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miércoles, noviembre 06, 2024

Internet de papel

 

















El siglo XVIII, llamado “de las Luces” o “Ilustración”, también es conocido como “Enciclopedismo” por una razón obvia: aunque esta palabra fue inventada por los griegos para designar, como metáfora, la “educación en círculo” (de kyklos, rueda, círculo, y paideia, educación) con la idea de educación “completa”, fueron los filósofos D’Alambert, Voltaire, Diderot y otros quienes difundieron la palabra “enciclopedia” con el propósito de reunir, en obesos volúmenes, todo el conocimiento posible. Quienes rebasamos los cuarenta años todavía alcanzamos a usarla, pues era un objeto común en muchos hogares no tan desfavorecidos en ingreso familiar.

Hoy sabemos que las enciclopedias son vejestorios que nadie quiere ni siquiera para adornar el bufete de un abogado fanfarrón y transa, pues fueron apabullantemente borradas por internet. Y no sólo sucumbieron las enciclopedias, sino también todos los libros llamados “de referencia”, como los diccionarios y los manuales, que ahora nadie consultaría ni recluido en la cárcel de Alcatraz. Para evidenciar su desventaja siempre doy el ejemplo de las fechas de muerte; cuando una enciclopedia sumaba a un personaje todavía vivo, el dato de su deceso sólo podía ser actualizado en una nueva edición, mientras que en Wikipedia aparece casi inmediatamente después de que el personaje dejó escapar su último buche de aire.

Pese a todo conservo, más por nostalgia que por sentido común, una enciclopedia y al menos treinta diccionarios de diferente índole, entre ellos cuatro ediciones del DRAE (gratis e íntegra, podamos consultar la última en el celular). Aunque pocos, también conservo algunos libros que a mi juicio tenían la aspiración de reunir el caos, casi como si fueran internet de papel. Estos libros, por supuesto, tenían y siguen teniendo algo de disparatado, porque por más empeño que se ponga al afán compilatorio, la múltiple realidad desborda cualquier límite.

Me refiero a obras como El libro de los sucesos, eventos, hechos, casos, cosas… (Lasser Press Mexicana, México, 1981, 631 pp.), de Isaac Asimov (Petróvichi, 1920-NY, 1992). Ya desde el título largo y fallido, el erudito ruso trató de apresar la diversidad, y procedió a armar un libro atestado de fragmentos curiosos, interesantes, quizá buenos, sí, pero que congestionan cualquier cabeza, tal y como lo hace hoy el internet, herramienta que nos ha llenado la mesa de información imposible de digerir de tan abundante, rápida y movediza.

El índice del libro es una muestra de acumulación caótica, pues nada tienen que ver entre sí “Alquimia, gemas y oro”, “Delicias del paladar”, “Epopeya de la aviación”, “Falacias”, “Maldad humana”, “Nuestro cuerpo”, “Próceres de los Estados Unidos”, “Sucesos extraños”, “Última moda”, por citar algunos temas. Y dentro de cada arbitrario rubro, una sarta de párrafos, cada uno con un “suceso” o “hecho” o “cosa”. Por ejemplo, en el tema “Delicias para el paladar”, un párrafo señala: “En épocas antiguas y medievales, ‘miel’ era utilizado como sinónimo de cualquiera cosa agradable (‘tierra de leche y miel’), porque era casi el único edulcorante asequible entonces a Occidente. El azúcar no llegó a Europa, en cantidad, hasta el siglo XII, cuando los cruzados la trajeron con ellos al volver de Oriente”; en “Maldad humana”, esta gragea: “Jean Marie Collt D'Hervois (1750-1796), que no fue un gran actor, fue abucheado cuando actuó en Lyon, Francia. Se vengó. Volvió a Lyon como un poderoso juez, nombrado por su correvolucionario Robespierre, ordenó la muerte de 6 000 ciudadanos”.

Y así miles de píldoras en mucho más de 500 páginas. Estos libros fueron precursores del fragmentarismo que hoy, con internet, nos permite acceder a millones de datos, pero todos dispersos y, en general, epidérmicos, pues muy pocos son los usuarios que deciden pasar de la superficie a la profundidad, de lo infinito a lo selecto. En una palabra: pensar.


sábado, abril 10, 2021

De diccionarios












En una entrevista que rueda por el babélico YouTube, el escritor mexicano Juan Domingo Argüelles ha descrito las características de su bien nutrida biblioteca. Entre libros de poesía (género del cual él es experto), narrativa, ensayo y demás, no faltan los diccionarios. Esto me extrañó, pues los libros llamados “de referencia”, es decir, los diccionarios, las enciclopedias y otros parecidos como los manuales y hasta los libros de texto, han sido borrados, o casi borrados, del mapa bibliográfico. La razón es simple: son libros que requieren periódicas actualizaciones, y nada mejor para actualizar que el internet, sistema que permite mantener al día casi cualquier dato. Mientras, por ejemplo, en las enciclopedias Carlos Fuentes puede seguir vivo, en la muy frecuentemente ninguneada Wikipedia se consignó su muerte un minuto después de que se supo el 15 de mayo de 2012. Los libros de referencia, por esto, no pueden competir contra un rival tan poderoso en materia de actualización.

En este escenario debo confesar que pude conservar dos o tres buenas y bonitas enciclopedias, pero las abandoné a su suerte cuando noté que habían sido rebasadas brutalmente y ya sólo servían para decorar la sala si uno lograba combinarlas sabiamente con el tapiz de los sillones. A veces las recuerdo y siento un poco de tristeza, pues eran volúmenes perfectamente encuadernados, con excelente papel en interiores y de contenido rico y atinado.

Lamentablemente, Google facilitó los accesos a cualquier consulta y, además, los incontables usuarios de la red han creado contenidos que rebasan por millones de datos lo que pueden albergar los tomotes de cualquier Británica o cosa que se le parezca. Más o menos estaba a punto de hacer lo mismo con mis diccionarios, pero algo me contuvo. Quizá la certeza de que, comparados con las enciclopedias, los diccionarios suelen estar organizados en un solo libro y por ello demandan menos espacio, o quizá porque siento una querencia especial por ellos pese a que hoy es posible tener, entre otros, el diccionario de la RAE en el celular.

El caso es que los conservo, y al escuchar la afirmación de Argüelles, con más razón no los expulsaré de sus estantes. Seguiré fiel, entonces, a una afirmación que he sostenido con frecuencia y alguna vez he compartido por escrito. Cuando me preguntaban cuál es el mejor diccionario, siempre respondía con esta frase retórica: “El mejor diccionario es muchos diccionarios”. En efecto, durante más de 35 años he reunido poco a poco una buena cantidad de diccionarios. Lo hice cuando entendí que el universo de las palabras no podía ser abrazado por un precario librito, pues cada disciplina, cada país, incluso cada pequeña comunidad o gremio construye y usa su propio léxico. Así, con el paso de los años me hice de tres distintos diccionarios de la RAE (la tercera edición de 1791; la decimoséptima de 1947 y la decimonovena de 1970); además, el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias (mi favorito) y muchos más como el de latín-español, de mexicanismos, de nahuatlismos, de lunfardismos, de sociología, de política, de medicina, de religión, de filosofía (el monstruo de Nicola Abbagnano) e incluso el de groserías compuesto por Armando Jiménez, nuestro paisano coahuilense y autor también de la Picardía mexicana. Para quien se dedica a escribir/editar, tener un solo diccionario es no tener ningún diccionario.

Comencé este apunte mencionando a Argüelles —quien por cierto cuidó un libro mío en su paso como editor de Tierra Adentro— y concluyo agradeciéndole: hace poco estuve a punto de defenestrar mi edición del Pequeño Larousse Ilustrado (1991) y esta semana, tras escuchar a Juan Domingo, reculé. Ese gordezuelo libro seguirá habitando en mi biblioteca.


miércoles, agosto 19, 2020

Diccionario de Helena Beristáin




















“¿Cuál es el mejor diccionario?”, me preguntaban con frecuencia, y la respuesta que en su momento diseñé para salir al paso era ésta: el mejor diccionario es muchos diccionarios. Hoy los diccionarios, como las enciclopedias y otros libros llamados “de referencia”, son piezas de museo, dado que internet ha puesto a nuestra merced un sinnúmero de páginas que sacan de apuros cuando uno requiere definiciones, etimologías y datos adicionales de carácter enciclopédico. Este fenómeno hizo casi obsoletos mis quince o veinte diccionarios, aunque de todos modos los conservo.
Uno de los pocos cuyo valor no ha caducado es el Diccionario de retórica y poética de Helena Beristáin (Orizaba, Veracruz, 1927-Ciudad de México, 2013). Fue publicado originalmente en 1985, pero tengo la segunda edición (corregida) de 1988, de Porrúa. Como lo saben quienes han dialogado con él, se trata de un musculoso diccionario articulado como investigación del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Cuando lo descubrí, recién salidita del horno la segunda edición, fue revelador. Recuerdo que Gerardo García y yo lo compramos al alimón y de inmediato quedamos fascinados por la riqueza de sus páginas. He mencionado su importancia en talleres literarios, pues quiero suponer que es o puede llegar a ser una herramienta útil para quienes desean vincular sus vidas a las letras en cualquier vertiente, llámese escritura, lectura, docencia o mero regocijo. Todavía es asequible, según sé, así que podemos comprarlo si rastreamos por allí, en librerías o en Google.
El contenido de este diccionario es exactamente lo que avisan las dos palabras enmarcadas en el título: la retórica y la poética. La maestra Beristáin acometió la titánica tarea de definir y dar pingües ejemplos sobre las figuras de pensamiento y construcción que hacen al fenómeno literario, todas en orden alfabético. Nadie al escribir (o al hablar o al entender) procede explicándose que detrás de tal frase hay tal tropo, pero a la hora de pensar por qué una frase es bella o literaria emerge con frecuencia esta certeza: porque conlleva una figura, una construcción definida por la retórica de tal o cual manera.
Otro valor del libro de Helena Beristáin es la amplitud de sus entradas. Como dije, define y luego despliega ejemplos que terminan por aclarar los tropos. Por supuesto, hay entradas de todos los tamaños, como la dedicada a “metáfora”, acaso el tropo más famoso de la literatura. En este diccionario fue donde comprendí mejor, por ejemplo, el significado y el uso de la “hipálage”, figura hermosa. O del “oxímoron”, que sólo llegan a dominar los grandes escritores. En suma, son 500 páginas llenas de un trabajo que vino en auxilio de quienes desean comprender cómo ocurre el arte en las frases literarias. La belleza de la escritura siempre conlleva misterio, pero algo podemos discernir si nos socorre la retórica.

sábado, mayo 30, 2020

Reencuentro del Ibarra




















La bibliomanía es, como todas las manías, incurable y problemática. Es una de las formas de la acumulación que, como ocurre en algún programa de televisión gringo, llega a tocar extremos patológicos. Lo único bueno de la bibliomanía es que se relaciona con uno de los objetos más nobles y útiles de la humanidad, el libro, y no con frascos vacíos, centros de mesa obtenidos en bodas o trabajos escolares de foami. Pese a tal bondad, la acumulación de libros coloca al acumulador en un brete sin orillas: siempre necesitará más y más espacio, más estantería y más disco duro neuronal para recordar los ítems que ingresan al catálogo.
Por razones de mudanza he tenido que internarme en un dédalo de libros cuyo fin parece no tener fin. Como es lógico, han aparecido libros ocultos durante años, volúmenes que no había podido mover y ahora, gracias a que en teoría tendrán espacio disponible para quedar ordenados según el canon del lomo expuesto, ven de nuevo la luz y vienen a mi reencuentro.
Uno de ellos es el Diccionario de la lengua castellana preparado por Real Academia. Es el libro más viejo que tengo, y fue impreso en Madrid hacia 1791, en su tercera edición. Antes de su publicación, claro, hubo dos, de 1780 y 1783. En los tres casos se trata de la edición reducida “a un tomo para más fácil uso” de los lectores. El problema que encontró la RAE con la edición inaugural, llamada Diccionario de Autoridades e impresa entre 1726 y 1739, fue que decidió publicarla en varios tomos; la institución pronto advirtió que tal procedimiento era impráctico por su tardanza y su costo.
Hay libros, la mayoría, de los que he olvidado el contexto en el cual los conseguí. Uno de ellos no es, obvio, el de este valioso diccionario. Lo compré hace veinte años, pero recuerdo con toda claridad los detalles de la adquisición. En 2001 gané el premio nacional de novela Jorge Ibargüengoitia con el libro Juegos de amor y malquerencia, y me dieron 75 mil pesos de premio, una cantidad decorosa para liquidar pendientes y pensar, por qué no, en algún gustito extra. Coincidió entonces que apareciera Fernando Martínez Sánchez, uno de mis dealers bibliográficos, con el librote en la mano. Me lo ofreció a cinco mil pesos, precio que me pareció razonable, y lo compré.
Desde entonces lo conservo, y aunque su consulta no es nada frecuente, sé que está allí, con toda su hermosa tipografía a cuestas y sus páginas de papel bicentenario. Y ya que hablo sobre su tipografía (lo que más me gusta de este libro), debo decir que fue impreso en el taller de Joaquín Ibarra y Marín, por su viuda, con la tipografía Ibarra, que aquél diseñó.
Ahora que lo reencuentro, el Diccionario impreso con los tipos Ibarra es un buen talismán para atravesar lo que queda de confinamiento. Sea.

sábado, agosto 19, 2017

Puñaladas de muerte














La pregunta no era infrecuente: ¿cuál es el mejor diccionario, profe? Dije “era” porque en estos días ya no lo es, a casi nadie le preocupan en serio los diccionarios. Mi respuesta era la misma y la sostengo hasta la fecha: el mejor diccionario es muchos diccionarios. En efecto, desde muy joven noté que un diccionario era insuficiente para atrapar, como en una sola redada (esta palabra significa lanzar la red), todos los peces verbales, de suerte que al Diccionario Usual de Larousse de la carrera añadí el Pequeño…, el Porrúa en el que hallé muchos mexicanismos bien definidos, el de la RAE en seis tomos y varios más especializados (en sociología, política, filosofía…) del FCE y otros como el de español-latín, español-náhuatl, modismos, lunfardo y demás curiosidades. Mis dos joyas en esta materia son el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, y el de la Academia Española en su tercera edición, el libro más viejo que tengo (1791).
Esta breve enumeración puede dar una idea aproximada de todo el papel que puede convocar una cierta obsesión por los diccionarios. Todos, a su modo, sirven para el propósito de aproximarnos a un significado general o preciso, antiguo o actual. Pues bien, las enciclopedias, muchos manuales y otros libros llamados “de referencia”, como los diccionarios, han pasado, o están pasando, a mejor vida. Internet, dada su capacidad para actualizar de inmediato cualquier información, ha fulminado al papel, lo ha convertido en una cháchara de la cual se puede prescindir con cierta facilidad si uno tiene, digamos, un teléfono celular.
Por ello Ignacio Bosque, lingüista y académico de la RAE, ha señalado que  “se han conseguido muchos logros en los diccionarios digitales: contamos hoy con un gran número de recursos en línea, entre ellos diccionarios multilingües (…) de ayuda a la traducción y la redacción. Se construyen nuevos multidiccionarios que añaden otras muchas posibilidades, como conjugaciones, citas, refranes, ideas afines…”, e incluso habla del orden alfabético —tal vez el recurso más caro en el diccionario impreso— como “una servidumbre del papel”, dado que ahora las búsquedas se pueden hacer como sabemos: escribiendo lo que necesitamos precisamente en un “buscador”.
No echaré mis diccionarios al tambo. Me gustan y los aprecio, pero es un hecho que cada vez que los miro percibo en sus espaldas muchas tristes puñaladas de muerte.