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sábado, junio 05, 2010

Sueldo igual a responsabilidad



Un año después la tragedia sigue viva. La muerte atroz de 49 niños y las cicatrices de otros tantos han alimentado sostenidamente ora la indignación, ora el cinismo, ora la impunidad de muchos involucrados en el bien catalogado peor desastre del IMSS. El incendio de la guardería ABC ha provocado un mar de opiniones y eso es lo menos que se podía esperar luego de tamaño siniestro. En los días recientes, cerca del primer aniversario y seguramente hoy mismo también, el tema es casi ineludible, pues en realidad aquel infierno es un doloroso hito no en la historia del IMSS, sino de México entero.
Hoy, 5 de junio, uno de los debates públicos más agitados tiene que ver con los posibles responsables de la tragedia. Como era previsible, la culpa se difumina en un océano de papeles y en la realidad de siempre: los altos mandos jamás morderán barrote, pues para eso precisamente son altos mandos, para que no los toque nunca el castigo por lo malo, sólo el premio por lo bueno.
El caso es que hay 49 bebés muertos, muchos más heridos y otros tantos padres y familiares desgarrados por la tristeza. Ese es el caso, y en alguna parte del país deben estar los responsables de tanto sufrimiento. En la polémica para detectarlos las opiniones se entreveran y se oponen. Una de las predominantes es ubicar la culpa en las figuras de Juan Molinar Horcasitas, Daniel Karam y Eduardo Bours, ex director del IMSS, director del IMSS y ex gobernador de Sonora, respectivamente. A simple vista se ve como la salida más fácil, el linchamiento que está más al alcance de la opinión pública.
Otro pelotón de opinadores critica el facilismo de la inculpación: ¿cómo, así nomás porque eran o son los meros meros los quieren castigar? ¿Qué no existe la delegación de funciones, el reparto de las responsabilidades y, en caso de calamidades, la distribución correcta de la culpa? ¿Quién puede saber qué hacen exactamente los miles de trabajadores de un Instituto con tan abultada cantidad de personal? Nadie, ningún director del IMSS o ningún gobernador pueden saber en qué andan metidos sus miles de subordinados, así que la culpa no puede ser de ellos.
De los dos bandos, elijo un punto intermedio que se ladea al primero. Explico. La culpa tal vez no sea de los mandamases, pero la responsabilidad, sí. Los encargados directos de la supervisión física de la guardería, sus administradores, el personal de la bodega aledaña y los empleados de ese ámbito son sin duda los culpables, por negligencia directa, de la tragedia, y deberían pagar con algún castigo que incluye la cárcel, pues no se trató de un desaguisado menor, de la pérdida de unos lápices o el robo de material quirúrgico, sino de una tragedia con decenas de niños muertos y heridos en un escenario pavoroso. Eso en cuanto a la culpa.
En cuanto a la responsabilidad laboral y, lo que es más, moral, está implicada toda la cadena de mando hasta el director del IMSS. Finalmente, hay un organigrama, y ante un siniestro de tal magnitud toda una vertical de casilleros debe ser llamada a cuentas y pagar por su escalada negligencia. Del supervisor directo de las instalaciones hasta llegar, en ascenso, al mismísimo director del IMSS. Insisto que no se trató de la pérdida de unos lápices o el robo de material quirúrgico, sino de una tragedia con decenas de niños muertos y heridos en un escenario pavoroso. Eso implica a muchos, no sólo al supervisor que va y llena un formulario de verificación. Me atrevería a decir que una tragedia de esta dimensión roza el plano de lo simbólico: más allá de los culpables directos por no haber prevenido desastres de ese tipo, la cabeza es la cabeza y es simbólicamente necesaria su remoción, pues a partir de allí se establece la confianza de una investigación más apegada a la verdad.
Digamos que Bours pagó hasta donde pagan los poderosos en este país: cierta ignominia, un fin nada decoroso de su poco decoroso gobierno, la derrota de su delfín en las elecciones para gobernador, y ya. Molinar y Karam, por otro lado, siguen tan campantes, todavía en jugosas nóminas. Y a propósito de esto, vale señalar que el tamaño de la responsabilidad es equivalente al tamaño del ingreso. ¿Por qué no exigir un poco menos de caradurismo a quien gana un dineral como director? En un dato que circuló hace algunos meses en muchos diarios, se exponía que “el director general cuenta con un sueldo base de 51 mil 551 pesos y una compensación garantizada de 161 mil 639 pesos, lo que hace un total de 213 mil 190 pesos al mes”. Sueldo igual a responsabilidad. Para acabar pronto, en una empresa privada el director hubiera sido botado al siguiente día, mínimo. En la nómina del gobierno, por lo que se ve, jamás.

viernes, julio 10, 2009

Cínica demora



Es muy delicado lo que está pasando con la secuela del siniestro en Hermosillo. Dije ayer que parece una sinécdoque (la parte por el todo) de lo que es México, y no me desdigo. La tardía y enredada y tal vez rasurada aparición de la famosa lista tiene flecos comprometedores para dar y repartir. No por otra razón afirmé hace dos semanas que el tema de la guardería estaba más allá de lo trágico, casi como si ese hecho fuera una carta con el estado de salud de la República. Lo más fácil, sin embargo, es caer en abstracciones que nos alejan del punto medular: 48 niños murieron horriblemente debido al desinterés de quienes en teoría los iban a cuidar, y de eso no se ha desprendido ningún castigo ejemplar para nadie.
Si mi opinión sirve de algo, soy de los que sostienen que hay áreas de la vida social en las que el Estado debe intervenir no sólo con laxas fiscalizaciones que por otro lado, lo sabemos, se prestan a cualquier cantidad de enjuagues. Así como el Estado se apropia del uso de la violencia para, al menos en un plano hipotético, imponer el orden, igual debe intervenir en el caso de la salud de los niños de los trabajadores. Ese servicio no puede ser transferido a otros sin riesgo, a menos de que haya una rigurosa, fría y frecuente observación de políticas y lineamientos. En otro terreno, es el mismo peligro que supondría la subrogación de cárceles, por imaginar un espacio igual de comprometedor.
Hay una aceptación tácita de la importancia que tienen las guarderías y su relación con el incendio en la cínica demora que se dio para que compareciera Daniel Karam, director del IMSS. En política, lo que parece casi siempre es. En otros términos, la posposición de esa audiencia pública se debió al uso electoral que podía darse de las listas. La granizada de votos contra el PAN, sin duda, habría sido mayor si salen a la luz los datos del negocio que es la subrogación de guarderías. Asistimos, entonces, a un momento aterrador de nuestra historia política antigua o reciente: 48 criaturas pagan con su vida, y otras más con su futuro, y el acontecimiento pasa de ser asunto judicial a electoral. Sólo en México se puede dar tamaña dislocación de la lógica.
A lo afirmado por José Ángel Cordova, secretario de Salud, respecto a que lo importante es que las guarderías funcionen bien sin importar quiénes son sus responsables, se puede contestar que en este caso el buen funcionamiento de esos espacios depende de la formación, el origen, la capacidad y hasta el talante humano de los concesionarios. Aquí, el dinero para ganar licitaciones no lo es todo, o al menos no debe ser el requisito de mayor peso. Si así fuera, cualquiera que tenga recursos y le quiera entrar al negocio podría hacerse no de una, sino de tantas guarderías como quisiera. Como al final ofrecerán un servicio a niños de muy breve edad, trabajo de suyo especializado, es esencial la calidad humana de quienes recibirán una guardería subrogada. Lo contrario, que es precisamente lo que se está haciendo, es meter en la tómbola a parientes, compadres y amigos que en muchos casos pudieran operar con total o mediana responsabilidad, y en otros, como en la guardería ABC, con el salvajismo sin nombre que implica hacer de cierto bodegón una presunta estancia para niños.
Estamos ya a poco más de un mes del percance. No debemos perder de vista que hasta en eso hay un mensaje, que todo comunica. La tragedia dejó al descubierto una cloaca de intereses y complicidades, y fue usada hasta el último momento como instrumento electoral. Esto significa, en una palabra, que las instituciones no están pensando en la salud, en la educación ni en la justicia, sino en sus beneficios coyunturales y en la preservación de privilegios. Ignoro si pueda haber afrenta peor para un país.

miércoles, junio 24, 2009

Arte de diluir



El tiempo es el gran verdugo, el gran aplanador, el gran rasero, el gran nadificador (si es que existe esta palabra que alguna vez le oí a un filósofo infuloso). Por eso me impresiona tanto aquella frase de Borges metida como si nada en el cuento “La intrusa”: “La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá”. Sí, toda crónica está condenada a perderse, a ser nada conforme la devora el calendario con su inmenso hocico. Bordo tan vaporosa reflexión cuando pienso en el tratamiento que por parte del Estado reciben los crímenes como el de la guardería ABC, fechoría que apunta ya a su tercera semana y todavía no deja un solo culpable claro, salvo quizá unos cuantos peces chicos que serán usados, en todo caso, no como peces, sino como chivos para que el tiempo pase y todo termine arrumbado en el expediente inútil de una Procu, perdido como todo se perderá.
El factor tiempo es, entonces, imprescindible para los políticos sorpresivamente metidos en megaescándalos como el de la guardería. Entre más semanas pasen, mejor para ellos, pues la gaseosa opinión pública se cansará del tema, por trágico que haya sido, y dejará que todo se diluya hasta derivar en el resumidero de la historia. Ese ha sido el tenor de sucesos parecidos: truenan, provocan una ola poseidónica de interés mediático, desestabilizan un rato al poder (en este caso, al gobierno de Sonora y al matrimonio Calderón-Zavala), hay promesas de investigación a fondo y mientras, mientras pasan las semanas, los meses, hasta que llega el olvido.
Leo un viejo libro sobre la masacre del Jueves de Corpus. Su título es La investigación, y lo publicó Proceso a principios de los ochenta, hace más de treinta años. El aporte de Enrique Maza da seguimiento a la información difundida por los medios luego de aquel jueves sangriento. Declaraciones de Luis Echeverría y de Alfonso (mejor conocido desde entonces como Halconso) Martínez Domínguez apuntaban, mutatis mutandis, lo mismo que ahora oímos de Bours o de Medina Mora: se castigará a los culpables, se llegará hasta el fondo de la verdad, nadie está por encima de la ley, el estado de derecho blablablá. El resultado de aquellas promesas con guayabera blanca quedó en nada, en crimen caído en el pozo de la historia nacional, en “misterio sin resolver”, como dice un programa forense-policiaco gringo. La voz popular, apagada poco a poco por el tedio, señalaba y señala como culpables al Echeverría y al ex regente Halconso, pero nunca pasó nada: el Jueves de Corpus fue carcomido por los años y desde hace mucho está condenado a ser nomás una carpeta perdida en la borrosa historia de la impunidad mexicana.
Ahora, como procedió Enrique Maza con la información nacida inmediatamente después del siniestro represivo, traigo esta nota sobre el incendio de la guardería: “Tehuacán, Pue., 15 de junio. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) dará a conocer esta semana los nombres de las guarderías subrogadas que representan un riesgo para los niños y por tanto suspenderán su servicio, así como de los dueños de todos estos establecimientos en el país.
Daniel Karam, titular del IMSS, indicó que en la página de Internet de la institución aparecerá el listado de personas a quienes se ha adjudicado el servicio de guardería, de forma directa o como resultado de un proceso de licitación”.
Tal vez fue precipitada la declaración del director del IMSS, pues en una semana no estuvo lista la lista prometida, pues ya vamos en la segunda semana desde que Karam arrojó al mundo el ofrecimiento y no pasa nada. También podemos pensar que sólo fue lo que es: una táctica distractiva, una forma segura de diluir dos o tres semanas con la creación de una expectativa falsa. Vayan ustedes a saber la cochinada que esconde esa lista. Por eso la esconden, por eso tardan en darle su buena rasurada.