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miércoles, marzo 17, 2021

Setenta de JJB

 











En julio de 1976 el presidente Echeverría movió sus tentáculos para que se consumara el golpe contra Excélsior, es decir, la salida de Julio Scherer y muchos de sus colaboradores, entre ellos Manuel Becerra Acosta, subdirector del diario. Poco después, mientras Excélsior era ya dirigido por el sinuoso Regino Díaz Redondo, Scherer fundó Proceso, Octavio Paz (quien dirigía Plural) fundó Vuelta y Becerra Acosta, hacia 1977, encabezó la aparición de Unomásuno. El segundo lustro de los setenta fue, por esto, un momento de cambios bruscos y favorables para el periodismo mexicano, un crack que urgía como contrapeso de la agusanada relación prensa-gobierno.

También los géneros periodísticos se vieron rehidratados. El reportaje y la entrevista alcanzaron notables registros de calidad en Proceso, los géneros de opinión tuvieron más libertad en las nuevas publicaciones y la crónica se convirtió en un género cada vez más visible en las páginas de revistas y periódicos. Unomásuno fue un periódico rupturista en diseño y contenido, y fue allí donde José Joaquín Blanco comenzó a publicar textos que miraban de una manera distinta a la capital del país. La prosa, llena de giros expresivos cultos y populares, chisporroteante, comenzó a ser crítica sin tropezar en el lloriqueo o el panfleto. Los pasos del cronista lo llevaron a moverse en todos los escondrijos de la ciudad y narrar sus andanzas con garra y crudeza, sin eufemismos.

En una crónica titulada “Cronista del PSUM”, Blanco observó lo siguiente: “Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de ‘barbaridades’, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos. Nunca lograba epatarlo con mis crónicas ‘escandalosas’ de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de ‘amargado y disoluto’, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar ‘con verdaderos ojos dostoyevskianos’ la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí”.

El libro que menciona fue un batazo en mi cabeza, tanto que de inmediato me impuse la obligación de intentar algo parecido en La Laguna, mi entorno. El fruto obtenido resultó magro, pero eso lo supe años después. Lo importante estaba en otro lado: gracias a Función de medianoche, que este año cumple cuatro décadas, supe que el periodismo podía tener el impulso de la literatura, que escribir bajo presión no justificaba desdeñar el tratamiento estético de la prosa ni extraviar la mira de lo cotidiano, de la incesante y torcida realidad.

Luego hallé otros libros de JJB, como Las púberes canéforas, El castigador, Un chavo bien helado y Postales trucadas, entre muchos más, pero siempre me quedó zumbando en el alma la idea de que Función de medianoche nunca dejaría de ser, y lo es hasta hoy, mi favorito. Su autor nació el 19 de marzo de 1951, así que pasado mañana cumple setenta. Estas palabras desean recordarlo con afecto y admiración.

sábado, marzo 01, 2014

Estás, náhuatl mío















La semana pasada estaba a estas horas en el DF. Como quedé hospedado cerca del centro histórico, nada me costaba echar una vuelta de rutina al zócalo, zona siempre idónea para comprar las chucherías artesanales que hacen las delicias de mis hijas en cada retorno a La Laguna. Pues bien, era domingo y el ombligo de la capital, la calle Madero sobre todo, lucía tupido de turismo, tanto que resultaba hasta difícil caminar. Al llegar a la plancha de la plaza vi que se levantaban unas inmensas casas de campaña verde olivo y un montón de personas hacía cola para entrar: era una exposición del Ejército mexicano, un museo itinerante.
Mi hija y yo atravesamos la avenida y a un costado del zócalo, en una especie de pequeña jardinera para transeúntes, vi que un grupo de ancianos rodeaba el busto de Cuauhtémoc. Uno de ellos, muy grande ya, tocaba la guitarra, y los demás, la mayoría mujeres, como diez, formaban una especie de coro. Todos traían hojas de papel en las manos. Quise pasar de largo, pero me detuvo la línea melódica de lo que cantaban. Se oía rara y al mismo tiempo conocida, tanto que no pude resistir la tentación de escuchar mejor y me acerqué.
Pasé unos segundos llenos de inquietud por no saber cuál canción era, pues, insisto, era totalmente cercana aunque cantada en náhuatl pareciera otra. Di dos pasos más, y a un metro del viejo que tocaba la guitarra, leí la letra en el papel de la mujer que estaba al lado del anciano: era la canción “Te vas, ángel mío”, en versión bilingüe náhuatl-español.
El momento me emocionó no por una o dos razones, sino por todas las que se agolparon en mi interior al ver y oír aquella escena. “Te vas, ángel mío” es una canción que me gusta así nomás, sin explicaciones aledañas, pero también porque la compuso y la cantó el lagunero (de Parras de la Fuente, Coahuila), Cornelio Reyna, seguro de sangre tlaxcalteca. Me perece arrolladoramente triste, dulce, melancólica, y cantada en náhuatl me pareció más todo eso.
Al terminar, el coro y el viejo de la guitarra cantaron otras piezas. Pedí una copia de las letras, me la dieron, y traté de sumarme al canto con muy poca fortuna, pues mi náhuatl es malo hasta leído. Aquello era, decía la portada del legajo, un “Acto conmemorativo del aniversario de Cuauhtémoc / Coro de la Academia de Aztecología de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística”.
Al terminar, mi hija y yo nos retiramos a otro punto. Aproveché para explicarle, como se explican estas cosas mientras uno camina entre el tumulto, a ella que escribe bien en español y ama el inglés, el orgullo que me producen las lenguas indígenas de América. Para empezar, el náhuatl. Me parece maravilloso, le dije, que el español de México tenga tantas palabras de esa lengua, que no nos avergüencen, que las usemos cada vez que sea posible y que no nos dejemos colonizar por la idea, arraigadísima ya, de que todo lo nuestro es malo y todo lo foráneo es bueno, sobre todo si viene de Estados Unidos. Cacahuate, escuincle, cuate, chocolate, xóchitl, citlalli, tequila, popote, atole, coyote, chile, Tlatelolco, Nezahualcóyotl, tocayo, calmécac, calpulli, azquel, comal, chípil, mole, tianguis, qué lindas palabras, y son de nosotros, le dije.
Poco después me pidió que le comprara una playera con la imagen del cantante neoyorkino Tupac Amaru. “Mira, es nombre quechua, otra lengua que amo. Así se llamaba José Gabriel Condorcanqui, el indígena rebelde del Perú”, reforcé orgulloso, como si el imperio inca también fuera mío.

Nota: La siguiente mala foto (de mi celular, con muy baja resolución) es la hoja con la letra de "Te vas, ángel mío" en versión bilingüe. La tomé en el acto citado en la columna.


domingo, junio 12, 2011

La urbe en mi memoria: un recuento deefeñólatra



Durante algunos meses colaboré en la revista El Huevo. Me invitó David Miklos, escritor y periodista cultural con quien todavía muy de vez en cuando me carteo, siempre afectuosamente. En una de esas colaboraciones me hicieron un pedido específico: que escribiera sobre el DF. No se me ocurró nada más que lo publicado hoy aquí abajo, una especie de crónica sobre mi tenue relación con el monstruo capitalino. Luego publiqué el mismo artículo en otros espacios y esta es la primera vez que lo trepo al blog. Ojalá no parezca caduco.

La urbe en mi memoria: un recuento deefeñólatra

Jaime Muñoz Vargas

Primer tranco: iniciación deefeñólatra
Como la mayoría de los provincianos de este tiempo, la noción del DF me fue dada por la tele. Recuerdo que en el inicio de la primaria una maestra nos explicó en el aula que México era, además de nuestro país, la capital de la república, el DF. Por supuesto, no quedó muy claro a qué demonios se refería. En la infancia, los mapas son abstracciones de compleja asimilación y apenas entendí que en México había otro México llamado oficialmente Distrito Federal. Pero la tele, como digo, ya era muy poderosa a mediados de los setenta. Televisa no tenía competencia. Chespirito comenzaba el ascenso a su fama; Raúl Velasco ya era totalmente vacuo, aún tenía pelo y —gracias a México, magia y encuentro, Siempre en domingo y Aún hay más— duraba seis maratónicas y peligrosas horas en el aire dominical; Los Polivoces —Armándaro Valle de Bravo y el policía Enrique Cuenca, para más señas— se correteaban en jardineras de Insurgentes o Reforma; Jacobo Zabludovsky ya era nuestro Goebbels y usaba sus espantosos audífonos de caparazón; Ángel Fernández gritaba gooooooool como ningún otro y Fanny Cano, con su Yesenia, hacía estragos en la educación sentimental de las señoras. Ése era nuestro ingenuo contacto con la capital. La tele era, como todo, un negocio centralista y nos creaba a los provincianos la idea de que en el país lo más importante, lo único, era la capital, el DF, el punto del universo donde estaba La Televisión.
Menos frecuente, el roce con el DF nos llegaba a los niños de La Laguna como enigmático fetiche. Algunos compañeros de la primaria tenían primos, tíos, abuelos en la Gran Ciudad. Yo frisaba apenas los 8 ó 9 años cuando escuché por primera vez una curiosa palabrilla: chilango. Supe por un compañero de primaria y afortunado vacacionista que él tenía “primos chilangos” y que un verano pasó dos meses en el DF compartiendo con ellos largos paseos en Chapultepec, en el metro, en el zócalo, en la basílica, en la torre latinoamericana, en bellas artes, en el estadio Azteca. Por esa sola aventura, mi cuate se erigió en el cosmopolita del salón, en el único que había establecido contacto con la ciudad donde jugaban el América, el Atlante, el Cruz Azul, el Atlético Español y los Pumas, es decir, el 25 por ciento de los equipos de primera división. Y recuerdo con reciclada envidia cuánto me asombré cuando narró su incursión al “coloso de Santa Úrsula” para ver un cotejo de la Máquina tricampeona contra las Chivas. Él no lo supo, pero gracias a sus elogios del Gato Marín, del Flaco Quintano, del Kalimán Guzmán y anexas me convertí en un creciente fan de los Cementeros. En otras palabras, debido a los ojos de un buen cuate y por magia contaminante, como postula J.G. Frazer en La rama dorada, yo tuve contacto con los seres mitológicos de la capital, los futbolistas que sudaban la gramilla del Azteca y que todos los fines de semana salían en la tele de mi lagunera y provinciana buhardilla.
Mi contacto frontal del DF se dio en 1977. Un maestro de secundaria organizó para mi grupo un viaje de estudios —ésta es una metáfora— en el destartalado autobús de la federal “Ricardo Flores Magón”, de Ciudad Lerdo, Durango. Fue un periplo formidable, pues cuarenta y tantos espinilludos salimos de La Laguna para recorrer Tamaulipas, Veracruz, Morelos, el DF y no sé cuántos sitios más. En Tampico vi barcos gigantes, en Tecolutla me inauguré en el estupor marino, toqué los muros de San Juan de Ulúa, entré a las grutas de Cacahuamilpa. Cuando llegamos al DF, no se me olvida, mis hormonas estaban en ebullición por una compañera de la secundaria llamada Claudia, la primera mujer a la que apetecí con instinto de perro. Quizá por eso la capital de esa primera excursión hoy me parece afantasmada, demasiado nebulosa en la memoria. No me interesaron bellas artes, el zócalo, las líneas del alucinante metro, el castillo de Chapultepec. No. Nada. El mundo, el universo estaba en Claudia y mis sentidos eran sus esclavos. Recuerdo que subí los escalones de la pirámide del sol junto a ella, y mi único deseo era seducirla, no comprender el sentido de las ancestrales edificaciones. Claudia —así suele suceder— no accedió a mis demandas y lo único que conseguí con ese prendamiento fue desperdiciar mi primer encuentro con la capital, con la gran urbe que ya nos llegaba por la tele convertida en un monstruo complejo, voraz, indescifrable.
Volví al DF en 1983. Era estudiante de la carrera de comunicación en la que invertí, no sé si bien, cuatro años de mi vida. Como tal, todavía con densa credulidad, me integré a un corro de ocho compañeros que anhelaban conocer los intestinos de Televisa y de Imevisión. Con una carta de nuestro rector, los ocho mocetones entramos a los foros de San Ángel y a los estudios del Ajusco. Vimos la grabación, vaya horror, del XE-TU conducido por René Casados y Érica Buenfil; también entramos al foro donde César Costa y Alejandro Suárez urdían La carabina de Ambrosio. Con enorme vergüenza nostalgio ese tiempo inútil, pues en lugar de establecer relación con las innumerables zonas de interés en la capital, ambicionaba saber, con respetuosas mayúsculas, cómo se hacía Televisión Profesional. En resumen: un viaje de asco, incluidas las ingentes bacanales despachadas en alguna habitación del hotelito La Fayette, ubicado en el centro histórico.

Segundo tranco: re-conocimiento del DF o la vindicación del chilango
En 1984 se dio mi conversión a la secta literaria, y mi saludable y beligerante apostasía de la ingenua ambición televiscosa. A partir de ese año, puedo decirlo sin afán proselitista, mi vida cambió por el contacto de los libros. Como era previsible, muchas de mis ideas han sido modificadas gracias a una página, gracias a un párrafo, gracias incluso a una frase. Debo mi primera revelación verbal de la ciudad de México, la más notable y acaso la más duradera, a Función de medianoche (Era-SEP, 1986), el libro que recoge los ensayos de vida cotidiana que José Joaquín Blanco publicó en unomásuno entre 1978 y 1979. Allí están, como a flashazos, mis primeros reconocimientos ciertos, auténticamente hondos, sensibles, de la capital. La crónica brillante de José Joaquín, su desgarrada ternura, su insobornable juicio del poder y, sobre todo, su minuciosa bitácora de solitario/solidario transeúnte capitalino me dejaron tan entusiasmado que, a mi modo, durante algunos meses intenté el estilo de aquellos textos pero aplicado a las ciudades laguneras. No olvidaré, por ejemplo, las obras maestras de Función de medianoche, ensayos-crónicas que no caerán de mi memoria porque debido a ellas entendí, o creí entender, el fascinante amor/odio que le profesan al DF quienes lo habitan, quienes gozan/padecen las ventajas de su centralismo y el turbio decurso de su inmediatez. “Panorama bajo el puente”, “Mercado sobre ruedas”, “Plaza Satélite”, “La plaza del metro”, “Frío de sábado por la madrugada”, “Un Fausto de Lindavista” y otras piezas del minucioso Blanco me guiaron por la capital mucho mejor que cualquier viaje de estudios. Función de medianoche me pareció desde aquel primer acercamiento una especie de manso apocalipsis, una descripción poética y rigurosa, delicada e implacable, de aquella magalópolis que por su grandiosa monstruosidad obliga al ciudadano a elegir en un resignado águila o sol: amarla/odiarla o huir.
Luego vinieron otros libros, claro, y casi todos me confirmaban el pálpito de Función de medianoche. Uno de ellos fue Perspectivas mexicanas desde París: un diálogo con Carlos Fuentes (Corporación Editorial, 1973), entrevista donde el autor de Terra nostra se explaya frente a James R. Fortson, director en aquel momento de la revista Él, una especie de Playboy azteca. A mediados del 73, Fortson interroga a Fuentes en París y le pregunta si piensa regresar a México para residir permanentemente allí. El novelista responde que viaja a la capital con mucha frecuencia, que tiene amigos y esas cosas, y en sus palabras asoma demasiado la oreja una visión catastrofista que desde entonces es referencia obligada cuando pienso en el DF: “Ahora México es una ciudad sin misterio, sin comunicación entre la gente (…) una ciudad donde el obrero emplea tres o cuatro horas en trasladarse todos los días de su casa al trabajo. Es terrible; no se ha resuelto el problema básico de los medios de transporte urbanos. Pero abundan los yates en Acapulco. México es una ciudad donde no se puede caminar, tienes que andar en el periférico todo el tiempo, te ahoga el polvo, el smog, sólo hay avenidas inmensas, grises, despersonalizadas, de concreto, dedicadas a la muy divina pareja del señor Cocacoatl y su esposa Pepsi-idem. Es horrible, ¿verdad? Hay que reconstruir la ciudad de México. Quizás sea demasiado tarde. Yo creo que ya no tiene salvación esa pinche ciudad. Se la llevó la chingada, de plano…” (p. 40; el subrayado es mío). Como se lee, al final de este comentario Fuentes oscila entre el optimismo y la certeza de un DF leviatánico, un sitio al que se lo llevó, sin ambages, “la chingada”, la chingada que hoy es la polución, el congestionamiento, la delincuencia, el hacinamiento, el subempleo, la indefensión económica de millones, el tenaz centralismo, la falta de transporte, la descomunal necesidad de agua y de luz, el caos. Pese a todo, un porcentaje muy alto de mexicanos, resignado o no, vive allí con la legítima esperanza de ser feliz hasta que llegue, si es que llega, la posibilidad de escapar.
Junto con los libros, junto con los suplementos (sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal), llegaron las primeras amistades chilangas. Al revés de lo que dicta el estereotipo, los chilangos que conocí en aquel tiempo no eran los irredentos malvados descritos por la mitomanía popular de tierra adentro (debo señalar, parentética y casualmente, que mis mejores cuates de la prepa y de la carrera son un par de chilangos ya algo descafeínados pero todavía con suficiente acento tepiteño). Conocí a Guillermo Samperio, a José Agustín, a Nacho Trejo Fuentes (de Pachuca, sí, pero chilango por ósmosis), a Vicente Quirarte y a otros capitalinos no menos generosos. En lo que me toca, pues, los deefeños me ha tratado, hasta hoy, con buena mano, así que no comparto el precavido estereotipo resumido en la divisa “haz patria, mata un chilango”. Antes bien, el aroma que me deja la ciudad de México es simétrico al de José Joaquín, el amor/rencor que luego encontré en “Declaración de odio” (Poemas prohibidos y de amor, Siglo XXI, 1973), una de las obras legendarias del ilustre Cocodrilo:

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad (…)
Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,
no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,
sino por tu candor de virgen desvestida…


Tercer tranco: el asentamiento de la deefeñolatría distante
Ahora, desde hace tres años, por asuntos de trabajo visito la capital con relativa periodicidad. Siempre busco librerías, y por sistema ingreso a Gandhi, al Sótano, a la Octavio Paz y a la de la UNAM. En este tiempo han llegado a mí nuevos textos para convalidar mi afecto del DF —Enseres para sobrevivir en la ciudad, Grupo Editorial Norma, de Vicente Quirarte; México, ciudad de papel, Tusquets, de Gonzalo Celorio, entre otros— y enfatizar lo que apenas sospeché con la lectura de José Joaquín Blanco. El arraigado amor/rencor de quienes a diario transitan sus calles y se filtran en sus recovecos de concreto. En las visitas recientes, ya más afinada la atención, la metrópoli me ha enseñado su rasgo más evidente: la despersonalización. En México —esto es una hipérbole— parece que nadie le interesa a nadie, y ésa, paradójicamente, es la ventaja/desventaja del oximorónico DF. El desdén por los otros millones de desdeñosos le da al individuo la certeza de una libertad cierta, real, pero esa libertad se ve sujeta por la presión de los horarios, las distancias, el revoltijo de vidas, la competencia laboral, la maldad despersonalizada. En el DF todo mundo es libre a condición de que acepte vivir en una cárcel. Por eso no hay gratuidad, sino puntería, en el uso del oxímoron amor/odio.
Y como digo, ya visito la ciudad de México frecuentemente. Siempre salgo hacia allá con un temblor de piernas que amaina apenas piso la irónica región más transparente. Como mi memoria es más fotográfica que nominal, no ubico nunca los nombres de ninguna calle, de ninguna colonia, de ninguna línea del metro. Toda la nomenclatura entra sin concierto al caos de mi diccionario metropolitano: Tacuba, Tlalpan, Parque Hundido, Colonia Roma, metro Nativitas, Iztapalapa, Narvarte, Polanco, Xola, Presidente Mazarik, Ajusco, San Ángel, Izazaga, Copilco, estatua del Caballito, la Diana, Chapultepec, Lagunilla, Minería, Indios Verdes… Por tal razón, cada vez que visito la capital llevo una agenda ligera, simple, consistente en dos o tres actividades que después se convierten en cuarenta. Bien sé que México posmopólitan devora a cualquiera, y a mí, temeroso lagunero, me arrastra en su infatigable turbamulta despersonalizada, atroz, perfectamente caótica. Pese a todo uno va queriendo a la ciudad y entiende mejor a los poetas que la han loado, desde Bernardo de Balbuena a José Emilio Pacheco. La capital es fea, en las mañanas luce ojerosa y pintada, cierto, pero tiene un veneno que fascina, un veneno que, por lo menos, vale la pena ingerir de vez en cuando. Lejos, separado a diario por más de mil kilómetros, mi amor por el horrible Distrito Federal ha sido, como todo lo que nos sucede, inevitable, tan inevitable como mi frecuente recuerdo del poema “Crónica” (Tarde o temprano, FCE, 1986, p. 166), de JEP:

La guerra terminó o tal vez no ha empezado
El fuego derribó nuestras murallas
y hacemos guardia entre las armas rotas

En el aire se palpa un rumor de lluvia
Aún no desciende pero está manchada
por nuestra sangre

¿Somos inocentes
somos los culpables de la matanza?
¿Quién desertó o está muerto como un héroe?

No lo sabremos nunca
En esta noche
que se ha vuelto destino
toda nuestra ventura se reduce
a esperar aquella guerra
que aún no comienza
o se encendió hace siglos.


Cada vez que viajo a la capital, por superstición, leo este poema.