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sábado, septiembre 05, 2026

Salud por Hernán


 












Una de las pocas palabras que tal vez no ha logrado destruir la trituradora semántica posmoderna es “lealtad”. No es poco decir, pues ya sabemos lo que significan “libertad”, “éxito”, “cambio”, “democracia” usadas hoy como papel de baño para conquistar las causas más abyectas, como es el caso de Milei y su defensa de “las ideas de la libertad” o de Trump y su noción de “justicia”. “Lealtad” ha sobrevivido, y creo sigue siendo cara incluso en los códigos de corte siciliano, aunque no deja de ser cierto que también se ha visto manoseada por el mercado, esto cuando algunas empresas hablan de la “lealtad del cliente”, una manera de rebajarla y convertirla en cautiverio del consumidor. No está mal ser fiel a un producto o una marca, es verdad, pero siempre y cuando no terminemos en la cesión del noble y desinteresado sentido que atesora la palabra “lealtad”.

Los prolegómenos a este comentario me sirven para traer un ejemplo en el que la lealtad es puramente eso: lealtad. Me refiero al libro Mi amigo Hernán (Grano de Sal-UNAM, México, 2025, 116 pp.), de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948). Estas páginas son una emotiva evocación de un compañero de andadura, la reconstrucción de una amistad larga y sólida. Tras la muerte de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946-2025), Celorio echa a andar la película del recuerdo y levanta un abarcador túmulo de palabras. La mirada recrea pues, de orilla a orilla, al hombre que fue Lara Zavala, su amigo.

No es esta una modalidad desdeñable de escritura. El género oscila entre la memoria, la crónica y el ensayo biográfico, y nadie mejor para ponerlo en acto que un amigo del personaje que partió. Un poco al margen, aclaro que me gusta esta forma de evocación porque creo que, como nadie en La Laguna, he escrito sobre varios amigos y no tan amigos que, como solemos decir eufemísticamente, “se nos adelantaron”. Lo siento como un imperativo, como una mínima evidencia de lealtad o algo parecido. Por esto, que Celorio haya trabajado un libro sobre Hernán y su amistad es agradecible, ya que entre nosotros no es frecuente la gratitud escrita en formato de artículo o columna, mucho menos en la modalidad de libro.

Dicho lo anterior, puede pensarse que el recorrido es triste. Claro que tiene momentos en los que campea la pena e incluso cierto desgarramiento, pero sus páginas son más bien una celebración de la vida y la convivencia literaria. En siete capítulos, Celorio avanza temática y cronológicamente. Nos habla de la formación de Hernán, de su producción literaria, de su devoción por las letras inglesas, de su trabajo como maestro y editor, de sus numerosos viajes, de su labor en la promoción cultural, de sus maestros y amigos comunes, de sus familias, incluso de su cercanía geográfica (pues buena parte de sus vidas fueron vecinos, lo que posibilitó sistemáticos encuentros dominicales) y, claro, del declive en la salud de ambos hasta uno de los desenlaces: la muerte de Lara Zavala.

El tono del libro es sobrio, pero Celorio no deja de hacer sentir en cada párrafo que la amistad puede y debe ser, pese a la cercanía de la muerte, recordada con alegría y gratitud. Salvo en los pasajes relacionados con las calamidades que les acarreó la enfermedad, el autor evoca al amigo para reconocerlo como lo que fue: un ser vital, lleno de ideas, sensible e inteligente. Tales rasgos no son una idealización, sino el registro de la convivencia mantenida a ras de suelo, en las innumerables actividades profesionales y festivas que compartieron como cuates durante décadas. En ellas caben especialmente los muchos viajes que por sus labores como maestros/funcionarios de la UNAM y escritores compartieron por buena parte del planeta, principalmente en Europa y los Estados Unidos.

Una sección muy importante es la que se refiere a todos los libros de Lara Zavala, de modo que Mi amigo Hernán sirve como rápida guía de lectura. También, la que se refiere a su trabajo como editor en la Universidad, donde creó colecciones que hasta la fecha siguen vigentes. El periplo biográfico va más allá de lo esperable, lo profesional, por decirlo así. Se interna en la relación cotidiana, en las costumbres del personaje, en aquello que sólo es visible para quien lo trató de cerca. Por ejemplo, al abordar los hábitos concurrentes en el proceso de escritura: “A diferencia mía, que siempre anuncio mis proyectos literarios, Hernán, como lo he dicho, no solía hablar de lo que estaba escribiendo, como si el solo hecho de decirlo pusiera en riesgo la posibilidad de llevar a buen fin lo que aún tenía en el tintero; de que se ‘salara’, pues. Pero en cambio sí hablaba, igual que yo, de lo que estaba leyendo. Y en esas lecturas del momento basábamos buena parte, acaso la sustancial, de nuestras frecuentes y largas conversaciones”. Y así muchos, muchísimos pasajes que nos dan una idea más cercana del personaje público e íntimo, del escritor y del compañero de trajines.

A propósito de Mi amigo Hernán se me ocurre que podría existir una colección cuya base sea el modelo pergeñado por Celorio. No de tratados académicos, de ensayos biográficos helados y distantes, sino de obras en las que, por lealtad y con escritura afectuosa, se celebre la vida y la obra del cuate que recién haya partido.

sábado, agosto 29, 2026

Agonías del libro

 






Hoy el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos, ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción de verdad en el suministro de información…

Parte de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara. En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien. Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la “decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las inventaran.

Por eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.

No soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado “Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:

A la opinión pública:

Durante los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.

El anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66 años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de una problemática que afecta a toda la cadena del libro.

La desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir, distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública integral y sostenida para el libro y la lectura.

Mientras en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México enfrenta un escenario cada vez más preocupante.

La bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas, géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.

El acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y al ejercicio de sus derechos culturales.

Por ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores, libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores, bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores— hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que fortalezca el libro y la lectura en México.

Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

sábado, agosto 01, 2026

Viaje al fondo del Fondo

 











Desde hace muchos años, quizá cuarenta o poco menos, tengo dos o tres devociones bibliográficas irrenunciables. Una de ellas es, sin duda, la que guardo por el Fondo de Cultura Económica, el sello editorial más importante de México y, si me apuran, de Latinoamérica toda. Un viejo artículo de 1994, creo que ya perdido, testimonió en las páginas de un suplemento cultural mi fervor por los libros del Fondo y el enorme servicio que han brindado desde el 4 de septiembre de 1934, fecha de su fundación. Vamos pues, ya, encaminados a su primer siglo de vida y el Fondo, más allá de cualquier turbulencia coyuntural, sigue firme como una casa editorial enorme para el conocimiento y la imaginación, para toda forma de expresión escrita y gráfica, humanística en suma. El FCE me enorgullece en la materialidad de los muchos, de los muchísimos libros que de su catálogo figuran en mis entrepaños, más de los que la biología me dará tiempo de leer.

No poco de proeza tiene recorrer la historia de una institución como el FCE. Las editoriales grandes, y ésta lo es, ramifican su hacer de tal manera que en potencia su historia podría llenar muchos tomos, una enciclopedia. Del Fondo, por ejemplo, cabría explorar la historia de su origen (e incluso de la situación previa del libro y la edición en México), sus directores, sus autores, sus editores, sus colecciones, sus sucursales, su producción y su distribución, por enumerar los ítems más amplios y salientes en un estudio potencial. De hecho, ya hay libros que se internan en el pasado del Fondo, como Historia de la Casa (FCE, 1994), de Víctor Díaz Arciniega, o, más recientemente, El Fondo, La Casa y la introducción del pensamiento moderno en México (FCE, 2016), de Javier Garciadiego.

Ya compraba y leía libros del FCE cuando llegaron a mis manos las Memorias (Joaquín Mortiz, 1976) de Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo. Dado el género del libro, el economista e historiador dedicó algunas páginas a recordar cómo nació la casa editorial. Al final del “Tramo octavo” (Cosío Villegas dividió su memoria en “tramos”), dice lo siguiente: “El hecho es que en enero de 1935 apareció nuestro primer libro, El dólar plata (¡traducido por un poeta! [Salvador Novo]), y que de allí seguimos hasta hacer del Fondo una editorial de enorme prestigio, que prestó un servicio señalado a la educación y la cultura de México y de todos los países de habla hispana. Valdría la pena hacer su historia, pues el libro que la recogiese resultaría sumamente aleccionador”.

Libros hay ahora, entonces, abocados a bucear en el pasado del Fondo, y uno de ellos es De México para América entera. Pequeñas historias del Fondo de Cultura Económica (Grano de Sal, 2019, México, 300 pp.), escrito por Rafael Vargas Escalante y prologado por José Woldenberg. El subtítulo insinúa un abordaje modesto (“pequeñas historias”), pero sólo admite, quizá, y eso a veces, el adjetivo nomás por la extensión de cada estancia, no por la espesura y el valor de su contenido. Si no conté mal, son 37 textos que equivalen, cada uno, a una ventana para asomarnos al pasado de la casa editorial creada en México “para América entera”. Quienes nada sepan sobre el FCE, lo digo desde ya, este libro es la más grata introducción a su andanza desde 1934 a la actualidad.

¿Por qué la más grata? Porque Rafael Vargas articuló las piezas de este libro luego de haberlas publicado en diferentes espacios de la prensa cultural, es decir, desde su concepción estaban destinadas al público no necesariamente especializado. Tiene mucho, pues, de ameno y anecdótico, de ágil y bien escrito, pero al margen de sus valores más visibles hay debajo de sus párrafos un arduo trabajo de investigación periodística, de data contante y sonante.

De México para América entera configura pues un fresco textual que puede llevar al recuerdo de Rivera: en un plano aparecen, juntos pero no revueltos, los protagonistas de la aventura editorial que comenzó como una mera idea para publicar traducciones de libros sobre Economía y terminó siendo el emprendimiento de carácter bibliográfico más grande de América Latina.

Vargas Escalante, en textos breves e independientes, explora distintos momentos de una sola historia, a varios protagonistas y numerosos hitos. Por supuesto desfilan en sus páginas Cosío Villegas, la labor crucialísima de Arnaldo Orfila, el peso de Joaquín Díez-Canedo, la impagable participación de los republicanos españoles, la disciplina bibliográfica de José Luis Martínez, el empuje de Jaime García Terrés y el talento de muchos y muchas como María Elena Satostegui, Magda Portal y Camila Henríquez Ureña, responsables de sucursales fuera de México. Asimismo, recoge casos específicos de libros y autores como Reyes (Obras completas), Paz (Piedra de sol), Fuentes (La región más transparente), El Popol Vuh, Selma Ancira, Wenceslao Roces, Leonora Carrington, Vicente Rojo y muchos más, todos vinculados de una forma u otra a la sigla FCE. Son particularmente interesantes, por poco conocidos en México, los apuntes del autor sobre las mujeres que fungieron como embajadoras de la editorial fuera de México: las mencionadas Satostegui (España y Argentina), Portal (Perú) y Henríquez Ureña (Cuba y Estados Unidos).

Otra virtud de este libro, por si le faltara una, es la de compartir sutilmente un panorama general de la escritura y de la edición mientras ilumina pasajes del FCE. Dos ejemplos, entre muchísimos otros, podrían ser el de Orfila, quien luego de su injusta salida del FCE, creó Siglo XXI, o el de Díez-Canedo, quien cuando dejó el FCE (1962) lo hizo para fundar su propia casa editorial, Joaquín Mortiz. Así pues, el libro tiene derivaciones, ramas, vertientes hacia muchos puntos del mundo editorial mexicano, latinoamericano e incluso español. Por todo, no vacilo al afirmar que el paseo por sus páginas termina siendo una grata y fructífera inversión de tiempo.

Rafael Vargas Escalante (Ciudad de México, 1954) ha publicado una decena de libros de poesía, entre los que se cuentan Conversaciones (1979), Signos de paso (1994) y Pienso en el poema (2000). Ha colaborado en revistas como Proceso, Nexos, Biblioteca de México, Artes de México y La Gaceta del FCE; en la última revista fue, por cierto, donde publicó previamente gran parte de las piezas aglutinadas en De México para América entera. Las escribió en la época durante la que La Gaceta fue dirigida por Tomás Granados Salinas, quien, hasta donde sé, es el esmerado editor del sello Grano de sal.