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sábado, noviembre 14, 2015

HNSF quince años después




















Las iniciales que encabezan este texto significan Hoy no se fía, libro que recién, en septiembre, cumplió quince años. Quince años que, ahora lo veo así, se han ido en un parpadeo. Recuerdo que ese libro fue el segundo que organicé con material del taller literario de la Universidad Iberoamericana Torreón, entonces y ahora la universidad que más publica en La Laguna. El primer libro del taller llevaba un título sugerente: Alba de la semilla, una metáfora que se me ocurrió para insinuar que la semilla (es decir, el joven escritor) apenas estaba amaneciendo, apenas veía el alba.
Hoy no se fía fue un libro más hecho en formato y, principalmente, en contenido. Reunió al club de Toby que en aquel entonces era el mencionado taller, y al revisar sus páginas advierto que todos, para mi nada secreto orgullo, siguieron el camino de la escritura. Los menciono a la carrera. Miguel Báez Durán, quien radica en Montreal desde hace más de diez años, ha publicado ya varios libros de narrativa y crítica de cine (Miel de maple, Vislumbre de cineastas...); sé, porque sigue siendo mi amigo cercano, que su trabajo todavía inédito es amplio, y en esto incluyo su crítica “ocasional” de cine, tan bien escrita e informada que no desencajaría en recipiente de libro. Daniel Herrera ha trabajado con ganas y hoy es ya un narrador más que estimable; sus libros Polvo rojo, Melamina y (recientísimo) Quisiera ser John Fante acreditan su vena como constructor de ficciones agrias y divertidas. De Daniel Lomas puedo decir que me gusta todo lo que ha publicado; no es mucho, pero tiene una calidad digna de observación; su poemario Una costilla de la noche, su novela Morena de mar y su libro de cuentos Tres balas de juguete testimonian una bien afinada vena creativa. Rodrigo Pérez Rembao acaba de ser integrado a la antología Norte, de cuentos, preparada por Eduardo Antonio Parra y publicada con el sello de Era; le perdí un poco la huella, vive en el DF, trabaja como periodista en revistas especializadas y sé que también sigue escribiendo narrativa. Por su lado, Enrique Sada es columnista en este diario y no deja de estar cerca de su principal interés: la historia de México en el siglo XIX, sobre todo en la franja que se refiere a nuestra independencia. Por último, Édgar Salinas Uribe, quien ha dedicado sus afanes de escritura al periodismo de opinión (también colabora en este diario), el ensayo histórico-sociológico y la narrativa.
Todos, pues, siguen en esto, escribiendo. Hace quince años yo deseaba que fuera así, y así fue.

sábado, noviembre 22, 2008

Delicias de la austeridad



No recuerdo si fue Bukowski u otro escritor de su mugrosa y genial ralea quien declaró que los problemas del hombre empiezan cuando no se resigna a quedarse quieto, encerrado en su habitación. Si difamo al viejo Charles o mi mala memoria le escamotea el crédito a otro escritor, no importa demasiado: la idea es, aunque exagerada, cierta. El hombre de hoy no se resigna a pasar más tiempo en paz, leyendo o escuchando música, pensando. Las cuatro paredes de su cubil no le otorgan ninguna gratificación; al contrario, lo demuelen, lo hunden en una depresión de la cual sólo es posible escapar escapando al exterior, al mall, al barullo, al consumo de algo, de lo que sea.
No es posible llegar a la hipérbole del encierro monacal, además de que es imposible en la práctica, pues en el mundo de tiburones en el que vivimos todo hay que pagarlo afuera, incluida la ración de soledad que apetezcamos engullir. Pero hay algo de verdad en la idea de no emproblemar más la vida si aceptamos la frase de Bukowski (o de quien sea) como una metáfora: la habitación es el espacio de la contención, de la contemplación interior, de la lectura y el raciocinio, de la paz y el silencio que permiten llegar a ideas, afilar el pensamiento, hallarnos a nosotros mismos en los intrincados laberinto del ser, dicho esto con cierta mamonería filosofuna. Lo que nos plantea es detener un poco la agitada marcha, hacernos ver que los gritos y los sombrerazos del consumismo desbocado se dan afuera, en la tentación del mercado.
“Deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”, eso nos recuerda en todos sus recitales el parlanchín Facundo Cabral; son palabras de Diógenes el Cínico, seguramente adquiridas en Diógenes Laercio, el chismógrafo de los filósofos griegos. Es, pese al tono cursilón de Cabral, una gran idea: desear poco, muy poco de lo mucho que de idiota nos ofrece el mercado. Lo malo es que, como está el abarrote, hasta deseando poco se gasta mucho, de ahí que en un escenario de crisis como el que padecemos en la actualidad (en realidad la crisis siempre ha estado aquí, pero ahora es crisis plus) sea imperativo asegurarnos de seguir políticas domésticas de austeridad. No es fácil acostumbrarse a menos, pero lo cierto es que es menos difícil vivir con menos, bajarle al bobo consumo de tanta roña que deseamos la mayoría de las veces sólo por “estatus”. Qué cosa tan triste me parece, por caso, esa de hacer evidentes las marcas, de “apabullar” al otro con etiquetas. En la ropa, por ejemplo. Ese rollo de traer algo de “marca” (que para empezar es un disparate, pues hasta las garras de Milano tienen marca) y argüir, con falsa modestia, que esas son las mejores prendas porque calzan bien en el cuerpo y además son de mejor calidad; ya estaría si no, pues sería imposible entender que una camisa que cuesta dos mil pesos no sea de buena calidad o no quede bien hormada al cuerpo. Pero la razón de esas obsesiones por “la marca” no está en las telas ni en el corte, sino en la marca en sí, gran fetiche idiota de la sociedad que crea vacuos metrosexuales obstinados en “la imagen”, en “el look”. Y pensar que para esa banalidad la gente se desgasta y sufre angustias.
La crisis es una oportunidad, ingrata si queremos, pero oportunidad al fin, de mitigar un poco los apetitos de cascarón, de caché, de marca, por otros más austeros y más enriquecedores, como leer y hacer el esfuerzo de pensar.
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Terminal
En nuestra gustada sección de “Disparates cotidianos”, va: a veces escribo mi columna en un Oxxo, justo durante la hora en la que mis hijas toman una clase de matemáticas. Veo, pues, y con demasiada frecuencia, cómo se estacionan muchos conductores. Hay “cajones” muy bien delineados para estacionarse en batería, y algunos clientes llegan y colocan sus coches en posición oblicua, metidos a lo bestia en dos cajones al mismo tiempo. Si esos sujetos no respetan lo insignificante, ¿qué podemos esperar de ellos en todo lo demás?
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Nota del editor: buen amigo, Rodrigo Pérez Rembao me escribe desde el DF; él sí tiene buena memoria; me dice lo siguiente, y se lo agradezco: "Acabo de leer el último post de tu blog y me llamó la atención que te refirieras a una idea que me llamó la atención desde que me topé con ella. No es de Bukowski ni de algún 'otro escritor de su mugrosa y genial ralea', sino de Blas Pascal y, traducida, dice más o menos así: 'He descubierto que todo el malestar de los hombres deriva de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación'". Excelente, pues, y gracias, Rodrigo, por la inmediata puntualización.