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sábado, octubre 11, 2025

Cincuenta de Miguel Báez

 









Miguel Eduardo Báez Durán (Monterrey, Nuevo León, 12 de octubre de 1975) es mi amigo desde hace aproximadamente treinta años. Lo conocí cuando frisaba la veintena, poco más o menos, y era estudiante de la carrera de Derecho en la Universidad Iberoamericana Torreón. No recuerdo si fue mi alumno en alguna materia curricular o sólo del taller literario que propuse abrir allá por 1995. Procedo con la sola herramienta de la memoria, por eso la inseguridad de algunas fechas. No importa. Lo que importa es que Miguel mañana cumple cincuenta años y durante treinta de ese medio siglo lo he sentido cerca como amigo, un amigo al que estimo y admiro.

Cuando Miguel llegó a mi taller literario no pasó mucho tiempo para que llevara uno de sus cuentos. En un contexto (más ahora) de escritura deshilachada, sin respeto por el aseo y la claridad ni siquiera entre personas con títulos académicos, aquel joven fue una inmediata sorpresa para mí: escribía con una pulcritud que no correspondía con su corta edad. Sus cuentos se dejaban leer fluidamente, sin los accidentes habituales en las cuartillas de quienes escriben sin saber que escriben mal. La forma de su escritura tenía mucho de intuitivo, de puesta en acto del talento natural, es verdad, pero pronto me di cuenta de que tal pulcritud tenía otro soporte: Miguel había leído vorazmente, tanto que ya era posible hablar con él como si se tratara de un escritor maduro.

Luego de las primeras sesiones en el taller literario ocurrió un hecho que jamás olvidé. Miguel era un tallerista disciplinado y receptivo a los consejos. Su perfeccionismo y su elevada idea de la responsabilidad lo forzaban a llevar un cuento a la semana, casi como si fuera un desacato no llevar algo cada que concurríamos a la sesión. Nos veíamos los miércoles, y durante ocho o nueve oportunidades llevó un cuento distinto por semana. Fue allí cuando le dije que en un taller no era forzoso que los participantes llevaran obra nueva en cada sesión, y que incluso escribir un cuento a la semana ni siquiera era habitual en los cuentistas consumados. “Los escritores deben diversificar su escritura, tratar de manejarse bien en varios géneros”, le dije, y agregué una pregunta: “Además de leer y escribir literatura, ¿qué más te apasiona?” Miguel, sereno como siempre, con la mesura presente en todas sus respuestas, me confesó que le encantaba el cine.

Al revelarme esa otra pasión de su vida, le recomendé escribir reseñas de cine como complemento de su escritura literaria. Le di una mínima orientación sobre la forma general de la reseña y le propuse alimentar una columna en el suplemento La Tolvanera, que yo editaba y aparecía dentro de la revista Brecha. Miguel, muy joven, aceptó el reto y mucho antes de los 23 años se convirtió en el mejor comentarista de cine que a mi juicio ha tenido La Laguna. Tanto fue así que pasados unos pocos años, ya en el 2001, nos coordinamos para que publicara Vislumbre de cineastas, trece ensayos biofilmográficos, libro sobre directores importantes de la cinematografía mundial (Hitchcock, Buñuel, Bergman, Kubrik, Gutiérrez Alea, Malle, Arcand, Greenaway, Ripstein, Wenders, Lynch, Almodóvar y Campion) obra que hasta la fecha sigo considerando la más acabada de su tipo publicada entre nosotros. Un año después, en 2002, publicó Un comal lleno de voces, minucioso ensayo sobre el inagotable Rulfo.

Miguel egresó de su carrera con las mejores notas, siempre fue buen estudiante, y poco después emprendió una maestría en Letras Hispánicas en Calgary, Canadá. Al volver a Torreón comenzó su trabajo como profesor en la misma Ibero Torreón, y a la par siguió en la confección de reseñas de cine. En 2007, con el sello de la Universidad Autónoma de Coahuila, apareció Miel de maple, racimo de cuentos atravesado por las culturas canadiense y mexicana. Poco después, reemprendió el vuelo a Canadá, esta vez a Montreal. Perfecto bilingüe español-inglés, para su radicación montrealense había sumado el francés como tercera lengua. En aquel país se dedicó de lleno a la docencia en varias universidades, siguió con la escritura sobre cine y en el armado casi secreto de una obra narrativa consistente, escrupulosamente vigilada.

Volvió en 2017 a la docencia en las aulas de la Ibero Torreón, y en 2023 publicó, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, Encuentros fortuitos, libro de cuentos en los que delata un domino del género que he visto en pocos escritores de nuestro país, y lo digo tanto por el aliento de sus historias como por el cuidado de la forma y la agudeza irónica de su mirada, una mirada que destaza convencionalismos y absurdos de la convivencia humana. Sé que tiene inéditos al menos dos libros de cuentos, tres novelas y, si reuniera el excelente material escrito en torno a películas y series, daría fácilmente para armar cuatro libros más.

Tranquilo, sencillo, respetuoso, ajeno a los ruidosos escaparates del mundillo literario local y nacional, Miguel Báez Durán, con quien orgullosamente comparto el “Eduardo” como segundo nombre, es un amigo, lo reitero, al que aprecio y admiro mucho, de allí que me dé gusto celebrar su medio siglo de vida, de amistad y, en su caso, de lúcida e inteligente vinculación con la escritura.

sábado, noviembre 25, 2023

Encuentros fortuitos, el cuento como desafío










Entre otras, una de las responsabilidades del editor es, a veces, cuando no hay quién lo materialice o se lo piden, escribir el texto que aparecerá en la espalda del libro, aquel lugar que todos hemos visto ubicado en lo que la mayoría conoce como “contraportada” y en el argot editorial denominamos “cuarta de forros”. Suele ser un texto no firmado y siempre, sistemáticamente, elogioso, pues lo que procura es invitar al potencial lector a comprar el libro y quizá también, si no es mucho pedir, a leerlo. Por ello, es muy difícil, por no decir imposible, encontrar que este género de escritura consigne que el libro es aburrido o prescindible. El texto de la cuarta de forros presupone el aplauso, el espaldarazo y muchas veces el confeti más irresponsable.

Cuando escribí y firmé las palabras para la cuarta de forros del libro Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) ya estaba segurísimo de mis afirmaciones, sobre todo de la última línea. Cito el convite: “El dolor, la rabia, el humor, la desesperanza, el vacío y la incertidumbre son algunas de las estaciones del alma que atraviesa Encuentros fortuitos, segundo libro de cuentos de Miguel Báez Durán. Armado con una prosa más que bien templada y en todo momento espesa de literatura, el autor nos lleva a convivir con personajes que habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer, por extensión sinecdóquica, la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable. He aquí, dicho de manera muy sintética, el contenido de Encuentros fortuitos, libro que evidencia la pericia narrativa de Miguel Báez Durán, escritor pleno de imaginación y de recursos para usarla, sin duda un maestro del nocaut cuentístico”.

Insisto: al escribir lo anterior sabía que el minitexto de la cuarta debía terminar de manera categórica y subrayar que Miguel Báez Durán (Monterrey, NL, 1975) es un “maestro del nocaut cuentístico”. Razonar esta afirmación aparentemente excesiva es el propósito de los renglones que ofrezco a continuación.

Diré en esta nueva oportunidad, para empezar, lo que he repetido muchas veces sobre todo en los talleres literarios: que el cuento es un género literario peliagudo, fácil nada más para quienes lo observan desde la otra orilla del río. Es pues un error juzgarlo por su complexión breve, pensar que el cuentista es un tipo que se sienta, relata una anécdota y termina en la cuartilla dos o cinco o diez, cuando la aventura narrada ha terminado. Así de sencillo y así de falso. Se le minusvalora en principio por su brevedad: ¿qué tan difícil puede ser sancochar un texto corto?, piensan muchos. Lamento decir que la brevedad es apenas su característica más saliente, la punta de un iceberg que debajo esconde —cuando el cuento es eficaz, cuando el cuento es, como quería Poe, impactante— un montón de malicias, tantas que por ello muchos narradores le sacan la vuelta y optan por la escritura quizá más relajada de la novela, género que asimismo demanda otras pericias.

Pues bien, digo que Miguel Báez es un maestro del cuento no por capricho o por los imperativos de la amistad, sino porque sus cuentos son dispositivos literarios que admiten la lectura más puntillosa. En Encuentros fortuitos no asistimos a la escritura de un aprendiz, de alguien que apenas tantea con paso titubeante el terreno movedizo del cuento. Al contrario, en este libro estamos frente a la presencia de un narrador ya dueño de todos los recursos necesarios para articular historias compactas, emotivas, dignas de figurar en la biblioteca más rigurosa. Pienso de nuevo en la extensión; pese a que se trata de cuentos largos, la apretada intensidad de cada pieza crea la impresión de vertiginosidad, rasgo propio del cuento, casi como si en la lectura asistiéramos a un viaje en caída libre.

Los cuentos avanzan sin detalles que queden librados al azar, sin distracciones parasitarias, siempre al servicio del asunto central, siempre apegados al conflicto del protagonista. Desde cada uno de los arranques sabemos de un propósito, de un deseo clavado como daga en el espíritu de cada personaje principal, y hacia allá, a ver cumplido o frustrado ese deseo, avanzamos guiados por una prosa que no se da reposo en su fluidez, casi frenética en el despliegue de las peripecias y sin embargo espesa de belleza literaria, henchida de giros que nos permiten apreciar la soltura de un narrador que se apodera de un tono y no lo suelta hasta persuadirnos de que lo contado está muy bien contado, con las medidas justas de velocidad, introducción de detalles y verosimilitud.

En los siete cuentos que habitan este libro conviven las mejores herramientas de la narrativa. Por ejemplo, una que no es frecuente encontrar en otros escritores: la capacidad para bucear minuciosamente en el alma de los personajes, la destreza para sumergirse en interiores atormentados, en vidas que encallan en miedos, en odios, en obsesiones, en tristezas recónditas, en muy pocos, poquísimos o de plano nulos motivos de alegría. No se ha equivocado Saúl Rosales, quien tras leer los cuentos de Encuentros fortuitos me comentó que, natural o aprendido, hay algo de destoyevskiano en los microcosmos urdidos por Miguel Báez. Y sí, la mayor parte de los personajes que deambulan por estas páginas son sujetos sujetos a un pequeño infierno, seres incrustados en la urbe que bajo la cutícula de civilización no pueden evitar los manotazos de la soledad y la barbarie.

He compartido con su autor los títulos de mis relatos preferidos. Con los libros de cuentos, como ocurría antes con los discos y sus canciones, siempre pasa esto: uno selecciona en la cabeza las piezas que más le cuadran. No citaré aquí cuáles son, para no prejuiciar más al lector con mi opinión. Sólo diré, como cierre de mi reseña, que este libro es un dechado de libro de cuentos, que todos sus párrafos han sido concebidos, problematizados, ejecutados y revisados con lupa por un escritor lagunero desbordante de talento literario y voluntad creativa, por Miguel Báez Durán, un narrador que ha aceptado los desafíos del cuento y ha salido airoso como lo que es: “un maestro del nocaut cuentístico”.

Comarca lagunera, 22, noviembre y 2023

Nota. Texto leído en la presentación de Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023) celebrada el 22 de noviembre de 2023 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, Torreón. Participamos Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo.

miércoles, noviembre 22, 2023

Encuentros fortuitos, cuentos de Miguel Báez

 









Encuentros fortuitos, libro de cuentos de Miguel Báez Durán coeditado por la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Universidad Iberoamericana Torreón en 2023, será presentado hoy miércoles 22 de noviembre a las 7 PM en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez, de Torreón. Mariana Ramírez Estrada, el autor y yo haremos los comentarios sobre el libro.

Los personajes de los siete cuentos reunidos en Encuentros fortuitos habitan la frontera simbólica entre México y Canadá, y son sujetos cuya inestabilidad nos permite suponer la inestabilidad de la vida, el monstruo que acecha detrás de cualquier rutina o sensación de bienestar. Así, una turista canadiense entregada a la caridad indolora pierde misteriosamente la vida en Cancún, una madre alucina con las caricaturas niponas que podrían contaminar a su hijo, unos pelagatos edifican a punta de memeces su indestructible ego, una mujer es acosada por los arañazos del amor y la maternidad, un escritor revisa su fracaso en el espejo del reconocimiento ajeno y remotísimo, un inquilino con anhelos de serial killer reflexiona sobre el cese taxativo del ruido en su vecindario y, por último, un sujeto queda hecho pomada por la belleza fugaz e inalcanzable.

Miguel Báez Durán (Monterrey, NL) radica en Torreón desde 1985. Es licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana Torreón y maestro en Letras Hispánicas por la Universidad de Calgary. Entre otros libros, es autor de Vislumbre de cineastas y Miel de maple. Ha publicado reseñas de cine y libros en revistas y en su blog, además de haber colaborado como crítico de cine en programas de radio cultural. Fue profesor de español como lengua extranjera en la Universidad de Calgary, la Universidad Concordia y la Universidad de Quebec en Montreal. Hasta el 2017 también fue profesor de tiempo completo en el Departamento de Lenguas y Culturas de Vanier College. Actualmente colabora como profesor de asignatura en la Ibero Torreón. También da clases de español como lengua extranjera en línea.

Mariana Ramírez Estrada nació en Torreón, y estudió Ciencias Humanas en la Ibero Torreón. Es editora de revistas y libros, correctora de estilo y maestra de literatura.

La entrada es libre y al final habrá brindis.

miércoles, septiembre 20, 2023

Acequias, salida 91

 











Ya son 91 las salidas de Acequias, revista de acceso libre de la Ibero Torreón. Su editorial más reciente (otoño de 2023) describe así los contenidos. Dice:

Aunque en su modalidad estrictamente electoral la política se ha convertido es uno de los muchos teatros de la mercadotecnia, no deja de ser importante como medio para transformar la realidad. La política y su consecuencia, la construcción de gobiernos, sigue siendo pues fundamental para edificar circunstancias sociales que favorezcan la justicia y la equidad. Por esto, aunque los procesos electorales den hoy la impresión de celebrarse al margen del interés de la población, es imperativo que la ciudadanía se involucre en sus vaivenes al menos en el plano de lo informativo, esto para no dejarse llevar por la superficialidad de las noticias falsas o los memes. Estar hoy informados, no caer en la red de la indiferencia, es lo mínimo que debe hacerse para, como señala Víctor Hugo Morales, “trabajar de ciudadano”.

En el presente número de Acequias ofrecemos varias colaboraciones que de una manera no directa, pero sí visible, ayudan a pensar en el ser humano y su condición. Publicamos la lectio brevis de este periodo escolar, el de Otoño. La ofreció Gustavo Antonio González, SJ, nuevo responsable de la Dirección General del Medio Universitario en la Ibero Torreón. La lectio brevis, en este caso sobre el valor de la tolerancia, es la simbólica primera clase que se ha convertido ya en una costumbre dentro de nuestra institución.

Sigue una conferencia de Mario López Barrio, SJ, que reflexiona sobre la generalizada desdicha del ser humano en el tiempo que corre. Pese a que en teoría la humanidad tiene un sinnúmero de satisfactores y puertas al desahogo de sus apetitos, al final siempre parece moverse en un túnel oscurecido por la depresión y su consecuencia: la infelicidad.

Cuatro reseñas se suman al lote de colaboraciones. Dos con tema afín, las de Laura Elena Parra López y de Vicente Alfonso, una más de Renata Iberia Muñoz sobre un libro poético desgarrador y, la última, de Yolanda Natera sobre el más reciente título de la escritora lagunera Angélica López Gándara. También, un artículo de Miguel Báez Durán sobre Encuentros fortuitos, su nuevo libro, una coedición de la UANL con nuestra universidad.

Dos cuentos cierran este número, uno de Fernando Fabio Sánchez sobre le etapa de mayor violencia en La Laguna, y otro de Lorenzo Ignacio Madera sobre los azares de la vida amorosa.

sábado, noviembre 07, 2020

Cuentos juveniles en Acequias 82



















Como lo comenta el escritor Daniel Salinas Basave en el texto que abre el número 82 de Acequias (“Los rapsodas de la peste”), en todos lados y en todos los medios los seres humanos estamos dejando constancia escrita e icónica de nuestras ideas y nuestros sentimientos ante la actual pandemia. Este material servirá quizá, no lo sabemos, para que en el futuro los historiadores y cualquier curioso del pasado tengan mejor conocimiento de lo que intelectuales, políticos, periodistas, artistas y demás expresaban mientras un virus asolaba —como todavía lo hace hasta hoy— al planeta.

Para promover la creatividad de las y los jóvenes y para saber al menos aproximadamente cómo han atravesado la pandemia, la Escuela Carlos Pereyra y la Ibero Torreón convocaron a un concurso de cuento en dos categorías: preuniversitaria y universitaria. El resultado es muy interesante, pues muchos jóvenes que tal vez no iban a escribir nada al respecto se vieron estimulados a crear relatos en los que asoma su percepción del momento actual, de este anómalo 2020. Llama la atención que en sus ficciones se sienta una especie de hilo conductor que asemeja los relatos pese a sus diferencias. Por ejemplo, que sus personajes hablen en primera persona, casi como un alter ego que expresa sentimientos entrañables, muy próximos; también, la presencia de cierta desesperación que termina por enloquecer, por crear fantasmagorías tras el encierro prolongado, lo que nos habla de la alta valoración de la libertad como prerrogativa social que de momento les ha sido restringida. Si este concurso sirve para favorecer la escritura literaria de las y los jóvenes y de paso saber lo que piensan durante/tras el confinamiento, la convocatoria ha cumplido su propósito. En similar tenor, el número 82 de Acequias suma dos trabajos de otro concurso, el de reseña bibliográfica. Dos jóvenes lectoras de la Ibero Torreón abordan cada una libros muy distintos, ambos valiosos.

Además del ensayo inicial del también reportero Salinas Basave, Acequias 82 suma un artículo de la maestra Laura Elena Parra sobre las fake news; un largo y pormenorizado reportaje del periodista Iván Hernández sobre el auge del ajedrez en tiempos de pandemia; una reseña del escritor Miguel Báez Durán sobre la serie/película Downton Abbey; una reseña sobre una novela de Enrique Medina (escritor argentino lamentablemente poco conocido en México) y un cuento del maestro Raúl Blackaller.

Acequias puede ser leída en la web de la Universidad Iberoamericana Torreón. Su presentación se llevará a cabo este lunes 9 de noviembre a las 5 por la vía del Facebook Ibero Torreón.


sábado, abril 27, 2019

Sobre cines
















Una larga conversación con Miguel Báez Durán —acaso el escritor que más sabe sobre cine entre nosotros— me llevó a pasear por el recuerdo de las salas que me cupieron en suerte como buscador de películas en el entorno lagunero. Creo que Miguel llegó a la adolescencia cuando la mayoría de las salas eran vejestorios a punto de morir, y por diversas circunstancias tuvo, me refiero a Miguel, quien nació en 1975, pronto acceso a los sistemas de reproducción de video que en un tronar de dedos pasaron del Beta al VHS y luego al DVD, así que quizá no vio tanto cine in situ como mi generación y las anteriores a la mía.
Esa es la razón por la que al hablar de salas laguneras era previsible que yo averiguara más. La primera que recuerdo estaba a media cuadra de la casa gomezpalatina en la que viví hasta los trece años: el cine Elba. Tenía butacas de madera, como de antiguo andén ferroviario, y allí vi casi todo el cine mexicano de los cincuenta y sesenta. Son particularmente memorables para mí sus matinés. Por el precio de la entrada daban tres películas, así que allí vi toda la saga del Santo, ídolo superlativo de mi generación. En mi pubertad ya me alejaba algunas cuadras, hasta la plaza principal, donde disfruté de muchísimas funciones en el cine Palacio; en ese espacio ya predominaban las películas a color, y de ese espacio recuerdo sobre todo la afición indoblegable de los tarahumaras: sin falla, siempre había cinco o seis en la última fila, pegados a la pared del fondo, listos para ver las tandas de películas. A mediados o finales de los setenta fue inaugurado en Gómez el Continental 70, y fui a la premier: dieron La aventura del Poseidón, churro inolvidable. También por esa época estuvo de moda el Roma, en la avenida Madero, cercano a la actual presidencia.
Cuando mi familia cambió su residencia a Torreón, cambiaron mis cines: de los trece a los treinta años fui habitual del Comarca 2000, de la Sala 2001 y del Buñuel, los más modernos. También caí, cómo no, en el Laguna y el Variedades, ambos ubicados por el sórdido rumbo del mercado Alianza. Más acá, por la zona de la plaza de Armas, estaban el Princesa, el Modelo y el Nazas; hoy los dos primeros son estacionamientos y el tercero es el teatro más grande de la región. Un poco más al oriente estaban el Torreón y el Martínez; el primero es hoy, entre comillas, una esquina de la nueva presidencia municipal, y el segundo es, por suerte recuperado, nuestro más bello teatro. Por último, cargado al sur, por el rumbo de las vías, estaba el Dorado, cine que se convirtió en símbolo de la lujuria.
De eso no queda nada. No sé si de los cines actuales quedará algo en el futuro cercano.

sábado, noviembre 14, 2015

HNSF quince años después




















Las iniciales que encabezan este texto significan Hoy no se fía, libro que recién, en septiembre, cumplió quince años. Quince años que, ahora lo veo así, se han ido en un parpadeo. Recuerdo que ese libro fue el segundo que organicé con material del taller literario de la Universidad Iberoamericana Torreón, entonces y ahora la universidad que más publica en La Laguna. El primer libro del taller llevaba un título sugerente: Alba de la semilla, una metáfora que se me ocurrió para insinuar que la semilla (es decir, el joven escritor) apenas estaba amaneciendo, apenas veía el alba.
Hoy no se fía fue un libro más hecho en formato y, principalmente, en contenido. Reunió al club de Toby que en aquel entonces era el mencionado taller, y al revisar sus páginas advierto que todos, para mi nada secreto orgullo, siguieron el camino de la escritura. Los menciono a la carrera. Miguel Báez Durán, quien radica en Montreal desde hace más de diez años, ha publicado ya varios libros de narrativa y crítica de cine (Miel de maple, Vislumbre de cineastas...); sé, porque sigue siendo mi amigo cercano, que su trabajo todavía inédito es amplio, y en esto incluyo su crítica “ocasional” de cine, tan bien escrita e informada que no desencajaría en recipiente de libro. Daniel Herrera ha trabajado con ganas y hoy es ya un narrador más que estimable; sus libros Polvo rojo, Melamina y (recientísimo) Quisiera ser John Fante acreditan su vena como constructor de ficciones agrias y divertidas. De Daniel Lomas puedo decir que me gusta todo lo que ha publicado; no es mucho, pero tiene una calidad digna de observación; su poemario Una costilla de la noche, su novela Morena de mar y su libro de cuentos Tres balas de juguete testimonian una bien afinada vena creativa. Rodrigo Pérez Rembao acaba de ser integrado a la antología Norte, de cuentos, preparada por Eduardo Antonio Parra y publicada con el sello de Era; le perdí un poco la huella, vive en el DF, trabaja como periodista en revistas especializadas y sé que también sigue escribiendo narrativa. Por su lado, Enrique Sada es columnista en este diario y no deja de estar cerca de su principal interés: la historia de México en el siglo XIX, sobre todo en la franja que se refiere a nuestra independencia. Por último, Édgar Salinas Uribe, quien ha dedicado sus afanes de escritura al periodismo de opinión (también colabora en este diario), el ensayo histórico-sociológico y la narrativa.
Todos, pues, siguen en esto, escribiendo. Hace quince años yo deseaba que fuera así, y así fue.

domingo, noviembre 28, 2010

Santo en Montreal



Durante el año que viene cerrando, Miguel Báez Durán, escritor lagunero avecindado en Montreal, Canadá, incrementó notablemente el número de posts para su blog, llamado De torreón al monte. Gracias al internet no he perdido de vista al querido y admirado Miguel y con él mantengo un diálogo si no intenso, sí frecuente y siempre cordial, sobre todo motivado por los textos de si blog y sus andanzas laborales como profesor de español en universidades montrealenses. No miento si digo que el blog de Báez Durán es una de las mejores páginas alimentadas por un lagunero en la inconmensurable red. Miguel ha continuado allí, sobre todo, su trabajo como crítico de cine, uno de los más solventes que se han formado originalmente en nuestras tierras. Como escritor, nunca deja al margen la buena prosa y la acompaña, obvio, de nutrida información y agudos juicios. A continuación comparto una de sus más recientes entregas. Es una crónica amenísima sobre la presencia del Enmascarado de Plata en una pantalla canadiense. Pedí permiso al autor para multiplicarla aquí. Le dije que no resistía la tentación de que algunos laguneros leyeran ese deleitable post. Su título original es “Santo revolucionario”, y dice así:
Para conmemorar el centenario de la Revolución el Cinéma du Parc —que, como ya lo he dicho en otras ocasiones, se halla debajo del edificio en donde vivo— programó algunas películas mexicanas del 18 al 25 de noviembre. Entre ellas, Revolución (2010), serie de cortos estrenada, creo, en la tele mexicana y que ya se puede ver también en YouTube. Fuera de ésta, ninguna otra toca el tema en sí. Hay filmes de Jodorowsky (El Topo, La montaña sagrada), Buñuel (Nazarín, La ilusión viaja en tranvía, El gran calavera), Reygadas (Luz silenciosa) y González Iñárritu (Amores perros). Y ayer a las tres de la tarde una cinta de El Santo: Santo y Blue Demon contra los monstruos (1970) de Gilberto Martínez Solares. Obvio que ésa era para mí la imperdible. Las otras las puedo rentar. Incluso algunas las tengo. Pero, me pregunté, ¿en qué otra ocasión iba a presentarse una de El Santo en algún cine de Montreal?
Bajé a eso de las dos porque la correa (compuesta por eslabones de plástico) de mi reloj se había roto una semana antes. Subiendo por las escaleras de la estación Mont Royal la correa se atoró con algo y uno de los eslabones de plástico dejó de servir. Yo tenía algunos repuestos guardados. Hasta hace poco noté que, en el centro comercial que está abajo, hay una relojería. Llevé el reloj, la correa y los eslabones de repuesto. El relojero me pidió esperar alrededor de veinte minutos porque a su parecer ése sería un trabajo muy, muy difícil. Caminé unos pasos hacia la sección de la comida donde hay algunos incómodos asientos y ahí me puse a leer el libro que acabo de comprar, el del chileno Rivera Letelier que ganó este año el Premio Alfaguara y que tiene en su portada un fotograma de Simón del desierto (1965) de Luis Buñuel. Estaba con un ojo al libro y otro a la entrada del Cinéma du Parc, todavía cerrada. Aproximadamente a las dos y media la gente empezó a merodear el acceso a las salas de cine. Me asaltó la indecisión. O iba a la incipiente fila para garantizar mi lugar en la que entonces imaginé sería la repleta sala donde darían la película de El Santo o regresaba de una vez a la relojería a ver si ya estaba lista la correa de mi reloj. Cuando me levanté ya había al menos unas ocho personas formadas frente a la entrada de vidrio del Cinéma du Parc. Fui con el relojero. Seguía trabajando y murmurando no sé qué cosa en francés. Al cabo de cinco o seis minutos me dijo que pronto estaría lista la correa. Pasaron otros cinco minutos y finalmente me devolvió el reloj con la correa reparada. Me cobró quince dólares alegando que aquello era una ganga. Yo se lo creí y le pagué. Cuando regresé a la entrada del cine la fila había crecido enormemente. Al menos, así me pareció. Caminé hasta el final de la cola, agarré mi lugar y, mientras esperaba, continué con la lectura. Al diez para las tres, empezó a caminar aquella serpiente de seres humanos. El acceso al cine se había abierto. Ya para entonces me olía a que ese gentío no iba precisamente a ver la película de El Santo. No, claro que no. Lo supe después. En realidad iban a ver una compilación de los mejores comerciales del mundo. Cuando por fin llegué a la sala correspondiente sólo había ahí dos o tres personas. Al final, terminamos siendo siete. Estando aún encendidas las luces, entró un hombre algo pasado de peso. Llevaba puestas, además de ropa normal, una playera de la selección nacional con el nombre del Chicharito en el lomo y, claro, una máscara de El Santo. Además cargaba un cinturón de luchador al hombro. Incluso antes de que empezara a hablar dije para mis adentros: “Pinche payasito de la tele”. En un francés con buen acento aunque atolondrada gramática —lo cual delataba su origen mexicano— explicó quién era El Santo. A ratos hablaba como si El Santo fuera él informándonos cuándo hizo su primera película, entre otros datos similares. De repente, se salía del personaje y hablaba del luchador en tercera persona. No pude saberlo con seguridad porque el susodicho nunca se quitó la máscara. Pero creo haber reconocido en su voz a un conductorcete de cuarta que hace un programa de televisión en una cadena multicultural de Montreal, un programa llamado algo así como Foco latino. Quién sabe. La tortura no duró mucho. El Santo apócrifo se calló y dejó la sala. Finalmente pudimos disfrutar del verdadero Santo. Y, claro, en mi caso, reír de lo lindo.

Hoy, Parábola del moribundo en Durango
Hoy a las seis de la tarde presentaré mi novela Parábola del moribundo en las instalaciones del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Durango. Esto ocurre en el marco del Festival cultural Ricardo Castro. Me acompañarán con sus palabras los escritores Jesús Alvarado y Everardo Ramírez. Si algún amigo lagunero viaja hoy a Durango, me gustaría verlo por acá.

viernes, noviembre 26, 2010

Bifurcaciones según Vique



Gracias al intercambio epistolar con mis amigos lejanos recibo textos por los que me desgarro de envidia. Miguel Báez (Montreal), Laura Nicastro (Buenos Aires), Rogelio Guedea (Dunedin, Nueva Zelanda), Margarita Morales (Valencia) y otros entrañables colegas radicados muy lejos de La Laguna tienen blogs o colaboran en espacios periodísticos y de veras que me mantienen gratamente ocupado con sus párrafos. Uno de esos cuates es Fabián Vique, escritor ya citado alguna vez en este espacio. Vique nació y vive en la municipalidad de Morón, en el llamado Gran Buenos Aires. Colabora una vez a la semana para un periódico de allá y sus artículos son, a mi ver, dechados de ingenio, buena prosa y hondura crítica. Me mandó el más reciente; dice que es un maquinazo, que vale poca cosa, pero así es de modesto aquel cabrón. Lo comparto aquí; su título es “Sobre jardines y senderos que se bifurcan”. Vean nada más qué maravilla, tanto que ya me convenció de retomar el Facebook que nomás usé un mes y me aburrió:
La era atómica, damas y caballeros, ha llegado a este mundo. Como ya habrán adivinado, no nos referimos a la famosa bomba que después de estallar dos veces en Japón, tuvo en vilo a la humanidad durante décadas como amenaza, como posibilidad, como idea del “botón rojo” que haría papilla todas nuestras ilusiones. Estamos hablando de otra clase de atomización: la de los saberes, de los pareceres y de los enseres de este mundo cambiante, multiplicante y muchas veces delirante.
Mal que les pese a los gerentes de los grandes medios de comunicación, las redes sociales y otros recursos de Internet están reemplazándolos. Se van consolidando nuevos paradigmas de comunicación. Las redes se están instituyendo como las nuevas "academias" fundantes de los nuevos cánones. Existen redes para todo y la tendencia es a la multiplicación y la proliferación. Cada quien puede participar de alguna o de muchas, pero nunca de todas. Hay redes múltiples y grupos para todos los gustos. No hay ser humano que no pueda entrar a una red donde hallar a sus almas gemelas. Hay redes de colectiveros, de amantes de la milanesa, de milanesa de amantes, de revolucionarios de pistola o de café, de fumadores de opio, de libres de humo, de chamuyeros, de vendepatrias, de comechingones, de lo que fuere. Hay una red donde uno puede enterarse de los movimientos de sus pares. Los individuos se van haciendo copartícipes de cada fenómeno. El reguero de pólvora funciona a las mil maravillas. El beatle Paul Mac Cartney estuvo en Buenos Aires, llenó dos estadios de River y no necesitó gastar una libra en publicidad. La noticia empezó a circular sin que hicieran falta legiones de muchachos pegadores de carteles en las callecitas de Buenos Aires. Algo análogo pasó con el concierto del Indio Solari en Tandil. La información circula por canales que manejan manos anónimas. Y la peli recién empieza.

Chocolatines
La vida humana, chocolate por la noticia, es finita. El ser humano es un bicho con fecha de vencimiento y con (cada vez más) obligaciones laborales, familiares, etcétera. El tiempo es oro y en los ratos ¿libres? cada quien se va armando con las nuevas redes su propia vestimenta, su adquisición de bienes que lo hagan sentir como perteneciente a algo. Esta dispersión organiza de manera distinta los saberes, los placeres, los gustos.
Joven argentino, ¿cuántos poetas australianos conoce usted? Yo no conozco a ninguno, y eso que mi gremio es el de las letras. Conozco sí, a muchos poetas de Haedo porque agitan su pluma en las redes en las que soy pescado. ¿Es bueno conocer a muchos poetas de Haedo? Solo el altísimo lo sabrá. Quizá de tanto verso local me pierdo los bardos de Oceanía que quizá estén produciendo la mejor versería de la historia. Quizá no. Quizá, quizá, quizá, dice la canción. No se puede estar en dos lugares al mismo tiempo, pero sí se puede usar la tecnología para acortar las distancias y los tiempos de la realidad.

El mundo es ancho, Peuchelle
Con los nuevos saberes y las nuevas erudiciones van surgiendo nuevas enciclopedias y nuevos cíclopes. Hay mundos paralelos, y todos en la misma dimensión. Hace unos días, oí en la radio a un locutor y a sus oyentes, que habían dejado mensajes grabados en un contestador. Uno de los escuchas le preguntaba sobre "bandas rolingas" de Buenos Aires. Yo me quedé congelado, porque no sabía que hubiera una corriente musical con ese nombre. Pero enseguida mi estado pasó a ser el de una estatua de acero inoxidable: el locutor le dijo que conocía ¡decenas! de bandas rolingas porteñas, y le sugería al oyente que, si tenía tiempo, se sentara, porque iba a enumerar algunas de ellas. Era increíble, el tipo no paraba de nombrar bandas de rock porteñas y bonaerenses de cuya existencia acababa de serme revelada.¿Adónde quiero llegar con esta descripción del caos? A lo siguiente: estamos interconectados pero en millones de redes que no se superponen. Son, como decía unas líneas arriba, mundos paralelos. Lo bueno es que se va haciendo más complicada la posibilidad de una sola voz rectora. Lo malo es que nadie puede estar en todos los mundos y se tiene a sobrevalorar la pescadería en la que cada quien chapotea.

Balderrama y Valderrama
¿Adónde iremos a parar? Parece que las guerras que se vienen son las antimonopólicas. Las mujeres y hombres de a pie de este mundo peleando contra los que quieren concentrar la palabra, los medios de producción, la pelota. No de otra manera se explica el éxito del gobierno argentino en la lucha contra Clarín. No fueron necesarias muchas explicaciones para que los habitantes de este suelo suscribieran a la idea de que los monopolios de cualquier índole son perjudiciales para la salud psíquica. Es más saludables tener opciones. Balderrama, el de la canción, y Valderrama, el Pibe, crack de la selección colombiana de los noventa, convivieron en la era previa a la explosión de Internet. Quienes sabían de la existencia de Balderrama supieron de las gambetas del rubio enganche y apuntaron como una curiosidad la diferencia monolétrica. Hoy me da la sensación de que vamos hacia un planeta donde Valderrama y Balderrama no se va a conocer. Me parece que somos los últimos representantes de un mundo donde los submundos compartían mucho espacio. Imagino un futuro donde el rolinguismo sea una galaxia que tenga tanta información rolinguera que no podrá digerir otros saberes, otros entretenimientos, otras visiones del mundo.

Conclusiones parciales
La conclusión más certera será la de al parecer no hay una sola alternativa en el futuro que la atomización, la dispersión y el crecimiento de las redes que agrupan personas por afinidades, gustos o intereses. Tendremos la posibilidad de saberlo todo, pero nuestras limitaciones físicas y afectivas nos harán encerrarnos en determinados munditos. En ellos encontraremos nuestras dichas y desdichas, seremos infinitamente comunicativos e infinitamente antisociales. Seremos hombres de la caverna con el mundo a nuestra merced. Entraremos a todos los jardines que nos llevarán de pasillo en pasillo hasta llegar a la verdad. Creeremos que nuestra cueva es el universo con la misma energía con la que el cavernícola tenía fe en que su mundo era el mundo. Así saldremos a la calle, con el cuerpo y el conocimiento parcializados. El dos mil veinte nos encontrará libres pero atomizados. O mejor dicho atomizados pero libres. Todo no se puede, casi nada se pierde, todo se transforma segundo a segundo.

sábado, mayo 01, 2010

Garabatos entrañables



Se supone que a esta hora ya estoy en Buenos Aires; participo en su Feria del Libro. Me invitó Raúl Brasca, y a propósito traigo algo que quiero terminar este año: un librito donde comentaré brevemente algunas dedicatorias que conservo como un lujo; son como cuarenta, todas están en libros, de puño y letra de los autores. Ya escribí el texto sobre la de Brasca, y es éste:
Hacia 2005 hallé en Torreón Antología del cuento breve y oculto, libro de Raúl Brasca armado en colaboración con Luis Chitarroni. Poco después supe que Brasca fue uno de los fundadores de Maniático textual, revista cuyo nombre parece insuperable para definir al lector voraz, enfermizo. De antemano sabía que Brasca era amigo de mi amigo David Lagmanovich, y que se trataba del quizá y sin quizá más reconocido cultor del microrrelato en la Argentina actual. Para prueba estaban sus libros, un buen número de racimos cargados de historias brevísimas y afortunadas. Cuando en 2007 asistí a las Jornadas de Minificción organizadas por la Universidad Nacional de Tucumán en la que ofreció una conferencia verdaderamente magistral sobre su especialidad (“Del préstamo a la apropiación: lo apócrifo como recurso en la escritura de microficciones”), me asombró que, entre la selva erudita de sus referencias, Brasca pudiera intercalar buenas puntadas, ocurrencias dichas con inteligente desenfado, todo con una pronunciación de la erre un poco a lo Cortázar. Tuve además la suerte de alternar con él en una mesa, aquella en la que varios escritores leímos microrrelatos y en la que me fue mucho mejor de lo que yo jamás hubiera podido imaginar. Gracias a esa mesa, creo, Brasca tuvo la gentileza de regalarme Todo tiempo futuro fue peor, uno de sus libros, lo que yo reciproqué de inmediato con uno de los míos y en cuya dedicatoria cerré diciendo “Con un abrazo mexicano”. Brasca, un tipo muy inteligente y sobrado por ello de sentido del humor, tomó también su pluma y garabateó unas palabras para mí en la portadilla de su libro. Con una sonrisa que en general es habitual en su trato con los otros, el microficcionista se despidió en su autógrafo “Con un abrazo argentino”. Ese abrazo lo conservo, con gusto y orgullo, hasta la fecha.
Traigo otro ejemplo, el que recuerda a Carlos Montemayor:
Conocí a Carlos Montemayor en 1994 o 95. Fue en Chihuahua, en la antigua, céntrica y grata casita del poeta y traductor Enrique Servín. Fue la primera y acaso la única ocasión en la que conviví con escritores chihuahuenses en su medio. Fue una especie de velada en la que sólo había algo de trago, no mucho, y pequeños grupos que conversaban en cada rincón de aquella casa. Alguien, tal vez el mismo Servín, no sé, era responsable de un proyecto editorial que publicaba obra literaria en ediciones bilingües tarahumara-español; estaba pues allí una autora indígena, vestida con su atuendo original, su banda roja en el pelo negrísimo, silenciosa, hierática. Como había poco mobiliario, muchos se sentaban en el suelo, recargados a la pared, y charlaban. Recuerdo que así, en el suelo, fui a dar al lado de Carlos Montemayor, con quien platiqué por primera vez. No sé qué pude articular frente a él, quien me pareció muy serio, pero amable. No olvido, eso sí, que le pregunté por su encuentro con Borges, como lo testimoniaba una foto que vi en el libro con el diálogo del argentino con el chileno Valdemar Verdugo. Sin énfasis, me comentó algo, que vio a Borges apenas unos minutos, pues era un escritor muy acosado por la prensa. Años después, en 2003, volví a charlar con Montemayor, cuando presentó Las armas del alba en Torreón. Cenamos, todo pago, en el Garufa, junto a Saúl Rosales, Miguel Báez y Claudia Máynez. Allí me dedicó su libro, y le pedí que saludara a mi esposa, su paisana. Lo volví a ver un par de veces más: en 2007, en Gómez Palacio, y en Torreón el 6 de febrero de 2010, 22 días antes de su muerte. En esa ocasión comí con él, lo entrevisté, le tomé fotos y le dediqué dos de mis libros. Es un orgullo saber que lo traté. Es un orgullo saber que tengo un libro con su afectuosa dedicatoria.

domingo, abril 04, 2010

De los montes a Torreón



Miguel Báez Durán escribe muy bien y es un pozo de actualizada información literaria, cinematográfica y televisiva. Las letras, el cine y la televisión, no sé si en ese orden, son sus tres pasiones, y a ellas dedica sus días y sus años. Como sabemos, este escritor nació en Monterrey hacia 1975, ha transcurrido en Torreón la mayor parte de su vida (donde lo conocí como alumno de la UIA Laguna) y ahora es residente en Montreal, ciudad etimológicamente tocaya de nuestra Sultana, porque “monte-real” es lo mismo exactamente que “monte-rey”. Báez Durán ha publicado cuatro libros, el más reciente uno de cuentos titulado Miel de maple. Y bien, en la idea de recomendar un blog amigo al menos un domingo de cada mes, invito a que visitemos De Torreón al monte, logrado ejemplo de site personal sobrio e inteligente, sin el confeti vacuo de tantos y tantos espacios individuales que hoy pululan en la red. El texto que viene es el más reciente post; su título es “Polanski bajo vigilancia y sin rasguños”. Digan si no se trata de un artículo ameno y pensado con todas las neuronas:
“La película comienza con la llegada de un ferry a una tranquila isla en el noreste de los Estados Unidos. Uno a uno los automóviles irán saliendo de la embarcación dirigidos por un empleado. Una camioneta se quedará abandonada ahí, en el vientre de la nave, sin dueño que la maneje. El vehículo representa, como en todo buen thriller, un muerto con el que se despliega el primer hilo de la trama a tejer. De inmediato, el cineasta nos lo muestra, arrastrado por las olas y a la orilla de una playa.
De esta forma, el más reciente crédito de Roman Polanski no será solamente recordado como aquél en el que se hallaba trabajando en septiembre de 2009 cuando fue arrestado por un delito cometido décadas atrás. De idéntica manera en que Polaski ha vivido bajo los signos de la —justificada o no— persecución, uno de sus personajes en The Ghost Writer (2010) pasará por una situación escalofriantemente similar: Adam Lang (Pierce Brosnan) es un ex primer ministro inglés cuya carrera en más de un dato nos recuerda a Tony Blair. Eso por su incondicionalidad con el gobierno de los Estados Unidos para luchar una guerra más que impopular. Adam Lang está en graves problemas. No sólo quien lo ayudaba a escribir sus esperadas memorias ha muerto sino que pocos días después de que el cuerpo apareciera —en el retiro de una isla en Massachusetts— Lang se ve envuelto en un escándalo mediático de violación de derechos humanos contra prisioneros sospechosos de terrorismo. Con tal de acabar con esa plaga moderna y estando en funciones, el señor se pasó el derecho internacional por donde mejor le placía.
Se requiere al menos un nuevo escritor para terminar las memorias. Éste tendrá el rostro de Ewan McGregor, aunque no su nombre. El escritor fantasma —quien da título a la cinta— permanece despojado de nombres como para hacer notar su insignificancia y su falta de reconocimiento. Fantasma para el inglés. Negro para el español. El joven pronto es enviado al búnker en que se ha convertido la casa de Lang en la isla. Conocerá a su asistente y probable amante Amelia (una Kim Cattrall haciendo su mejor esfuerzo por hablar con acento inglés) y, mucho más importante, a su esposa Ruth (una Olivia Williams sí fabulosa).
Con The Ghost Writer Roman Polanski confirma que ni los años ni sus problemas legales —por los que llevó a cabo la post-producción de este filme con un proceso de extradición pendiendo sobre su cabeza— han minado la mente de este extraordinario director capaz de armar la telaraña del thriller de manera quizás tan magistral y sutil como el propio Alfred Hitchcock. Para eso se vale del notable y ya por años conocido carisma de McGregor que igual se asocia con los mercachifles —muy consciente de su estrellato— como con realizadores de propuestas mucho más interesantes (Peter Greenaway, Woddy Allen, Tim Burton y, en esta ocasión, Polanski). La identificación con el personaje en una situación extrema (el famoso ‘hombre ordinario en una situación extraordinaria’ de Hitchcock) resulta efectiva gracias al trabajo de McGregor. El paso de un planteamiento ideal para el escritor —un trabajo rápido de unas cuantas semanas que le dejará mucho dinero— hacia el deterioro total se da tan mesuradamente como en El bebé de Rosemary (1968). Aunque sin duda The Ghost Writer no es superior al filme que protagonizara Mia Farrow.
La muerte del antecesor del fantasma lo envolverá entonces en una intriga donde incluso la CIA mete la mano. Y Polanski, a diferencia de su protagonista, sale de esta empresa sin un rasguño. A final de cuentas, The Ghost Writer es un entretenimiento en suma recomendable. A manera de desagravio, ganó el Oso de Plata a mejor director en el festival de Berlín. Y todavía no tiene título ni fecha de estreno para México”.

miércoles, agosto 19, 2009

Historia de Miel de maple



El pasado que recuerdo sobre Miel de Maple se remonta a la segunda época de Miguel Báez Durán en el taller literario de la UIA Laguna. Para hablar de él, por ello, primero debo comentar algo sobre la presencia de su autor en aquel espacio que durante casi diez años tuve bajo mi responsabilidad en la Ibero. Aquel taller literario surgió a mediados de los noventa. Laura Leal, coordinadora de asuntos culturales, me invitó un día a diseñar una serie de sesiones literarias para los jóvenes que dentro de la universidad tuvieran interés en escribir. Acepté. Para entonces, yo daba clases los martes y los viernes, así que colocamos el taller en el horario más viable dentro de la dinámica de la UIA: los miércoles, el día más despejado de actividades académicas. Batallé mucho al principio para pepenar alumnos: por mucho interés que tuvieran, pocos estaban dispuestos a echar una vuelta extra a la universidad, ya que su carga principal de materias estaba distribuida entre lunes-martes y jueves-viernes. Los miércoles, pues, servían para tareas, para deportes o simplemente para tomar aire a media semana.
Aquel taller logró sobrevivir, sin embargo, a su más difícil época: la primera. No tenía límite de alumnos, pero sólo asistían tres o cuatro; durante algunos meses, por ello, peligró ese pequeño oasis literario. Azucena Cárdenas, Alfredo Máynez, Alberto Rodríguez Román y otros pocos, uno o dos más, asistían con regularidad y le daban oxígeno de supervivencia a nuestro espacio. Fue por 1996, poco más o menos, cuando cayó por allí Miguel Báez Durán. Ya para entonces yo no creía en las vocaciones encendidas que muestran los recién ingresados a un taller, es decir, que ya en aquel momento yo escuchaba con respetuoso escepticismo a los jóvenes que afirmaban, con más seguridad que García Márquez, que lo suyo era este rollo de leer y escribir, que desde chicos habían borroneado miles y miles de cuartillas y que definitivamente, sin duda, sin discusión, duélale a quien le duela, su vocación estaba en la creación literaria. Muchas veces me pasó escuchar a esos jóvenes decididos que muy pronto se desinflaban, aguantaban dos sesiones y luego se largaban a ver si en teatro o en pintura o en taekwondo o en manualidades sí hallaban su vocación.
Por eso fue para mí muy llamativo que cierto día llegara un joven estudiante de derecho que se presentó como Miguel Báez Durán. Cuando le pregunte cuál había sido hasta el momento su experiencia literaria, Miguel dijo, sin aspavientos y con una mesura que después me pareció fina modestia, que le gustaba leer y escribir, y que lo hacía desde niño. Así nomás. No dijo “tengo ya diez novelas inéditas y he leído a todos los clásicos”, como suelen hacerlo muchos jóvenes un tanto desorientados. Dijo simplemente que le gustaba leer y escribir, es decir, lo básico, lo único que se requiere para trabajar en un taller literario.
La etapa inicial de Miguel Báez como tallerista cubrió los años que le faltaban para graduarse como abogado. Me mostró sus primeros cuentos y creo haber sido útil para orientar algunas de sus mejores virtudes. Fue de los pocos, recuerdo, que en verdad quiso tallerear su obra, que a medida que avanzaba la crítica de un cuento lo pulía y lo repulía tantas veces como fuera necesario. Recuerdo que a uno de ellos, un tanto chantajista en lo emotivo, jamás pudimos darle cuadratura y creo que mejor lo dejamos por la paz, que es lo mejor que un escritor puede hacer cuando un texto parece no tener remedio ni con cirugía mayor.
Miguel se tomó muy en serio lo del taller. Creo que se sentía obligado a llevar un cuento por semana, así que me sentí obligado a contenerlo: nadie es capaz de hacer un cuento por semana. Al menos, de cuentos verdaderamente buenos. Pero como vi que tenía mucho impulso para escribir, le propuse una salida. ¿Te gustaría hacer algo de periodismo? Eso sí se puede trabajar más deprisa, más a la primera, de botepronto. Me respondió que sí. Le pregunté luego por sus gustos, por lo que leía. Yo tenía la idea de enrumbarlo por la reseña bibliográfica, por la escritura sobre libros. Miguel me dijo que le gustaba mucho el cine, y fue entonces que tuve la idea de comentarle lo que sigo creyendo: faltan buenos críticos de cine en este seco rincón del mundo. Como yo tenía bajo mi cargo el espacio cultural la tolvanera, ahí le abrí cancha a las reseñas de Miguel en una columna que titulamos “El bueno, el malo y el feo”, donde el autor se refería siempre a tres filmes: uno bueno, uno malo y otro feo. Esa era la idea, y Miguel la despachó con tanta solvencia que sigo creyendo, con pruebas a la mano, que ese momento fue el mejor que ha tenido la crítica de cine en La Laguna no sólo por la forma de la escritura, sino por el informado y agudo fondo de los comentarios.
Miguel egresó a finales de los noventa y se fue a estudiar la maestría en letras a la Universidad de Calgary, en Canadá. Tras dos o tres años, no recuerdo, de estancia en el aquellas heladas tierras, volvió a Torreón y se integró como maestro a la UIA. Para entonces (les hablo de 2000 o 2001, más o menos) yo seguía con el taller literario, pero ahora en su versión sobrepoblada. Por una de esas gratas casualidades que la vida nos pone en el camino, una generación importante de muchachos se acercó al taller y aunque los talentos eran desiguales, ninguno faltaba a las sesiones. Recuerdo que llegamos a tener reuniones con diez o doce comensales entre los que estaban o estuvieron Daniel Herrera, Enrique Sada, Édgar Salinas, René Orozco, Alberto de la Fuente, César Cano, Idoia Leal, Salvador Sáenz, entre los que más recuerdo. A ese grupo se integró Miguel Báez Durán en lo que ahora puedo llamar su segunda etapa como miembro del taller que yo coordinaba. Por supuesto, Miguel había madurado sobremanera. Su prosa era ya muy segura, había visto muchísimo más cine y sus lecturas habían crecido notablemente. Ocupaba un lugar en el taller, pero casi estoy seguro que ya no lo necesitaba, salvo quizá por lo grato de la convivencia.
En alguna de aquellas sesiones llevó un cuento con temática canadiense-mexicana. La anécdota transcurría, digamos, en Calgary, pero el protagonista era mexicano. El cuento era largo y eficaz, y por eso fue bien recibido por los lectores del taller, y me incluyo. Fue por eso que, delante de todos, le dije a Miguel: aquí está una veta, un libro de cuentos con unidad; ¿por qué no escribes una serie de relatos donde explores la relación entre México y Canadá? Traes muchas visiones, muchas anécdotas, y sobre todo traes un montón de referentes culturales, la posibilidad de hacer paralelismos entre los dos países. Miguel, para no variar, lo tomó en serio, demasiado en serio, y cada dos semanas, durante varios meses, nos sorprendió con sus cuentos hechos con águila y serpiente más hoja de arce. Todos eran buenos, y a la larga, en menos de un año debo decir, configuraron el libro que, siete u ocho años después, presentamos una noche: ésta.

Nota del editor: Texto leído en la presentación de Miel de maple celebrada el 17 de agosto de 2009; compartimos la mesa Miguel Báez, Daniel Lomas y yo. El libro está a la venta en las librerías Punto y aparte, del FCE del Teatro Martínez y de la Coordinación de la UAdeC).
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A continuación, la reseña de Daniel Lomas sobre Miel de maple:
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Jarabe de ácido
Daniel Lomas

Allá por finales de los años noventa, supe de oídas que Miguel Báez era un joven “lagunero” que andaba de viaje en Canadá. Que recién había egresado de las filas de la carrera en Derecho. Que escribía cuentos. O que era un escritor en cierne. Que momentáneamente había guardado en el clóset el traje y la corbata bien planchados del abogado litigante y en cambio había entintado su bolígrafo en esta sopa de letras que es la literatura, por cierto, no menos valiosa que la ciencia jurídica aunque tampoco más vital que la oncología, la ingeniería, la carpintería o la profesión que sea. Así pues, a Miguel Báez le había llegado su hora de empacar los sueños y los libros en una sola maleta y emigrar con un boleto de avión hacia a Canadá. La moneda de la suerte estaba en el aire y él apostaba su futuro en tierras extranjeras. Tiempo después lo conocí en persona, cuando él vino a pasar unas vacaciones aquí en Torreón, la capital del polvo. Y en principio de cuentas debo aclarar que aquel Miguel Báez a quien yo traté era alguien más bien callado, inteligente, reservado, que sabía mantenerse al margen observando todo con un ojo agudo, quizá de crítica, quizá de prudencia. Era más bien amigo del silencio, aunque no por eso estaba peleado con la risa ni la desdeñaba. Un Miguel Báez sin otro vicio mejor definido que el de la lectura voraz. Y además de todo, era un verdadero devoto del cine, de verlo en cantidades industriales y comentarlo después, por escrito, claro está. En fin, pido disculpas por este morbo mío de proporcionar la media filiación de las personas antes que comentar sobre el libro Miel de maple, que en realidad es para lo que fui invitado. Pido disculpas, mas sé que siempre es más importante el hombre que la letra.
Y bueno, no quiero soltar todavía este hilo del que vengo tirando. Me acuerdo de unos versos hermosos de Jaime Gil de Biedma que dicen: “eran los bellos tiempos de la juventud, cuando dejar atrás padres y patria es sentirse más libre para siempre”. O quién no recordará esa guitarra ronca de cuerdas lentas que canta: “No soy de aquí ni soy de allá”. Cierto, no somos más que turistas de paso por el mundo, no obstante que a veces es fácil olvidarlo. Cierto, alguna vez también nosotros hemos quemado las naves y zarpado hacia otros puertos. El viaje, en cierta forma, además de ser una fuga para los sentidos, además de virar en ciento ochenta grados nuestra existencia, el viaje nos vuelve poco a poco ciudadanos de ningún lugar, extranjeros de todos los sitios, sin más país que la conciencia encerrada entre las cuatro paredes de una habitación o bien entre las dos páginas del libro que sostenemos en las manos. El viaje es, por otra parte, sinónimo de nuestra fugacidad humana. Estamos de paso por el mundo, y en esta carne de hombre está inscrita una fecha de caducidad, somos perecederos.
No piensen ustedes que estoy hablando a tontas y locas, aunque tampoco estoy hablando de otra manera. En suma, lo que pretendo decir es que éstos y otros elementos se relacionan íntimamente con Miel de maple. Miguel Báez, allá en Calgary, Canadá, realizó una maestría en Letras Españolas y además de ese diploma regresó con un tomito de su autoría bajo el brazo, titulado Un comal lleno de voces, libro ensayístico sobre el gran Rulfo. Ahora bien, puedo afirmar casi categóricamente que Miel de maple es un fruto que maduró a partir de aquellas las primeras andanzas canadienses de Miguel. Nos pudo haber regalado una bitácora de viajero, o crónicas, o estampas del país de la bandera de arce, mas no fue así.
Miel de maple es una colección de doce cuentos. Y a pesar de que el título nos remite a ese jarabe empalagoso que guardamos entre los pomos de la alacena y que bien puede enviar al hospital a más de un paciente acometido por un coma diabético, paradójicamente, en el libro de Miguel nos encontramos con una escritura fuerte en cucharadas de ácido, en cucharadas de mordacidad, de ironía y de risa.
En términos generales, los personajes son tipos muy libres. Digamos que practican la libertad hasta el extremo de la rebeldía y a veces el cinismo. Son ciudadanos a los que no les interese mucho ser modelos ejemplares en conducta, ni sacar una calificación de diez en lecciones de civismo. No transigen con las mentiras de la sociedad, y en ese sentido son unos francotiradores que acechan la farsa, la corruptela íntima de sí mismos y de los otros. Ahora bien, uno de los denominadores comunes más marcados a lo largo del libro es que los personajes son seres que están de paso. Quiero decir, a veces son mexicanos radicados sobre el suelo de hielo de Canadá, o bien son canadienses que pasean por el suelo tricolor de México. O séase, son como plantas en el aire, fulanos cuya raíz se encuentra plantada lejos en otro sitio. Quizá eso mismo los vuelve más libres e intrépidos para no contemporizar con nadie, para no soportan la costra de mentiras que recubre a toda sociedad y a muchos seres humanos.
Por ejemplo, el cuento Tuertas nos cuenta la historia de una anciana viuda, de ochenta y pico de años, que vive en la más absoluta de las soledades. Una persona que ha quedado tan rotundamente sola que poco a poco va supliendo la falta de calor humano con la compañía de animales, pues en este caso, ella vive rodeada por una tropa inaudita de sesenta y siete gatos, en una atmósfera devastada por el caos y la inmundicia que defecan y orinan los pequeños felinos. Luego, la pestilencia que destila la vivienda de la anciana alerta a los vecinos, y la historia de su abandono es transmitida a través de un canal de televisión. Una brigada de samaritanos se ofrece entonces para ayudar a la anciana en las faenas de limpieza. Sin embargo, conforme avanza la trama descubrimos que detrás de ese acto humanitario, detrás de la buena fe aparente subyace una relación de enemistad y odio recrudecidos. Todo eso que en primera instancia parecía un acto de filantropía pura es más bien ganas de joder al prójimo, pues hay un sucio sentimiento entre vecinos mal avenidos con la anciana.
El cuento "Víctor, un Bórquez Trujillo" es la historia de un júnior irreverente, de un joven engreído, petulante, que ha crecido al amparo de los millones de sus padres y por tanto se cree dueño del mundo, con ganas de comérselo como si fuera una tajada de un pastel de fresas. Lo respaldan las malas notas y las quejas en la escuela. Es un adolescente mimado y prepotente. Por otra parte, es un ladrón sexual pues digamos que ya gozó de un devaneo con la muchacha de la limpieza y nada más la embarazó. Así que los padres se ven en el apuro de dar constantemente la cara por su hijo, de ser avales de sus fechorías. A pesar de todo, el padre le obsequia un automóvil de súper lujo, un jaguar, y Víctor Bórquez, al volante, fanfarronea con sus amigos hundiendo a fondo el zapato en el acelerador y el jaguar que ruge como un verdadero jaguar hasta que Víctor se estampa con otro vehículo y en el percance mata a otro joven. Pero él qué diablos le va a importar la muerte del otro, él se lamenta, llora y gimotea por la pérdida de su adorado jaguar. Así pues, como castigo a su pésima conducta, los padres deciden mandarlo lejos, muy lejos, a Canadá, a Vancouver, como quien mejor retira el arroz negro de un plato. Miguel Báez nos muestra aquí su mordacidad como narrador, su astucia para recrear personaje atractivo y odioso.
El cuento titulado "En ningún sitio del planeta" es quizá mi preferido dentro de esta colección. La médula de la historia radica en un hecho de sangre que como todos los hechos de sangre es estúpido y absurdo: un asesinato entre jóvenes al interior de una escuela secundaria. La cámara central con que está filmada y/o narrada la ficción, enfoca en primer plano al progenitor de un estudiante. Un padre que es un empleado canadiense pero de nacionalidad mexicana, y que un mal día, de pronto, inesperadamente, a través de la pantalla de la televisión se viene a enterar de que ha ocurrido un crimen en el plantel donde estudia su hijo, y lo peor de todo, el resultado: hay un chico muerto. Así que el padre, con el corazón desquiciado de angustia, se dirige de inmediato a la escuela del hijo y al mismo tiempo que es invadido por una sospecha: ¿qué tal si su hijo está involucrado en el suceso terrible? Como premonición, como un temor que habrá de resquebrajarlo interiormente, el padre empieza a intuir que sí, que en efecto su hijo está involucrado, pero aún se interroga sobre un detalle que ignora: ¿su hijo será la víctima o el victimario? Lo más grave de todo es que las sospechas del padre serán confirmadas más tarde. Pero en fin, no cuento más. Considero que a veces no es indispensable que el escritor sea un gran inventor historias. Quiero decir, basta con eche un vistazo a la realidad y se percate de que el mundo está plagado de huesos de cuentos, radiografías de cuentos, hilachas de cuentos o cuentos despedazados, y su tarea entonces será reconstruirlos pieza por pieza, transportarlos lo mejor posible al papel. Pensemos en Los cachorros de Vargas Llosa, que surgió de una nota periodística. O bien en la novela A sangre fría de Truman Capote, que de igual forma germina desde la realidad. El talento de Báez, en este último cuento que acabo de comentar, consiste en poseer un ojo sagaz para descubrir el hecho truculento y dramatizarlo, o literaturizarlo, por medio de la tinta impresa. En lo personal, me encantó la angustia que el relato deja caer sobre el personaje central, el padre, y que a la vez no es otra cosa que la angustia que despierta en el lector.
Asimismo, Miguel Báez explora el tema de la vida en pareja, como en los cuentos "La muda mano de Siona" o en "Blanco y rojo", y nos narra como el deterioro llega incluso a astillar el rato de placer. Recordemos que no se ha inventado aún una piedra de afilar capaz de afilar la pasión, y que por el contrario, el rechazo entre las parejas nace de la misma cotidianidad. En fin, estas son algunas muestras radiográficas de los cuentos de Báez.
Miguel Báez, decía y digo, es alguien que ha elegido que su camino sean las letras, esta sopa de letras en la que varios andamos empantanados. Pensemos que uno tiene la obligación ineluctable de inventarse un destino. Sí, el hombre nace con pies y piernas para caminar pero sin un camino trazado de antemano, y acaso por eso Miguel ha escogido este oficio juguetón y egoísta llamado literatura, este gran lujo. Miguel Báez va y viene de México a Canadá como un avión, como un péndulo, no es de aquí ni es de allá, o es de aquí y es de allá. Desertor de la ciudad del polvo, fugitivo, hijo pródigo de su familia y sus amistades. Miguel Báez, bienvenido a casa.

miércoles, agosto 12, 2009

Presentación de Miel de maple



Boletín
Miel de Maple en el Icocult Laguna

Radicado en Montreal, Canadá, Miguel Báez Durán no ha interrumpido su contacto literario con México. Hace un año, por ejemplo, dio a la prensa, por medio de la primera serie Escritores Coahuilenses, su libro de cuentos Miel de maple, escrito en el cruce de los siglos. Ese libro contiene historias en las que Báez Durán apela a su experiencia de las culturas mexicana y canadiense para configurar un fresco que juega con el sarcasmo y la ironía en estructuras narrativas siempre atrevidas.
No se había dado la oportunidad para que Miel de maple fuera presentado en Torreón, lo que por fin podrá ocurrir el lunes 17 de agosto a las 20:00 horas en el Icocult Laguna. El cuentario será presentado por los escritores Daniel Lomas, Jaime Muñoz Vargas y el autor en el marco del Mes de la Literatura auspiciado por el Icocult en toda la entidad.
Miguel Báez Durán nació en 1975 en Monterrey, Nuevo León. Vivió en Torreón, Coahuila, durante casi dos décadas y regresa a esta localidad al menos dos veces al año. Es licenciado en derecho por la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna y maestro en letras españolas por la Universidad de Calgary, Canadá. Ha publicado reseña cinematográfica y ensayo en los colectivos Hoy no se fía y Sueños de La Laguna así como cuento en los colectivos Enseñanza superior y Acequias de cuentos. Sus textos han aparecido también en el periódico La Opinión y en las revistas Brecha, Acequias, Estepa del Nazas, Arteletra y Espacio 4. Es autor de Vislumbre de cineastas (2001) y Un comal lleno de voces (2002). Fue profesor de español como segunda lengua en la Universidad de Calgary, de literatura y cine en la Universidad Iberoamericana Plantel Laguna, así como en la Escuela de Escritores de La Laguna. Participó en el programa Letras al aire de Radio Torreón. Actualmente reside en Montreal, Québec, y da clases de español en la Universidad Concordia así como en la Escuela Internacional de Lenguas de la YMCA.
Daniel Lomas (Torreón, Coahuila, 1978) es licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana Laguna. En la actualidad ejerce en el ámbito penal. Ha publicado poemas en la revista Acequias de la UIA Laguna. Poemas y cuentos suyos fueron incluidos en los libros colectivos Hoy no se fía y Mañana tampoco. Una costilla de la noche, poesía, es su primer libro individual. Es frecuente comentarista de libros en las presentaciones del Icocult Laguna.
Por su parte, Jaime Muñoz Vargas es coordinador de literatura del Icocult Laguna y autor de novelas como Juegos de amor y malquerencia y El principio del terror.
La entrada es libre. Habrá brindis.

jueves, enero 15, 2009

Recomendaciones para 2009



El domingo pasado aparecieron los siguientes párrafos de mi cosecha en el suplemento cultural de Peñoles que encarta El Siglo de Torreón:

Recomendaciones bibliográficas laguneras para el 2009

Dada la abundante producción de los escritores laguneros, mis cinco recomendaciones literarias para el 2009 en realidad no agotan las obras de los autores laguneros que caben en una propuesta de esta índole. Me ciño, pues, a la solicitud de hacer cinco breves recomendaciones, pero al final añado una lista de libros que podemos añadir a la valija. Advierto que la mayoría de los libros puede ser localizada en La Laguna sin gran dificultad.

Iniciación en el relámpago. Novela de Saúl Rosales Carrillo publicada por la Universidad Juárez del Estado de Durango. Toda la experiencia literaria de un narrador maestro está puesta al servicio de un amplio relato sobre el trabajo infantil. El autor cuenta la historia de un muchacho que a los once años entra al mundo de los adultos como trabajador de una imprenta. Allí permanece hasta los dieciocho, arrinconado en su vida de asalariado y acosado por las circunstancias del trabajo y del amor. La novela entrama con las obscenidades del mundo adulto y hace un homenaje diverso al trabajo, al radio, a las canciones populares y a una máquina de imprenta llamada linotipo, todo con una prosa cromática y sentenciosa, ajustada a una estructura de tiempos interpolados. Iniciación en el relámpago puede ser hallada en las librerías del Museo Arocena y del Teatro Isauro Martínez-FCE.

Partitura para mujer muerta. Primera novela de Vicente Alfonso, quien además del periodismo y la literatura ha trajinado en el mundo de la música. Una habilidosa combinación de esos tres quehaceres devino texto policiaco trabado con destreza en todos sus detalles. Elogiada por lectores de peso pesado como Federico Campbell, Vicente Leñero, Juan Villoro y Orlando Ortiz, Partitura… ganó el Premio Nacional de Novela Policiaca y fue publicada por Mondadori, uno de los sellos editoriales de mayor prestigio en el mundo. Este libro puede ser adquirido en la mayoría de las librerías laguneras.

Miel de maple. A fines de los noventa Miguel Báez Durán concluyó sus estudios profesionales en la UIA Laguna; poco después viajó a Calgary, Canadá, para hacer una maestría en letras. El lapso que pasó allá le dio las temáticas que luego hicieron posible Miel de maple, libro de cuentos muy bien bordados y de prosa viva y punzante. En todas las piezas late el azoro de algún personaje mexicano metido en una cultura ajena y perfeccionista, gélida y poco dada a la picaresca azteca. Lo anterior, sumado en cada historia, hace de Miel de maple un libro que regocija y pone en evidencia la poderosa capacidad narrativa de este autor lagunero que actualmente radica en Montreal. Los interesados pueden buscar la obra en la librería de la Coordinación de la UAdeC Unidad Torreón, ubicada en bulevar Revolución esquina con Comonfort, y en la librería Punto y aparte, en Morelos y Colón.

Tiempo fuera. Publicado por la UNAM, este poemario recorre la producción poética de Jorge Valdés Díaz-Vélez. Editada con aseado rigor, esta obra es una especie de revisión y anuncio de lo que todavía está por venir en la creación de Valdés Díaz-Vélez: recoge libros como Aguas territoriales, Cuerpo cierto, La puerta giratoria (premio nacional de poesía Aguascalientes 1998), Jardines sumergidos, Cámara negra y Poemas para un libro futuro. El autor, nacido en Torreón hacia 1955, es miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano y por su obra, compendiada en Tiempo fuera, ha recibido numerosos reconocimientos tanto en México como en España. Este poemario es de fácil localización en librerías del DF.

Fragmentos del asombro. Escrito por Gilberto Prado Galán, se trata de una compilación de ensayos en la que converge el temple expositivo, la erudición y la buena prosa. Sin duda se trata de un libro estimable, dado que nos acerca al asombro de lo inmediato con gozosa inteligencia. Como ya lo reseñé hace meses, me reitero: Fragmentos… toma como pretexto varios temas para acercarse al eje temático del libro: en todos los casos late el asombro, la sorpresa que asalta al escritor luego de leer una noticia, un libro, luego de columbrar un recuerdo, el pliegue de una determinada realidad social o íntima. Este racimo de ensayos, publicados por el Conaculta y Ediciones sin Nombre, puede ser adquirido en las librerías de la red Educal.

OTROS LIBROS RECOMENDABLES: La biblia vaquera, de Carlos Velázquez; Ya no hay trenes, de Rosario Ramos; El círculo de Eranos, de Carlos Reyes; Imaginario de voces, de Julio César Félix; Sombras otoñales, de Dolores Díaz Rivera; Algunas hojas, de Gerardo de Jesús Monroy y Una costilla de la noche, de Daniel Lomas.