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sábado, noviembre 09, 2019

Rogelio Guedea, conductor de tráiler




















La ExpoFeria, el lugar en el que estamos, se encuentra en el noroeste de Gómez Palacio, al lado del libramiento que semicircunda la zona más densamente poblada de La Laguna, es decir, Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, nuestra área metropolitana. Dada su función, por el libramiento zumban miles de vehículos al día, autitos desvencijados de trabajadores, Lobos y Navigators de patrones, y decenas de tráileres cargados con infinitos productos, algunos de doble remolque conducidos por verdaderos tigres del asfalto.
Como estos tigres es Rogelio Guedea (Colima, 1974), una especie de conductor de tráiler literario. Lo digo por dos razones: por la velocidad y por la cantidad de obra que ha logrado transportar a lo largo de su todavía corta vida. Viajero irredento, Guedea a trotado por buena parte del mundo y ha tenido la capacidad, la insólita capacidad, de seguir manejando su tráiler, es decir, de seguir escribiendo en donde quiera que el amanecer lo sorprende. Poeta, narrador, ensayista, cronista, antólogo, traductor, columnista, todo cabe en los fletes de este escritor precoz e incansable. Cada que publica un libro y me asomo a su tremebunda blibliografía, pienso lo mismo: ¿a qué edad nació este escritor, cómo es posible que apenas con 45 años ya tenga más de sesenta libros publicados? Como dijo Reyes sobre Lope, parece que en su caso las 24 horas del día no alcanzan para justificar tantas páginas. Es como si le robara horas al sueño o en su caso cada día tuviera 40 o 50 horas. Es demasiado, es abrumador, y por eso afirmo que Rogelio Guedea guía un tráiler fórmula uno.
Antes de comentar grosso modo la novela que esta tarde nos reúne, no resisto la tentación de decir cómo conocí a su autor. Fue en octubre de 2005, en Ciudad Obregón, Sonora. Días antes de mi viaje a esa ciudad recibí la noticia de que gané el premio nacional de cuento Gerardo Cornejo. Recuerdo que para llegar allá tomé dos fastidiosos vuelos, uno al DF y otro a Obregón, que me dejaron liquidado. Cuando me instalaron en el hotel, mi anfitrión, un señor amable de nombre Ramón Íñiguez, me dijo que en el mismo hotel estaba hospedado el ganador de poesía, pues se trataba de un certamen bicéfalo. A la hora de comer, bajé al restaurante y poco después llegó Rogelio. Recuerdo que me lo presentaron y en el vi lo que ustedes ahora ven: un joven macizo, de ojos claros, barba de candado, sonriente, más fresco que la ensalada que yo tenía en el plato. Me llamó la atención su acento, y más que su acento, el énfasis expansivo de sus palabras. Imperdonable tímido como soy y cansado por el viaje reciente, yo no podía hablar mucho, pero el trato alegre y desenfadado de Rogelio pronto conquistó mi confianza. Luego de escuchar a Rogelio en esa primera comida, me avergoncé de mi cansancio, pues si bien yo había viajado de Torreón al DF y del DF a Obregón, él había viajado de Dunedin, Nueva Zelanda, a Los Ángeles, y de Los Ángeles a Guadalajara, y de Guadalajara a Obregón, todo para recibir su premio. O sea, había atravesado el Océano Pacífico y el muy cabrón andaba como si nada, como si viviera a la vuelta del hotel. Y supe más: supe que para entonces ya había publicado varios libros de poesía y micronarrativa, que había estudiado en su tierra natal y en España, que trabajaba en una universidad de la remota Oceanía, y que era un pata de perro, que conocía más de la mitad del mundo. Lo que terminó por fulminarme fue un dato curioso, el colmo del cosmopolitismo: Guedea vivía en Nueva Zelanda, había estudiado en Europa, había viajado por Asia, sabía de todo, y cuando preguntó por mi lugar de origen y radicación, le dije que nací en Gómez Palacio, Durango, y que vivía en Torreón, Coahuila. “¡Gómez Palacio, ah, mira, alguna vez pasé por allí!”, me dijo. “¿Cómo, conoces Gómez Palacio?”, reviré. “Sí, una vez pasé por allí junto con mi esposa. Creo que hasta tengo una foto de ese viaje”, confirmó. Luego de la comida sentí, y no me equivoqué, que ya era amigo de este joven culto e impetuoso, erudito y callejero a la vez. Tuve por eso la desvergüenza de regalarle mi libro Juegos de amor y malquerencia.
La premiación se dio, seguimos platicando varias horas, y al fin tomamos nuestros vuelos. Él también viajaría al DF, no recuerdo por qué, pero en otro avión. Ya en el aeropuerto del DF, esperé varias horas mi salida a Torreón, y se dio otra casualidad: en los tumultos del aeropuerto me encontré a Rogelio nuevamente, y al verme me abrazó con júbilo. En unas cuantas horas, dentro del avión, había leído mi libro, y le había entusiasmado. Me felicitó y nos despedimos otra vez. “Este tipo lee en todos lados”, pensé. “Está loco y lleno de vitalidad”, repensé.
Pasadas unas semanas, cuando Rogelio ya había vuelto a Nueva Zelanda me mandó un correo electrónico con estas palabras: “Aquí está la foto que te dije. Es mi esposa Blanca en una esquina de tu ciudad”. Abrí la foto y quedé azorado: en efecto se trataba de Blanca con una mochila de mochilero en la espalda, sonriente en primer plano. En segundo plano, la esquina de Allende y Degollado donde hasta la fecha se ubica el Centro Abarrotero de Gómez Palacio, tienda a la que muchas veces, de niño, acompañé a mi madre para sus compras de mandado, pues era parte de la misma manzana donde estaba mi casa. O sea, el vago Rogelio Guedea no sólo había estado en Gómez Palacio, sino que había merodeado en la manzana donde nací y viví hasta los trece años, como lo probaba la foto de su esposa.
Por si fuera poca coincidencia, unos meses después, ya en 2006, me llegó el libro La otra mirada, una antología de la microficción escrita en lengua española. En Tucumán, Argentina, fue organizada por mi amigo y maestro argentino David Lagmanovich, y fue publicada por la editorial Menos Cuarto en Palencia, España. Cuando la abrí, vi que cerraba con textos de dos escritores mexicanos: Rogelio Guedea y yo. Tras esto, pensé que eran ya muchas las circunstancias que me acercaban a la amistad de Rogelio, así que desde entonces he visto con admiración y orgullo todo lo bueno que ha hecho desde 2005 a la fecha: más libros, varios premios, innumerables viajes. No nos vemos seguido, y apenas hemos coincidido tres o cuatro veces, una en un congreso en la UNAM y dos o tres en la FIL, pero en todos estos años siento que mi diálogo con él es como el diálogo de esos hermanos o primos que no se ven pero se presienten y siempre se desean lo mejor.
Conducir un tráiler, novela publicada originalmente en 2008 por Random House Mondadori y ahora, en 2009, por el FCE, es un desafío narrativo en dos sentidos: por un lado, porque a partir de Abel Corona, su protagonista narrador, despliega un universo complejo de tramas y subtramas y una multitud de personajes laterales, lo que demandó un estilo que se desliza sin solución de continuidad por una paleta colorida y llena de registros, además de un hábil y harto complicado manejo de las perspectivas del narrador. Esta novela es, por ello, la antítesis de un cuento: mientras en éste todo se concentra en una sola anécdota desahogada a su vez por muy pocos personajes cuyo destino parece gobernado por una mano que no los deja moverse hacia otro lado que no sea el que determina la trama, Conducir un tráiler es el relato denso de la vida. Abel es su pivote, ciertamente, él es el sol de este sistema, pero a partir de sus acciones se desprende una constelación de acciones y personajes que no permite hacer un recorte preciso, exactamente como pasa con la vida, accidente en el cual todo se conglomera, choca, se atrae y se repele en un sinfín de circunstancias que en literatura sólo mediante la novela es posible simular.
Ya desde el Quijote sabemos que hay cierto tipo de novelas multitudinarias, novelas que si bien tienen un Jean Valjean, se abren como granada de personajes. Son de factura muy complicada porque sus subtramas deben envolvernos en la apariencia de realidad. ¿Y cómo es la realidad? ¿Puede ser contada por medio de la escritura lineal y sucesiva? La simultaneidad infinita de planos es propia de la realidad. La escritura sólo cuenta con la linealidad de su forma, pero es posible fingir una especie de cubismo si las piezas son ensambladas con cierta técnica. Rogelio Guedea ha logrado esto: contarnos las azarosas andanzas y pensamientos de Abel Corona como un pretexto para contarnos algo más: la vertiginosidad de la existencia en el caos de la violencia y la múltiple e imprevisible condición humana; las  vidas que aquí aparecen son canicas puestas a rodar desde un cerro, como dijo Agustín Yáñez en una parte de Al filo del agua.
En algún pasaje de esta novela espesa de agravios, balazos, sexo, droga, negocios, amigos y enemigos, seres grises y seres memorables, ires y venires, machos y delicados, hay un pasaje que, me parece, resume de una pincelada el destino de Abel Corona, lo que mueve a nuestro protagonista y sirve como palanca de toda la historia: “Me gustaría saber lo que se siente conducir un tráiler, dijo esta vez para sí. Ir por una carretera que no tenga ni ciudad de salida ni ciudad de llegada. Avanzar y avanzar sin detenerme. Y que eso, al contrario de la vida y de todas las cosas que hay en la vida, no se acabara nunca. Que el tiempo fuera solamente un manojo de kilómetros recorridos y que todas las mujeres que fuera encontrando a mi paso fueran una sola mujer”.
Esta reflexión, mutatis mutandis, también puede referirse a la vida literaria de Rogelio, escritor que como trailero conduce una obra literaria cuyo punto de llegada apenas podemos entrever, pues todavía le quedan miles de kilómetros por delante.

Comarca Lagunera, 8, noviembre y 2019

miércoles, marzo 05, 2014

En la lengua de Drácula













Hace dos años, poco más o menos, mi amigo Rogelio Guedea me escribió desde Nueva Zelanda, donde trabaja, para convidarme a participar en un libro colectivo armado con textos breves. El libro apareció en 2013, y su título es El canto de la salamandra. Por razones atribuibles a mi negligencia todavía no lo tengo, pero sé de buena fuente que ha corrido con fortuna.
La página donde lo vende la editorial Arlequín dice lo siguiente:

La literatura brevísima es un animal elástico y anfibio que cambia de hábitat a la menor provocación: de ahí su capacidad de rozar otros géneros (cuento, poesía, ensayo, aforismo) de manera inverosímil (como la salamandra y sus metamorfosis) y construir una sinfonía en corto que no deja de sonar y asombrar a cada lectura.
Siguiendo esta descripción, y bajo la premisa de Baltasar Gracián, «lo bueno, si breve…», Rogelio Guedea antologa a escritores mexicanos de comienzos del siglo xx hasta las voces actuales que ejercitan el género con plena conciencia. El censo de autores abarca desde los canónicos nombres de Dufoo, Reyes, Arreola, Tario, Monterroso, o contemporáneos como Alberto Chimal, Cecilia Eudave, Édgar Omar Avilés, entre otros. Su método para decantar esa enorme producción de brevedades es la selección minuciosa de una decena de textos por autor.
Autores seleccionados: Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Julio Torri, Max Aub, Nelly Campobello, Francisco Tario, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Otto-Raúl González, Salvador Elizondo, René Avilés Fabila, Felipe Garrido, Guillermo Samperio, Óscar de la Borbolla, Mónica Lavín, Marcial Fernández, Jaime Muñoz Vargas, Cecilia Eudave, Alberto Chimal, Rogelio Guedea, Édgar Omar Avilés y Hugo López Araiza Bravo.

Hasta aquí, todo en entendible orden. La sorpresa que ayer me envió Guedea por mail fue que en una revista rumana comentaron brevemente el libro y de paso, claro, tradujeron algunas piezas. Una de ellas es de mi cosecha, así que ya puedo presumir que he sido traducido a la lengua de Drácula; mi felicidad creció porque quitaron un año al anotar mi fecha de nacimiento.
Al abrir el link no supe a cuál microrrelato de mi cuño le habían puesto palabras transilvánicas. Pero pronto lo reconocí; es, claro, “Microrrelato total”, que en rumano dice así:

Schiţă totală
Într-un sat de prin La Mancha al cărui nume n-am cum să-l ţin minte, şi spre-amiaza vieţii noastre muritoare ajuns, într-o pădurentunecoasă mă rătăcii, pierzînd dreapta cărare, cînd în faţa plutonului de execuţie colonelul José Aureliano Buendía avea să-şi amintească de după-amiaza îndepărtată cînd tatăl său l-a dus să facă cunoştinţă cu gheaţa şi cînd el dorea doar să spună că a venit la Comala pentru că i-au spus că aici a trăit tatăl său, un oarecare Pedro Páramo, declaraţie exprimată în dimineaţa fierbinte de februarie cînd a murit Beatriz Viterbo, numai cu puţin înainte ca Gregor Samsa să se trezească în patul lui, după o noapte de vise zbuciumate, metamorfozat întro gînganie înspăimîntătoare, ţipînd ca un nebun, şi întrebînd cu o durere extraordinară: Cînd se-alesese praful de Peru? 

En buen romance (aunque el rumano también es buen romance, pero ustedes me entienden), lo escribí como sigue:

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?

Gracias a Rogelio Guedea por el detallazo. Le debo varios.

miércoles, noviembre 21, 2012

El Libro de oraciones o los guiños del humor




















Mucho se viene haciendo recientemente por el microrrelato latinoamericano. Nacido a tientas, sin categoría precisa, en el seno del Modernismo, esta forma breve es, como sabemos, el resultado literario de lo que otras artes como la escultura y la pintura expresaron mediante el despojamiento de elementos, restando más que sumando, como se puede apreciar en las esculturas de Brancusi y Moore o los cuadros de Mondrian, Klee o Tàpies lo que de alguna manera terminó siendo denominado “minimalismo”.
A diferencia del exuberante barroco, de la novela del siglo XIX y de tantas formas literarias en las que brilla el esplendor creativo pero también, a veces, nos molesta la innecesaria retórica, el texto corto amaneció con timidez en nuestras letras y poco a poco, siempre en la oscuridad, siempre como trabajo lateral de los grandes escritores, fue adquiriendo carta de ciudadanía hasta lograr lo que ahora es: un subgénero con innumerables cultores y ya buena cantidad de historias (historias en tanto trabajos que describen su pasado) y teorizaciones académicas.
Aunque todavía hoy, empero, una cantidad grande de lectores, de escritores y de críticos (como Javier Marías, por ejemplo) lo consideran nada, una mala broma, hay un sector importante de nuestras repúblicas literarias que lo admite y lo fomenta. En su asentamiento como forma legítima de la literatura tuvieron y tienen mucho que ver escritores importantes como Reyes, Borges, Torri, Arreola, Cortázar, Monterroso, Filisberto Hernández, Aub, Benedetti, Anderson Imbert, Samperio, Garrido, Galeano, José María Merino, Raúl Brasca, Ana María Shua, Mario Goloboff, Luisa Valenzuela, Eduardo Berti, Diego Muñoz, Rogelio Guedea, entre otros, e historiadores, compiladores y teóricos como David Lagmanovich, Lauro Zavala, Raúl Brasca, Javier Perucho, Violeta Rojo, Juan Armando Epple, Graciela Tomassini, Miriam Di Gerónimo, Susana Salim, Sandra Bianchi, Fernando Valls, también entre otros. Todos ellos, sin plan previo aunque estimulados por el fenómeno de ese emergente minimalismo, aportaron por variados medios microficciones o estudios sobre la microficción que han permitido abrir cancha al género tanto en la prensa y el libro como en las aulas y los congresos.
En lo personal, debo mucho a tres de los mencionados: Arreola y Monterroso como creadores y Lagmanovich como historiador y teórico. Gracias a ellos, puedo decirlo así, me enganché en este género y hasta la fecha lo leo y trato de practicarlo aunque sea sin disciplina, sin búsqueda deliberada, sólo cuando llama a la puerta. En su libro Microrrelatos, de 2004, que reseñé ese mismo año, comenté esto que quiero recordar:

El argentino [me refiero a Lagmanovich] expone que los embriones de la brevedad podemos encontrarlos en buena parte de la estética decimonónica. Aunque a la literatura llega un tanto después, el deseo de evitar excesos y redundancias se incorpora gradualmente a las artes; así en Debussy y su rechazo a la extensión de los dramas líricos wagnerianos o, en el plano de la escultura, la belleza conceptual y simbólica de Constantin Brancusi. De la torrencial búsqueda en la forma se pasa poco a poco al despojamiento de todo aquello que empiece a parecer desmesura, ripio.
En fin, todo esto confluye [dice Lagmanovich] en uno de los más poderosos asertos teóricos del arte del siglo XX: la maravillosamente adecuada aseveración, compartida por Walter Gropius, Mies van der Rohe y otros teóricos del grupo de la Bauhaus (1919-1933) que se expresa en estas tres palabras: “Menos es más”.

Aunque no lo esperaba, la ficción mínima contó en los años recientes con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación. La superabundancia de soportes posibilitó la superabundancia de emisores, receptores y mensajes. El tiempo de vertiginosidad había cambiado un paradigma de la codificación: ya no funcionaría igual un texto largo y complejo, y aunque no desapareció, convive ahora con millones de textos que hoy caben cómodamente no sólo en libros, revistas y periódicos sino también en blogs, cuentas de Twitter, Facebook y YouTube. El relato corto, y en general todo lo que tienda a ser breve, a ahorrar tiempo en el proceso de consumo, pasó a ocupar un sitio que ahora nos permite considerarlo, si no apreciable, al menos no tan despreciable como ocurría hace algunas décadas.
En esta lógica del texto (ensayo, relato) breve se inscribe el Libro de oraciones, de Jaime Palacios Chapa (Monterrey, 1962), quien estudió Comunicación y Psicología, y dos maestrías, una en Letras y otra en Estudios Humanísticos. Su Libro de oraciones puede ser clasificado genéricamente en el casillero del microrrelato, dado que ésta es la forma predominante en sus páginas, pero en realidad se trata de una obra de difícil clasificación. Creo que es, más bien, una miscelánea de piezas cortas en las que se bordea ora el microrrelato, ora la estampa biográfica, ora el ensayo breve poemático, ora el cuento convencional. Su común denominador, por tanto, debemos hallarlo menos en la forma que en el tono: todas sus páginas asumen un propósito claramente irónico a la manera de uno de los fundadores, o el fundador, de esta tesitura: Marcel Schwob.
¿Qué significa esto? Que si no directamente, por algún camino llegó a Palacios Chapa el modo schwobeano de observar la realidad: con un humor que opera como si hablara muy en serio, solemne, a veces hasta campanudo en su decir. El diseño del libro ayuda a reforzar la contradicción paródica: su aspecto es sobrio, de un rojo casi místico, y tanto sus grecas como sus estampas nos remiten a un mundo de gravedades teológicas. Lo que encontramos en los textos, en contraste, son microrrelatos caricaturales, comentarios burlones y hagiografías donde se narran santidades colindantes con el disparate, todo vestido con una prosa que parece brotar de un hombre sereno sobre el púlpito.
No es el humor, por cierto, nada ajeno a las formas breves. De hecho, es característica casi inherente a ellas, tanto que en ocasiones cae estrepitosamente en el chiste o la mera y vana boutade. Pero el Libro de oraciones no incurre en ese desliz. Hay, creo, un bello equilibrio entre el ingenio de las ocurrencias con la belleza de la prosa y el cuidado del efecto final. Lo compruebo con una sola de sus piezas, tan breve como eficaz, basada toda en la hiperbolización de una conducta:

Fray Ludovico, una vez superado el accidente contemplativo que lo condujo a ser el mismo un receptor de televisión de paga, abandonó su celda para buscar en el mundo la excesivamente pavimentada huella del pobrecito de Asís.
Al poco tiempo, Fray Ludovico hablaba con perros y gatos de la calle, comía las sobras que ellos dejaban y visitaba zoológicos como quien visita hospitales.
Al poco tiempo, empezó a cantar para que las aves no gastaran sus gargantas en el aire corrupto, y a vaciar garrafones de agua purificada en ríos y estanques para compensar a los peses por el líquido que insistentemente hacemos irrespirable a sus branquias.
Al poco tiempo, Fray Ludovico tuvo un personalísimo discernimiento de la Teología de la Liberación y se unió a Greenpeace. Según los noticieros, ya es buscado por atentados violentos contra muchas carnicerías, algunas tiendas de mascotas y varios laboratorios de Biología en escuelas secundarias.

Nótese lo que señalo: el tono que aparenta seriedad, la intencional pobreza de recursos en la entrada de los tres párrafos que empiezan con la fórmula “Al poco tiempo”, el disparate —dicho con mentirosa indiferencia— de los garrafones, la juguetona malicia del agua que “respiran” las branquias, el discernimiento de una teología que transforma al personaje en terrorista al servicio de una organización mundial, y las risibles sedes donde perpetra su acción justiciera.
El microrrelato, o la forma breve en general, debe acatar casi irremediablemente la forma del iceberg: vemos un texto, sí, pero eso debe ser la punta visible de muchas malicias escondidas. El Libro de oraciones cumple este principio: debajo de sus renglones aparentemente inocentes late un mundo lúdico y literariamente valioso: el mundo, escamoteado adrede por el autor, de las formas súbitas.

Libro de oraciones, Jaime Palacios Chapa, UANL, 2012, 114 pp. Cuidado de la edición: Francisco Larios Osuna. Texto leído en la presentación de este libro celebrada en la Alianza Francesa de La Laguna. Participaron Jaime Palacios, Ángel Reyna y Jaime Muñoz. Torreón, Coahuila, a 21 de noviembre de 2012.

viernes, noviembre 26, 2010

Bifurcaciones según Vique



Gracias al intercambio epistolar con mis amigos lejanos recibo textos por los que me desgarro de envidia. Miguel Báez (Montreal), Laura Nicastro (Buenos Aires), Rogelio Guedea (Dunedin, Nueva Zelanda), Margarita Morales (Valencia) y otros entrañables colegas radicados muy lejos de La Laguna tienen blogs o colaboran en espacios periodísticos y de veras que me mantienen gratamente ocupado con sus párrafos. Uno de esos cuates es Fabián Vique, escritor ya citado alguna vez en este espacio. Vique nació y vive en la municipalidad de Morón, en el llamado Gran Buenos Aires. Colabora una vez a la semana para un periódico de allá y sus artículos son, a mi ver, dechados de ingenio, buena prosa y hondura crítica. Me mandó el más reciente; dice que es un maquinazo, que vale poca cosa, pero así es de modesto aquel cabrón. Lo comparto aquí; su título es “Sobre jardines y senderos que se bifurcan”. Vean nada más qué maravilla, tanto que ya me convenció de retomar el Facebook que nomás usé un mes y me aburrió:
La era atómica, damas y caballeros, ha llegado a este mundo. Como ya habrán adivinado, no nos referimos a la famosa bomba que después de estallar dos veces en Japón, tuvo en vilo a la humanidad durante décadas como amenaza, como posibilidad, como idea del “botón rojo” que haría papilla todas nuestras ilusiones. Estamos hablando de otra clase de atomización: la de los saberes, de los pareceres y de los enseres de este mundo cambiante, multiplicante y muchas veces delirante.
Mal que les pese a los gerentes de los grandes medios de comunicación, las redes sociales y otros recursos de Internet están reemplazándolos. Se van consolidando nuevos paradigmas de comunicación. Las redes se están instituyendo como las nuevas "academias" fundantes de los nuevos cánones. Existen redes para todo y la tendencia es a la multiplicación y la proliferación. Cada quien puede participar de alguna o de muchas, pero nunca de todas. Hay redes múltiples y grupos para todos los gustos. No hay ser humano que no pueda entrar a una red donde hallar a sus almas gemelas. Hay redes de colectiveros, de amantes de la milanesa, de milanesa de amantes, de revolucionarios de pistola o de café, de fumadores de opio, de libres de humo, de chamuyeros, de vendepatrias, de comechingones, de lo que fuere. Hay una red donde uno puede enterarse de los movimientos de sus pares. Los individuos se van haciendo copartícipes de cada fenómeno. El reguero de pólvora funciona a las mil maravillas. El beatle Paul Mac Cartney estuvo en Buenos Aires, llenó dos estadios de River y no necesitó gastar una libra en publicidad. La noticia empezó a circular sin que hicieran falta legiones de muchachos pegadores de carteles en las callecitas de Buenos Aires. Algo análogo pasó con el concierto del Indio Solari en Tandil. La información circula por canales que manejan manos anónimas. Y la peli recién empieza.

Chocolatines
La vida humana, chocolate por la noticia, es finita. El ser humano es un bicho con fecha de vencimiento y con (cada vez más) obligaciones laborales, familiares, etcétera. El tiempo es oro y en los ratos ¿libres? cada quien se va armando con las nuevas redes su propia vestimenta, su adquisición de bienes que lo hagan sentir como perteneciente a algo. Esta dispersión organiza de manera distinta los saberes, los placeres, los gustos.
Joven argentino, ¿cuántos poetas australianos conoce usted? Yo no conozco a ninguno, y eso que mi gremio es el de las letras. Conozco sí, a muchos poetas de Haedo porque agitan su pluma en las redes en las que soy pescado. ¿Es bueno conocer a muchos poetas de Haedo? Solo el altísimo lo sabrá. Quizá de tanto verso local me pierdo los bardos de Oceanía que quizá estén produciendo la mejor versería de la historia. Quizá no. Quizá, quizá, quizá, dice la canción. No se puede estar en dos lugares al mismo tiempo, pero sí se puede usar la tecnología para acortar las distancias y los tiempos de la realidad.

El mundo es ancho, Peuchelle
Con los nuevos saberes y las nuevas erudiciones van surgiendo nuevas enciclopedias y nuevos cíclopes. Hay mundos paralelos, y todos en la misma dimensión. Hace unos días, oí en la radio a un locutor y a sus oyentes, que habían dejado mensajes grabados en un contestador. Uno de los escuchas le preguntaba sobre "bandas rolingas" de Buenos Aires. Yo me quedé congelado, porque no sabía que hubiera una corriente musical con ese nombre. Pero enseguida mi estado pasó a ser el de una estatua de acero inoxidable: el locutor le dijo que conocía ¡decenas! de bandas rolingas porteñas, y le sugería al oyente que, si tenía tiempo, se sentara, porque iba a enumerar algunas de ellas. Era increíble, el tipo no paraba de nombrar bandas de rock porteñas y bonaerenses de cuya existencia acababa de serme revelada.¿Adónde quiero llegar con esta descripción del caos? A lo siguiente: estamos interconectados pero en millones de redes que no se superponen. Son, como decía unas líneas arriba, mundos paralelos. Lo bueno es que se va haciendo más complicada la posibilidad de una sola voz rectora. Lo malo es que nadie puede estar en todos los mundos y se tiene a sobrevalorar la pescadería en la que cada quien chapotea.

Balderrama y Valderrama
¿Adónde iremos a parar? Parece que las guerras que se vienen son las antimonopólicas. Las mujeres y hombres de a pie de este mundo peleando contra los que quieren concentrar la palabra, los medios de producción, la pelota. No de otra manera se explica el éxito del gobierno argentino en la lucha contra Clarín. No fueron necesarias muchas explicaciones para que los habitantes de este suelo suscribieran a la idea de que los monopolios de cualquier índole son perjudiciales para la salud psíquica. Es más saludables tener opciones. Balderrama, el de la canción, y Valderrama, el Pibe, crack de la selección colombiana de los noventa, convivieron en la era previa a la explosión de Internet. Quienes sabían de la existencia de Balderrama supieron de las gambetas del rubio enganche y apuntaron como una curiosidad la diferencia monolétrica. Hoy me da la sensación de que vamos hacia un planeta donde Valderrama y Balderrama no se va a conocer. Me parece que somos los últimos representantes de un mundo donde los submundos compartían mucho espacio. Imagino un futuro donde el rolinguismo sea una galaxia que tenga tanta información rolinguera que no podrá digerir otros saberes, otros entretenimientos, otras visiones del mundo.

Conclusiones parciales
La conclusión más certera será la de al parecer no hay una sola alternativa en el futuro que la atomización, la dispersión y el crecimiento de las redes que agrupan personas por afinidades, gustos o intereses. Tendremos la posibilidad de saberlo todo, pero nuestras limitaciones físicas y afectivas nos harán encerrarnos en determinados munditos. En ellos encontraremos nuestras dichas y desdichas, seremos infinitamente comunicativos e infinitamente antisociales. Seremos hombres de la caverna con el mundo a nuestra merced. Entraremos a todos los jardines que nos llevarán de pasillo en pasillo hasta llegar a la verdad. Creeremos que nuestra cueva es el universo con la misma energía con la que el cavernícola tenía fe en que su mundo era el mundo. Así saldremos a la calle, con el cuerpo y el conocimiento parcializados. El dos mil veinte nos encontrará libres pero atomizados. O mejor dicho atomizados pero libres. Todo no se puede, casi nada se pierde, todo se transforma segundo a segundo.

sábado, septiembre 05, 2009

Un viejo cáncer



La autonomía de muchas universidades estatales es sólo de membrete, como sabemos. Su libertad está acotada, sobre todo, por la fuerte vinculación que suelen tener los rectores y sus camarillas con el gobierno estatal de turno y entidad. Así, en muchos estados pasa que las rectorías dependan prácticamente del gobernador o de grupos políticos corruptos, cuando se supone que un rector sólo debe rendir cuentas a la comunidad universitaria. Un amigo, el escritor Rogelio Guedea, colimense que desde hace algunos años radica en Nueva Zelanda (donde es maestro en la Universidad de Otago), ha mantenido, pese a la distancia, un genuino interés en ver por la salud de la universidad que alguna vez lo acogió y que hoy es un campus donde reinan el soborno y la mendacidad. Preocupado, me manda esta carta de denuncia. Le hago eco en función de su verdad, cierto, pero también porque se han dado amenazas en su contra y/o de los suyos. Vaya para él mi solidaridad. Guedea escribe:
“Es necesario hacer un llamado nacional para evitar que la Universidad de Colima se vuelva a convertir, otra vez, en un mero trampolín político y, con ello, deje a la deriva su compromiso sustancial con la academia. Existe actualmente un reclamo general por parte de la comunidad universitaria —un reclamo solapado, claro está, debido a la represión ejercida por el rector de la máxima casa de estudios, Miguel Ángel Aguayo López— en el sentido de que el dirigente no ha cumplido y no cumple con ninguno de los compromisos que prometió durante la toma de protesta como rector —hace ya más de cuatro años— y que, en cambio, se ha aliado a un grupo de políticos que gozan de una pésima reputación como servidores públicos en la sociedad colimense. Estos políticos son Arnoldo Ochoa, actual diputado federal, y Fernando Moreno Peña, ex rector y además ex gobernador de Colima, principales cabecillas de todo este malogro y con quienes el rector Aguayo López ha establecido alianzas que ponen en serio riesgo el futuro de la Universidad en virtud de que se trata de personajes corruptos que sólo utilizarían a nuestra alma máter para sus fines políticos, tal como ahora lo está haciendo el propio rector Aguayo, quien quiso aprovechar la plataforma universitaria para alcanzar la gubernatura del Estado (proyecto fallido, afortunadamente) y ahora la usa también para intentar conseguir un puesto de primer nivel en el gabinete en formación del gobernador electo Mario Anguiano. Aparte de esto, el rector Aguayo López es acusado de represión, de incapacidad para resolver los problemas sustanciales de la Universidad (crisis económica aparte), de nepotismo, falta de transparencia en los procesos, verticalidad en las decisiones y, por supuesto, de corrupción. Yo mismo, por algunos señalamientos que he realizado sobre su cuestionada gestión, he sido objeto de intentos de soborno, hostigamiento y ofensas públicas, todo ello sólo por advertir del riesgo que implicaría tener como rector, otra vez, a un político corrupto (como lo será cualesquiera de los aliados a este grupo, rector Aguayo López incluido) en lugar de a un verdadero académico que cuente con una trayectoria limpia dentro de la burocracia universitaria, que es lo que no sólo estará necesitando la Universidad de Colima sino la mayoría de las universidades mexicanas. Por eso escribí al principio que esto era un ‘llamado nacional’. Me preocupa, sí, lo que pasa en la Universidad de Colima, y más ahora que trabajo en una universidad neozelandesa, en donde los dirigentes no pueden ser sino académicos (profesores e investigadores) en activo, reales, pero también me preocupan los destinos de todas las universidades del país, muchas de las cuales estarán padeciendo las mismas calamidades. Me preocupa, en suma, como a muchos, el destino de la educación en México, que —por estos motivos que he señalado y otros más que a cualquiera se le escapan de la vista— se presentan tan desalentador como incierto si no se abandonan los discursos oficiales y oficiosos y se concretan acciones reales y de verdadero compromiso no con tales o cuales intereses particulares sino, simple y únicamente, con el porvenir”.

sábado, marzo 07, 2009

Una bienvenida para La Otra



“Al final sólo tenemos lo que hemos dado”, ha escrito mi amigo el poeta colimense Rogelio Guedea. Esas palabras pueden servir de epitafio para la recién extinta revista Alforja, publicación que al final, en efecto, tuvo muchísimo, todo lo que dio a la literatura en general y a la poesía en particular. Y eso que dio no es pasajero: se queda como herencia de cientos, tal vez miles de lectores que la acariciaron en su soporte de papel y todavía hoy pueden apreciarla en su hemeroteca internética. El aprecio por la poesía en su más alta valoración es el legado de Alforja y sus muchos colaboradores, quienes no contentos con el esfuerzo de once años continuos han cerrado una cortina para abrir de inmediato otra, la de La Otra, revista que esta noche nos convoca a lidiar con amor por el género literario más extraño y poderoso creado por el hombre: la poesía.
La Otra no es Alforja, han aclarado sus editores. Cierto. Alforja fue, es, será Alforja, y su lugar entre las revistas literarias mexicanas modernas ya no se lo quita nadie, como nadie ahora le regatea un nicho de importancia a Savia Moderna o Taller o Letras de México o Plural o la Revista de la Universidad o Vuelta. El tiempo se encargará de confirmar que Alforja ya convive con sus congéneres ilustres, pues once años de entregas especializadas en poesía no cualquiera los aguanta con tan alta y pareja calidad. Pero todo lo que empieza, concluye, como bien observa Perogrullo, y Alforja ha expirado casi con alegría, pues uno de sus sarmientos ha dado nueva mata para ser, a un solo tiempo, la misma y sin embargo La Otra, un proyecto con análogo propósito pero con estrategias distintas para seguir siendo terreno donde la poesía eche raíz y crezca y dé frutos, tantos como los que ya comenzó a dar desde su salida inaugural.
En su ejemplar de estreno, lo más evidente es el cambio de formato, una variación simple, pero que de inmediato marca el camino distinto que pretende seguir la rama en relación al tronco. El cintillo pasó a ser explícitamente más abarcador, pues de “Revista de poesía” pasó a ser “Revista de poesía+artes visuales+otras letras”. Eso significa que La Otra tomará la estafeta que de alguna forma recibe de su predecesora, pero ahora con el deseo de convidar públicos cercanos al hacer poético, como es el caso de las artes visuales.
Eduardo Lizalde es el centro del La Otra en su salida de presentación. José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y Alfredo Fressia, responsables de la revista, han elegido con puntería el tema eje, pues los ochenta años de vida de Lizalde son motivo suficiente para levantar un homenaje con varios acercamientos a su vida y obra condensados en una sección inmejorablemente titulada “Las 80 rayas del tigre”. Allí hay siete subsecciones que ayudan a delimitar los territorios pisados por Lizalde; Evodio Escalante, Marco Antonio Campos, Juan Manuel Roca, Rosario San Miguel y Luis Antonio de Villena observan la trayectoria seguida por el autor de Cada cosa es Babel y nos ayudan a reconsiderarlo una de las cumbres vivas del mapa poético nacional. Segmento revelador es el que los editores han abierto para cuatro cercanos de Lizalde (Salvador Elizondo, Ernesto Mejía Sánchez, Octavio Paz y Ramón Xirau), quienes nos acercan al compañero de andanzas literarias, más que al poeta admirado desde la lejanía; concluye la sección con un zarpazo del propio tigre, unos “Poemas de mi libreta Moleskine”.
Como en los mejores momentos de Alforja, La Otra indaga en otras latitudes y aproxima a los lectores mexicanos un condensado descriptivo y crítico sobre poesía italiana contemporánea. Esta labor de difusión y acercamiento, por lo regular asumida sólo en soporte bibliográfico, se agiliza sobremanera gracias a la publicación periódica y es de esperar que en lo venidero La Otra siga estableciendo las coordenadas de la poesía mundial en síntesis como la publicada en el número uno, sondeo firmado por Emilio Coco y aderezado con muestras de poesía de reciente acuñación. Cierra el apartado una entrevista, “Ser poeta en el sur”, a Lino Angiuli.
En el orden del cintillo incorporado al cabezal de La Otra, la sección de artes visuales presenta un asedio a la obra de Alejandro Mojica Díaz muy bien complementado con reproducciones a color, de libro de arte. Otros apartados, reseñísticos algunos, con prosa amena otros (como el de Óscar de la Borbolla), terminan por redondear La Otra, revista a la que sin duda le damos la mejor de las bienvenidas y le deseamos el trabajo fructífero del linaje al que pertenece.
Vale decir, por último y a manera de complemento necesario, que Sinaloa es un estado de nuestra república que nunca deja de hacer ruido. Por allá nació la música de banda, que con todas sus variantes es hoy uno de los ritmos más reconocibles de la norteñidad mexicana; por allá se han dado muchas de las misses que apenas son una muestra de las chuladas de chuladas que nacen en sus matas; por allá se juega el mejor beisbol del país; por allá nació el más grande ídolo cinematográfico del país; por allá también nació la mejor cantante del género ranchero; por allá fue acuñado el santo extraoficial más emblemático de la narcada; por allá, a propósito, hay una tensión grande y permanente por el clima de violencia. Menos conocido y más importante es, creo, el trabajo cultural que por décadas han ofrecido los gobiernos y la Universidad Autónoma de Sinaloa: de por allá son varios concursos literarios nacionales de importancia; de por allá son dos de los narradores con obra más significativa del norte bronco (Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez) y ahora, gracias a una labor de coedición entre La Cabra Editores y la Universidad de Sinaloa, aparece La Otra, revista con énfasis en la poesía que esta noche, con inmenso gusto y mejores deseos de éxito, presentamos en Durango.
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Nota del editor: Reseña leída en la presentación de La Otra celebrada en Durango el pasado 27 de febrero. Participaron los maestros José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y el autor de este comentario.

domingo, noviembre 23, 2008

Tres flashazos con José Alfredo



Hace 35 años murió José Alfredo Jiménez. Desde hace rato le traía ganas a la narración de tres anécdotas en las que José Alfredo está, frontal u oblicuamente, cerca. La primera tiene que ver precisamente con la fecha de su muerte. En los escondrijos de mi memoria todavía revolotean las imágenes de aquellos días. Yo tenía nueve años. En la casa de la calle Madero, en Gómez Palacio, Luis Rogelio y yo, los mayores entre seis hermanos, esperábamos que papá cumpliera la promesa de llevarnos a la Plaza de Toros Torreón. Nos había dicho que sí, que el domingo iríamos a la lucha libre para ver a Blue Demon. El “Manotas” ya salía en muchas películas y, a falta de mejores entretenimientos, los filmes sobre lucha eran la pasión de todos los niños jodidos y no jodidos del país. Blue Demon era un ídolo, y queríamos verlo en vivo. El domingo esperado llegó y mi padre desapareció de casa muy temprano, pues su madre, mi abuela Toña, agonizaba en un hospitalito cercano al Seguro Social de Gómez. Varios días pasó la abuela en cama, muriendo. Yo acompañé a mi padre una vez y recuerdo que estuve junto a tíos y amigos que charlaban afuera del hospital. No entendí mucho la situación, ni me afectó gran cosa, pues la idea de la muerte era entonces, para mí, algo vago, algo remoto. Como todos los niños, yo vivía en la eternidad, fuera del tiempo, como los animales. El caso es que el domingo llegó y las horas fueron pasando. La función iniciaba como a las seis. Luis Rogelio y yo veíamos el reloj: las dos, las tres, las cuatro, las cinco, las cinco y media, y mi padre no aparecía. Fue entonces cuando tuve una ocurrencia maravillosa: ir por él. Le dije a mi hermano: “Yo sé dónde está el hospital. Voy corriendo y tú esperas aquí; si llega a casa, le dices que me vaya a buscar; si no, venimos los dos por ti”. Calculo que eran como quince cuadras, de la avenida Madero a la colonia Bellavista, en Gómez. Quedaba poco tiempo, como diez minutos para las seis. Si bien la ciudad era mucho más segura, el trote no dejaba de ser riesgoso. Salí de casa, a paso veloz. Avancé, avancé. No bajé el ritmo. Cuando al fin vi el hospital, busqué a mi padre. Y sí, allí estaba él, platicando con mis tíos y sus amigos. Mi abuela agonizaba, y ellos hacían guardia. En eso aparecí y, al verme, todos se inquietaron. Recuerdo que mi padre se agachó, para mirarme de frente; doblado por un repentino “dolor de caballo”, no pude hablar. Mi padre y sus acompañantes imaginaron que yo, sin aliento, traía una noticia trágica, pues no de otro modo podían explicarse mi agitación, mi cara de apuro. Cuando al fin pude decir dos palabras, con el aliento entrecortado expulsé las sílabas fundamentales: “La lucha, la lucha, la lucha”. Recuerdo que, pese al escenario triste del hospital, todos sonrieron cuando mi papá les explicó que había prometido llevarnos a la lucha para ver a Blue Demon. Sin dudarlo, él y yo tomamos su coche, fuimos a casa por mi hermano y luego a Torreón, a la Plaza de Toros. Ese día conocí al Manotas. Mi padre nos llevó mientras su madre agonizaba. ¿Y qué relación tiene la anécdota con José Alfredo? Ninguna, sólo el proustiano vínculo que siempre establece mi memoria entre el año de muerte de mi abuela y el de José Alfredo: 1973.
Otra anécdota: fui a recoger mi premio nacional de narrativa Gerardo Cornejo 2005 a Ciudad Obregón, Sonora. Allá, en la misma ceremonia, el poeta, ensayista y novelista colimense Rogelio Guedea, doctor en letras por la Universidad de Córdoba, España, y maestro de la Universidad de Dunedin, en Nueva Zelanda, iba por el suyo, pero de poesía. En un par de días hicimos amistad, pues Guedea es el escritor más enfáticamente alegre y dicharachero que he conocido en mi vida. Una castañuela, un sujeto capaz de hacer química con quien sea. Erudito, sonriente, amable siempre, me impresionó además por sus gestos de solidaridad: un tipo que escucha, que deja hablar y que comprende. No un tipo: un tipazo. Luego de la ceremonia de premiación hubo una cena y luego de la cena ambos estábamos libres. No sé cómo, Rogelio enganchó una invitación para que nos coláramos a una especie de “peña” o bar al aire libre en una casona obregonense de estilo campirano. Allí, mientras bebíamos cerveza y charlábamos, un joven cantante interpretaba lánguidos temas de nueva trova; no lo hacía mal, pero tampoco muy bien. En una de ésas, Rogelio dijo que iba al baño pero no, se encaminó hacia el cantante y le pidió la guitarra. La concurrencia veía la escena, y sentí un escalofrío de horror ante un posible papelazo. Lo que pasó después fue que Rogelio, con gran dominio de la lira y una voz espectacular, echó al aire el mejor huapango que he oído en mi vida: “Cuando sale la luna”, de José Alfredo, aquel que en cierta parte de la letra dice algo tan cursi como hermoso: “Cuando estoy entre tus brazos / siempre me pregunto yo / ¿cuánto me debía el destino / que contigo me pagó?”. Hasta le fecha creo que no hay una mejor forma para decir eso, exactamente eso.
La última anécdota. Es agosto de 2007. Luego de comer, en una sobremesa de las Primeras Jornadas sobre Minificción celebradas en Tucumán, Argentina, el crítico literario rosarino Alberto Julián Pérez, maestro en ese momento del Texas Tech University, conversó conmigo sobre música popular mexicana. No sé cómo, llevé también el tema a la música popular argentina. Defendí a Yupanqui, lo puse como el mejor compositor de aire rural en América Latina; Pérez reparó en que no le parecía tan fácil el asunto, pues ahí estaba la obra de José Alfredo. Le dije que Yupanqui era hasta filosófico en ciertos trazos, y además siempre estuvo politizado sin caer necesariamente en el panfleto. Pérez, con gran cortesía, consideró cierto lo que comenté, pero no dejó de insistir en el rústico y hermoso lirismo de las letras josealfredianas. No todas, pero algunas de sus canciones son de una delicadeza extrema, sencillas y encantadoras, como debe ser la música popular, aseguró mi interlocutor. Yo, admirador del 90% de las piezas que le debemos al guanajuatense, lo revaloré y cada vez que escucho, por ejemplo, “El jinete”, “Alma de acero” o “Un mundo raro”, hallo el rústico lirismo de ese tipo genial que escribió a ciegas, movido sólo por la intuición poética en estado virginal.
José Alfredo murió el 23 de noviembre de 1973. En lo suyo ha sido, sin duda, el mejor.