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lunes, octubre 22, 2018

Acceso a Tomar la palabra*




















Las abundantes páginas que el lector tiene en sus manos son un testimonio bibliográfico, el segundo ya, emprendido por el profesor Gabriel Castillo Domínguez para pensar y ejercer la educación mediante la palabra escrita. Digo pensar y ejercer, al mismo tiempo, porque Tomar la palabra II es precisamente eso: un ejercicio de reflexión personal sobre la educación y sus orillas que a su vez se convierte en una manera de educar, de educar sobre el tema de la educación a partir de la escritura, que acaso es la menos perecedera forma de la enseñanza.
Armado de experiencias y lecturas parejamente ricas, Castillo Domínguez articula en las páginas de este libro un proyecto que alienta el imperativo de colocar a la educación en un pedestal que nos permita apreciar la relevancia que ella entraña. Porque querámoslo aceptar o no, todo pasa por el tamiz educativo, de suerte que nuestra sociedad empeora, se estanca o mejora en la medida en la que su sistema de enseñanza se anquilosa o se dinamiza.
En Tomar la palabra el autor ha querido enfatizar que su tema eje reviste una importancia central entre las prioridades del país. Por eso su examen acucioso de coyunturas políticas y de orientaciones y planes del Estado, y por eso también su mirada crítica en torno al rol de los maestros en la actualidad educativa mexicana. En este sentido, Castillo Domínguez interpela al maestro, al hombre de carne y hueso que trabaja en el aula y tiene la responsabilidad de formar; con él aspira dialogar, a él, principalmente, están dirigidas estas ideas que en su momento formaron parte de la columna Paideia publicada semana tras semana en el diario Milenio Laguna.
El autor ha articulado el conjunto de sus textos en cinco grandes apartados. “Magisterio”, “Educación”, “Sociedad”, “Política” y “Cultura”. En estas estancias, todas claramente delimitadas, son espigados comentarios que evidencian su preocupación por indagar en todos los recovecos posibles del quehacer magisterial. Dado que el asunto vertebral del libro es complejo, Castillo Domínguez secciona sus partes y permite a los lectores un adentramiento cuidadoso en cada subtema. Así, por ejemplo, en “Magisterio” aísla y discute el candente problema de la llamada “reforma educativa” que tanto ha dado de qué hablar durante el sexenio que va de 2012 a 2018; examina asimismo, en este rubro, la trascendencia del quehacer sindical serio y comprometido, el caso de las movilizaciones y la revaloración del profesor como agente de cambio.
En la segunda estancia, “Educación”, centra su mirada en la acción educativa en sí, en los variados ángulos desde los cuales podemos observar y discutir el imperativo de formar mejores generaciones de maestros que a su vez edifiquen mejores generaciones de estudiantes. No escapa a su examen, por supuesto, el debate sobre el papel de los nuevos modelos educativos en el contexto de la revolución informática, sobre el bullying como problema generalizado, sobre la lectura como urgencia y la matemática como rezago histórico, entre otras muchas preocupaciones.
No tan amplio como los anteriores aunque no por ello menos intenso, el apartado “Sociedad” trabaja en torno a tópicos de interés más abierto como la llamada “civilización del espectáculo” caracterizada, nos explica el autor, “por la actitud simplificadora de los individuos, orientada a la homogeneización, a la uniformidad y donde la gente padece una especie de adicción por el entretenimiento”, que, como se puede concluir, determina en grandísima medida el comportamiento y las expectativas del estudiante dentro del espacio escolar. Aquí mismo reflexiona sobre la juventud y la vejez actuales en relación con la falta de oportunidades y la desigualdad, estragos que representan dos de los lastres más dolorosos en el México contemporáneo.
“Política” es un tranco de larga zancada en esta segunda andanza de Tomar la palabra. No podía ser de otra manera, dado que la educación se ha visto atravesada en nuestro país por un sinnúmero de conflictos que la mayor parte de las veces obedece a intereses económicos de grupo y a reacomodos electoreros, de ahí las permanentes internas y la manipulación que en el espacio sindical han querido convertir al magisterio en un ente cautivo de la politiquería. Gabriel Castillo analiza, comenta, critica el acontecer político del país en relación con lo educativo y, siempre con argumentos, especula sobre aquello que más podría convenir a la sociedad en tanto recipiente de la educación, no a las camarillas que se disputan privilegios. En este terreno, pues, no desdeña la política, es obvio, pero la propone como instrumento de cambio por el bien del maestro y de la educación pública nacional, no como arma de logreros.
Por último, el apartado “Cultura” ara sobre una parcela temática que preocupa al autor tanto como las anteriores y orbita en la elipse de esta pregunta retórica: ¿es posible el renacimiento de maestros como los de la vieja guardia, es decir, profesores abiertos al infinito conocimiento adquirido por medio de las artes y las ciencias? El autor nos comparte comentarios sobre libros, música, pintura y personajes que nos invitan a pensar en la cultura general, plural, amplia, como una herramienta de transformación social que el maestro debe manejar si su propósito es alcanzar una “M” mayúscula, una “M” de Maestro.
Juzgo, en suma, que Tomar la palabra nos depara un recorrido placentero tanto por la pulcritud de su forma como por la hondura de su fondo. Si bien es el maestro su lector modelo, su lector meta, no dudo en afirmar que todos encontraremos aquí pues de alguna manera todos somos, al alimón, alumnos y maestros reflexiones estimulantes y muy agradecibles.
Bienvenidos a esta dilatada e inteligente conversación con Gabriel Castillo Domínguez.

*Prólogo a Tomar la palabra II, de Gabriel Castillo Domínguez, 2018, 388 pp.

sábado, julio 04, 2015

Aquellos días en Lerdo














No había publicado estas breves palabras. Las leí en la ceremonia de reconocimiento que inmerecidamente me hicieron algunas autoridades de Ciudad Lerdo. Eso ocurrió el 28 de abril de 2015:

Buena parte de mi adolescencia, de los 12 y los 15 años, la pasé en Ciudad Lerdo, pues allí estudié en la federal Flores Magón. Creo que fui muy feliz en aquella época, y sospecho que esto se debe a que por tales años descubrí el significado de la libertad en su sentido más estricto. En 1976, cuando entré a la secundaria, mi familia todavía vivía en Gómez, así que hice desde GP un par de semestres de recorridos a Lerdo. Junto con mi hermano —que cursaba el tercer año en la misma escuela— me levantaba a las seis, me arreglaba y a eso de las seis cuarenta salíamos de nuestra casa, ubicada en la avenida Madero, y caminábamos al mercado José Ramón Valdés. Allí esperábamos el Verde que nos dejaba en las puertas de la escuela, sobre el bulevar Miguel Alemán.
Luego, en 1977, mi familia, es decir, mis padres y sus siete hijos, se mudó a lo que entonces era una orilla de Torreón, a la colonia Nogales aledaña al seminario, por el rumbo del Canal 9 de televisión. Pude cambiar de escuela, e ignoro por qué no lo hice, pero seguí en la Flores Magón. Mi hermano ya había terminado la secundaria, de manera que mi solitaria rutina a los catorce años era la siguiente: ponía el despertador a la cinco, me arreglaba yo solo y a las seis, en la oscuridad, tomaba el camión ruta Jacarandas hacia el mercado Juárez. Allí tomaba el Verde directo a Lerdo y llegaba justo a las 7, hora en la que comenzaban las clases. Dos años hice eso casi sin conciencia de que hacía eso, así que de milagro saqué la secundaria como viajero frecuente de la zona metropolitana Torreón-Gómez-Lerdo-Gómez-Torreón.
Pese a que parece terrible, no sé por qué recuerdo aquella época con profunda alegría. Supongo que esto se debe a la libertad recién estrenada, al hecho simple de saber, o intuir, que podía moverme sin trabas. Buena parte de esa libertad la disfruté, por ello, en esta ciudad a la que quiero no sólo por su nieve y por sus exquisitos tortillones —motivo suficientemente grande para quererla—, sino porque fue el primer entorno en el que pude caminar con la sensación, valiosísima en la adolescencia, de que todo el mundo era mío.
En otra parte he contado anécdotas relacionadas con Lerdo, los viajes sabatinos a Raymundo, la primera novia conquistada no sé cómo al lado del restaurante Las Breñas (por el Issste), los muchos amigos que tuve en un tiempo en el que Facebook era de carne y hueso, las películas que vi en el cine López, los incontables juegos de futbol en unos campos de tierra que, si no recuerdo mal, tenían un nombre ad hoc: el Tercer Mundo. A los quince años, hace 35, salí de la secundaria y me alejé de Lerdo sólo físicamente, pues a mi modo siempre lo cargo en la memoria y vuelvo cada que se puede, como hoy.
Muchas gracias a todos por renovarme la alegría de estar aquí. Gracias a la Fundación José Santos Valdés, a la Dirección de Educación y Cultura, gracias al profesor Gabriel Castillo, gracias a los profesores que me invitaron y gracias y disculpas, sobre todo, a los jóvenes que leyeron algunas cuartillas mías. Hace mucho que no soy adolescente, pero hagan de cuenta que los veo y de alguna manera soy ustedes leyendo a un señor desconocido que hace mucho dejó su corazón, al menos buena parte de su corazón, en Ciudad Lerdo.

Ciudad Lerdo, 28, abril y 2015

domingo, abril 26, 2015

Invitación a Festival de Lectura en Ciudad Lerdo











Como ustedes saben, la Fundación Cultural y Educativa "Profr. José Santos Valdés" lleva a cabo, para conmemorar el Día Internacional del Libro, cada 23 de abril, un Festival de Lectura dedicado a algún escritor nacional o extranjero para leer y difundir su obra. Este año, con motivo de la XVI edición, se dedicará el Festival al escritor lagunero Jaime Muñoz Vargas y se le hará entrega de un Reconocimiento. Será el 28 de abril a las 10 de la mañana en la Plaza Principal de Ciudad Lerdo, Dgo. La intención es valorar el serio trabajo de nuestros creadores en el campo de la literatura. Es una iniciativa que arrancó con el reconocimiento a otro importante escritor, el Mtro. Saúl Rosales Carrillo, y vamos a tratar de mantenerla vigente para los próximos años.
Por lo anterior, me permito formularles una atenta invitación para que nos acompañen en el acto referido. Su presencia es de gran valor para nosotros.
Reciban un saludo cordial.
Profr. Gabriel Castillo Domínguez

viernes, abril 10, 2015

Estos diez perfiles revueltianos




















Este libro es un breve repaso a la fecunda vida de José Revueltas en el año de su centenario. Entre otros valores, tiene la peculiaridad de haber sido configurado por escritores nacidos, radicados o espiritualmente cercanos al ámbito de Durango, estado en el que nació el autor de El apando. No se trata, sin embargo, de una obra para especialistas, sino de un asedio múltiple y amable, con tono divulgativo, a uno de los intelectuales mexicanos más polémicos, interesantes y poliédricos del siglo XX.

Menos leído de lo que merece, Revueltas también ha padecido cierta indiferencia de la crítica. Es verdad que hay acercamientos ya canónicos a su trabajo —como los de Evodio Escalante y Edith Negrín, por mencionar sólo dos entre los más visibles—, pero no deja de parecer poco si pensamos en la impresionante cantidad de páginas que dejó el oriundo de Santiago Papasquiaro, páginas en las que reflexionó con hondura sobre nuestra realidad y donde acaso tocó los registros narrativos más dolientes de la literatura mexicana.

Es difícil saber la razón exacta del relegamiento padecido por Revueltas. Quizá no hay una sola, sino varias apiñadas, confusas y todas gravitando en su contra desde que era casi adolescente hasta la fecha. Entre ellas podemos contar la actitud combativa, frontal, que manifestó siempre contra el poder y sus acólitos, lo que con el paso del tiempo generó resquemores de difícil evaporación, odios que nunca se han disuelto. También ha pesado en esto, quizá, el grado de dificultad que presenta la mayor parte de sus escritos; artista interesado en el examen profundo de nuestra circunstancia, jamás dejó de recurrir —entre otras disciplinas— a la filosofía para ahondar en la realidad del hombre y explicarla, sin cortapisas, mediante el ensayo, la novela, el cuento, la crónica, el guión, el teatro, la memoria, el manifiesto, incluso la poesía.

Al margen pues de la avenida por donde caminó y sigue caminando la mayoría, Revueltas articuló una obra poderosa, plena de significados, de evocaciones, de dudas y certezas, de tropiezos, de logros, de incomprensiones, de escándalos y permanentes desafíos. El silencio no fue lo suyo, y su voz escrita atronó con toda la fuerza de su tinta en cientos, en miles de papeles.

Diez escritores se han sumado a este sincero homenaje. Gabriel Castillo nos confiesa el azoro que le han producido lecturas recientes a Revueltas, y establece un correlato entre el duranguense y Albert Camus. La maestra María Rosa Fiscal hace énfasis en la capacidad poética que tenía Revueltas para dibujar el espacio, para crear climas narrativos envolventes, cerrados y opresivos incluso allí donde los hombres se ubican al aire libre. Gerardo García Muñoz, por su parte, hace un recuento de la obra revueltiana con pespunteos hacia su asombrado y permanente recuerdo personal, siempre agradecido con el narrador norteño. Bertha Rivera explora facetas de la vida de Revueltas, como su humor y su entereza ante la contracorriente sobre la que navegó toda su vida. Literatura y militancia son los flancos asediados por Vicente Alfonso, flancos que se confundieron durante toda la trayectoria vital de quien escribió Los muros de agua, novela, precisamente, que es primer ejemplo de esas dos preocupaciones. Angélica López Gándara explora el paradójico encuentro de Revueltas con la figura de Dios, un debate íntimo que se manifestó, sobre todo, en su quehacer narrativo.

El modo revueltiano de asumir el realismo es indagado por Fernando Fabio Sánchez, quien para ello trae a la mesa el famoso prólogo sobre la visita de Revueltas al lazareto de Guadalajara. José Everardo Ramírez hace un apretado recorrido por la obra de Revueltas y nos recuerda la importancia que su densidad crítica tiene, o tendría, en “la era del vacío” que atravesamos. Jesús Alvarado recuerda el valor de los cuentos revueltianos y plantea que pueden ser modelos de ficción crítica contra la realidad enajenante. Cierra el libro un poema de Julio César Félix cuyo énfasis recae en dos ideas claves en la vida y la obra del homenajeado: el olvido y su contraparte, la memoria.
Al opinar sobre Revueltas, Carlos Monsiváis ha logrado condensar en un párrafo el sino que persiguió ayer y sigue persiguiendo hoy al escritor de Durango:

¿Por qué tarda tanto y por qué se entrega con tanta mezquindad el reconocimiento literario a Revueltas, a su brillantez poética, a la complejidad de sus personajes y situaciones, a su ir a fondo en el examen de la descomposición que es el rostro no tan secreto de una parte de la sociedad? Muy probablemente esto se deba a su radicalismo que atemoriza, a su rechazo desdeñoso de la sociedad cultural y a la dificultad de gran número de posibles lectores de captar los diversos niveles de estas novelas. Revueltas no concede, y de allí el alejamiento sin concesiones que se le reserva a su obra.

Estas páginas son, o al menos tratan de ser, un impulso en sentido contrario al señalado por Monsiváis: buscan abrir puertas al lector no iniciado, invitarlo a convivir con la poderosa literatura y el agudo pensamiento de José Revueltas, el rebelde inextinguible.

Comarca Lagunera, noviembre y 2014}

Texto de presentación del libro Perfiles sobre José Revueltas, colectivo, Instituto de Cultura del Estado de Durango, Conaculta, Centro Cultural José Santos Valdés, Universidad Iberoamericana Torreón, 2014, Durango, 98 pp. Fue presentado el 25 de marzo de 2015 en el Teatro Centauro de Ciudad Lerdo, Durango. Este libro puede ser descargado gratis en la web de publicaciones de la Ibero Torreón, aquí.

domingo, enero 12, 2014

Tres partidas















De uno fui amigo cercano, a los otros dos los traté poco, pero cordialmente. Los tres murieron esta semana.
José María Mena Rentería ejerció el periodismo en varias publicaciones laguneras. Lo recuerdo sobre todo como reportero de La Opinión; allí estuvo varios años. Cubríó diversas fuentes, y creo que la cultural fue la que más lo atrajo.
Gabino Martínez (en la foto que ilustra este post) fue maestro, periodista, escritor y editor. Militó en agrupaciones políticas de izquierda en Durango capital. En los últimos años de su vida fue responsable editorial de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Lo traté poco, más por correo electrónico que en persona. Hacia 2011, en su casa comimos Saúl Rosales, Gabriel Castillo y yo, quienes fuimos a Durango a presentar el libro Madera, del profesor José Santos Valdés. La casa del anfitrión me pareció impresionante. Casi toda era un archivo/biblioteca, plena de estanterías adecuadas para la impecable organización de documentos.
A Fernando Martínez Sánchez lo traté mucho y a fondo. Puedo decir que fuimos buenos amigos. Tuve la suerte de verlo unas horas antes de su muerte.
Si no me equivoco, los tres nacieron entre 1936 y 1946.

domingo, diciembre 19, 2010

Un siglo de Lezama



Una lástima no tener a la mano la obra de Lezama Lima para consultarla mientras escribo a las prisas este recordatorio de su cumpleaños número cien. Un 19 de diciembre de hace exactamente un siglo nació en La Habana quien se convertiría en uno de los escritores más singulares de América Latina: José Lezama Lima. Allí mismo murió en 1976; salió a lo mucho dos veces de la isla pero su resonancia en el mundo de las letras fue tan amplia que todavía es considerado el más grande barroco latinoamericano de la historia.
No es más conocido, leído o emulado porque, creo, el registro de su escritura ha caído en desuso en las décadas recientes. Digamos que en estas épocas domina un estilo ligero, más bien plano, el más fácilmente asimilable por el lector apresurado y nada dispuesto a gastar tiempo en machincuepas sintácticas o en imágenes poéticas que supongan alguna complicación. Vivimos un momento hedónico en todo: si alguien propone que hagamos política para lograr un cambio social, lo juzgamos loco pues nadie está dispuesto a sacrificar su tranquilidad por una idea, por importante que parezca. Si alguien recuerda que cierto cine europeo es mejor que el norteamericano, lo tomamos por mariguano ya que aquel es “lento” y denso y éste es ágil y entretenido. Así, cuando alguien recomienda un libro en estas épocas más vale que no elija el de un barroco, pues todos esperan un tip que no cometa la impertinencia de enredarnos en berenjenales.
Lezama Lima, pues, no goza hoy y acaso no gozó nunca de multitudes. Su obra es, un poco como la de Borges o Reyes, aunque de otra manera, una obra para escritores, quienes al cabo suelen ser los que más aprecian a los colegas que desbrozan y despejan brechas nuevas o le añaden un timbre especial a lo ya muy conocido. Eso fue lo que logró Lezama Lima: el barroquismo elevado al cubo era hasta él un asunto del pasado, un estilo que tenía como hitos a Góngora y Sor Juana y carecía de cultores más cercanos a nosotros en el tiempo. En eso apareció, casi de la nada, el gordo Lezama Lima, quien vinculó un pensamiento espeso de imágenes poéticas con una expresión (hablada y escrita) no barroca, sino hiperbarroca, exuberante hasta lo selvático.
Su virtud le trajo seguidores, lectores de culto, algunos de ellos lujosísimos como Cortázar, Vargas Llosa o Monsiváis, pero también le acarreó repulsas. Para sus no lectores, Lezama Lima es un ilegible, un oscuro, un escritor de formas inextricables. Yo estoy a medio camino entre los que lo veneran y los que lo rechazan: el barroquismo siempre me ha gustado y por ello me presumo permanente feligrés de Góngora, Quevedo, Carpentier, Lemebel y otros pocos que han hecho de ese modo, el barroco, un modo eminente del español. Me gustan esos sensuales de la palabra, esos escritores que le buscan música a las letras y lo hacen, si es posible, con retorcimientos y rodeos (en estos días, y aprovecho el caso para demostrar lo que afirmo, convivo con una hermosa novela barroca de un escritor monstruo injustamente olvidado en nuestro país; me refiero al libro A sangre y fuego, de Manuel Echeverría, novela y autor que me tienen leyendo de rodillas).
Aunque no lo parezca, Lezama Lima opera distinto en cada uno de los géneros que abrazó. La complejidad mayor, en forma y fondo, está en su poesía; sus versos se dejan leer como sonido, pero es indudable que esconden, como poderoso coco, su pulpa y su licor. En sus ensayos ocurre algo parecido: Lezama Lima se mueve por los temas como murciélago en las cavernas: no necesita luz para dar con el destino donde reposará su análisis. Donde es más accesible, sin que esto signifique total comodidad, es en su narrativa. Para leer Paradiso, por ejemplo, es necesario no desistir en las primeras páginas, pescar el timbre y lo demás, la belleza total, cae por su propio y deslumbrante peso.
Hay un cuarto género encarado por Lezama Lima: el epistolar. Lo comenté hace relativamente poco, en la reseña sobre el libro Más allá de Paradiso, del profesor Gabriel Castillo, nuestro más asiduo comensal en los banquetes lezamianos. En sus cartas a José Rodríguez Feo, publicadas por ERA, el gordo es una delicia juguetona, un amigo que hace fiesta en cada misiva, un modelo de corresponsal que invita a imitarlo aunque ya no escribamos cartas cartas, sino desprolijos mails.
A un siglo de su nacimiento, y desde la trinchera incómoda del Vips que hoy me sirve de oficina, esto puedo decir, modesto pero sincero, para no olvidar el centenario de un escritor que, nos guste o no, está en la selección ideal de América Latina: el barroco de barrocos José Lezama Lima.
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Nota del editor: el 21 de diciembre de 2010 recibí una carta del fotógrafo Iván Cañas en la que me comenta ser el autor de la imagen que encabeza este post. La sesión fotográfica se dio una tarde habanera de 1969. En aquella ocasión, Cañas tomó dos rollos (qué raro suena ahora eso de los "rollos") del autor de Paradiso en su vida cotidiana: Lezama en su biblioteca, Lezama junto a su esposa María Luisa, Lezama en un parque, Lezama en un balcón, Lezama con el puro a todo humo... Agradezco a Iván Cañas el permiso para usar la foto del famoso escritor con el habanazo en primer plano.
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Mañana, presentación de La luz y la guerra
Mañana lunes 20 de diciembre será presentado La luz y la sombra: el cine de la Revolución mexicana, publicado por el Conaculta en su colección Arte e imagen. Esta presentación se celebrará en la librería Gandhi (bulevar Independencia 3775 oriente, Torreón) a las 19:30 horas. Los escritores y académicos torreonenses Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz idearon y coordinaron este trabajo colectivo que sin duda hace un aporte fundamental a la investigación académica sobre el cine con temática de la Revolución mexicana. Acompañaremos con comentarios el maestro Fernando del Moral y yo.
Entre la acabada introducción y las secciones apendiculares, La luz y la guerra contiene los siguientes ensayos “Vistas de modernidad y guerra: el documental mexicano antes y después de la Revolución”, de Fernando Fabio Sánchez; “Eisenstein y la Revolución mexicana”, de Aurelio de los Reyes; “La Revolución mexicana en celuloide: la trilogía de Fernando Fuentes como otra construcción de la historia”, de Julia Tuñón; “Evocaciones de la Revolución en las adaptaciones cinematográficas de Los de abajo”, de Matthew Bush; “Más antiguo que su patria: Pancho Villa, el (anti)héroe revolucionario de la cinematografía nacional”, de Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz; “La Revolución domesticada: Flor Silvestre y Enamorada de Emilio El Indio Fernández”, de Jean Franco; “La escondida de Roberto Gavaldón: el espectáculo, María Félix y el glamour de la Revolución mexicana”, de Zuzana M. Pick; “Adelitas y coronelas: un panorama de las representaciones clásicas de la soldadera en el cine de la Revolución mexicana”, de Stephany Slaughter; “Once upon a time in the… West: el cine norteamericano de la Revolución mexicana”, de Adela Pineda Franco; “Remitidos al silencio: los filmes censurados de la Revolución y La sombra del caudillo de Julio Bracho”, de Héctor Domínguez Ruvalcaba; “La Revolución del echeverrismo”, de Gerardo García Muñoz; “Emiliano Zapata y el fluctuante archivo de la imagen: del héroe trágico a la nostalgia neoliberal”, de Ignacio Corona.
Como lo comenté en una entrevista a Ángel Reyna, este libro de 688 páginas es un paquete de dinamita, sin duda el trabajo de su tipo y temática más ambicioso que hasta el momento hayan orquestado académicos laguneros. Los interesados en la Revolución, en el cine y en la literatura deben tenerlo en sus bibliotecas.
La invitación a la presentación es libre. Habrá brindis. Organizan el Icocult Laguna y la librería Gandhi.

domingo, julio 18, 2010

Lezama en su centenario



Los dos escritores más extraños que ha producido América Latina nacieron, uno, en 1899, otro, en 1910. Sus patrias fueron Argentina y Cuba, y sus nombres son todavía Jorge Luis Borges y José Lezama Lima. Ambos, más que escritores, son dos inagotables literaturas. La primera representa el clasicismo, el equilibrio, la justa sobriedad; la segunda, el exceso, la exuberancia, el barroquismo más allá de toda contención. Ambos destacaron por dos rasgos: una erudición sin coto y una imaginación que los llevó a crear obras hoy consideradas emblemáticas del siglo XX latinoamericano. Borges, por su estilo más límpido, goza de infinitos lectores, tantos como los que jamás imaginó. Lezama, en cambio, tiene pocos, y uno de ellos es el lagunero Gabriel Castillo, autor del libro Más allá de Paradiso.
A Borges, creo, le convino la tendencia mundial hacia una escritura despojada de ropajes, a la flaubertiana mote juste que hoy apetece hasta el periodismo. En contrapartida, la tendencia hacia el barroquismo no goza en este momento de los mejores escaparates. Pese a ello, la obra de Lezama Lima, debo decir la deslumbrante obra de Lezama Lima, ha podido sobrevivir porque toca un registro imprescindible de nuestras realidades: el barroco. En efecto, la realidad de Nuestra América es esencialmente barroca. Lo fueron estas tierras antes de la llegada de los conquistadores, y lo fue más cuando al barroquismo de los aztecas y de los mayas y de los incas se unió el barroquismo en curso de la cultura europea. El resultado, un mundo complejo, enriquecido de objetos que en tropel ingresan a la sensibilidad y a veces se tornan inextricables, indigestos.
Para hacerle plenamente la digestión a la realidad que nos tocó se necesita un gran estómago, el mismo que tuvo, con metáfora y sin ella, José Lezama Lima, cuyo centenario de nacimiento conmemoramos este año. Lezama fue un voraz abarcador de cuanto tuvo frente a su vista. Sólo dos veces salió de la isla, pero se definía como el “viajero inmóvil”, un estático vagabundo de los libros y los pensamientos que luego, con la peculiar alquimia que él inventó, trasmutaba en imágenes de un espesor poético inverosímil.
Como se trata de un barroco entre los barrocos, sobre todo en la poesía y no menos en el ensayo, muchos lectores reculan ante su obra. No es la suya, para hablar honestamente, una literatura que se deje examinar con distracción. Para ingresar al universo de Lezama es necesaria mucha paciencia y un cierto espíritu de buscador de diamantes. Yo he intentado con poca fortuna descifrar su poesía, siempre me quedo en el puro goce de lo auditivo y lo visual, sin penetrar hasta el agua y la pulpa del coco. Se necesita un poco de paciencia y, si es posible, alguna introducción a Lezama Lima como la que el profesor Castillo Domínguez armó con lente de joyero.
Su libro Más allá de Paradiso aspira a convidarnos del atónito mundo lezamiano. Creo que la invitación es eficaz, y se basa sobre todo en su azorada sinceridad y en la recurrente mostración del talento que examina. De nuevo publicado por la UJED, este es el segundo libro del profesor Castillo Domínguez. El otro, Tomar la palabra, una colección de artículos, también tuve la suerte de presentarlo y ya desde allí el autor me dejó ver su inquietud por indagar qué hay detrás de las palabras y las cosas.
Compuesto por tres apartados o “aproximaciones”, Más allá de Paradiso indaga en las facetas más importantes en la vida de Lezama: la primera, su condición de huérfano temprano, su cercanía a la esfera de la influencia materna y sus primeras acercamientos al “eros cognoscente”, como él gustaba denominar, en su dialecto, al apetito insaciable por saber; la segunda aproximación nos acerca al Lezama en plenitud productiva, su labor editorial, el peso de la revista Orígenes, su contacto con la revolución; la tercera, al foco de su interés: la poesía. Estas tres instantáneas sobre Lezama dan una idea suficiente de su complejidad, de su encanto y de su vigencia.
Lezama Lima es uno de esos pocos autores a los que nunca se acerca nadie por moda. No es el autor de marquesina, el convocador de multitudes que por ello hace sonar sin freno las cajas registradoras. Lezama es un autor casi secreto, un ensayista, narrador y poeta, sobre todo poeta, al que solemos conocer primero con curiosidad, y luego, si su piquete de avispa da en el blanco, lo esculcamos porque en sus páginas no salimos de un deleite cuando ya entramos a otro.
Recuerdo que Benedetti, un escritor de estilo lejanísimo al de Lezama, comentó en un ensayito que alguna vez escuchó al autor de Paradiso en La Habana. El uruguayo dijo luego que no entendió gran cosa de lo que Lezama expuso aquella vez, que tenía un montón de dudas sobre el contenido de la conferencia, pero que de todos modos quedó alelado ante el poderío verbal, matafórico, del cubano que construía frases como quien crea lingotes.
Eso se puede apreciar en todos los rincones de la obra lezamiana, como lo muestra y lo demuestra el estudio de Gabriel Castillo. Sin embargo, soy de la idea de que con el habanero hay que proceder más o menos por esta ruta: novelas, ensayos y, al final, si es que llegamos al final sin ser noqueados, poesía. Hay otro apartado, el de la correspondencia y las entrevistas, no muchas, por cierto, que dejó Lezama (tengo el diálogo postal que mantuvo con José Rodríguez Feo, su amigo y compinche de Orígenes —la cita el profesor Rodríguez— y allí está el centauro Lezama en acción cotidiana, respondiendo cartas como quien engarza piedras en el collar). Así, Más allá de Paradiso es un regalo, un valioso regalo que quiere significar el hecho de que allí, en esa novela monstruo puesta hoy más acá de nuestras emociones, está la almendra de un escritor clave de nuestra América. Este libro es ya, por ello, el mejor homenaje que ha podido recibir en La Laguna un escritor que sobrevivirá a la prisa del reloj y del olvido.
Texto leído en la presentación de Más allá de Paradiso celebrada el 10 de junio de 2010 en el Museo Regional de La Laguna; esta actividad fue organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el mismo Museo Regional. Presentamos el libro Gerardo Monroy, el autor y yo.