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jueves, junio 18, 2009

Palabras en Durango



Esto leí ayer en Durango capital: Tengo pocos, pero todos los que he recibido son ya parte importante de mi modesta carrera literaria. Me refiero, por supuesto, a los premios. Ellos son, sin duda, espaldarazos que además de socorrer en lo económico ayudan a tomar confianza en lo que uno hace, a creer en la obra propia, esa obra que nace siempre entre la soledad y el escepticismo, entre las pequeñas y grandes complicaciones de la vida y la permanente angustia por no escribir lo que uno quiere, sino lo que uno puede, que por lo general es poco y de muy cuestionable calidad.
Los premios, es cierto, no garantizan nada, pero en el plano estrictamente literario son al menos garantía de que a uno lo han leído muy buenos lectores. Con esto quiero decir que lo más valioso de los premios es haber pasado frente a los ojos de colegas con obra demostradamente sólida. En mi caso, he recibido alguna vez el voto favorable de José Agustín, de Evodio Escalante, de Guillermo Samperio, de Daniel Sada, de Elmer Mendoza y otros escritores más igualmente reconocidos, como los que dictaminaron el premio que esta noche nos convoca: Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala. A todos ellos los he leído con admiración, y cuando me enteré de que juzgaron positivamente mi Parábola del moribundo no puedo dejar, por dentro, de enorgullecerme y, por fuera, de morder el rebozo, dado mi irremediable provincianismo lopezvelardeano.
De todos los reconocimientos y de todos los jurados no es éste, ciertamente, el más importante. Esto que parece una afirmación políticamente incorrecta no lo es tanto, ya verán por qué. Hace un cuarto de siglo yo sumaba veinte años, iba a la mitad de mi carrera y no tenía en las manos más que dedos. Ya escribía un poco, ya quería dedicarme a la literatura, pero nada me permitía asegurar que podía hacerlo. Estaba en Torreón, no había escuelas de letras, no teníamos un movimiento literario alentador ni contaba con la más elemental biblioteca para bucear por la libre. Eso no fue obstáculo, sin embargo, para borronear con timidez algunos mecanuscritos en mi Letera Olivetti color cremita. Por esas fechas sancoché mis primeros cuentos, unos relatos de cuyos contenidos no quiero acordarme pues sistemáticamente me dejaban la impresión de que no servían ni para envolver tomates.
A ciegas, con el puro lazarillo de la intuición y con algunas lecturas hechas con la brújula del azar, en 1984 vi una convocatoria y me atreví a mandar un relato. Era el primer concurso de cuento Magdalena Mondragón convocado por la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Se trataba de un certamen regional, y otorgaba módicos premios al primero, segundo y tercer lugares. Cuando los resultados aparecieron en el periódico, vi que mi cuento no ganó nada, pero en un parrafito final decía que el jurado decidió otorgar dos menciones honoríficas, una de ellas para mí. Aquella bicoca fue, sin embargo, el mejor regalo que he recibido en mi vida, y me estimuló tanto que lo considero desde entonces mi mejor permio literario.
Fue tan grande mi alegría que tuve la ocurrencia de asistir a la premiación, y allí me dieron un diploma. No había nada más, pero me alegré al escuchar que me nombraron y pasé a tomar el reconocimiento, que recibí de manos del único jurado: Rafael Ramírez Heredia. 25 años después, tengo la fortuna de ganar la primera convocatoria del concurso que con toda justicia homenajea al Rayo Macoy gracias a la iniciativa de la Fundación Guadalupe y Pereyra, la revista La Otra, el Instituto Politécnico Nacional y el Instituto de Cultura del Estado de Durango, instancias a las que agradezco sinceramente. Este premio cierra para mí una especie de ciclo; es, por ello, como un paréntesis que en sus extremos lleva el entrañable nombre del narrador tamaulipeco. Ignoro qué sigue para mí, pero estos primeros 25 años han sido, creo, rounds de estudio, la dura etapa del inagotable y titubeante aprendizaje.
En cierta forma, ese es el tema de la novela, la vida un tanto picaresca de un escritor perdido en la estepa lagunera, es decir, un creador ajeno al ambiente cultural que abre oportunidades a granel y permite al menos asegurar los bienes de consumo básico. En Parábola del moribundo, el personaje narrador se las ve literalmente negras para sobrevivir; es poeta y no quiere dejar de serlo, así que se inventa una forma lateral para arrimar recursos: escribir, editar, corregir a destajo en un ambiente, como ya dije, en el que esos oficios son menos importantes que la poesía en una junta de la Coparmex.
No digo más; sólo concluyo con mi más enfático agradecimiento a Juan Ángel Chávez Ramírez, presidente de la Fundación Guadalupe y Pereyra; a José Ángel Leyva y a María Luisa Martínez Passarge, responsables de la revista La Otra; a Enrique Villa Rivera, director general del IPN y a nuestro anfitrión, Juan Antonio de la Riva, director del Instituto de Cultura del Estado de Durango. A todos, muchísimas gracias por colocar este importante pedestal en memoria del maestro Rafael Ramírez Heredia.
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Durango, Durango, 17, junio y 2009

sábado, marzo 07, 2009

Una bienvenida para La Otra



“Al final sólo tenemos lo que hemos dado”, ha escrito mi amigo el poeta colimense Rogelio Guedea. Esas palabras pueden servir de epitafio para la recién extinta revista Alforja, publicación que al final, en efecto, tuvo muchísimo, todo lo que dio a la literatura en general y a la poesía en particular. Y eso que dio no es pasajero: se queda como herencia de cientos, tal vez miles de lectores que la acariciaron en su soporte de papel y todavía hoy pueden apreciarla en su hemeroteca internética. El aprecio por la poesía en su más alta valoración es el legado de Alforja y sus muchos colaboradores, quienes no contentos con el esfuerzo de once años continuos han cerrado una cortina para abrir de inmediato otra, la de La Otra, revista que esta noche nos convoca a lidiar con amor por el género literario más extraño y poderoso creado por el hombre: la poesía.
La Otra no es Alforja, han aclarado sus editores. Cierto. Alforja fue, es, será Alforja, y su lugar entre las revistas literarias mexicanas modernas ya no se lo quita nadie, como nadie ahora le regatea un nicho de importancia a Savia Moderna o Taller o Letras de México o Plural o la Revista de la Universidad o Vuelta. El tiempo se encargará de confirmar que Alforja ya convive con sus congéneres ilustres, pues once años de entregas especializadas en poesía no cualquiera los aguanta con tan alta y pareja calidad. Pero todo lo que empieza, concluye, como bien observa Perogrullo, y Alforja ha expirado casi con alegría, pues uno de sus sarmientos ha dado nueva mata para ser, a un solo tiempo, la misma y sin embargo La Otra, un proyecto con análogo propósito pero con estrategias distintas para seguir siendo terreno donde la poesía eche raíz y crezca y dé frutos, tantos como los que ya comenzó a dar desde su salida inaugural.
En su ejemplar de estreno, lo más evidente es el cambio de formato, una variación simple, pero que de inmediato marca el camino distinto que pretende seguir la rama en relación al tronco. El cintillo pasó a ser explícitamente más abarcador, pues de “Revista de poesía” pasó a ser “Revista de poesía+artes visuales+otras letras”. Eso significa que La Otra tomará la estafeta que de alguna forma recibe de su predecesora, pero ahora con el deseo de convidar públicos cercanos al hacer poético, como es el caso de las artes visuales.
Eduardo Lizalde es el centro del La Otra en su salida de presentación. José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y Alfredo Fressia, responsables de la revista, han elegido con puntería el tema eje, pues los ochenta años de vida de Lizalde son motivo suficiente para levantar un homenaje con varios acercamientos a su vida y obra condensados en una sección inmejorablemente titulada “Las 80 rayas del tigre”. Allí hay siete subsecciones que ayudan a delimitar los territorios pisados por Lizalde; Evodio Escalante, Marco Antonio Campos, Juan Manuel Roca, Rosario San Miguel y Luis Antonio de Villena observan la trayectoria seguida por el autor de Cada cosa es Babel y nos ayudan a reconsiderarlo una de las cumbres vivas del mapa poético nacional. Segmento revelador es el que los editores han abierto para cuatro cercanos de Lizalde (Salvador Elizondo, Ernesto Mejía Sánchez, Octavio Paz y Ramón Xirau), quienes nos acercan al compañero de andanzas literarias, más que al poeta admirado desde la lejanía; concluye la sección con un zarpazo del propio tigre, unos “Poemas de mi libreta Moleskine”.
Como en los mejores momentos de Alforja, La Otra indaga en otras latitudes y aproxima a los lectores mexicanos un condensado descriptivo y crítico sobre poesía italiana contemporánea. Esta labor de difusión y acercamiento, por lo regular asumida sólo en soporte bibliográfico, se agiliza sobremanera gracias a la publicación periódica y es de esperar que en lo venidero La Otra siga estableciendo las coordenadas de la poesía mundial en síntesis como la publicada en el número uno, sondeo firmado por Emilio Coco y aderezado con muestras de poesía de reciente acuñación. Cierra el apartado una entrevista, “Ser poeta en el sur”, a Lino Angiuli.
En el orden del cintillo incorporado al cabezal de La Otra, la sección de artes visuales presenta un asedio a la obra de Alejandro Mojica Díaz muy bien complementado con reproducciones a color, de libro de arte. Otros apartados, reseñísticos algunos, con prosa amena otros (como el de Óscar de la Borbolla), terminan por redondear La Otra, revista a la que sin duda le damos la mejor de las bienvenidas y le deseamos el trabajo fructífero del linaje al que pertenece.
Vale decir, por último y a manera de complemento necesario, que Sinaloa es un estado de nuestra república que nunca deja de hacer ruido. Por allá nació la música de banda, que con todas sus variantes es hoy uno de los ritmos más reconocibles de la norteñidad mexicana; por allá se han dado muchas de las misses que apenas son una muestra de las chuladas de chuladas que nacen en sus matas; por allá se juega el mejor beisbol del país; por allá nació el más grande ídolo cinematográfico del país; por allá también nació la mejor cantante del género ranchero; por allá fue acuñado el santo extraoficial más emblemático de la narcada; por allá, a propósito, hay una tensión grande y permanente por el clima de violencia. Menos conocido y más importante es, creo, el trabajo cultural que por décadas han ofrecido los gobiernos y la Universidad Autónoma de Sinaloa: de por allá son varios concursos literarios nacionales de importancia; de por allá son dos de los narradores con obra más significativa del norte bronco (Élmer Mendoza y Juan José Rodríguez) y ahora, gracias a una labor de coedición entre La Cabra Editores y la Universidad de Sinaloa, aparece La Otra, revista con énfasis en la poesía que esta noche, con inmenso gusto y mejores deseos de éxito, presentamos en Durango.
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Nota del editor: Reseña leída en la presentación de La Otra celebrada en Durango el pasado 27 de febrero. Participaron los maestros José Ángel Leyva, María Luisa Martínez Passarge y el autor de este comentario.