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sábado, febrero 21, 2015

Mi dream team gaucho













Acomodar carpetas en el permanente caos de mi computadora siempre trae consigo sus sorpresas. Una de ellas me acaba de alegrar. Hace diez años más o menos trabajé una serie de retratos de los argentinos que más admiro. Mi idea de aquel momento era diseñar una pegatina o sticker (así le llaman ahora, creo) para adherirla en no sé dónde. A esa lista no podría quitarle, hoy, ningún personaje, pero sí añadirle varios, como a José Pedroni y Alejandro Dolina en la literatura, Jorge Cafrune en la música y Osvaldo Bayer en la historia. Sin embargo, así dejo la imagen por ahora, tal y como la diseñé hace una década. Nomás digo brevemente quiénes son y por qué siguen estando en mi dream team gaucho.

1. Atahualpa Yupanqui. El más grande compositor de letras en el folclor argentino y tal vez latinoamericano. Para mí es una especie de padre, un tótem al que oigo con veneración.
2. El Che. Mi primer ídolo político juvenil, el hombre que encarna para mí la totalidad a la que puede aspirar un ser humano.
3. Diego Maradona. El cabrón que ha jugado mejor que nadie, a mi juicio, lo que ya sabemos. Veo las repeticiones de sus jugadas una y otra vez y el asombro me resulta asombrosamente inagotable.
4. Roberto Fontanarrosa. Creí durante muchos años que era sólo Boogie el Aceitoso. Luego supe que era muchos otros personajes diseminados en historietas, cuentos y novelas. El tipo más divertido e inteligente, en esa perfecta combinación, que he escuchado en mi vida.
5. Mercedes Sosa. La voz que a un tiempo representa, para mí, el dolor y la esperanza de nuestros lastimados pueblos. Un amor, la Negra.
6. Jorge Luis Borges. El mejor escritor que he leído y leeré en mi corta vida.
7. Julio Cortázar. Mi primer contacto con la literatura argentina. Sus cuentos fueron el detonante de mis aventuras narrativas iniciales. A su obra le deberé siempre ese estímulo inaugural.
8. Rodolfo Wash. Otro redondo, un hombre de acción y de pensamiento, ejemplo por donde quiera que lo miremos.
9. Roberto Arlt. Una especie de síntesis de lo que es Buenos Aires: soledad, nostalgia, espanto, ternura, fiereza, creatividad, malicia, todo en un solo paquete.
10 Adriana Varela. El tango fue otro cuando oí su voz áspera y pausada. La Gata hizo que por fin yo diera con el intérprete ideal de un género que escucho atento desde la adolescencia.

miércoles, junio 11, 2014

Libros sobre la cancha









En 2006 escribí relatos (los relatos que fueron la patada inicial para Polvo somos, mi libro con cuentos futbolísticos publicado por Arteletra-Axial, 2014, 134 pp.) y en 2010 atormenté el teclado con más relatos y algunos acercamientos, digamos ensayísticos, al futbol no como deporte, sino como nostalgia. Llevo pues dos vinculamientos futboleros e intensivos en sendas etapas mundialistas, así que durante la que comenzará mañana seguiré una tónica relativamente afín: ahora escribiré reseñas de libros que a mi parecer pueden servir, con el pretexto del futbol, para invitar a la lectura. Se trata, pues, de títulos articulados por autores que han campechaneado su pasión, o al menos su indisimulado gusto, por el fut con su, ésta sí, descarada vocación literaria.
Hasta hace poco, la relación de los llamados “intelectuales” con el deporte en general y con el futbol en particular no fue del todo amable. La idea generalizada estableció que son dos esferas muy distantes. Según el cliché, por un lado los futbolistas eran vistos como hombres de acción, sujetos atados al desarrollo de sus capacidades musculares y, por ello, ajenos al cultivo del pensamiento; por otro, los intelectuales, se creía, eran bichos sedentarios y divorciados por completo de cualquier actividad que les exigiera un esfuerzo mayor al de mover las manos, las neuronas y los pulmones (esto último para exhalar el humo del cigarro). Unos se relacionaban a la frivolidad de la carrera y el cabezazo, del sudor y el grito; los otros, al silencio y la concentración, a la soledad y a un inconfeso apetito por “trascender”.
Apuntalado además por la idea de que hacer el juego al futbol era apoyar las evasiones colectivas a los problemas verdaderamente apremiantes de la sociedad, el estereotipo resistió hasta donde pudo. El gusanito del gusto futbolero poco a poco fue avanzando y de esporádicos cuentos y poemas —como el prehistórico “Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga, o “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti— pasamos a libros enteros dedicados al tema. Entre las décadas del ochenta y del noventa la tensión fue desapareciendo y junto con este relajamiento aparecieron obras que amasaban tópicos flagrantemente futboleros sin perder su afán estético o su filo crítico.
Tal es el caso de El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el libro sobre futbol más visible creado por un intelectual de izquierda en América Latina. Y no fue la excepción, sobre todo en el contexto de Argentina, Uruguay, Chile y México. Por ejemplo, el ameno Fútbol argentino, de Osvaldo Bayer, también autor de La Patagonia rebelde y uno de los intelectuales más comprometidos de su país. El caso es que desde diferentes ópticas, en distintos géneros, con el ingrediente del futbol profesional o callejero en el centro o en la periferia de sus obras, muchos escritores han trotado en esta cancha y a mi parecer no son escasas las piezas poéticas, novelísticas y sobre todo cuentísticas estimables.
La lista de autores es ya significativa: Soriano, Fontanarrosa, Llinás, Sasturain, Sacheri, Villoro, García-Galiano, Garrido, Letelier y muchos más, tanto que es mejor ir despachando algunas de sus obras poco a poco, como lo haré en las próximas entregas de esta columna llanera y solitaria.

miércoles, enero 16, 2013

Fontanarrosa por mail















Una de las dificultades más grandes que plantea la literatura es que ya parece toda hecha. Tal vez esa sea la razón por la que muchas vocaciones se quedan en calidad de larvas, apenas insinuadas en unas cuantas líneas. Me refiero, claro, a los escritores en cierne que al leer una obra ajena y genial sienten que no vale ya el esfuerzo de intentar algo que de seguro jamás alcanzará ni los tobillos de lo verdaderamente bueno. En arte no escasea pues el desaliento por culpa de la genialidad ajena que no se da en maceta ni venden en el almacén de los coreanos.
Roberto Fontanarrosa, el famoso Negro, el inmortal dibujante rosarino y canalla creador de Boogie e Inodoro Pereyra, nos dejó además (un además que a mi juicio vale tanto o más que su obra gráfica) muchos libros de narrativa, cuentos y novelas que gracias a Ediciones de la Flor tenemos, eso en México es un decir, al alcance de la vista. He podido comprar algunos libros del Negro ora en Buenos Aires, ora en la Feria del Libro de Guadalajara, ora en alguna librería de viejo deefeña, y siempre que leo sus páginas sobre futbol quedo en la lona, noqueado al estilo Pacquiao y con el ambiguo deseo de retirarme o mantener viva la obsesión de continuar con mis intentos.
Cargadas de imágenes poderosas y de un sostenido tono hiperbólico que barniza al futbol de un aire épico, las estampas de Fontanarrosa siempre son un regocijo para quienes sentimos que este juego es más que un juego de once contra once. Me pasó hace unos treinta minutos, cuando revisé mi buzón de mail y vi que tenía una carta de mi amigo Antonio Cruz, quien radicada en Santiago del Estero, Argentina. Toño me comparte allí un texto de Fontanarrosa que yo no conocía. Lo publicó Roberto Vallejo, un amigo suyo, en el boletín Para leer atentamente. Mi cuate comenta: “sé que, cuando leas este texto, te vas a acordar de Marín y del gran Daniel”.  Sabe Toño que hace poco publiqué un apunte sobre mi primer ídolo futbolero, Miguel Marín, y ahora que leí lo que me envió de Fontanarrosa, al pasar por el nombre del gran arquero no pude no sentir un grato estremecimiento. Por eso, sólo por eso, busqué la foto del aquel Vélez Sarsfield campeón de 1968 donde se ve al joven portero Miguel Marín y, abajo, en cuclillas, con el rostro un poco agachado, a Daniel Willington, uno de esos monstruos que llegaron a nosotros sólo como lejano eco de su grandeza setentera, como pasó con Bochini y algún otro.
Les dejo el texto sobre Willington, una pieza maestra de narrativa futbolera, y mando un agradecimiento a Toño Cruz, que me lo envió, y a Roberto Vallejo, que se lo envió. Aquí prosigo la cadena, pues.

El exorcista

Roberto Fontanarrosa

Era una pelota, señores, poseída por el demonio. Bajaba desde el cielo, créanme, convulsa, atrapada por el efecto espasmódico contraído por un despeje largo y defectuoso o por un disparo trabado a último momento. Digo más, esa pelota, queridos amigos del viril deporte del balompié, traía consigo dos o tres efectos simultáneos: hacia atrás, hacia adelante y hacia ambos costados. Y gemía, crujía, jadeaba, emitía gorgoteos sobrecogedores. Bajaba, en suma, endiablada, hacia un señor que se llamaba Daniel Willington y que la esperaba parado, casi sobre la línea de fuera, midiéndola con la mirada torva de los que saben.
Era en la cancha de Central y, rodeando a Willington, había varios hombres de los nuestros. No intentaron ni siquiera anticipar o intervenir en la jugada. Sabían que esa pelota era imposible de dominar y que el rebote, corto o largo, los favorecería. Willington levantó su pierna derecha con el movimiento lento y acompasado de las garzas, hasta que el pie alcanzó la altura de su propia cabeza. Y la pelota, la trastornada, la rabiosa, la enloquecida, se posó sobre la punta de ese pie derecho para quedar allí, mansa, sosegada, como el halcón que encuentra la mano enguantada de su señor. O, más domésticamente, como el loro que localiza el dedo familiar de su dueño. Así, pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, Willington la bajó casi hasta el piso pero, antes de dejarla tocar el suelo, le dió un golpecito tenue con la capellada, luego otro, y la puso en el pecho de un compañero que estaba a unos diez metros de distancia, por sobre las cabezas de los jugadores de Central.
Recuerdo que se hizo un silencio breve en el estadio y después rompió un aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol. Ni siquiera sé cómo salimos ese día. Me acuerdo, solamente, de esa pelota que bajó Willington.
Fui testigo, asimismo, pasado el tiempo, de cómo el padre Karras expulsaba al demonio del cuerpo martirizado de una niña en "El exorcista". La niña bufaba, se retorcía, vomitaba y emitía aullidos animaloides. Pero, así y todo, les confieso, me impresionó más aquella pelota que bajó Willington. Que no jugaba solo, sin embargo, en ese Vélez campeón del año '68. Había una defensa, al estilo velezano, de gente dura y fornida. Estaba Solórzano, estaba Zóttola. Estaban Ovejero y Atela. Atela tenía la solidez, la expresión prolija y cortante de aquellos que, en solitario y desde las tinieblas, atacaban a James Bond. Marín, el arquero, que también triunfaría largamente en México, revistaba en la línea de los eficientes y tarzanescos, los apuestos, los que bien podrían interpretar al amigo del héroe en una serie televisiva norteamericana mala. En el medio merodeaba Moreyra, un volante alto y habilidoso que mostraba un gran manejo y una particular cabeza esférica y chiquita. En la punta derecha jugaba Luna, un wing absolutamente clásico y formal, de aquellos extremos que disfrutaban de la corrida y el centro como única labor, sin ningún tipo de culpa, antes de que se los empezara a cuestionar y terminaran casi desapareciendo, como los osos panda. Luna era rubio, veloz y vertical. Metía esos centros rasantes y a la carrera, casi sin desbordar al marcador, corriendo aparejado con él, con el chanfle interno de su pie derecho, buscando las cabezas del Turco Wehbe, Carlitos Bianchi o, en menor medida y eficacia, Nogara. Wehbe era un ultraliviano vivo, buen cabeceador y rebotero. Fibroso, agudo, morocho aceitunado, parecía un perfil recortado sobre chapa. De esos goleadores que los relatores deportivos recién identifican cuando salen gritando y reciben los abrazos de sus compañeros tras uno de esos centros rastreros frente a los palos que van a buscar ocho atacantes y catorce defensores. Siempre son ellos, los goleadores, los que la tocaron último.
Bianchi, que por ese entonces asomaba en Primera, tenía otra dimensión, física y futbolística. Más grandote, más pesado, más sólido, era temible lanzado en carrera y podía aguantar con el cuerpo a los adversarios que se le colgaban del cuello o de los hombros. Cabeceaba muy bien y definía con enorme certeza.
Un poco injustamente, aquel campeonato conquistado por Vélez suele recordarse por esa pelota que Gallo, el lateral derecho velezano, sacó con la mano sobre la línea de gol en un partido definitorio contra River, ante la miopía repentina del árbitro Guillermo Nimo. Y no fue una mano cortita, furtiva, el zarpazo invisible de un gato, al estilo de la mano de Dios de Diego Maradona. Gallo se estiró cuan largo es (no lo era mucho) con todo el brazo extendido, para despejar esa pelota que ya entraba, tal como lo registraron algunas fotografías que aparecieron en la revista El Gráfico. Pero, de la misma forma en que no se puede borrar con el codo lo que se escribió con la mano, tampoco se podrá borrar con la mano de Gallo lo que Vélez, en el '68, conducido por el parsimonioso talento de Daniel Willington, escribió con los pies y con el corazón dentro de la cancha.

Posdata. No desaprovecho este viaje para refritear dos enlaces a textos míos sobre Fontanarrosa, ambos publicados aquí mismo: “Genio Fontanarrosa” y “Foto con Fontanarrosa”.

domingo, junio 26, 2011

Las palabras y los goles



El pasado martes 21 de junio participé en una mesa redonda organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón. Trató sobre literatura y futbol, y quedó enmarcada en las actividades que la citada dependencia cultural ha propuesto mientras Torreón es sede del Mundial Juvenil. En la actividad participamos Alejandro Rodríguez Santibáñez, Yohan Uribe, Édgar Morales y yo. Moderó Carlos Velázquez. El texto que ofrezco a continuación es la versión completa de lo que preparé; por falta de tiempo, en la mesa sólo leí algunos fragmentos.

Las palabras y los goles

Jaime Muñoz Vargas

El título foucaulteano de esta aproximación no quiere hacer denso lo sencillo. Es sólo que desde mi iniciación en las artes del balompié callejero, experiencia que data casi exactamente de 1976, las palabras estuvieron muy cerca de mi práctica futbolera bajo los diversos soles de la comarca nuestra. En efecto, casi al mismo tiempo en mí nacieron el gusto por leer futbol y el placer de desempeñarlo. Entraba a la secundaria Ricardo Flores Magón, de Lerdo, mi verdadera alma mater, cuando fui secuestrado por el balón. Vivía aún en Gómez Palacio y, como lo platiqué hace poco en la Normal Superior Cursos Intensivos, no sé qué fue primero: si la obsesión de leer sobre futbol o la de hacer cuanto fuera posible para librarme de mis responsabilidades escolares con el descarado propósito de tirar el tiempo en canchas grandes o pequeñas, donde fuera con tal de patear una de gajos.
Durante varios años, tres o cuatro, compré religiosamente todas las revistas futboleras que llegaban a Gómez Palacio. Eran pocas, en aquella época las publicaciones no abundaban, pero las cuatro o cinco que lograban aterrizar en nuestros polvos eran para mí un regalo semanal. Recuerdo que me ahorraba el gasto del refrigerio escolar con tal de adquirir aquellas revistillas de humilde monta que sin embargo, para mí, eran oráculos. Compraba y leía de orilla a orilla Pénalty, Balón, Sólo Futbol y los cómics Chivas Chivas Ra Ra Ra y Aventuras de Borjita. Cinco en total. Las leía y las coleccionaba, así que me hice especialista consumado en datos sobre las vidas y las obras de los jugadores y los equipos setenteros. No es necesario aclarar que toda la información se relacionaba con nuestro país, cuando mucho con alguna que otra referencia sobre el extranjero pero siempre a propósito de los fuereños contratados por equipos de acá. Era la época postricampeonato cruzazulino, así que fui fácil presa, hasta la fecha, del fervor cementero. Pero aprendí todo de todos los que en aquel momento sudaban casacas en el balompié nacional: Cabiño, Pata Bendita, López Salgado, Rodolfo Montoya, Eladio Vera, Astroboy Chavarín, Velarmino de Almeida Jr. Nené, Carlos Reynoso, Ítalo Estupiñán, Rafael el Tucumano Albrech, Roberto Salomone (quien alguna vez clavó seis en la goleada 11 a 3 del León contra Torreón), Carlos Eloir Peruci, Juan José Muñante (el jet de Perú, según Ángel Fernández), Alberto Quintano, Miguel Ángel Cornero, Rubén Ratón Ayala, Héctor Hugo Eugui, Héctor Santoyo, Velivor Milutinovich, Walter Gassire, Daniel Mantegazza, Carlos Jara Saguier, Cristóbal Ortega, el primer Hugo Sánchez que fue tan bueno como el último Hugo Sánchez, Ricardo Brandón, Spencer Cohelo, Benito Pardo, Manuel Manso, Eusebio (la Pantera Negra de Mozambique) que vino como insigne cartucho quemado al Tigres, Gregorz Lato, el pelón y volador polaco que también vino como insigne cartucho quemado al Atlante, Milton Carlos (quien usaba los shorts más grandes y abombados que he visto en mi vida), Juan Carlos Cenoriky, Chepe Chávez, Berna García, Guarací Barbosa, Osvaldo Batocletti y un etcétera tan largo que no cabe en el espacio disponible de este texto.
De aquellas lecturas juveniles que no fueron literarias, sino periodísticas, pero que disfruté como si de cuentos se tratara, cargo pasajes que jamás cayeron de mi memoria. Por ejemplo, Miguel Marín declaró en una entrevista que alguna vez tuvo un accidente con unos cables eléctricos que a la postre casi le inmovilizaron ciertos dedos de una mano, y que con todo y eso comenzó su carrera de guardameta jugando para el Vélez Sarsfield. El año pasado fui a un partido de Vélez, El Fortín, contra Chacarita en el estadio José Amalfitani, en el barrio de Liniers, de Buenos Aires, y no pude no pensar en el famoso Supermán que tapaba hasta el paso del aire en la portería de Cruz Azul.
Otra anécdota se relaciona con el deslumbramiento que me producían las palabras, lo que empezaba por los nombres propios de los extranjeros, sobre todo (¿cómo no quedar seducido, verbigracia, por un nombre como Amaury Epaminondas?). En la literatura deportiva encontré mis primeras palabras ajenas al habla cotidiana, algunas muy extrañas. Yo era un niño cuando leí por primera vez la palabra “hippie”. No tenía un marco referencial que ayudara, no había Google y el inglés no estaba tan de moda, así que la leía y la pronunciaba “ipie”. Pues bien, me topé con esa palabra por primera vez en una entrevista de Pénalty a Leonardo Cuéllar, aquel melenudazo que jugó cien años para los Pumas y que ahora entrena a la selección femenil mexicana; Cuéllar era apodado por Ángel Fernández El León de la Metro Goldwyn-Mayer, y cuando fue cuestionado por su look, declaró, quizá para quitarse de encima el estereotipo de mariguano y joto que cargaban todos los greñudos, “No soy hippie”, esto en la mismísima cabeza de la entrevista.
Así recuerdo muchas citas, comentarios de jugadores que dejaban entrever sus vidas gracias a los diálogos periodísticos que yo leía como si se tratara de ficción. La vida aún no me había puesto libros al alcance de los ojos, no había Aquiles ni Quijotes a quienes admirar, así que me refugié sin querer en la profana admiración de los jugadores.
Mientras hacía crecer el arsenal hemerográfico me di tiempo para jugar en cuanto espacio quedaba a merced de los pies. Jugué, como todos, en la calle, en campos de tierra, en canchas de básquet y hasta en la duela brillosa del auditorio Luis L. Vargas de Gómez, donde por cierto se dio la aburrida ceremonia en la que me entregaron la cartilla militar que según esto me hizo adulto (fui “bola blanca”). Mi mejor etapa como futbolista amateur se dio precisamente en la secundaria. No sólo jugué con el equipo de mi salón en los torneos internos, sino que alguna vez nos inscribimos en ligas extramuros y no lo hicimos mal. Formamos un buen equipo, todo lleno de apodos animales: el Gallina, el Caballo, el Lagarto, el Mula, el Perico. Recuerdo que con ese conjunto llegamos a ganar un campeonato en cierta liga gomezpalatina organizada por el PRI (conservo mi credencial de jugador), donde yo anoté un gol en la serie de penales definitiva. También recuerdo que alguna vez masacramos 14 a 0 a un equipo patrocinado por la espectacular firma comercial de El Panqué de Durango cuyo logotipo del bebé verdoso figuraba en sus vapuleadas playeras. En un partido de aquel torneo sufrí mi peor lesión. Fue en el campo aledaño al Seguro Social de Gómez (ahora allí hay un supermercado Casa Ley): en una descolgada yo iba encarrerado para afrontar solito al portero, pero una barrida por la espalda me tumbó; la mala suerte hizo que mi rodilla fuera a clavarse con una piedra filosa, lo que me rajó la piel y casi me dejó al aire los meniscos (conservo y presumo, como Cervantes sus achaques lepantinos, la cicatriz de aquella caída). También recuerdo que una vez fuimos a jugar a un ejido, de visitantes, y el campo estaba rodeado de público ranchero y malencarado, con caguamas a la mano, de suerte que cada vez que yo iba por un balón para hacer saque de banda, saludaba a los aficionados locales con total cordialidad, casi diciendo con el gesto que estábamos decididos a perder costara lo que costara. Y lo cumplimos, cómo no.
Poco después, ya en prepa, ocurrió en mi vida el milagro de los libros. He contado en otros sitios cómo llegaron los primeros a mi primer estante, un casillerito de guardarropa que pronto comenzó a poblarse de más y más libros hasta ser insuficiente y provocar la hechura de un librero que también, pasados los años, fue insuficiente y provocó la fabricación de más libreros que a la postre siguen siendo insuficientes. Muchos años di la espalda al futbol escrito. No sólo porque consideraba frívolo leer periodismo futbolero, sino porque en realidad no se producía más que eso: periodismo futbolero, todo de coyuntura. En los años de mi formación descubrí un cuento sobre el tema. Ese relato fue escrito por uno de mis más admirados narradores: me refiero al cuento “Puntero izquierdo”, de Benedetti. Pero un cuento no hace verano, y todavía a fines de los ochenta no había mucha narrativa ni poesía ni ensayística sobre futbol.
Creo, y esto apenas es una corazonada, que el gran brinco literario del futbol se dio gracias a un hombre, a un hombre muy extraño, porque en su juventud fue un jugador de alta calidad y ya retirado se convirtió en directivo y periodista igualmente notable. Me refiero por supuesto a Jorge Valdano, quien además de ser campeón del mundo junto a Maradona en México 86, tenía y sigue teniendo la cabeza muy bien amueblada, las ideas en orden y la sagacidad para escribir con la misma solvencia que alguna vez mostró en las canchas. No quiero decir que fue Valdano quien primero expuso un estilo rico en imágenes para describir el futbol y sus orillas, sino que su posición de estrella internacional y su buena pluma propiciaron que muy pronto los lectores fijaran su atención en él y en su estilo para describir algo que la crónica habitual no había logrado: el futbol también podía ser dicho con literatura, con buena prosa, con imágenes que añadieran poesía a un tema generalmente comunicado con dimes y diretes pedestres.
Valdano comenzó pues a escribir artículos maravillosos y luego armó la antología de cuentos de futbol publicada por Alfaguara. Eso, más la promoción ya descomunal y globalizada, internética, del balompié, atrajo la atención de millones de lectores; eso a su vez, obvio, sacó del anonimato a muchos autores y produjo a otros. Tras el auge de Valdano todos comenzamos a conocer mejor a Eduardo Galeano, cuyo libro El futbol a sol y sombra es acaso el más visitado de cuantos hay escritos sobre el tema; o a Juan Villoro, que con su Dios es redondo se colocó entre los pilares del negocio. Lo importante aquí, vale destacar, es que muchos intelectuales serios ya no eran vistos con sospecha si escribían sobre futbol, como si de golpe hubieran obtenido una especie de salvoconducto para convertirse asimismo en Quijotes de la cancha. Sobre esto no quiero olvidar el libro Futbol argentino, una veloz historia escrita por Osvaldo Bayer. Quienes tengan alguna idea de quién es Bayer, de su trayectoria como investigador y crítico, entenderán mejor que el “permiso” para escribir sobre futbol quedó abierto para todos.
He leído y respeto a muchos escritores mexicanos que han arado el surco del futbol. El ya mencionado Villoro tiene sus crónicas; Javier García-Galiano, la estupenda novela Cámara húngara; Felipe Garrido, unos cuentos cortos publicados en Del llano; Luis Miguel Aguilar ha escrito, creo, el mejor y más divertido poema mexicano sobre fut, “El futbol de antaño”; Mariño González su novela Fútbol y acá, entre los laguneros, Alejandro Santibáñez publicó hace poco puso en circulación El vendedor de futbol. También recuerdo que Marcial Fernández, de editorial Ficticia, tiene una colección de literatura con tema deportivo donde el futbol alcanza espacio. No menciono las historias de Clío, o los libros auspiciados por los propios clubes, como el lujoso ejemplar que recientemente editó el Santos Laguna. Pese a esto, conozco más y mejor lo escrito sobre futbol en otra latitud, en la Argentina. Creo que allí se está escribiendo, desde hace mucho, la mejor literatura policiaca y futbolera en español. Algo han hecho los argentinos para escanciar del estadio a la cuartilla, con una armonía asombrosa, el humor, la pasión y la aventura que gestan el fut. En esta materia hay un capo, un jefe máximo: es Roberto Fontanarrosa, el Negro, quien por dos flancos supo apretar la pinza de su fervor “canalla”: primero, con su historieta Semblanzas deportivas, y segundo, con sus cuentos. En ambos casos, el registro es poderosamente cómico, con un aliento narrativo que huele profundamente a césped.
Pero hay más, muchos otros narradores de gran empaque. Los tres que más destacan, a mi juicio, son Juan Sasturain, Alejandro Dolina y Eduardo Sacheri. En los tres resalto la capacidad para imbricar el tema del futbol con la vida cotidiana del jugador y del aficionado, lo que imprime a sus cuentos un aspecto de verismo que sólo es comprensible viviendo en el futbol, es decir, que sólo quienes han jugado, visto y hablado de futbol saben que encierra verdad. Por ejemplo, los cuentos de Picado grueso, de Sasturain, cuentan historias que casi están al margen de las canchas y los goles, y que son futboleras en la medida en la que este deporte constituye parte del imaginario coloquial en cualquier barrio argentino. Algo similar ocurre con Sacheri: sus numerosos cuentos arracimados en Esperándolo a Tito y Lo raro empezó después son dechados de viveza narrativa, de soltura a la hora de echar pimienta futbolera al guiso de la vida; Sacheri es el autor de la novela El secreto de sus ojos (donde también hay alguito de fut), que luego fue filmada por Juan José Campanella y ganó el Óscar a la mejor película extranjera. El tercer autor es el escritor, actor, cantante y locutor Alejandro Dolina, quien ha trazado historias breves sobre fucho con un ingrediente imprescindible: el de la mitificación popular, el de la creación de pequeñas leyendas en los barrios opacos que sólo tienen al fut como posible escenario del heroísmo. He aquí, porque es breve y se deja citar muy fácilmente, una estampa de Dolina (“El tipo que andaba por allí):

Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.
Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.
Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.

Mucho puede decirse ahora el matrimonio del fut y la literatura. Creo que a muchos nos gusta esto simplemente porque de la calle y las gambetas pasamos, de casualidad, sin querer, a las palabras. Es, como todo, algo misterioso, casi incomunicable. Yo no lo defiendo ni lo ataco. Simplemente lo acepto como otro de los espacios en los que encuentro felicidad, la misma felicidad que brevemente, que magistralmente, que conmovedoramente describió un poeta al que admiro mucho pese a que es casi desconocido: me refiero a José Pedroni, quien en su poema “Futbol”, epígrafe de un libro mío ya encaminado, dice lo que sigue:

Yo conozco el artista del humor desapasible,
y el grave, que en un mundo de soledad se encierra,
y el cargado de gloria que nunca está visible.
A mí me gusta el fútbol. Hay de todo en la tierra.

Nunca pude entenderme con esta gente extraña
que para oír su canto del canto se destierra.
A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña,
la multitud, el fútbol... Todo es grato en la tierra.


Nota: La foto que encabeza este post data de 1970, aproximadamente. En ella figuarmos mi tío Jesús Esquivel y mi padre, Rogelio Muñoz. Abajo, mi hermano Luis Rogelio en estilera pose de shortstop, y yo, como siempre tímido, condenado al futbol en un lugar, San Felipe, Durango, adicto sólo al beis en aquellos lejanos entonces. Ojo con el número en la franela de mi hermano: es el 1/2. Y no es por nada, pero mi jefe y mi tío fueron buenos peloteros. En la pinta se les nota.