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miércoles, octubre 17, 2018

De erratas y derrotas




















Quizá nadie sabe más de erratas, de lo que fastidian y de lo que duelen, que quienes tenemos la suerte o no sé si la desgracia de editar libros, revistas y/o periódicos. Pero no sólo nosotros, claro. Los autores las cometen y las resienten cuando no las cometen, y los lectores las subrayan como para clavar más hondo el puyazo en la piel del editor. Por eso digo que este oficio tiene su lado lindo: hacer las cajas, escoger la tipografía, determinar si el arranque de los textos se acicalará con una bella capitular, ver en qué sitio queda bien algún renglón en versalitas... Eso, la parte del diseño general, es una chamba por lo común grata y hoy, gracias a los programas de computadora, algo mecanizada luego de decidir los parámetros de cada cosa.
Lo difícil no es eso, sino leer y releer el contenido no sólo para pescar las erratas del autor, que por lo general vienen porque vienen en el original, sino para que el texto avance en la tesitura que le corresponde, sea poética, narrativa o de prosa expositiva, sea sobria o lúdica, sea conservadora o experimental. Entonces, sea cual sea el caso, leer y releer —y en ese trance corregir en acuerdo con el autor, si se puede— es el oficio real de quien edita, y no sólo pasar un documento de Word a otro programa sin detenerse a pensar en las sutilezas de la escritura.
Pese a los cuidados extremos, sin embargo, las erratas siguen floreciendo. La tecnología moderna ha logrado, creo, aplacar su funesta aparición, pero no las ha vencido. Antes, cuando las publicaciones se componían a mano, de manera artesanal, sin electrónica, con tipos móviles, las erratas podían multiplicarse a grados escalofriantes, todo dependía muchas veces de que el cajista tuviera sueño o fuera muy desenfadado para que cualquier párrafo viera aparecer, de la nada, pifias de todos los colores.
Neruda opina al respecto en un textito titulado “Erratas y erratones” (del libro Para nacer he nacido, Seix Barral, Barcelona, 1978). Comenta allí que la narrativa puede padecer erratas sin desmoronarse, y confía en que el contexto ayuda a subsanar cualquier error. La poesía, al contrario, es una arquitectura tan delicada que cualquier cambio puede echar abajo el edificio de lo escrito. Comenta el caso de su próximo libro (próximo hasta el momento de escribir “Erratas y erratones”); dice que al revisar las galeras encontró que, gracias a los duendes de la zancadilla tipográfica, donde decía “el agua verde del idioma” le cambiaron a “el agua verde del idiota”. Espantoso. Luego narra una anécdota ocurrida a su amigo Manuel Altolaguirre, poeta y editor. Cuenta que tras editar un poemario, Altolaguirre se vio con el autor, a quien le aseguró que el libro no contenía errores, “Pero al abrir el elegantísimo impreso, se descubrió que allí donde el versista había escrito: ‘Yo siento un fuego atroz que me devora’, el impresor había colocado su erratón: ‘Yo siento un fuego atrás que me devora”.
Las erratas son invencibles. Lo bueno es que a veces hacen de lo trágico algo cómico. Viéndolo bien, no es poco logro.

sábado, junio 09, 2018

Con un arma en la nuca
























Nuestro oficinista sobrevive a los tumbos en una urbe sombría e inhumana, demasiado inhumana. Se trata de un tipo mediocre, tan apocado que casi es invisible. La rutina lo cerca y los días van minándolo hasta límites inconcebibles. No es dueño de su vida, y todo alrededor se confabula para hacerlo papilla, para machacarlo en el mortero de la desdicha. El oficinista no tiene nombre, así que basta llamarlo así: el oficinista, quien parece ser el resultado individual de un proceso —¿económico, político, social, moral, todo eso junto?— que ha pulverizado la vida de inmensas colectividades. El oficinista, pues, es uno y millones, una sinécdoque de la devastación mundial.

Guillermo Saccomanno (Mataderos, Buenos Aires, 1948) ha formulado en El oficinista (Premio Biblioteca Breve 2010, Seix Barral, Buenos Aires, 2010, 201 pp.) una distopía ubicada en un futuro que de tan reconocible casi no pertenece al futuro, sino al presente, un huevo de serpiente. Saccomanno nos recuerda en esta novela lo que de alguna manera ya estamos resintiendo: que la civilización es una carnicería, que el progreso pasó a convertirse en un animal que nos engulle y nos defeca sin conmiseración.

El oficinista que protagoniza esta historia habita, como sus congéneres, en colmenas impersonales. Sus horas mecanizadas transcurren esencialmente en tres espacios, todos extensiones de la cárcel: la oficina, la calle y el hogar. Ninguno de ellos supone, obvio, bienestar, sino lo contario: los tres son infiernos cuyos vasos comunicantes infectan de infelicidad a quien los toca. El oficinista pasa sus horas tras un escritorio en el que desahoga trámites miserables. Son tan insignificantes que ni siquiera sabemos cuáles son. Lo que sí sabemos es que todo el tiempo, síntoma de la era ruin que padecemos, vive colgado de la zozobra que significa perder su trabajo, de suerte que conservar el empleíto es la medida de todas las abyecciones. El oficinista es por ello un paranoico que en todo ve signos de peligro, amenazas a la seguridad de conservar su puesto en la maquinaria.

Sin embargo, pese a lo terrible que resulta vivir sentado frente al escritorio, la libertad de la calle y el sosiego del hogar no son mejores opciones. Apenas se libra del trabajo y de las horas extras asumidas casi con placer para evitar lo que sigue, el oficinista emerge hacia la calle y lo que encuentra es abominable: como en una fantasmagoría preapocalíptica, la ciudad se ha vuelto ámbito de depredación, de inseguridad y desprecio por la vida humana. Es, no sabemos por qué pero lo intuimos, sobrevolada por helicópteros artillados que luchan contra una “guerrilla” sin rostro e igualmente letal. Aquí y allá, por todos lados, los helicópteros, las patrullas, los autos blindados de la autoridad, vigilan, rastrillan todos los recovecos y persiguen a los rebeldes, y los rebeldes a su vez colocan explosivos sin mirar a quién ni a cuántos destrozan, de manera que el clima callejero es el de un cataclismo entre trenes subterráneos, cines, pizzerías y demás vidrieras sebosas. Nadie está pues seguro en esa selva, y si pensamos que en el hogar habrá un descanso para el protagonista, nos equivocamos: el hogar es un reflejo congruente de la barbarie padecida en la oficina y en la calle. Puede incluso ser un sitio peor de repugnante: el oficinista padece allí el hostigamiento atroz de su mujer, una sapo, y la sensación de que sus hijos son insalvables: ellos están condenados, no tienen escapatoria, su futuro es ineludiblemente siniestro, tal vez peor que el presente ya encarado/encarnado por su padre, el protagonista de esta agonía.

En tal atmósfera vidriosa ocurre un milagro de escala minúscula como todos los milagros que pueden ocurrirle a un ser de similar tamaño: nuestro oficinista se enamora. Fortuita, impensadamente es flechado por una compañera de trabajo, la secretaria-amante del jefe, y ese hecho entre accidental y prodigioso estremece la vida del oficinista. Entre dudas y pavores avanza hacia la corazonada de que el amor es su último tren, una posible redención luego de la vida de escoria que ha tenido. La secretaria, quien también carece de nombre, como todos los personajes de esta novela, lamentablemente está poco o nada de acuerdo en acceder a la pasión del personaje gris que la merodea. Si bien ella lo acepta en un primer encuentro, no está dispuesta a ceder más allá de aquella migaja: ella supone tener un camino más seguro con el jefe, de modo que vincularse con el oficinista es un disparate que no podrá permitirse.

El microcosmos de El oficinista es asfixiante. El frío, la condición plomiza del ambiente, los barrios despojados de toda civilidad y los infinitos perros callejeros que se convierten en símbolo del salvajismo prohijado por la urbe, son el caldo de cultivo ideal para crear zombis a la manera apaleada del protagonista y quienes lo rodean.

Una clave de la novela radica en su cruel epígrafe: “Una experiencia que, por su exceso de soledad, sólo puede llamarse rusa”. En efecto, tales palabras de Kafka rajan como machetazo todas las vísceras del texto. En sus 55 breves trancos se siente que el interior de los individuos que pueblan estas páginas ha sido carcomido por el gusano de la soledad hasta convertirlo en un tormento sin pausa. Por ello, “El infierno es el subsuelo de uno mismo”, piensa el oficinista en alguna parte de su calvario.

Con el mismo recurso sentencioso el oficinista cree haber encontrado en el amor una rendija para escapar de su destino: “En la vida todos tenemos una oportunidad. Si la dejamos pasar estamos fritos”, piensa. El oficinista es un sujeto que se desdobla como buen microbio plagado de incertidumbre: por un flanco es el timorato de siempre, el bicho ínfimo que se conformó con la derrota de aherrojarse a un escritorio; por otro, un ser —su alter ego— que lo aguija a la inconformidad, a no dejarse vencer, a no ser más el pusilánime viscoso de siempre: “Piensa que desde que tiene memoria se encuentra con el cañón de un arma en la nuca”.

Precisamente, como en las historias de Kafka, en El oficinista importan menos las peripecias que la metáfora global: la vida, nuestra vida de estos tiempos humillados ante el altar neoliberal, avanza con un arma en la nuca. Todos somos o casi somos ese oficinista que trastabilla en busca de una salvación, la que sea, y sólo obtiene por respuesta el balazo de la realidad que le confirmará su lugar en el mundo: la basura.

sábado, junio 21, 2014

Futbol por correspondencia




















Los mundiales no sólo generan goles, estadísticas y millones de notas en toda la prensa del planeta. Al su lado nacen subproductos que en los meses previos y durante el desarrollo de la justa pueblan el orbe como epidemia bíblica. Álbumes, envases en ediciones especiales, playeras, llaveros, gorras, pulseras, videos, viajes y mucho más cobra un impulso de catarata publicitaria en las etapas mundialistas. Allí también caben, aunque a una escala moderada, los libros. Algunos nacen antes de los mundiales, otros durante y unos pocos después, como ocurrió con Ida y vuelta (Seix Barral, 2012), diálogo epistolar sostenido por Juan Villoro con Martín Caparrós durante la celebración de Sudáfrica 2010.
El intercambio se dio entre junio y julio de 2010, y las cartas fueron acogidas por las revistas Letras Libres, de México, y Soho, de Colombia. El subtítulo del libro, “Una correspondencia sobre futbol”, confirma lo que encontramos en las páginas de Ida y vuelta: a cada misiva, el interlocutor corresponde con otra, y así se va escalonando la “conversación” virtual. El pespunte se torna interesante porque lo mismo se deja ver comentarios sobre la coyuntura (el Mundial sudafricano en sí) que sobre el futbol en general y sobre las idiosincrasias de las dos hinchadas que de alguna manera representan los corresponsales, la mexicana y la argentina.
Villoro, como sabemos, nació en el DF en 1956, y es ya uno de los escritores mexicanos con mayor cartel no sólo en nuestro país, sino en todo el contexto de habla hispana. Apasionado hasta el tuétano por el futbol y autor de libros como Dios es redondo y Balón dividido, además de decenas de entrevistas, conferencias y colaboraciones en una cantidad ya incuantificable de espacios periodísticos, es sin duda el escritor mexicano más identificado por los lectores con la opinión futbolera pensada desde la literatura. Caparrós, quien nació en Buenos Aires un año después, es uno de los intelectuales más polémicos de su país, autor de numerosos libros diversificados entre novelas y ensayos políticos, además de haber ejercido una carrera periodística que le ha permitido recorrer “medio mundo”. Dados estos antecedentes, en el diálogo reina la buena prosa y un torrente de opiniones atendibles.
En total son 42 cartas. Sólo en un par de momentos cada autor envía dos seguidas, así que el libro es, si lo miramos como si fuera la cancha que ilustra su portada, un choque de ida y vuelta, un match con ataques y contrataques. Se puede percibir en este libro un todo amable, por supuesto, pero también el ánimo por competir. Pese a la premura que impone el género epistolar vía mail, los dos escritores colocan la canasta muy alta (o la portería muy lejos, para evitar la metáfora basquetbolera) a su “rival”, así que ambos van engarzando comentarios dignos de cita, como éstos sobre el tema central del libro: “No sé si estarías de acuerdo con mi definición: en mi caso, siempre sospeché que el futbol era el espacio de mi salvajería feliz” (Caparrós). “Ningún otro deporte tiene un sistema de jurisprudencia tan endeble, es decir, tan parecido a la vida” (Villoro). O éstas, que se refieren a la sociedad donde crecieron los interlocutores: “¿Escuchaste hablar alguna vez, mi querido hospitalario, de la viveza criolla, esa virtud que se supone tenemos los rioplatenses y que consiste en sacar la mayor ventaja, siempre al borde de la legalidad, de cualquier situación?” (Caparrós). “En México cada fracaso futbolístico da lugar a un deporte extremo: el linchamiento” (Villoro).
Ida y vuelta, una correspondencia sobre futbol es en suma un libro grato en más de un sentido, no sólo en el futbolístico. Es lo menos que podía esperarse de dos pesos pesados de la literatura latinoamericana.