, es decir, el romance anónimo que cantó las glorias y las desventuras de la muchedumbre revolucionaria.

En efecto, la literatura generada por el movimiento armado que estalló en 1910 es mucha, muy variada y de heterogénea calidad. Por eso hablo de literatura de la Revolución Mexicana, aunque es también cierto que sus picos los halló en la novela. Este ciclo organizado por Saúl Rosales en el TIM da cuenta, precisamente, de las narraciones que con largo aliento dibujaron el lienzo de gran formato que detalle tras detalle terminó por configurar un movimiento sin precedente en la historia de las letras mexicanas. Sobre esto no hay, creo, discusión. La novela de la Revolución Mexicana es un esfuerzo colectivo de raigambre totalmente nacional y sólo tiene, a mi juicio, un equivalente en las letras de América Latina: la poesía gauchesca. Esos dos movimientos, nacidos en ámbitos específicos e identificables por el contenido de sus productos, tienen asimismo sus correlatos continentales: el Modernismo y el Boom.

La novela de la Revolución Mexicana nació, como sabemos, casi en el instante mismo en el que se libraban las más cruentas batallas de la gesta armada que encabezó Madero en 1910. Todavía estaba fresca la sangre en las trincheras y ya un médico maderista escribía pasajes con ese tema como eje de sus narraciones. Él fue quien, sin sospecharlo en aquel momento, colocó el primer eslabón a una cadena de obras que con el tiempo iban a convertirse en un tópico de las letras nacionales. Tengo para mí que a partir de Los de abajo la literatura mexicana comenzó a arar en un surco que extiende sus frutos hasta el presente. Más todavía: creo que el tema de la Revolución Mexicana es el más entrañable asunto de la literatura nacional, pues la mayor parte de sus relatos, muchos de ellos logradísimos, lo han abordado directa o indirectamente: Los de abajo, La sombra del caudillo, Ulises criollo, Cartucho, Apuntes de un lugareño, Tropa vieja, ¡Vámonos con Pancho Villa!, El resplandor, Al filo del agua, Pedro Páramo, La muerte de Artemio Cruz, Gringo viejo y Madero, el otro son apenas algunos de los libros que casi llenan un siglo de literatura y todavía dan la impresión de que no han abordado ni una mínima parte de lo que fue el movimiento revolucionario y sus personajes más salientes.

De todos esos libros, a Los de abajo le cabe el mérito de haber sido, en estricto respeto a la cronología, el primero que plasmó en ágiles estampas las acciones vinculadas al tema de la refolufia. Mariano Azuela lo escribió en 1915, año en el que de octubre a diciembre lo publicó por primera vez, al más puro estilo folletinesco, en el diario El Paso del Norte. Un año después, ese mismo periódico del El Paso, Texas, publicó la novela en forma de libro, y allí empezó el desfile de obras con olor a sangre, pólvora, heroísmo y traición.

Sobre estos libros disertarán varios laguneros convocados por Saúl Rosales; será los martes a las 8 pm en el TIM; hablarán Manuel Terán Lira, historiador; Luis Hernández Aranda, periodista; Carlos Castañón, historiador; Asunción del Río, académica; Alberto Madero, académico universitario; Magdalena Madero, escritora; Javier de la Garza, ex presidente municipal de Torreón y Yolanda Natera, escritora. Ayer me tocó a mí; es un ciclo imperdible. No se lo pierdan.

lunes, marzo 15, 2010

Ciclo sobre la Revolución Mexicana



Biblioteca Municipal José García de Letona
Costado Oriente de la Alameda Zaragoza
Torreón, Coahuila
Ciclo de mesas redondas
La Revolución Mexicana en libros

En el marco de celebraciones por el inicio de la Revolución, en la Biblioteca Municipal se llevarán a cabo cuatro mesas redondas en las que se comentarán libros cuyo contenido es literatura o historia de la Revolución Mexicana.

Programa

29 de abril
“Libros de historia de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Silvia Castro Zavala
Gildardo Contreras Palacios
Javier Garza de la Garza
Salvador Hernández Vélez

27 de mayo
“Libros de novela de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Jaime Muñoz
Yolanda Natera
Luis Hernández Aranda
José Luis Herrera

24 de junio
“Libros de cuentos de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Daniel Maldonado
Gerardo Monroy
Carlos Velázquez
Yohan Uribe

29 de julio
“Libros de memorias de la Revolución Mexicana”

Participantes:
Asunción del Río
Carlos Castañón
Edgar Salinas
Manuel Terán Lira

Biblioteca Municipal José García de Letona
Sala principal
20.00 hs.
Torreón, Coahuila

Entrada libre