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miércoles, septiembre 22, 2021

Dionisio, un niño dolorosamente múltiple













Dionisio, el niño del tren del norte (Proceso, 2015), de Paulina del Moral González, es un libro doloroso, profundamente trágico. Su eje no es sólo la pobreza extrema, que en sí misma resulta pavorosa en muchos lados, sino tal pobreza y la suma de dos factores que la agudizan hasta la inhumanidad: la corta edad y el desarraigo. Porque la pobreza, incluso extrema, cuando se vive en un entorno reconocible dada la cercanía de los lugares, la lengua, los códigos culturales y principalmente la familia, puede ser navegable, no así cuando está expuesta a la otredad en todas sus formas posibles y con el agravante de la inmadurez. En otras palabras, la pobreza extrema es doblemente terrible cuando ataca a un niño migrante no acompañado. Ante esto, la única defensa posible para salir vivo es la buena suerte o la Divina Providencia, ya que ninguna instancia pública o privada parece tener las miras o los alcances para mitigar los estragos producidos por la migración infantil sin compañía.

Dionisio es el seudónimo que dio Paulina del Moral al niño de carne y hueso, más hueso que carne, cuyas palabras atraviesan Dionisio, el niño del tren del norte. Este trabajo fue parte del proyecto “Testimonios de niños trabajadores dentro y fuera de la calle” que la autora desarrolló entre junio de 1999 y mayo de 2000 en el Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Coahuila. Paulina del Moral nació en Torreón, y es licenciada en comunicación social, maestra en antropología social y doctora en ciencias antropológicas, grados obtenidos, respectivamente, en la UAM-Xochimilco, la ENAH-Chihuahua y la UAM-Iztapalapa. Entre otros reconocimientos, la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras le otorgó el premio de Periodismo Rosario Castellanos (1990) por un trabajo sobre las maquiladoras de ropa en la comarca lagunera.

El libro que hoy nos reúne ha sido estructurado en dos secciones: la primera, introductoria, es un apartado profusamente estadístico en el que Del Moral González despliega sobre la mesa los indicadores de la pobreza en varios países centroamericanos, con énfasis en Honduras, país donde nació Dionisio. Apoyada en un aparado documental incontestable, la antropóloga social evidencia que todos los rubros de la realidad económica y social hondureña son deficitarios y están lejos de permitir niveles de desarrollo ya no se diga buenos, sino mínimamente decorosos para desahogar la vida individual y comunitaria con algo aproximado a lo que solemos entender por “bienestar”. Casi cuarenta páginas dibujan este panorama apocalíptico en el que se enseñorea la pobreza en todas sus facetas, con toda la crudeza de los guarismos generados por organismos internacionales como el Banco Mundial o la Unicef. Honduras, pues, como muchas otras naciones del mundo, es desde hace varias décadas una nación expulsiva, con una pobreza tan enquistada y terca que aguija la desesperación y lleva a sus habitantes a buscar las puertas de escape hacia algo acaso peor: el viaje por Guatemala y México con el fin de encontrar una difusa salvación en los Estados Unidos. La introducción, entonces, es un dechado de análisis cuantitativo, el contexto en el que debemos imaginar los primeros años de miles de Dionisios centroamericanos.

En la segunda parte de la obra es Dionisio en persona quien nos cuenta con detalle los tumbos de su breve y muy accidentada existencia hasta el año 2000. Paulina del Moral ha organizado cada circunstancia en breves apartados temáticos para que el fluir de la conciencia de su entrevistado adquiera, al menos en el papel, algo de orden. Si la vida de Dionisio está signada por el azar, por la permanente incertidumbre, por la inestabilidad y la carencia de todo, las estancias temáticas del libro nos brindan la oportunidad de encontrar alguna ilación al relato de un periplo dislocado en el que somos testigos de que la vida del niño del tren del norte es lo más cercano a la vulnerabilidad absoluta: un adolescente, casi un niño todavía, trepado a La Bestia, entre adultos de todas las cataduras, metido en todos los subempleos imaginables, expuesto a todos los peligros, nos deja acompañarlo por las brechas del inframundo que le ha cabido en suerte, en pésima suerte.

Dionisio, el niño del tren del norte opera en dos sentidos: avanza de lo general (la introducción) hacia lo particular (el relato del pequeño). Lo general es cuantitativo; lo particular, cualitativo. Así, como en la muy útil figura retórica llamada “sinécdoque”, se muestra la parte (Dionisio) de un todo (Honduras) que al final embonan y nos persuaden de que no hay razón para incurrir, con irresponsable optimismo, en la idea de que Dionisio constituye una excepción, es decir, un niño que por esas curiosas carambolas de la vida nace en un hogar disfuncional y depauperado, lo que lo obliga a cambiar de radicaciones y de empleos, todos mezquinos y peligrosos, ajenos a su cultura, a su tono de voz, a sus afectos, a su edad, hasta que, también por casualidad, llega como migrante a Torreón, es detenido por portación de arma punzocortante y allí es entrevistado para luego salir y desaparecer en los demás infiernos que le depare el porvenir.

Paulina del Moral González ha sabido, en suma, articular un trabajo eficaz y conmovedor al mismo tiempo: eficaz porque nos aproxima datos ciertos de la realidad, cifras que, sobre todo en lo económico, detonan las mil formas de la violencia social, y conmovedor porque en el relato de Dionisio no vemos sólo a Dionisio, sino a una legión de niños sin futuro, arrojados a un destino en el que la crueldad jamás descansa.


Comarca Lagunera, 20, septiembre y 2021
 

Nota. Dionisio, el niño del tren del norte, fue presentado el lunes 20 de septiembre de 2021 por Facebook. Participamos la doctora Paulina del Moral (autora), la doctora Laura Orellana Trinidad, la maestra Luz María Meza, el maestro Oswaldo Valenzuela y yo con la reseña de este post. 

miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

miércoles, octubre 16, 2019

Pacheco por Villoro
























Una de las ventajas de la colección Opúsculos publicada recién por El Colegio Nacional es que cada uno de sus títulos, obvio, es un opúsculo, es decir, una obra de extensión breve. Supongo que su distribución, como ocurre con todas las publicaciones auspiciadas por instituciones no dedicadas exclusivamente a la edición venal de libros, es, por decir lo menos, complicada. En mi caso, he encontrado estos títulos sólo en ferias del libro.
La semana pasada comenté uno de Luis Fernando Lara, y espalda con espalda, como se dice en el beisbol cuando dos peloteros pegan jonrón uno tras otro, tomé La vida que se escribe (2017, 59 pp.), opúsculo escrito por Juan Villoro. ¿De qué trata? El subtítulo lo aclara: “El periodismo cultural de José Emilio Pacheco”. Este puñado de páginas es, pues, un recorrido por el trabajo de Pacheco vinculado sobre todo a un producto: la columna “Inventario” nutrida durante cuatro décadas en diferentes periódicos y revistas, una suerte de proeza de la persistencia periodística.
En su paso por el Excélsior de Scherer y hasta el golpe del 76, Pacheco afinó lo que luego sería una de las aportaciones clave de Proceso. Sin dejar de manejarse con rigor, “El autor de Inventario fue ensayista desde el periodismo, lo cual equivale a decir que logró que la erudición pactara con los favores de la claridad y los imperativos de la hora”, dice Villoro. Esto significa que su columna solía detenerse en efemérides o conectar con hechos que la coyuntura informativa ponía en las primeras planas de los diarios, y esto le exigió un despliegue inagotable de temas y registros.
Sólo quien ha alimentado una columna a la manera de “Inventario” durante varios años sabe lo complicado que es no dejarla morir de inanición. Llueve o truene, el columnista a la manera de JEP trabaja las 24 horas aunque su colaboración semanal, quincenal, pueda ser leída en diez o quince minutos, pues detrás de cada entrega hay lecturas, cruce de datos, cuidado con el estilo y paciencia para no dejarse arrastrar por la sensación de vacío e inutilidad, dado que todo trabajo, por reconocido que parezca, hace un surco en el ánimo donde luego puede germinar cierta decepción por haber consagrado la vida al texto efímero.
Para nuestra alegría, los “Inventarios” de JEP no fueron aportes pasajeros, pues la mayoría permite relecturas sin merma de placer. Pacheco “aceptó el enciclopédico y extenuante desafío de ser Diderot una vez a la semana”, apunta Villoro. Tiene razón, y por esto aquellos “Inventarios” siguen gozando de cabal salud.

domingo, marzo 12, 2017

El amasiato: la entrega del PAN
























Soy de los que creen, no sé si exageradamente, que en los hechos no ha habido transición política en México al menos desde 1928. Sumamos pues noventa años de lo mismo: un régimen autoritario, pleno de privilegios para unos cuantos grupos que, mutatis mutandis en el plano ideológico, se autoprotegen y preservan el estado de abismal desigualdad característico de México. El PRI, por supuesto, es el causante mayor de esta calamidad, pero no ha sido magra la colaboración de otras fuerzas políticas en teoría opositoras. En los últimos años, baste este ejemplo, el PRD de la línea chuchista-pactista se ha entregado con destacada solicitud al actual gobierno federal.
Pero no sólo la “izquierda” representada por el perredismo blandengue ha revuelto sus canicas con las del priísmo; el PAN, opositor histórico del tricolor, ha renunciado a los principios de sus fundadores y en los años recientes sus líneas de acción han entroncado, contranatura, con las de un PRI que entre sus principales valores se cuenta el hecho de no tenerlos, de responder sólo a intereses de camarilla. Así entonces, las esperanzas de renovación que trajeron las elecciones del 2000 se vieron frustradas por la ineptitud y la mendacidad de Vicente Fox, y luego, tras el amaño de 2006, por el despotismo de Felipe Calderón. El resultado es lo que hoy estamos viendo: un país desvaído, vapuleado por el saqueo, la corrupción y la impunidad.
En el libro El amasiato: el pacto secreto Peña-Calderón y otras traiciones panistas, Álvaro Delgado (Lagos de Moreno, Jalisco, 1966) recorre de lado a lado el sexenio de Felipe Calderón y lo que llevamos del presente hasta mediados de 2016, es decir, los diez vertiginosos años de la violencia sin coto y el desprestigio casi terminal de las instituciones en el que ahora estamos instalados. Es un lapso complejo, acaso el más borroso momento de nuestra historia reciente, pues se han desvanecido las fronteras que, así sea precariamente, habían distinguido la geografía política mexicana como espacio segmentado en tres grandes territorios: por un lado una siempre trastabillante y conflictuada izquierda, por otro una derecha plena de fe en la virginidad ideológica de sus adeptos y, en un punto siempre ambiguo, el PRI y su pragmatismo capaz de abrazar cualquier postulado con tal de lograr sus propósitos. Pues bien, eso se dislocó en los diez años que deambula El amasiato, época extraña en la que todo o casi todo se ha “revolcao en un merengue”, como dice el tango “Cambalache”.
Provisto de un arsenal de datos obtenido de entrevistas directas, documentos y acervos periodísticos, el libro de Delgado, reportero de Proceso y autor de títulos como El Yunque y El Ejército de Dios, explica minuciosamente en qué consistió el amasiato entre el mexiquense y el michoacano. La historia comienza, digamos, en 2006, cuando el entonces gobernador del Estado de México tuvo un acercamiento con el candidato del PAN a la presidencia para negociar la entrega de 200 mil votos que a la postre serían muy útiles en la jornada electoral del 2 de julio. A partir de entonces y ya en el desfiguro total, los dos partidos (léase los dos personajes, Peña y Calderón) comenzaron una relación entrañable que no pasó desapercibida para nadie, menos para los panistas que vieron la evolución de ese amorío político durante el segundo sexenio presidencial del PAN.
Calderón no sólo emprendió por sus pistolas “la guerra contra el narco” y militarizó el país, lo que devino genocidio hasta hoy impune, sino que quiso proceder a la más pura usanza del presidencialismo priísta: trató de adueñarse de su partido y lo logró parcialmente durante las presidencias de esos dos tipos de cuidado que fueron Germán Martínez y César Nava, ambas expertos en negocios particulares antes que en trabajo político. Pese al desconcierto de gran parte de la militancia blanquiazul (como la de Javier Corral y Juan José Rodríguez Prats), Calderón prosiguió con su acercamiento a la figura de Peña Nieto hasta llegar al siguiente proceso electoral, el de 2012, para definir al nuevo presidente de la República.
Álvaro Delgado describe pormenorizadamente, y desde la perspectiva de varios involucrados, el más asombroso viraje que un panista ha dado para favorecer a su supuesto némesis: el PRI. Me refiero al desguace de la campaña electoral de Josefina Vázquez Mota, que nació muerta tras el fallido acto del Estadio Azul, la revivieron un poco con los espots de “Peña no cumple” y la volvieron a desfondar con el retiro de esos anuncios que habían pegado estrepitosamente en la línea de flotación peñista, pues exhibían lo que hoy todos sabemos a la perfección: que en efecto Peña no cumple. La justificación que se dio para retirar esos espots no deja de ser, sin embargo, lógica si nos atenemos a los compromisos de EPN y FCH de 2006: según los sondeos del PAN, el candidato del PRD, López Obrador, estaba siendo el más favorecido por los espots panistas contra Peña, al grado de que se corría el riesgo de que ganara, y eso no lo iban a permitir quienes son enemigos del PRI pero en las malas no dejan de echarle una manita. En esto Calderón no estuvo solo, ya sabemos, y recibió ayuda, entre otros, de Vicente Fox, el rey de los bandazos.
Libro ágil, certero y sobrio, El amasiato sirve ahora, asombrosamente, no tanto para asomarnos al pasado inmediato, a los dos sexenios oscuros de Calderón y Peña, sino para vislumbrar el futuro que ya despunta. Por eso ha regresado el fusible mil veces quemable de Josefina, ahora en Edomex, y por eso ya hace fila Margarita ante la debacle del PRI. En pocas palabras, quieren hacer de las suyas otra vez, quieren que el amasiato jamás llegue a su fin.

El amasiato: el pacto secreto Peña-Calderón y otras traiciones panistas, Álvaro Delgado, Ediciones Proceso, México, 2016, 191 pp.

miércoles, enero 07, 2015

Don Julio












Publiqué este pequeño artículo hace 19 años, en 1996, tras el retiro de Julio Scherer de la dirección de Proceso. Apareció originalmente en la revista Brecha, de Torreón, y nunca lo había puesto en línea; hoy, tras la muerte del gran periodista, lo reciclo pese a la ingenuidad de algunas afirmaciones allí expuestas y a reserva de escribir algo más amplio para el semanario argentino Miradas al Sur.

Para lograr una ponderación aproximada de la trayectoria que Julio Scherer ha descrito habría que parafrasear a Tomás De Quincey: el director de Proceso convirtió al moderno periodismo mexicano en una de las bellas artes. La afirmación parece, de entrada, hiperbólica. Sin embargo, quien haya frecuentado las páginas del semanario fundado el 6 de noviembre de 1976 sabrá bien que los elogios a Scherer y a su equipo podrán ser exagerados, pero siempre justos. Él, ellos, todos los que han edificado al “Semanario de información y análisis” no saben el tamaño del favor que le han hecho a la realidad nacional, obstinada como pocas, debido a la cerrazón del sistema, en no deponer su tradicional juego de máscaras y en tener al embute convertido en una especie de perpetuo cordón umbilical.
Luego del golpe contra Excélsior en el que mañosamente botaron a Scherer, Proceso tomó la palabra crítica que Echeverría quiso cercenarle al periodismo mexicano. Fueron años heroicos aquellos en los que don Julio y sus solidarios compañeros fundaron cisa y emprendieron la aventura del semanario más punzante que se recuerde en la historia de México. Si en 1976 la relación prensa-gobierno estaba signada por una red de complicidades y amiguismos, en 1996 la tenebrosa red es menos densa gracias a que de Proceso ha dimanado el ejemplo de un quehacer periodístico comprometido no con el Estado, sí con el lector, y sí con el esclarecimiento de la verdad en este país poco acostumbrado a indagar en los entresijos de su realidad política, económica y cultural.
Claro que la tarea no ha sido sólo de Proceso; a la revista se sumaron, poco después, el unomásuno de Becerra Acosta, La Jornada, El financiero y otros espacios de la capital y de provincia que en dos décadas han revolucionado al periodismo nuestro de cada día (o de cada semana) y lo han ubicado entre los mejores que se practican en el mundo. Los reportajes de Proceso, por ejemplo, son paradigmas de lo que es la investigación periodística llevada a los extremos del arte y del método científico. Los cartones de Rius y de Naranjo incentivaron a un ejército de moneros cada vez más incisivo y jocoso; de hecho, en la actualidad se puede asegurar que la caricatura política y social mexicana es una de las cinco mejores del mundo, y quien lo dude vea por ejemplo qué monos tan ingenuos, tan chafas, publican muchos diarios de España. Esto mismo podría decirse en el caso de los suplementos culturales, que gracias a Fernando Benítez y a unomásuno se convirtieron en espacios imprescindibles de muchos lectores mexicanos que hoy día compran el períódico sólo por sus espacios culturales.
Asimismo, Proceso abordó los deportes y los espectáculos de una manera diferente a la tadicional y marcó un giro que otros medios asumieron y fomentaron: la farándula y el deporte ya no iban a ser más los territorios propicios para la práctica de un periodismo frívolo, sino que iban a ser tratados como manifestaciones de la cultura popular y áreas de interés político y económico cuyas implicaciones en la vida cotidiana son innegables y profundas.
Este es, pues, un breve esquema de lo que Proceso y otros medios le han dado al lector mexicano. Y aunque don Julio se esconda y no permita los elogios que merece, él tiene mucha culpa del avance que en los últimos veinte años ha manifestado nuestro periodismo. Falta bastante por hacer, pero don Julio, a un mes de una merecidísima jubilación, ya no puede zafarse de su quizá incómoda condición de cimiento. Por ello, desde algún rincón del norte mexicano: gracias, señor Scherer.

miércoles, junio 24, 2009

Arte de diluir



El tiempo es el gran verdugo, el gran aplanador, el gran rasero, el gran nadificador (si es que existe esta palabra que alguna vez le oí a un filósofo infuloso). Por eso me impresiona tanto aquella frase de Borges metida como si nada en el cuento “La intrusa”: “La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá”. Sí, toda crónica está condenada a perderse, a ser nada conforme la devora el calendario con su inmenso hocico. Bordo tan vaporosa reflexión cuando pienso en el tratamiento que por parte del Estado reciben los crímenes como el de la guardería ABC, fechoría que apunta ya a su tercera semana y todavía no deja un solo culpable claro, salvo quizá unos cuantos peces chicos que serán usados, en todo caso, no como peces, sino como chivos para que el tiempo pase y todo termine arrumbado en el expediente inútil de una Procu, perdido como todo se perderá.
El factor tiempo es, entonces, imprescindible para los políticos sorpresivamente metidos en megaescándalos como el de la guardería. Entre más semanas pasen, mejor para ellos, pues la gaseosa opinión pública se cansará del tema, por trágico que haya sido, y dejará que todo se diluya hasta derivar en el resumidero de la historia. Ese ha sido el tenor de sucesos parecidos: truenan, provocan una ola poseidónica de interés mediático, desestabilizan un rato al poder (en este caso, al gobierno de Sonora y al matrimonio Calderón-Zavala), hay promesas de investigación a fondo y mientras, mientras pasan las semanas, los meses, hasta que llega el olvido.
Leo un viejo libro sobre la masacre del Jueves de Corpus. Su título es La investigación, y lo publicó Proceso a principios de los ochenta, hace más de treinta años. El aporte de Enrique Maza da seguimiento a la información difundida por los medios luego de aquel jueves sangriento. Declaraciones de Luis Echeverría y de Alfonso (mejor conocido desde entonces como Halconso) Martínez Domínguez apuntaban, mutatis mutandis, lo mismo que ahora oímos de Bours o de Medina Mora: se castigará a los culpables, se llegará hasta el fondo de la verdad, nadie está por encima de la ley, el estado de derecho blablablá. El resultado de aquellas promesas con guayabera blanca quedó en nada, en crimen caído en el pozo de la historia nacional, en “misterio sin resolver”, como dice un programa forense-policiaco gringo. La voz popular, apagada poco a poco por el tedio, señalaba y señala como culpables al Echeverría y al ex regente Halconso, pero nunca pasó nada: el Jueves de Corpus fue carcomido por los años y desde hace mucho está condenado a ser nomás una carpeta perdida en la borrosa historia de la impunidad mexicana.
Ahora, como procedió Enrique Maza con la información nacida inmediatamente después del siniestro represivo, traigo esta nota sobre el incendio de la guardería: “Tehuacán, Pue., 15 de junio. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dará a conocer esta semana los nombres de las guarderías subrogadas que representan un riesgo para los niños y por tanto suspenderán su servicio, así como de los dueños de todos estos establecimientos en el país.
Daniel Karam, titular del IMSS, indicó que en la página de Internet de la institución aparecerá el listado de personas a quienes se ha adjudicado el servicio de guardería, de forma directa o como resultado de un proceso de licitación”.
Tal vez fue precipitada la declaración del director del IMSS, pues en una semana no estuvo lista la lista prometida, pues ya vamos en la segunda semana desde que Karam arrojó al mundo el ofrecimiento y no pasa nada. También podemos pensar que sólo fue lo que es: una táctica distractiva, una forma segura de diluir dos o tres semanas con la creación de una expectativa falsa. Vayan ustedes a saber la cochinada que esconde esa lista. Por eso la esconden, por eso tardan en darle su buena rasurada.