Mostrando las entradas con la etiqueta fernando martínez sánchez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta fernando martínez sánchez. Mostrar todas las entradas

domingo, marzo 17, 2024

Siempre Enriqueta











 

El poeta más visible en la historia de La Laguna es una poeta, Enriqueta Ochoa (Torreón, Coah., 1928-Ciudad de México, 2008). Por suerte, su obra ha merecido frecuentes y variadas ediciones, como la del FCE que reúne toda su producción. Hay muchas más, claro, como Retorno de Electra publicada en los ochenta por la colección Lecturas Mexicanas de la SEP, Material de lectura que sacó la UNAM, Que me bautice el viento. Enriqueta Ochoa para niños, entre los que recuerdo sin consultar. De acceso libre tenemos, en PDF, Filtrando imágenes (Gobierno del Estado de Coahuila, Saltillo, 2020), colección que reúne una parte significativa de su poesía.

En tal muestra podemos encontrar “Las urgencias de un Dios”, su primer poema publicado y una evidencia de su precocidad literaria: tenía apenas 22 años cuando lo dio, como se decía antes, a la estampa y provocó a la par admiración y escándalo. Al margen de la rima y los temas provincianos a los que parecía condenada, Enriqueta se instala de golpe en un decir moderno y en una hondura que reflejaba la angustia mundial de la postguerra (1950): “Dios es mi inseparable, / mi más íntimo compañero / de juegos y de lágrimas: / el más constante y tierno, / más rebelde y sumiso”.

A la par del poema de largo aliento, hallaremos otros breves y contundentes, como “La muerte”, del que cito la primera de sus dos estrofas: “Caminando conmigo desde siempre… / con tormentas de incendio me sopló en la cara; / me apadrinó en mis nupcias con la tierra; / la garganta inauguró con sed y arenas; / y en verano caliente abrió carrera / por los montes nocturnos de mis venas”.

O este otro, en el que nos deslumbra la sencillez de una verdad a la que siempre nos negaremos: la de aceptar que estamos solos y esencialmente desposeídos, ignorantes de lo fundamental (“El hombre”): “¿Qué ha visto el hombre? Nada. Ciego y desnudo llegó, desnudo y ciego se irá del polvo al polvo”.

Cierro con una anécdota algo triste. Vi una sola vez a la autora de los versos anteriores, la última que visitó su tierra, Torreón, cuando tenía como 70 años. Terminaba el siglo XX y mi amigo Fernando Martínez iba a comer en el restaurante del hotel Marriot con doña Enriqueta. Me llamó, me invitó, y fui, pero todo fue tan acelerado que ni cámara ni libro llevé a la mano, así que no pude salir del encuentro ni con foto ni con libro dedicado. Ante esta pérdida —y aunque queda el recuerdo de una conversación muy grata—, me he resignado a leerla y recordarla. Bien mirado es más que suficiente.


domingo, febrero 26, 2023

Quince años sin Enriqueta Ochoa












Digamos que es una frustración algo infantil, pero importante porque hoy es facilísimo no quedarse con las ganas que voy a comentar. Estábamos ya cerca de cruzar la frontera de los milenios, era 1998, y en alguno de sus días fue revelado el nombre del ganador del premio nacional de poesía Enriqueta Ochoa. Resultó que el ganador fue una ganadora, la poeta michoacana Lucía Rivadeneyra, con el libro En cada cicatriz cabe la vida. Pasaron algunas semanas y por invitación de no recuerdo quién asistí a la premiación en el antiguo edificio de la presidencia municipal de Torreón, ya demolido para dar espacio a la actual Plaza Mayor. En la ceremonia estuvieron presentes, obviamente, la ganadora del certamen y nada más ni nada menos que doña Enriqueta Ochoa. Allí la conocí personalmente. Ella tenía en aquel momento setenta años justos, y creo que ese fue su último viaje, o acaso el penúltimo, no sé, a la ciudad que la vio nacer el 2 de mayo 1928.

La ceremonia se desarrolló según el protocolo de esos actos, y yo sólo estuve allí en calidad de público. Al final logré acercarme a doña Enriqueta, la saludé, le dije tres o cuatro admiradas palabras entre la gente que la rodeaba y me fui para seguir en alguna de mis actividades. Me sentía orgulloso: había conocido y saludado de mano a nuestra máxima poeta.

No recuerdo si ese mismo día o al día siguiente yo estaba trabajando en mi oficina de la revista Brecha, donde coordinaba el suplemento cultural, cuando recibí una llamada algo imperiosa. Mi amigo Fernando Martínez Sánchez, también escritor, me instó a correr hacia el restaurante del hotel Marriot para comer junto a él, María (su esposa), Lucía Rivadeneyra y Enriqueta Ochoa. Creí que era una broma, pero Fernando me aseguró que no, que me estaba llamado de la recepción del hotel y que en cinco minutos estarían sentados en una mesa junto a la gran escritora. “Vente ya”, me dijo.

Sin pensarlo dejé todo como estaba, corrí a mi auto (¿la Caribe?) y avancé hasta el restaurante. Llegué diez minutos después y, en efecto, como me lo había dicho Fernando, allí estaban ya reunidos y con el gesto de revisar las cartas del menú. Fernando me presentó con su amiga Enriqueta, le dijo que yo era el joven escritor lagunero del que le había hablado, y Enriqueta me indicó que la silla vacía ubicada a su izquierda era la que habían dejado disponible para mí. La conversación se dio como siempre en las reuniones colectivas, azarosamente. Como doña Enriqueta, Lucía Rivadeneyra era una persona muy cordial, y no faltó, claro, que se hablara sobre poesía. Recuerdo que la maestra habló algo de sus achaques, de sus malestares, pero de modo amable, como una consecuencia lógica de la edad. Aunque la tenía a un lado, creo que no le pregunté nada directamente, pues supongo que me sentía anulado ante su ya mítica estatura. Al final, la comida duró como una hora o poco más, y nos despedimos.

En el regreso a la oficina reparé en el detalle: no había llevado un libro de Enriqueta para obtener de ella una dedicatoria. Tampoco se había hecho una sola foto grupal, pues todavía faltaban algunos años para tener cámaras ubicuas en los celulares. Decidí entonces investigar el lapso que duraría la estancia de la maestra en Torreón, pero luego me devoró la chamba y dejé esa búsqueda para cualquier otra ocasión que por supuesto no se dio, y así quedé, con esta frustración de por vida. Cierto que años después presenté en el Teatro Nazas, junto a Esther Hernández Palacios, especialista en la obra de Enriqueta Ochoa, la obra poética completa de EO publicada por el Fondo de Cultura Económica, pero en aquella oportunidad la maestra ya no viajó a Torreón. Así llegó el 2008, cuando murió a los ochenta años, y esto significa que en 2023 cumpliremos el aniversario quince de su partida.

Por suerte, y sobre todo en Coahuila, como debe ser, la obra de nuestra poeta mayor ha sido multiplicada en varios libros y homenajes. Uno de los títulos más bellos publicados en estos años es El fuego que arrasó mis llanuras. Fue editado por la Secretaría de Cultura de Coahuila y está disponible para descarga gratuita en el portal de la SEC, aquí.

Se trata de un libro, digamos, introductorio a la vida y a la obra de la maestra. En la presentación, Ana Sofía García, secretaria de la SEC, al referirse al primer libro de EO, señala que “La recepción que tuvo el poemario en su ciudad, y en México, fue escanda­losa: los curas, desde el púlpito, prohibían que se leyera el libro y algunas religiosas le aconsejaban que lo quemara. Desde su primer libro, se escuchó la voz poética, potente y desgarradora, de Enriqueta, se sintió el dolor de la palabra que, de alguna manera, se reafirmaría más tarde con poe­marios como Los himnos del ciego, Retorno de Electra, Bajo el oro pequeño de los trigos y Asaltos a la memoria”.

Contiene asimismo una página que no resisto la tentación de citar íntegramente: “Para mí la poesía es el hallazgo de lo insólito en lo cotidiano. Después de que se ha descendido a las zonas más profundas del ser, más allá de la trave­sía del subconsciente, en donde lo su­blime y lo terrible se dan la mano, la pa­labra nombra la esencia y existencia del hombre. Es el mundo de las vivencias el que mejor configura los símbolos, la magia, las imágenes, la liberación de las palabras concretas. La poesía como la­bor es ardua y en ella es fácil perderse, desmoronarse en pequeños fuegos ar­tificiales. Yo quiero ir más allá, decir lo más entrañable mío, que en todos los casos es de los demás”, dijo EO; el libro suma ensayos de Beatriz Espejo (“Enriqueta Ochoa”), Esther Hernández Palacios (Enriqueta Ochoa o el retorno del mito”), Javier Molina (“Prohibido desde el púlpito, un libro de Enriqueta Ochoa”), Emmanuel Carballo (“Escritura al margen de capillas y modas”) y Adriana del Moral (“Bautizada por el viento. Entrevista con Enriqueta Ochoa”), y, además, entre los ensayos, añade varios de los poemas más representativos en la obra enriqueteana.

Este libro es una bella y cómoda edición de Alejandro Beltrán con ilustraciones de Estefanía Nicté Estrada. Por todo, y dado que en 2023 llegamos al décimo quinto aniversario luctuoso de Enriqueta Ochoa, como documento es ideal para lograr un primer acercamiento a la vida y la obra de la poeta mayor de La Laguna.

sábado, mayo 30, 2020

Reencuentro del Ibarra




















La bibliomanía es, como todas las manías, incurable y problemática. Es una de las formas de la acumulación que, como ocurre en algún programa de televisión gringo, llega a tocar extremos patológicos. Lo único bueno de la bibliomanía es que se relaciona con uno de los objetos más nobles y útiles de la humanidad, el libro, y no con frascos vacíos, centros de mesa obtenidos en bodas o trabajos escolares de foami. Pese a tal bondad, la acumulación de libros coloca al acumulador en un brete sin orillas: siempre necesitará más y más espacio, más estantería y más disco duro neuronal para recordar los ítems que ingresan al catálogo.
Por razones de mudanza he tenido que internarme en un dédalo de libros cuyo fin parece no tener fin. Como es lógico, han aparecido libros ocultos durante años, volúmenes que no había podido mover y ahora, gracias a que en teoría tendrán espacio disponible para quedar ordenados según el canon del lomo expuesto, ven de nuevo la luz y vienen a mi reencuentro.
Uno de ellos es el Diccionario de la lengua castellana preparado por Real Academia. Es el libro más viejo que tengo, y fue impreso en Madrid hacia 1791, en su tercera edición. Antes de su publicación, claro, hubo dos, de 1780 y 1783. En los tres casos se trata de la edición reducida “a un tomo para más fácil uso” de los lectores. El problema que encontró la RAE con la edición inaugural, llamada Diccionario de Autoridades e impresa entre 1726 y 1739, fue que decidió publicarla en varios tomos; la institución pronto advirtió que tal procedimiento era impráctico por su tardanza y su costo.
Hay libros, la mayoría, de los que he olvidado el contexto en el cual los conseguí. Uno de ellos no es, obvio, el de este valioso diccionario. Lo compré hace veinte años, pero recuerdo con toda claridad los detalles de la adquisición. En 2001 gané el premio nacional de novela Jorge Ibargüengoitia con el libro Juegos de amor y malquerencia, y me dieron 75 mil pesos de premio, una cantidad decorosa para liquidar pendientes y pensar, por qué no, en algún gustito extra. Coincidió entonces que apareciera Fernando Martínez Sánchez, uno de mis dealers bibliográficos, con el librote en la mano. Me lo ofreció a cinco mil pesos, precio que me pareció razonable, y lo compré.
Desde entonces lo conservo, y aunque su consulta no es nada frecuente, sé que está allí, con toda su hermosa tipografía a cuestas y sus páginas de papel bicentenario. Y ya que hablo sobre su tipografía (lo que más me gusta de este libro), debo decir que fue impreso en el taller de Joaquín Ibarra y Marín, por su viuda, con la tipografía Ibarra, que aquél diseñó.
Ahora que lo reencuentro, el Diccionario impreso con los tipos Ibarra es un buen talismán para atravesar lo que queda de confinamiento. Sea.

viernes, julio 03, 2015

Fernando Martínez Sánchez o la poesía reincidente




















A continuación, el prólogo que escribí para el libro Decir el ansia urgente, de Fernando Martínez Sánchez, Conaculta, Secretaría de Cultura de Coahuila, colección Arena de poesía, Saltillo, 2014, 126 pp.

Fernando Martínez Sánchez o la poesía reincidente

Jaime Muñoz Vargas

El vago azar o las precisas leyes que rigen este sueño, el universo, me permitieron gozar la generosa y festiva amistad de Fernando Martínez Sánchez (Torreón, Coahuila, 21 de septiembre de 1936-10 de enero de 2014). Pese a la diferencia de nuestras edades (soy del 64), mi relación con Fer, como siempre le dije, duró casi 25 años, poco más o poco menos. Como muchos en La Laguna, lo conocí en alguna actividad cultural de las muchísimas que aquí organizó, esto a finales de los ochenta o principios de los noventa. Ya entonces él radicaba totalmente en La Laguna luego de su larga estancia en la capital del país, donde egresó por la UNAM de contaduría pública.
Las anécdotas que puedo contar luego de mi convivencia con Fernando son numerosas. Casi todas ocurrieron en Torreón, pero por razones de trabajo literario algunas se dieron en Saltillo y el D.F. Fernando fue siempre un tipo incansable, un hiperactivo de ésos a los que nunca les ajusta el día para despachar las mil y una actividades en las que se involucran. Jamás, pues, lo vi quieto, o sólo dos veces: cuatro meses antes de su muerte, cuando por el deterioro de su salud debía mantenerse sentado, y la otra justo un día antes de su partida, cuando ya estaba inconsciente en una cama de hospital. Pude, pues, despedirme de este querido amigo, tocar su mano pálida e inmóvil, verlo vivo por última vez luego de muchísimas conversaciones y carcajadas.
Nunca dejó de asombrarme su vitalidad. Yo tenía poco más de veinte años cuando trabamos nuestros primeros diálogos. Recuerdo que aquellos acercamientos iniciales de Fernando se debieron al gustoso asombro que le provocó la irrupción del grupo literario Botella al Mar, en el que participé. Me dijo con estas o parecidas palabras que había notado un timbre especial, fresco y lúcido a la vez, en escritores como Gilberto Prado y Pablo Arredondo. Creo que en ese elogio me incluía, así que pronto nuestro primer contacto derivó en encuentros cada vez más frecuentes y en intercambio de ideas, de libros y proyectos.
Mi amistad con Fernando se extendió a María Caliano, su esposa, y a sus cuatro hijos: Fernando, Gerardo Joel, Mireya y Cristián. Lo extraño de esto es que jamás sentí que entre Fernando y yo hubiera casi treinta años de diferencia. Con su actitud, con su desenfado, con su risa y su ímpetu vital lograba ser un joven de tiempo completo. Era un obseso del trabajo, pero lo era más de los placeres que eligió y nunca dudó en darse a manos llenas, sin límites visibles: los libros, el cine, el teatro, la música, la buena mesa y los viajes. Por ello, Fernando no podía ganar un peso sin que ya estuviera pensando en qué libro, película, teatro, disco, restaurante o destino turístico lo gastaría.
Además de su buena memoria, esta es la razón por la que sus referencias bibliográficas, cinematográficas, teatrales y demás parecían no tener coto, casi como si fuera un internet viviente en las materias de su interés. Las sobremesas con Fernando eran entonces memorables. Si uno, por ejemplo, mencionaba una trama del abundante Simenon, Fernando la conocía y daba minuciosos detalles; si otro recordaba vagamente el nombre de una actriz perdida en los créditos de cualquier film alemán, Fernando mencionaba las películas y los roles en los que participó. Así era, un océano de experiencias artísticas, un gozador empedernido de la creatividad humana.
En medio de sus innumerables trajines laborales y hedónicos Fernando no dejó, además, de escribir. Lo hizo siempre, casi hasta el ocaso de su vida, en periódicos y revistas, y en menor escala, pero suficiente, como narrador y poeta, en libros. El número de sus títulos no es alto, pero creo que la calidad de su obra, sobre todo la poética, es harto estimable, tanto que a mi juicio —y se lo dije en varias oportunidades— él fue esencialmente un poeta, un hombre tocado por la magia del verso. La prueba que verifica esta afirmación podemos hallarla, si no me equivoco, en Decir el ansia urgente, la selección reunida en estas páginas.
Para armarla convoqué todos los libros con poesía del autor. Uno de ellos, Nada y ave (Pléyade, 1963) es en realidad un libro con prosa poética y cuentística, pero asombrosamente abre con un poema químicamente puro. Digo que esto es asombroso porque parece una tardía confirmación de lo que siempre le comenté a Fernando, incluso antes, mucho antes, de que yo pudiera establecer contacto con Nada y ave: “Eres poeta, Fer, la poesía es lo tuyo”. Pues bien, ahora que pude conseguir el libro lo primero que allí destaca es que “Nido de palabras”, un poema, sirvió como primera escala en un material prosístico y de alguna manera inauguró la carrera literaria de su autor. Es difícil —o imposible, más bien— saber por qué Fernando no marginó ese poema, pero dado lo que sucedió luego es inevitable asociar la carrera estrictamente poética de autor con aquel poema de juventud. Fernando tenía entonces 27 años, era un adulto ya, estaba en el DF y sé que al margen de la chamba alimenticia exploraba espacios literarios con reconocidos escritores como los mexicanos Ermilo Abreu Gómez y Emmanuel Carballo, y el peruano Edmundo de los Ríos. Pese a la juventud de Fernando, “Nido de palabras” es ya un poema cuajado de aciertos, yo diría que hasta impecable. Siento que en sus imágenes todavía late el influjo de las vanguardias, y por allí le sospecho, por ejemplo, al mejor Maples Arce. Es lo de menos. Lo de más es que el poema se deja leer de un jalón y permite —o permitió en su momento— advertir la llegada de un buen poeta.
El anuncio de aquella obra cristalizó en Suma presencia (Ediciones Oasis, 1967), primer poemario-poemario de Fernando y a mi juicio su libro más logrado. El autor tenía 31 años y allí, en esas breves páginas, dejó caer poemas de un notable encanto expresivo, tanto que Emmanuel Carballo resaltó en sus diarios la pericia expresiva del lagunero. En esta selección he creído importante acopiar un número importante de piezas de Suma presencia. La razón es simple: sólo tuvo aquella edición, la del 67, pese a que se trata de un libro más que bien articulado.
Los caminos de la creación artística son inescrutables, por eso no sé cómo explicar el silencio poético de Fernando luego de publicar Suma presencia. Aventuro la hipótesis de la hiperactividad: Fernando se echaba tantas tareas a cuestas y disfrutaba hasta el fanatismo de tantas manifestaciones artísticas que pospuso y pospuso y pospuso lo que a mi parecer, insisto, fue su mayor virtud: la escritura de poemas. La pospuso, sí, pero siempre reincidió, y eso a fin de cuentas es lo que debemos subrayar. Imagino ahora que si hubiera sacrificado otras actividades, si no hubiera sido devorado por la cinefilia o el teatro o la promotoría cultural, el lapso que corrió entre su publicación del 67 y la siguiente no sería tan amplio como lo fue. Por limitaciones de espacio no es posible traer aquí toda su Suma presencia, pero de una vez deseo imaginarle una edición íntegra, incluso en fascímil.
En 1980 apareció Reincidencias (Macondo-Ayuntamiento de Torreón), el segundo libro de poemas de Fernando. La edición es modesta, pero su contenido ratifica la calidad del artista. Los versos mantienen la musicalidad y el brillo metafórico, y los temas siguen siendo la mujer, el amor, el abandono y la desdicha que jamás condesciende a la autoflagelación. Tiene unas palabras prologales de José Muñoz Cota, quien afirmó: “Fernando Martínez es un varón correcto. Bien educado, de maneras suaves y discretas. Así son las líneas de su poesía. No levantan el tono ni mueven las manos con exageración. No gritan. No agonizan”.
Tuvieron que pasar 28 años para tener Al filo de la ausencia (Iberia Editorial, 2008), nuevo libro de Fernando. Aprovechando la coyuntura de un homenaje, yo hice y pagué la edición, y lo preparé como un regalo secreto para mi amigo. En el Teatro Nazas presentamos esa noche su novela Mi nombre es lluvia, y allí, sin que él supiera nada, le hice entrega de ejemplares que regaló al público. Con perdón por la autocita, una parte de mi prólogo explica todo aquello:

De los géneros literarios encarados por Fernando Martínez Sánchez (…), su poesía destaca, a mi juicio, con hipnótica fosforescencia. Es, creo, un escritor tocado por la maestría para articular en verso su pensamiento y su emoción, de ahí que por su mano fluyan con extremosa facilidad las imágenes y el ritmo, la música de las palabras vertida sobre la partitura en blanco que es la cuartilla del poeta. Esa es la razón por la que aprovecho el justo homenaje que Martínez Sánchez ha recibido el 20 de febrero de 2008 para mostrar, convocado en este libro, un lote de poemas que hace algunos años tuvo la generosidad de acercarme sin mayor propósito que el de compartir sus “originales”, textos ya pulidos y listos para una potencial edición.
Los sonetos reunidos en Al filo de la ausencia han pasado pues un lapso no muy largo, aunque innecesario, de silencio. Los mantuve celosamente hospedados en un archivo digital porque sabía que tarde o temprano se iban a conjugar las circunstancias para darles continente de libro y ofrecerlos al lector. Ese momento ha llegado, y me honra saber que tengo aquí la suerte de difundir estos hermosos sonetos de Martínez Sánchez en ocasión tan propicia: un homenaje, su homenaje.

También tuve algo que ver con Silabario de Eros (UA de C, 2009), su último libro de poesía. Había comenzado el declive de su salud y me confió aquel libro. Lo propuse a la UA de C y trabajé con Gerardo Segura y Claudia Berrueto para que la edición fuera perfecta. Este libro incluye algunos poemas que Fernando había publicado en Las voces del tranvía (Ayuntamiento de Torreón, 2007); la compilación es de Rossana Conte y tiene dos prólogos, uno de Eduardo Langagne y otro de Gilberto Prado Galán, quien señala lo que a mi juicio puede también notarse en los cuatro poemas que seleccioné de Silabario de Eros: “La poesía de Fernando Martínez Sánchez ha transitado de la mesura y corrección formales, como se aprecia en el soneto ‘Deseos’, hasta la puesta en marcha de poemas irreverentes, coloquiales y apasionados como ‘Silvana: estrella en blanco y negro’. Esta poesía oxigena el territorio lírico al ignorar la mojigatería y el recato”.
Recapitulo. De Nada y ave tomé el único poema que allí habita. De Suma presencia, una buena parte por los motivos ya expuestos: su brevedad y su precoz fortuna literaria. De Reincidencias, la mayor parte de su contenido, pues es un libro también breve y eficaz, casi una plaquette. Igual hice con Al filo de la ausencia, y de Silabario de Eros elegí pocas piezas dado que es un libro todavía disponible si uno lo busca en las instancias editoriales de la UA de C.
Debo confesar por último un problema. Fernando retrabajó algunos de sus poemas y de una edición a otra llegó incluso a modificarlos casi hasta convertirlos en productos nuevos. Enfrenté pues la disyuntiva que seguramente han arrostrado otros seleccionadores en similar trance: ¿cuál versión dejar de “un mismo” poema? Por un momento pensé en elegir la más reciente, la retrabajada con el paso de los años por el autor, pero opté por el otro camino: incluir los poemas de la primera versión disponible, esto por tres razones: 1) porque la primera versión es innegablemente buena; 2) porque (principalmente en el caso de Suma presencia) resulta evidente que el autor ya era un poeta formado desde su primer libro, y 3) porque la selección cronológica nos permite apreciar mejor la evolución del escritor.
Fernando Martínez Sánchez murió la tarde del 10 de enero de 2014, en Torreón. Al día siguiente le dediqué una columna cuyo cierre también me sirve en esta presentación: “Pese a nuestra diferencia de edad, conviví con él en incontables/imborrables momentos. Edité dos de sus libros y recibí como regalo muchos de su enorme biblioteca. Gracias a él tengo, por ejemplo, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias, una joya. No olvidaré (supongo que muchos en La Laguna podrán decir lo mismo) a don Fernando Martínez Sánchez. Yo lo recordaré principalmente por las que fueron, creo, sus dos máximas virtudes: la poesía y la risa”.
Sea.

domingo, enero 12, 2014

Tres partidas















De uno fui amigo cercano, a los otros dos los traté poco, pero cordialmente. Los tres murieron esta semana.
José María Mena Rentería ejerció el periodismo en varias publicaciones laguneras. Lo recuerdo sobre todo como reportero de La Opinión; allí estuvo varios años. Cubríó diversas fuentes, y creo que la cultural fue la que más lo atrajo.
Gabino Martínez (en la foto que ilustra este post) fue maestro, periodista, escritor y editor. Militó en agrupaciones políticas de izquierda en Durango capital. En los últimos años de su vida fue responsable editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Lo traté poco, más por correo electrónico que en persona. Hacia 2011, en su casa comimos Saúl Rosales, Gabriel Castillo y yo, quienes fuimos a Durango a presentar el libro Madera, del profesor José Santos Valdés. La casa del anfitrión me pareció impresionante. Casi toda era un archivo/biblioteca, plena de estanterías adecuadas para la impecable organización de documentos.
A Fernando Martínez Sánchez lo traté mucho y a fondo. Puedo decir que fuimos buenos amigos. Tuve la suerte de verlo unas horas antes de su muerte.
Si no me equivoco, los tres nacieron entre 1936 y 1946.

sábado, enero 11, 2014

Fernando Martínez aquí se queda
















Ayer a las 5:30 de la tarde recibí un DM de Twitter enviado por mi ex alumno Jaime Martínez Romero. Me comunicaba una noticia que de alguna manera yo esperaba desde hacía meses: la muerte de su tío, mi amigo Fernando Martínez Sánchez. Un día antes, el jueves 9, puede ver por última vez a don Fer. Estaba tendido en una cama de hospital ya inconsciente y con respiración afanosa. Lo acompañaban tres de sus hijos: Fernando, Cristián y Mireya; Gerardo venía en camino desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. La hora de visita era breve, así que sólo pude estar allí poco menos de media hora.
Con toda mi inexperiencia en los trotes médicos, ajeno como pocos al mundo de la enfermedad y los hospitales, noté que don Fernando estaba cerca del fin. Lo sentí. Por eso, cuando la encargada de vigilancia nos conminó a salir dado el término del acceso a los visitantes, me acerqué de nuevo a la cama de mi amigo, le toqué el pecho cubierto por una gruesa frazada y cerca de su oído pude murmurar unas palabras afectuosas. Su hija, que es doctora, me había dicho poco antes que no reaccionaba a las palabras, pero que sí escuchaba. Oyera o no, quise decirle a Fer, en una frase corta, que yo estaba allí, y que sentía hacia él un cariño fraterno por lo mucho que compartimos durante al menos treinta años de frecuente convivencia. También, por lo mucho que dio a la cultura lagunera, pues fue escritor, orador, actor, maestro, periodista, cinéfilo, contador público (egresado de la UNAM), cronista y promotor cultural.
Don Fer era un hombre vitalísimo. A pocos he conocido con un gusto por la vida así de grande, por el disfrute permanentemente festivo de dos hermosas maravillas: la buena cocina y todas las delicias del arte que se atravesaba en su camino. Nunca olvidaré además que fue un enfermo incurable de biobliomanía, el peor (o el mejor, según se vea) que conocí jamás. Si al final de su vida no tuvo fortuna fue porque nada de lo que ganaba se quedaba a reposar en alcancías: todo, absolutamente todo lo dejaba siempre en compras de libros, principalmente, y también de discos, películas, entradas al teatro y paseos gastronómicos y culturales con María Caliano, su esposa, y sus cuatro hijos.
Don Fer nació el 21 de septiembre de 1936 en Torreón. Creo que su única ausencia larga de nuestra ciudad fue la que hizo en el DF, cuando estuvo allá para estudiar su carrera profesional; de paso, en la capital aprovechó para vincularse, sobre todo, con grupos literarios y teatrales. Volvió a Torreón y fue funcionario público del gobierno federal. Luego, por muchos años, asumió la dirección de la Casa de la Cultura de Torreón, ya desaparecida. Pese a nuestra diferencia de edad, conviví con él en incontables/imborrables momentos. Edité dos de sus libros y recibí como regalo muchos de su enorme biblioteca. Gracias a él tengo, por ejemplo, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias, una joya.
No olvidaré (supongo que muchos en La Laguna podrán decir lo mismo) a don Fernando Martínez Sánchez. Yo lo recordaré principalmente por las que fueron, creo, sus dos máximas virtudes: la poesía y la risa.
Descanse en paz este querido y admirado amigo nuestro.

Nota: La foto que encabeza este post es la última que me tomaron con don Fer. La hizo Ivonne Gómez Ledezma a mediados de 2013.