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miércoles, febrero 26, 2025

Cocción lenta

 










Hace muchos años que no ejerzo de padre y es un hecho que ya nunca más lo haré. Digo ejercer en el más alto de sus sentidos, no nada más como engendrador y luego proveedor. No seré más el titubeante guía y orientador que fui de tres niñas a las que, como pude, traté de educar y, para lograrlo, rodeé de aquello que creí mejor para sus formaciones.

Al respecto es, creo, poco lo que uno puede hacer, aunque ciertamente fundamental. Es poco porque —más en estos tiempos digitales, contra los que competí— los estímulos educativos más numerosos provienen de los medios, no tanto de los padres. Sin embargo, digo, levanté la guardia y traté de no permitir que toda la información que recibían les llegara de la tele o, pero todavía, de internet. No idealizo el peso de lo que yo infundí, pues siempre supe que las palabras y “el ejemplo” podían ser una poquedad comparados con el aluvión diario de datos obtenidos en el mar electrónico.

En “Una Sudáfrica para los niños”, ensayo integrado al libro Los once de la tribu, Juan Villoro comenta el caso de una institución gringa que invitaba a crear materiales para sus colecciones infantiles. Los requisitos eran tan definidos que terminaban por desalentar cualquier participación. “Entre los treinta y cuatro temas que la Corporación prohíbe en los cuentos infantiles hay algunos que enternecen por inverosími­les. Por ejemplo, se considera nocivo escribir de ‘niños que enfren­ten situaciones serias’”. Las prohibiciones son delirantes, y en efecto acaban por inhibir toda escritura para la infancia.

En Simpatías y diferencias, Alfonso Reyes incluye un apunte titulado “El ‘cine’ para niños”. Fue de los textos que escribió en su radicación madrileña de los años veinte. Comentaba, con razón, que “Las sesiones ordinarias de cine no convienen en manera alguna a los niños: las groseras emociones del drama cinematográfico, cuya brusquedad puede aprovechar o ser indiferente a los adultos, destrozan la psicología infantil”, de ahí que celebre en esos mismos párrafos la posibilidad de las matinés, que comenzaban a cobrar fuerza.

Así sea con excesivos malabares, hoy se puede limitar el acceso a cierta información peligrosa para los hijos pequeños, pero es un hecho que en algún momento podrán pasar aduanas sin la vigilancia paterna. El asunto es complejo, y lamentablemente creo que no pasa por las prohibiciones y los castigos que a la postre resultan, ahora, inútiles, sino en enfatizar la cocción a fuego lento de valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad, aunque tampoco esto va a garantizar nada. Hoy como nunca, con los medios de este tiempo, la moral de la persona en la vida adulta es de planeación imposible en la niñez, una niñez tan imprevisible que cualquier apuesta tiene muchas, muchísimas posibilidades de no atinar un solo pronóstico.

sábado, septiembre 02, 2017

Tareas de más















Siempre he tenido una relación tensa con las tareas escolares. A veces me gustaban, a veces no, todo dependía, como sucede en cualquier caso, de los grados de dificultad y de satisfacción obtenidos tras encarar y concluir un objetivo. Sé que, por la costumbre, tendemos a pensar que las tareas son imprescindibles en la formación del estudiante, tanto que establecemos una relación automática entre la cantidad de tareas y la calidad de la educación: a mayor encargo de tareas, mejor es la escuela o el profesor, y a menor encargo etcétera.
Sospecho que la sobrecarga de tareas no necesariamente redunda en lo esperado, a saber, que el alumno sea mejor alumno y, de paso, que sea feliz, que pase una infancia/adolescencia asociada a la idea de la alegría escolar. La postura contraria no garantiza mucho, pero al menos abre la posibilidad de discutir y poner en crisis, problematizar, la imposición de tareas vespertinas como mecanismo que sin mayor cuestionamiento es así porque debe ser así y sanseacabó.
Si bien son etapas diferentes de la vida, la del adulto y la del niño se parecen en algún sentido. De hecho, la noción que predomina es la de formatear al niño para que poco a poco tienda a ser como un adulto, por eso el fomento de responsabilidades en los pequeños, por eso el suministro de consejos que aceleren su maduración, para que en el menor tiempo posible sea “grande” y se haga cargo honradamente de su vida.
Si esto es así, si queremos que el niño sea pronto un adulto, no veo razón para castigarlo con kilos y kilos de tareas escolares para las tardes, tareas que por cierto muchas veces deben maquilar los padres pues implican la consecución de materiales (cartulinas, marcadores, plastilina, silicones, pinturas…) cuyo manejo adecuado demanda por fuerza el concurso de un adulto. Mi mayor argumento es éste: el equivalente al trabajo del adulto es la escuela del niño; su chamba, digamos, empieza a las 8 y termina a las 2, y a partir de allí puede hacer alguna muy pequeña tarea y luego distraerse o recuperar fuerzas. En esta misma lógica, y aunque sé que muchos adultos llevamos trabajo a casa, lo ideal es que no sea así. Lo ideal, lo que todo adulto sueña, es ocupar su tiempo libre en el esparcimiento, en el descanso, en lo que sea, menos en el trabajo que ya, se supone, fue desahogado en el horario laboral. Si esto es así para los adultos, no veo la razón de engrillar al niño durante las tardes, de no dejarlo jugar ni verterse en otras actividades.