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sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

domingo, marzo 17, 2024

Siempre Enriqueta











 

El poeta más visible en la historia de La Laguna es una poeta, Enriqueta Ochoa (Torreón, Coah., 1928-Ciudad de México, 2008). Por suerte, su obra ha merecido frecuentes y variadas ediciones, como la del FCE que reúne toda su producción. Hay muchas más, claro, como Retorno de Electra publicada en los ochenta por la colección Lecturas Mexicanas de la SEP, Material de lectura que sacó la UNAM, Que me bautice el viento. Enriqueta Ochoa para niños, entre los que recuerdo sin consultar. De acceso libre tenemos, en PDF, Filtrando imágenes (Gobierno del Estado de Coahuila, Saltillo, 2020), colección que reúne una parte significativa de su poesía.

En tal muestra podemos encontrar “Las urgencias de un Dios”, su primer poema publicado y una evidencia de su precocidad literaria: tenía apenas 22 años cuando lo dio, como se decía antes, a la estampa y provocó a la par admiración y escándalo. Al margen de la rima y los temas provincianos a los que parecía condenada, Enriqueta se instala de golpe en un decir moderno y en una hondura que reflejaba la angustia mundial de la postguerra (1950): “Dios es mi inseparable, / mi más íntimo compañero / de juegos y de lágrimas: / el más constante y tierno, / más rebelde y sumiso”.

A la par del poema de largo aliento, hallaremos otros breves y contundentes, como “La muerte”, del que cito la primera de sus dos estrofas: “Caminando conmigo desde siempre… / con tormentas de incendio me sopló en la cara; / me apadrinó en mis nupcias con la tierra; / la garganta inauguró con sed y arenas; / y en verano caliente abrió carrera / por los montes nocturnos de mis venas”.

O este otro, en el que nos deslumbra la sencillez de una verdad a la que siempre nos negaremos: la de aceptar que estamos solos y esencialmente desposeídos, ignorantes de lo fundamental (“El hombre”): “¿Qué ha visto el hombre? Nada. Ciego y desnudo llegó, desnudo y ciego se irá del polvo al polvo”.

Cierro con una anécdota algo triste. Vi una sola vez a la autora de los versos anteriores, la última que visitó su tierra, Torreón, cuando tenía como 70 años. Terminaba el siglo XX y mi amigo Fernando Martínez iba a comer en el restaurante del hotel Marriot con doña Enriqueta. Me llamó, me invitó, y fui, pero todo fue tan acelerado que ni cámara ni libro llevé a la mano, así que no pude salir del encuentro ni con foto ni con libro dedicado. Ante esta pérdida —y aunque queda el recuerdo de una conversación muy grata—, me he resignado a leerla y recordarla. Bien mirado es más que suficiente.


domingo, febrero 26, 2023

Quince años sin Enriqueta Ochoa












Digamos que es una frustración algo infantil, pero importante porque hoy es facilísimo no quedarse con las ganas que voy a comentar. Estábamos ya cerca de cruzar la frontera de los milenios, era 1998, y en alguno de sus días fue revelado el nombre del ganador del premio nacional de poesía Enriqueta Ochoa. Resultó que el ganador fue una ganadora, la poeta michoacana Lucía Rivadeneyra, con el libro En cada cicatriz cabe la vida. Pasaron algunas semanas y por invitación de no recuerdo quién asistí a la premiación en el antiguo edificio de la presidencia municipal de Torreón, ya demolido para dar espacio a la actual Plaza Mayor. En la ceremonia estuvieron presentes, obviamente, la ganadora del certamen y nada más ni nada menos que doña Enriqueta Ochoa. Allí la conocí personalmente. Ella tenía en aquel momento setenta años justos, y creo que ese fue su último viaje, o acaso el penúltimo, no sé, a la ciudad que la vio nacer el 2 de mayo 1928.

La ceremonia se desarrolló según el protocolo de esos actos, y yo sólo estuve allí en calidad de público. Al final logré acercarme a doña Enriqueta, la saludé, le dije tres o cuatro admiradas palabras entre la gente que la rodeaba y me fui para seguir en alguna de mis actividades. Me sentía orgulloso: había conocido y saludado de mano a nuestra máxima poeta.

No recuerdo si ese mismo día o al día siguiente yo estaba trabajando en mi oficina de la revista Brecha, donde coordinaba el suplemento cultural, cuando recibí una llamada algo imperiosa. Mi amigo Fernando Martínez Sánchez, también escritor, me instó a correr hacia el restaurante del hotel Marriot para comer junto a él, María (su esposa), Lucía Rivadeneyra y Enriqueta Ochoa. Creí que era una broma, pero Fernando me aseguró que no, que me estaba llamado de la recepción del hotel y que en cinco minutos estarían sentados en una mesa junto a la gran escritora. “Vente ya”, me dijo.

Sin pensarlo dejé todo como estaba, corrí a mi auto (¿la Caribe?) y avancé hasta el restaurante. Llegué diez minutos después y, en efecto, como me lo había dicho Fernando, allí estaban ya reunidos y con el gesto de revisar las cartas del menú. Fernando me presentó con su amiga Enriqueta, le dijo que yo era el joven escritor lagunero del que le había hablado, y Enriqueta me indicó que la silla vacía ubicada a su izquierda era la que habían dejado disponible para mí. La conversación se dio como siempre en las reuniones colectivas, azarosamente. Como doña Enriqueta, Lucía Rivadeneyra era una persona muy cordial, y no faltó, claro, que se hablara sobre poesía. Recuerdo que la maestra habló algo de sus achaques, de sus malestares, pero de modo amable, como una consecuencia lógica de la edad. Aunque la tenía a un lado, creo que no le pregunté nada directamente, pues supongo que me sentía anulado ante su ya mítica estatura. Al final, la comida duró como una hora o poco más, y nos despedimos.

En el regreso a la oficina reparé en el detalle: no había llevado un libro de Enriqueta para obtener de ella una dedicatoria. Tampoco se había hecho una sola foto grupal, pues todavía faltaban algunos años para tener cámaras ubicuas en los celulares. Decidí entonces investigar el lapso que duraría la estancia de la maestra en Torreón, pero luego me devoró la chamba y dejé esa búsqueda para cualquier otra ocasión que por supuesto no se dio, y así quedé, con esta frustración de por vida. Cierto que años después presenté en el Teatro Nazas, junto a Esther Hernández Palacios, especialista en la obra de Enriqueta Ochoa, la obra poética completa de EO publicada por el Fondo de Cultura Económica, pero en aquella oportunidad la maestra ya no viajó a Torreón. Así llegó el 2008, cuando murió a los ochenta años, y esto significa que en 2023 cumpliremos el aniversario quince de su partida.

Por suerte, y sobre todo en Coahuila, como debe ser, la obra de nuestra poeta mayor ha sido multiplicada en varios libros y homenajes. Uno de los títulos más bellos publicados en estos años es El fuego que arrasó mis llanuras. Fue editado por la Secretaría de Cultura de Coahuila y está disponible para descarga gratuita en el portal de la SEC, aquí.

Se trata de un libro, digamos, introductorio a la vida y a la obra de la maestra. En la presentación, Ana Sofía García, secretaria de la SEC, al referirse al primer libro de EO, señala que “La recepción que tuvo el poemario en su ciudad, y en México, fue escanda­losa: los curas, desde el púlpito, prohibían que se leyera el libro y algunas religiosas le aconsejaban que lo quemara. Desde su primer libro, se escuchó la voz poética, potente y desgarradora, de Enriqueta, se sintió el dolor de la palabra que, de alguna manera, se reafirmaría más tarde con poe­marios como Los himnos del ciego, Retorno de Electra, Bajo el oro pequeño de los trigos y Asaltos a la memoria”.

Contiene asimismo una página que no resisto la tentación de citar íntegramente: “Para mí la poesía es el hallazgo de lo insólito en lo cotidiano. Después de que se ha descendido a las zonas más profundas del ser, más allá de la trave­sía del subconsciente, en donde lo su­blime y lo terrible se dan la mano, la pa­labra nombra la esencia y existencia del hombre. Es el mundo de las vivencias el que mejor configura los símbolos, la magia, las imágenes, la liberación de las palabras concretas. La poesía como la­bor es ardua y en ella es fácil perderse, desmoronarse en pequeños fuegos ar­tificiales. Yo quiero ir más allá, decir lo más entrañable mío, que en todos los casos es de los demás”, dijo EO; el libro suma ensayos de Beatriz Espejo (“Enriqueta Ochoa”), Esther Hernández Palacios (Enriqueta Ochoa o el retorno del mito”), Javier Molina (“Prohibido desde el púlpito, un libro de Enriqueta Ochoa”), Emmanuel Carballo (“Escritura al margen de capillas y modas”) y Adriana del Moral (“Bautizada por el viento. Entrevista con Enriqueta Ochoa”), y, además, entre los ensayos, añade varios de los poemas más representativos en la obra enriqueteana.

Este libro es una bella y cómoda edición de Alejandro Beltrán con ilustraciones de Estefanía Nicté Estrada. Por todo, y dado que en 2023 llegamos al décimo quinto aniversario luctuoso de Enriqueta Ochoa, como documento es ideal para lograr un primer acercamiento a la vida y la obra de la poeta mayor de La Laguna.

miércoles, diciembre 05, 2018

Diez años sin doña Enriqueta




















Desde hace diez años no llegan los primeros de diciembre sin que recuerde la partida de doña Enriqueta Ochoa, y así ocurrió en los días recién pasados. Entre los tumultos de la FIL de Guadalajara, el jueves o el viernes reparé en la efemérides: “Ya viene el aniversario luctuoso de doña Enriqueta”, pensé. También pensé en el año: ella murió el 1 de diciembre de 2008, así que se cumplía una década sin su presencia física, y yo debía recordarlo. Pero el sábado pasado se atravesó la toma de posesión, a la que dediqué unos párrafos. Hoy, de regreso en Torreón, ya sin sobresaltos, recuerdo a la más alta poeta que ha dado el estado de Coahuila.
Poco antes de morir, como en 2006 o 2007, vino a Torreón. Fue su última visita a la tierra donde nació. Lo hizo para participar en la premiación del concurso nacional que lleva su nombre, pero sospecho que, como ya no viajaba, ese retorno tuvo también un aire de despedida. No sé si alguna vez he comentado, creo que sí, el alto honor que viví en aquella oportunidad. Gracias a Fernando Martínez Sánchez, amigo muy cercano a doña Enriqueta y uno de los colegas que más me han querido en La Laguna, recibí la invitación para comer con ella y con la ganadora del concurso. En aquel momento, Fernando tenía la obsesión de que la maestra y yo nos conociéramos, así que hizo todo lo posible por reservarme un sitio a su lado. Recuerdo que la comida se celebró en una especie de ala lateral al restaurante del hotel Marriott, y en efecto, entre varias personas, la silla aledaña a doña Enriqueta estaba vacía. Llegué un poco tarde; cuando aparecí, Fer se puso de pie, me saludó, me presentó y me dio el lugar disponible a la izquierda de la escritora.
Por supuesto, yo estaba nervioso. Sentía que estar junto a doña Enriqueta era como estar con una parte muy importante de la literatura nacional, y así era. La maestra conversaba con todos, se habló de comida local y de antiguos negocios de Torreón. Todavía no era tiempo de cámaras buenas en los celulares para hacerme una foto, y entre otros errores, no llevé ningún libro para solicitar una dedicatoria.
No importa. Me queda el recuerdo y persiste mi admiración por su obra.

domingo, noviembre 08, 2015

Elogio de los tacos






















“En el séptimo día, dios creó los tacos, vio que estaban bien sabrosos y se echó otra orden”, pudo haber quedado escrito en el Génesis. Así de esencial me parece el taco, tanto que no me hubiera extrañado su aparición en la Biblia. Pero el taco no está allí, en el libro por antonomasia, porque es americano; y más específicamente, mesoamericano; y más todavía, mexicano. Tan mexicano es que si me apuran un poco puedo afirmar, categórico, que no hay nada más nuestro que este animal gastronómico, esta especie de alebrije para el estómago: humilde y a la vez delicioso, sencillo y a la vez sofisticado, inocente y a la vez temible por los kilos que puede añadir en nuestro organismo.
El taco, por ello, merecía algo más que fauces al acecho: merecía un libro. Claro que era difícil escribir algo sobre el taco, pues, como la carta robada de Edgar Allan Poe, de tan evidente es casi invisible para nosotros. Esta laguna, sin embargo, ya ha quedado subsanada con La tacopedia, obra maestra de la investigación histórico-gastronómico-intestinal que le debemos a Alejandro Escalante, experto tacólogo.
Contra lo que podríamos pensar, no es un libro ligero ni por su contenido ni por su peso en papel. Voluminosa, tamaño carta para que las fotos luzcan y los tacos retratados casi huelan, La tacopedia es en efecto un periplo enciclopédico por el fascinante universo del taco, y como el taco es sinónimo de México, este libro puede ser considerado, desde ya, epítome de mexicanidad.

Fui, lo confieso, de los que se fueron y seguramente seguirán yéndose con la finta sobre la idea en teoría jocosona que insinúa el título. Antes de degustar sus páginas pensaba que se trataba, claro, de una idea original con un abordaje en el que predominaría cierto tono divertido y populachero. Tiene, por supuesto, muchas pinceladas de tal tono, pero si consideramos su valor como documento histórico, sociológico, antropológico y anexas, nos llevaremos la sorpresa nada ingrata de que La tacopedia nos atiende en todos estos sentidos.

Luego del excelente preámbulo de Jorge F. Hernández (titulado “Un pase de taquito”), La tacopedia arranca con la explicación de Escalante acerca de la importancia del taco, de su sencillez y de su compejidad, de su ubicua residencia en la panza de los mexicanos (“Un taco se compone , simplemente, de tortilla, contenido y salsa: la santísima trinidad de México”). Con una prosa que avanza, a decir del prologuista, como “quien se echa un taco”, Escalante no entra de golpe al tema del taco en sí. Antes de eso describe con muy pertinente información la materia prima de este producto impar, el ingrediente sin el cual los tacos no serían posibles: el maíz.

Maravillados quedaremos, de veras, cuando sepamos que esa ojiva con dientes fue construida como la conocemos no por la naturaleza, sino por el ingenio de los agricultores mesoamericanos que tras muchos siglos de paciente observación y mixtura consiguieron mazorcas adecuadas para la ingesta de comunidades enteras. Después, otro portento: la nixtamalización con cal viva, proceso mediante el cual a cada grano se le anulan la cutícula y el pezón para luego hacer la masa. Ya con la pasta lista, lo siguiente, muy bien documentado por el investigador, fue su torteo y su colocación en el comal, y en uno o dos minutos el milagro: nace la tortilla, la cuchara que se come, ese círculo perfecto en forma, temperatura, tamaño (ergonómico), flexibilidad, resistencia, tenue olor y sabor no recargado. Además, por si fueran pocas las susodichas formas de la perfección, en precio.
La tortilla fue, digamos, el hágase la luz del taco. Sobre su grácil superficie puede caber buena parte del universo comestible. Y es lo que sigue, la parte más amplia, en La tacopedia: los demasiados ingredientes (minerales, animales y vegetales solos o combinados) que al aterrizar en la tortilla transforman nuestro apetito en cosa del pasado, en necesidad sofocada. Todos o casi todos los tacos emblemáticos del país desfilan en estas páginas. De cerdo, de res, de pollo, de pescado, de verduras como la papa o el aguacate, dorados, al pastor, de mil guisos barrocos, de insectos como grillos y escamoles, de todo, incluso “primos” del taco —así los llama Escalante— como las enchiladas, las quesadillas, las flautas, los sopes, las tlayudas, los tlacoyos, las gorditas e incluso, parientes más lejanos, los tamales. Capítulo aparte, obvio, tiene el toque mágico de todo taco bien nacido: las salsas, ese satélite sin el cual la galaxia taqueril no estaría completa.

No es costumbre traer anécdotas personales a una reseña como ésta, pero haré una pertinente excepción. Cuando recién cayó La tacopedia en mis manos era ya la hora de comer, y mi hambre calaba hondo. Al leer el prefacio de Jorge F. Hernández pensé que estas palabras eran una generosa hipérbole: “Todo lector de este libro asume el desafío de recorrer sus páginas sin la inevitable reacción de salivar a cada párrafo”. Pensé, reitero, que se trataba de una divertida exageración, pero a medida que me adentraba en La tacopedia ocurrió lo peor, o lo mejor, según se vea: comencé a salivar, a sentir horrendas ganas de chingarme unos de suadero, de adobada, dorados, de tripas, de lo que fuera con tal de mitigar el hambre que me entraba por los ojos a cada descripción, a cada foto de este libro infernal si uno lo agarra con el intestino despoblado. Los tacos son omnipresentes, afortunadamente, y a la mano tenía tortillas, queso, aguacate y salsa, así que tatemé, partí, embarré y para adentro, aplaqué de manera provisional el demonio del antojo inducido skinnereanamente por La tacopedia.

No todos, por supuesto, pero sí muchos de los ingredientes y de los tacos que compendia Alejandro Escalante en La tacopedia están al alcance de nuestros depredadores bigotes laguneros. Para mí, creo, el taco emblemático de nuestros barrios y de nuestros ejidos es el dorado que manos de señora experta elaboran en tortilla “para tacos”, más chica y delgadita; estos tacos suelen ser servidos bajo una montaña de lechuga o repollo picados, tomate, cueritos y remate a gol de crema líquida. Fueron algo desplazados del gusto lagunero por los de estilo La Joya (de suadero y adobada, aunque he visto que ya le están metiendo de buche y pella), tacos que nos llegaron del DF en los setenta y aquí se aclimataron tan bien que ya casi todos los laguneros tenemos una taquería de esta índole a la vuelta de la casa. No me alargo más en la autorreferencialidad de tacófilo lagunero. Sólo añado que hace algunos años me entrevistó en Argentina la Internacional Microcuentista y, entre otras, me hizo estas rápidas preguntas al final de la conversación:

Un cuento: “La intrusa”.
Una película: Los olvidados.
Una canción: “Coplas del payador perseguido” de Yupanqui.
Una frase: “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”.
Tu mayor logro como escritor: Tener la sospecha de que, pese a todo, sigo siéndolo.
Una comida: Los tacos.

Como puede apreciarse, no escondo mis veneraciones, y entre ellas está el taco en todas sus variantes. En suma, Déborah Holtz, Juan Carlos Mena, varios fotógrafos, varios diseñadores y un recomendador de taquerías, además de Alejandro Escalante en el eje del ataque, han hecho un exquisito favor a nuestra cultura: colocar al taco en el pináculo que merece, ser el password gastronómico que todo mexicano (independientemente de su edad, sexo, condición social, ideología, religión, pasión futbolera, profesión y demás) no puede eludir, el taco al que dentro de un ratito le hincaremos el diente —alabado sea el maíz— en este restaurante. Sepárenme una orden de suadero, por favor.

Comarca Lagunera, 8, noviembre y 2015

Comentario leído en la presentación de La tacopedia. Enciclopedia del taco, Trilce-Conaculta-Salas de Lectura, Alejandro Escalante, México, 2012, 319 pp., celebrada el 8 de noviembre en la taquería La Joya, Torreón, en el marco del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa 2015 organizado por la Secretaría de Cultura de Coahuila y varias instituciones públicas y privadas más. En la siguiente foto, con Alejandro Escalante.




sábado, marzo 14, 2009

Homenaje postergado



Muchos creen que los reconocimientos laguneros para Enriqueta Ochoa fueron pocos, modestos y tardíos. Soy de los que creen que junto al tamaño espiritual de su obra, en efecto, lo que hicimos para reconocerla en vida y para celebrarla en muerte es poco, aunque si comparamos sus frutos con los de otros artistas locales de valía, la poeta es una de las más celebradas entre nosotros. Porque allí está el caso siempre postergado, por ejemplo, del pintor sampetrino Xavier Guerrero, quien sigue esperando la hora en la que un centro cultural importante de su tierra, o de La Laguna en general, lo reconozca. Yo supe de él gracias al maestro Alonso Licerio. Hace cinco años la UIA montó una exposición del Guerrero y el maestro Licerio me informó con detalle sobre la importancia del sampetrino. Desde entonces, lo que escribí en aquel momento me parece apenas un posible punto de partida para darle a Guerrero, al fin, lo que merece por el legado pictórico que nos dejó. Dije en aquella ocasión estas palabras que tal vez no publiqué y que todavía, creo, sirven:
A numerosos artistas el público les paga con múltiples y frecuentes elogios; muchos se llevan, antes de su muerte, el reconocimiento colectivo a su quehacer. Desafortunadamente otros —pensemos por ejemplo en el caso legendario de Van Gogh— se van sin recibir el aplauso que merecen hasta que les llega de manera póstuma. Otros más, quizá la minoría, se van sin recibir nada o muy poco y ni siquiera tras su muerte viene lo deseable: el homenaje, la gratitud, el elogio. Tal es, me parece, el caso de Xavier Guerrero, artista notabilísimo, hombre de dimensión universal que nunca ha sido valorado, como bien merece, en la tierra donde nació, en la Comarca Lagunera que hoy le brinda, mediante una retrospectiva, el tributo mínimo que acaso nos servirá a todos para ponderar por vez primera la inusitada calidad de sus cuadros y el dominio de sus técnicas.
Xavier Guerrero nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, en 1896. El arco de su vida se extendió hasta 1974, y en medio de esas dos fechas logró edificar una existencia consagrada al arte. Consumió a plenitud su vida de creador, y con esto queremos decir que el lagunero no vivió encerrado en su taller como guardián del artepurismo. Al contrario, el trabajo de Guerrero le dio resonancia a su apellido: fue un artista involucrado con su lugar y con su hora. El dolor, la lucha social, la solidaridad, el optimismo revolucionario y el humanismo visto desde el muro, desde el lienzo y desde el papel no le fueron ajenos. Su mano fue, pues, tan diestra con el pincel como generosa y combativa.
Maestro de su oficio, Xavier Guerrero compartió sin regateo sus conocimientos a muchos otros creadores; el más famoso fue Diego Rivera, pintor que le adeuda al sampetrino las técnicas de la pintura al fresco. Porque Guerrero fue, digámoslo con énfasis, artista y artesano. Su dominio de materiales e instrumentos, de superficies y temperaturas, no riñó nunca con su telúrica inspiración creativa. Allí están sus cuadros para confirmar que la plástica no tuvo secretos para él, y que junto a la frialdad de la técnica convivió la calidez de poeta que escribió versos —que son trazos— dotados de enérgico vigor expresivo. La pericia de su mano fue tal que asombra no considerar al sampetrino ya, ahora mismo, el más grande pintor lagunero de todos los tiempos y, sin litigio, uno de los mejores de México.
La Laguna le debía a Xavier Guerrero, por todo, un reconocimiento digno de su dimensión artística y humana. Aquí lo tenemos. Con esto resarcimos en algo el enorme silencio tendido sobre la figura del maestro. Además, la UIA Torreón no podía conmemorar mejor su vigésimo aniversario: la obra de un lagunero universal está frente a nosotros y esa es, por sí sola, toda una celebración. Celebremos, pues (y ya va siendo hora de recelebrar).

miércoles, diciembre 03, 2008

Enriqueta



Era 1998. Lucía Rivadeneyra, maestra de la UNAM, ganó la quinta edición del concurso nacional de poesía Enriqueta Ochoa con el libro En cada cicatriz cabe la vida. La triunfadora vino a Torreón para recoger su premio y tuvo la suerte de recibirlo directamente de la escritora torreonense que le da nombre al certamen. El mismo día de la ceremonia, uno de los organizadores, Fernando Martínez, me llamó por teléfono para invitarme a comer. “Estarán allí la ganadora y Enriqueta Ochoa”. Contra mi insana costumbre, acepté el convite. Llegué al restaurante del hotel en ese entonces llamado (no sin provinciana rimbombancia) Paraíso del Desierto, y cuando hallé la mesa ahí estaban ya los comensales. Fernando me presentó a doña Enriqueta y tuvo un gesto de suma cordialidad: sentarme al lado de la poeta lagunera. Sin quererlo, yo que iba apenas a tratarla como de lejos, me vi de golpe junto a ella, listo para entablar conversación.
Las situaciones sociales no son lo mío, pero he aprendido a despacharlas con decoro. En aquel primer y único encuentro con la poeta, sin embargo, no fue necesario que me esforzara: doña Enriqueta, atenta, preguntó con interés por mis actividades. Le contesté que daba clases de literatura y periodismo, y que además escribía mis cosas, nada de importancia. Tras romper, como se dice, el hielo, hablamos todos de su literatura, de sus recuerdos torreonenses, de lo que estaba escribiendo por esos días. La mesa estuvo muy animada por su voz y sus cortesías.
Pasado el primer tramo del diálogo, llegaron los platillos. Mi memoria gastronómica es pobre, y nunca aprendo los nombres ni los ingredientes de lo que como esporádicamente. Lo que sí recuerdo es que en la mesa comenzamos, como es costumbre en esos casos, a platicar de comida. Doña Enriqueta opinó con autoridad, como era previsible, y cuando se interesó en mi platillo recién servido tuve el atrevimiento de decirle que probara un bocadito. Se negó, pero insistí; ella, con gran delicadeza, tomó su tenedor y apenas levantó una pizca de mi plato. La probó. La aprobó, y en ese momento no vi con claridad lo que había ocurrido.
Algunos años después, cuando afiné la dimensión (merecida) del aprecio que convoca la obra de doña Enriqueta, supe bien a bien que la anécdota del platillo y el diálogo es más que una anécdota en mi memoria. Una sola vez conversé con ella y su afabilidad fue tan grande que terminamos compartiendo, así fuera en una porción minúscula, el alimento además de la palabra. Creo que aquel fue su último viaje a Torreón, pues los problemas de salud que la aquejaron en los años previos a su muerte le impedían largos recorridos y estancias prolongadas fuera de su casa.
De doña Enriqueta supe luego por amigos. Fernando Martínez, primero, y Vicente Alfonso, después, me traían noticias a Torreón sobre la poeta. Ellos la visitaban, tenían un diálogo más o menos estable y frecuente con ella. Las noticias no eran muy alentadoras: doña Enriqueta seguía con su salud endeble y los achaques no dejaban mucho margen al optimismo. Pese a ello, me decían que no perdía nunca la cordialidad, que siempre recibía bien a los amigos que deseaban verla.
Mi esperanza de saludarla otra vez se diluyó. Gracias a Vicente Alfonso pude entrevistarla para un libro que todavía conservo inédito. Hace poco, cuando More Barret me invitó a presentar Poesía reunida junto a Esther Hernández Palacios, acepté con gusto, pues con eso me sumé, secretamente, al homenaje que la poeta recibió en su ochenta aniversario de vida. Dije en aquel momento palabras que hoy repito (y no me dejarán mentir Estrella Atilano ni Silvestre Faya, quienes estuvieron aquella noche en la presentación): que los laguneros tenemos una deuda con doña Enriqueta: leerla, leerla más.