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sábado, octubre 09, 2021

Jugar con un soneto



I
No recuerdo cómo ni por qué ni dónde, pero hace varios años alguien me invitó a colaborar en el número especial de una revista que abordaría el tema de la lucha libre. Fue al cuarto para las doce, muy a la carrera, así que no tuve margen de maniobra para preparar un artículo de verse, algo amplio y digno de mi experiencia como luchalibrófilo con al menos cuatro décadas fielmente consagradas a tal enajenación. En apenas un día de chance lo único que pude armar fue un pastiche (“El pastiche es una técnica utilizada en literatura y otras artes, consistente en la imitación de diversos textos, estilos o autores en una misma obra”, nos aclara la vituperada Wikipedia).
Pasa esto. No escribo poesía ni soy su más voraz lector, pero muchos de los poemas que he leído me rondan en la cabeza, regresan a mí de manera muy extraña, a propósito de cualquier frase o palabra. La poesía que más retengo en la memoria es, por ello, la tradicional, con metro y rima. Así pues, voy por la calle o estoy tirado en la cama y aparece un verso conocido, lo repito en la mente y de inmediato juego con él, le doy vueltas, le cambio palabras y logro otro efecto semántico sin deformar la sonoridad original. Algo así, que a veces es difícil explicar los barroquismos de la cochambrosa mente humana.
El caso es que, con el apuro de escribir algo sobre lucha libre, me saltó un verso famoso, el del soneto anónimo “A Cristo crucificado”. Se lo han atribuido, en sesudos estudios de esos que los españoles urden sobre todos los temas de su tradición literaria, a Juan de Ávila, Miguel de Guevara, Teresa de Ávila e incluso a los santos Francisco Javier e Ignacio de Loyola. Vayan ustedes a saber. Pero la autoría es lo de menos; lo de más es que se trata, sin respingo ninguno de mi parte, de una verdadera obra maestra de la sonetística mundial. Es tal vez, incluso y si me apuran un poco, el mejor soneto escrito en castellano. Conmueven su fuerza, su música y la hondura de su sentido, y todo eso está más allá, sospecho, de que creamos en lo que nos enuncia. Este es el soneto, la perfección hecha palabra en español:

Soneto a Cristo crucificado
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

II
Pues bien, en aquel momento del que les platico me llegó a la cabeza, solito, sin pedirlo, el “No me mueve, mi Dios, para quererte”, y a partir de allí se derramó el juego. Parece una insolencia, pero debemos recordar que en literatura se valen estas cascaritas sin más mérito que el que les queramos achacar. Es un homenaje aunque algunos puedan creer que se trata de una grosería. Va ya, sin más rollo, este lúdico elogio para el famoso soneto y para El Enmascarado de Plata (el epígrafe es una payasada adicional):

Soneto al héroe contracturado

¡Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar
por una lucha libre divertida y popular!


No me mueve, mi as, para aplaudirte
la lucha que me tienes prometida,
ni me mueve la burla tan temida
para dejar por eso de seguirte.

Tú me mueves, oh rey, muéveme el verte
luchando en ese ring y adolorido,
muéveme ver tu cuerpo tan fornido,
muévenme tus candados y tu suerte.

Muéveme, en fin, tu ardor, y en tal manera,
que aunque no hubiera lucha, yo te amara
y aunque no hubiera rudos, te temiera.

No tienes que luchar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te aplaudo te aplaudiera.

miércoles, noviembre 21, 2018

Museazo para nuestra lucha libre




































































Entre el 9 y el 11 de noviembre estuve en Tijuana para participar en un encuentro de escritores llamado Frontera Noir organizado en el marco del FeLiNo (Festival Literario del Norte). Entre otras actividades, allí presenté el libro colectivo Máscara Vs. Revólver (Artificios, Mexicali, 2018), compilación armada por Iván Farías y José Salvador Ruiz, en la que apoquiné un relato. La sede elegida por Rafael Rodríguez, editor del libro, fue el MULLME (Museo de la Lucha Libre Mexicana), y llegué allí pensando que se trataría de un espacio con nueve o diez máscaras y algún otro souvenir ad hoc. Pero no: el MULLME es un hermoso monstruo de la memoria, acaso la mayor y mejor colección de objetos relacionados con el deporte-espectáculo de los costalazos.
Articulado heroica y meticulosamente por el señor Mauricio Pino, el MULLME da una idea cabal de lo que ha significado y significa la lucha libre en la cultura mexicana. Gracias a la muestra de cada uno de los más de seis mil objetos, todos curados con orden y buen gusto, advertimos que durante décadas la lucha ha calado profundamente en el alma de los mexicanos. Todo lo que queramos imaginar sobre la lucha, y más, está resguardado en ese colorido aleph luchalibrístico: máscaras, luchadores de plástico en diferentes tamaños, rings, carteles, revistas, álbumes de estampitas, libros, tazas, tarros, vasos, bandejas, maniquíes, pins, boletos de funciones, películas, playeras, gorras, cinturones, botas, murales, cartulinas cinematográficas, cerillos, encendedores, destapadores, publicidad, ¡cabelleras!, todo original, todo a raudales.
El MULLME es un caso asombroso de iniciativa individual. Tras años de tenaz coleccionismo, el señor Pino acumuló cientos de objetos que hoy pueden ser apreciados en la calle Galeana 8186, en la zona centro de Tijuana. Un detalle harto agradecible es que se trata de un museo muy bien construido, bien iluminado e impecablemente limpio. Además, con la ventaja de que es posible hacer fotos allí dentro. Si un lagunero viaja a Tijuana, por ello, que no dude en invertir al menos una hora en ese espléndido recinto. Como aperitivo puede visitar su página: https://www.mullme.com/

sábado, noviembre 04, 2017

Apocalíptico e integrado













No soy de los que en materia de arte se asustan o irritan ante las muestras de exquisitismo con tufo discriminatorio. A ellas respondo con un tranquilo aunque categórico no hay tos, pues para todos hay en el amplio mundo de la producción creativa. Además, el arte, como muchas otras actividades, siempre ha tenido un fleco elitista; fleco chico o grande, pero elitista al fin, y esto se debe simplemente a la capacidad nata de los artistas. Aquéllos que lo son, aquéllos que se inclinaron desde pequeños a la práctica/disfrute del arte, no suelen percibir con estimación las obras que práctica/disfruta la mayoría no dotada. Se sabe, de hecho, que cuando un estilo o una corriente son asimilados por la mayoría, el artista se encamina casi desesperadamente hacia otros rumbos, a otras propuestas.
Otro factor presente en este lío es el de la subjetividad que implica la recepción de toda obra artística. La pregunta es viejísima, y se la han formulado, por la complejidad de su respuesta, los propios filósofos: ¿qué es el arte, qué es lo artístico? Más allá de los parámetros que queramos establecer —proporción, equilibrio, ritmo, profundidad, etcétera—, el arte es misterioso, tanto que hasta las obras consagradas como artísticas e influyentes pueden ser percibidas como malas, facilistas, prescindibles. Baste un ejemplo personal: no admiro la obra de Botero aunque sea muy apreciada y la coticen en millones.
La llamada cultura popular ha mantenido un permanente estado en tensión con la alta cultura. Mientras a la primera no le importa mucho llegar a los museos o a Bellas Artes, a la segunda suele preocuparle que sus espacios sean copados por lo naco. No creo que eso deba ser, necesariamente, un tema de conflicto. Si Juan Gabriel no cantaba en Bellas Artes, no pasaba nada, pues a su disposición tenía mil palenques para desplegar sus canciones.
Lo mismo pasa con las películas del Santo. Si en la Cineteca Nacional no quieren exhibirlas porque su director —el de la Cineteca, no el de las películas— las considera chafas, es un problema menor, y de hecho es un falso problema, ya que el Santo tiene a su merced todas las horas de Galavisión.
Entre los apocalípticos y los integrados de Umberto Eco, me inclino por los segundos. Casi por igual, me gustan mucho los productos artísticos cultos y populares. Lo único que no hago es meterlos en el mismo huacal ni juzgarlos con el mismo rasero.

domingo, noviembre 28, 2010

Santo en Montreal



Durante el año que viene cerrando, Miguel Báez Durán, escritor lagunero avecindado en Montreal, Canadá, incrementó notablemente el número de posts para su blog, llamado De torreón al monte. Gracias al internet no he perdido de vista al querido y admirado Miguel y con él mantengo un diálogo si no intenso, sí frecuente y siempre cordial, sobre todo motivado por los textos de si blog y sus andanzas laborales como profesor de español en universidades montrealenses. No miento si digo que el blog de Báez Durán es una de las mejores páginas alimentadas por un lagunero en la inconmensurable red. Miguel ha continuado allí, sobre todo, su trabajo como crítico de cine, uno de los más solventes que se han formado originalmente en nuestras tierras. Como escritor, nunca deja al margen la buena prosa y la acompaña, obvio, de nutrida información y agudos juicios. A continuación comparto una de sus más recientes entregas. Es una crónica amenísima sobre la presencia del Enmascarado de Plata en una pantalla canadiense. Pedí permiso al autor para multiplicarla aquí. Le dije que no resistía la tentación de que algunos laguneros leyeran ese deleitable post. Su título original es “Santo revolucionario”, y dice así:
Para conmemorar el centenario de la Revolución el Cinéma du Parc —que, como ya lo he dicho en otras ocasiones, se halla debajo del edificio en donde vivo— programó algunas películas mexicanas del 18 al 25 de noviembre. Entre ellas, Revolución (2010), serie de cortos estrenada, creo, en la tele mexicana y que ya se puede ver también en YouTube. Fuera de ésta, ninguna otra toca el tema en sí. Hay filmes de Jodorowsky (El Topo, La montaña sagrada), Buñuel (Nazarín, La ilusión viaja en tranvía, El gran calavera), Reygadas (Luz silenciosa) y González Iñárritu (Amores perros). Y ayer a las tres de la tarde una cinta de El Santo: Santo y Blue Demon contra los monstruos (1970) de Gilberto Martínez Solares. Obvio que ésa era para mí la imperdible. Las otras las puedo rentar. Incluso algunas las tengo. Pero, me pregunté, ¿en qué otra ocasión iba a presentarse una de El Santo en algún cine de Montreal?
Bajé a eso de las dos porque la correa (compuesta por eslabones de plástico) de mi reloj se había roto una semana antes. Subiendo por las escaleras de la estación Mont Royal la correa se atoró con algo y uno de los eslabones de plástico dejó de servir. Yo tenía algunos repuestos guardados. Hasta hace poco noté que, en el centro comercial que está abajo, hay una relojería. Llevé el reloj, la correa y los eslabones de repuesto. El relojero me pidió esperar alrededor de veinte minutos porque a su parecer ése sería un trabajo muy, muy difícil. Caminé unos pasos hacia la sección de la comida donde hay algunos incómodos asientos y ahí me puse a leer el libro que acabo de comprar, el del chileno Rivera Letelier que ganó este año el Premio Alfaguara y que tiene en su portada un fotograma de Simón del desierto (1965) de Luis Buñuel. Estaba con un ojo al libro y otro a la entrada del Cinéma du Parc, todavía cerrada. Aproximadamente a las dos y media la gente empezó a merodear el acceso a las salas de cine. Me asaltó la indecisión. O iba a la incipiente fila para garantizar mi lugar en la que entonces imaginé sería la repleta sala donde darían la película de El Santo o regresaba de una vez a la relojería a ver si ya estaba lista la correa de mi reloj. Cuando me levanté ya había al menos unas ocho personas formadas frente a la entrada de vidrio del Cinéma du Parc. Fui con el relojero. Seguía trabajando y murmurando no sé qué cosa en francés. Al cabo de cinco o seis minutos me dijo que pronto estaría lista la correa. Pasaron otros cinco minutos y finalmente me devolvió el reloj con la correa reparada. Me cobró quince dólares alegando que aquello era una ganga. Yo se lo creí y le pagué. Cuando regresé a la entrada del cine la fila había crecido enormemente. Al menos, así me pareció. Caminé hasta el final de la cola, agarré mi lugar y, mientras esperaba, continué con la lectura. Al diez para las tres, empezó a caminar aquella serpiente de seres humanos. El acceso al cine se había abierto. Ya para entonces me olía a que ese gentío no iba precisamente a ver la película de El Santo. No, claro que no. Lo supe después. En realidad iban a ver una compilación de los mejores comerciales del mundo. Cuando por fin llegué a la sala correspondiente sólo había ahí dos o tres personas. Al final, terminamos siendo siete. Estando aún encendidas las luces, entró un hombre algo pasado de peso. Llevaba puestas, además de ropa normal, una playera de la selección nacional con el nombre del Chicharito en el lomo y, claro, una máscara de El Santo. Además cargaba un cinturón de luchador al hombro. Incluso antes de que empezara a hablar dije para mis adentros: “Pinche payasito de la tele”. En un francés con buen acento aunque atolondrada gramática —lo cual delataba su origen mexicano— explicó quién era El Santo. A ratos hablaba como si El Santo fuera él informándonos cuándo hizo su primera película, entre otros datos similares. De repente, se salía del personaje y hablaba del luchador en tercera persona. No pude saberlo con seguridad porque el susodicho nunca se quitó la máscara. Pero creo haber reconocido en su voz a un conductorcete de cuarta que hace un programa de televisión en una cadena multicultural de Montreal, un programa llamado algo así como Foco latino. Quién sabe. La tortura no duró mucho. El Santo apócrifo se calló y dejó la sala. Finalmente pudimos disfrutar del verdadero Santo. Y, claro, en mi caso, reír de lo lindo.

Hoy, Parábola del moribundo en Durango
Hoy a las seis de la tarde presentaré mi novela Parábola del moribundo en las instalaciones del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Durango. Esto ocurre en el marco del Festival cultural Ricardo Castro. Me acompañarán con sus palabras los escritores Jesús Alvarado y Everardo Ramírez. Si algún amigo lagunero viaja hoy a Durango, me gustaría verlo por acá.

domingo, enero 31, 2010

Una de vampiros



El mejor disfraz que conozco es también el más económico. Consiste en una dentadura de plástico que entra a la dentadura real del ser humano y, tras esa simple instalación, provoca una apariencia perfecta de vampiro. Todos la recordamos, pues antes venía de regalo en ciertos dulces o la echaban en los “bolos” de las piñatas para que los niños prehalloweeneanos nos convirtiéramos en monstruos sin ningún esfuerzo. Supongo que mis lectores se calzaron alguna vez esos horribles dientes en los que destacaban, obviamente, los colmillos de chupasangre, dos picos capaces de transformar cualquier rostro apacible en una cosa horrenda, de película.

¿Por qué una dentadura de plástico es capaz de cambiar radicalmente la apariencia de quien la porta y con ello producir espanto? La respuesta, creo, podemos encontrarla en la leyenda tejida alrededor del vampiro. La literatura, el cine y la gráfica culta y popular se han encargado durante décadas de propagar la imagen monstruosa del vampiro. Su monstruosidad consiste básicamente, según puedo entender, en su aparente no monstruosidad: mientras el vampiro no abra la boca es un caballero elegante, con pelo relamido y capa de poeta decimonónico. Cuando enseña los dientes, empero, de inmediato sale a relucir su naturaleza de terrible succionador nocturno (de yugulares). Ahí se afinca pues la mala fama pública de ese bicho mitad hombre mitad murciélago: un tipo no monstruoso que de golpe, por la sola presencia de dos colmillos, hace temblar al más machito.

Hay otros elementos, claro, que ayudan a reforzar la calaña temible del vampiro: que habite un castillo neblinoso y en penumbra, que pernocte (si per-noctar es pasar la noche, en el caso del vampiro sería per-diurnar, dado que él duerme de día) en un ataúd y que su imagen no sea reflejada por los espejos. Pero es en los colmillos, como digo, donde principalmente radica su capacidad para infundir pavor. Por eso mismo, y a diferencia de otros monstruos fílmicos más elaborados y muchas veces inverosímiles, el vampiro nos persuadía de su maldad con un simple close-up al rostro: los ojos fijos y los dientes ya listos para ser encajados en la piel de víctimas plácidamente recostadas.

La sencillez del monstruo no es un detalle menor en la totalidad de su prestigio. Por ejemplo, dada la modestia de las producciones mexicanas de terror era muy común que los seres del más allá fueran literalmente adefésicos y por lo tanto, también en sentido estricto, increíbles: hombres-lobo con pelos demasiado artificiales en el rostro, momias con vendas de hospital un poco desgarradas, zombis con máscaras de Chácharas y Juguetes, y Frankesteines cuyas molleras planas delataban un uso grotesco del papel maché, todo eso sumado a (d)efectos especiales como truenos producidos con láminas de ducto o vaporcito de discoteca. El desarrollo de los efectos, que apoya en la computadora sus resultados más apreciables, vino a modelar un espectador más exigente, de manera que ahora parecen francamente ridículos los disfraces de aquellos personajes que en lugar de mover a miedo lo hacen a risa. No ocurre lo mismo con el vampiro, y eso se debe, insisto, a la simplicidad de su disfraz: ese traje negro y esos colmillos que pueden ser de plástico, no importa, pues a cierta distancia no se notarán irreales y sí malvados, siempre odontológicamente crueles.

En mi catálogo de vampiros famosos está, claro, el emblemático Bela Lugosi, actor cuyo nombre real ya tenía algo de vampírico (será porque en el nombre Bela Lugosi está oculta una buena parte de la palabra murciélago, incluidas las cinco vocales una sola vez cada una). Yo me quedo, sin embargo, con dos vampiros que hicieron las temblorosas delicias del público mexicano hace muchos años: Germán Robles y Aldo Monti. El primero hizo El vampiro en 1957, película en la que encarnó al conde Karol de Lavud o Duval el vampiro. El rostro flaco y la expresión de hielo que manejaba Robles dejaban fritos a los asistentes, quienes desde entonces recuerdan el big close-up a los ojos del actor; Robles era allí tan convincente que hacía innecesario abrir la toma para ver sus colmillazos.

Por su parte, Monti fue el Drácula de cajón en las películas de Santo. No había mucho qué pedir a los argumentos, pues los puros títulos de cada cinta (como Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre-lobo, 1973) ya anunciaban su registro subinfrasurrealista. Pese a ello, los rasgos y la caracterización del actor italiano (ver foto) avecindado en México fueron suficientes para, con remaches, fijar en la niñez mexicana que, en efecto, Drácula no podía ser sino ese tipo, el mismísimo Aldo Monti que con cara de tanguero a media luz y sobre alfombras que no hacen ruido se quedaba viendo a sus víctimas como un auténtico vampiro antes de clavar sus esmaltados caninos en el cogote de alguna chica bella y enfundada en un taquillero negligé.

Y pensar que toda esa mitología nació del quiróptero, un animalito tan feo y difamado como útil en la naturaleza.

viernes, enero 01, 2010

Cartulina



Misterio en las Bermudas, México, 1977. Dirección: Gilberto Martínez Solares. Reparto: Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Silvia Manrique, Sandra Duarte, Gaynor Kote y Carlos Suárez. Argumento: Rogelio Agrasánchez. Fotografía: Adolfo Martínez Solares. Producción: Producciones Fílmicas Agrasánchez.

viernes, febrero 06, 2009

El verdadero Santo



Por andar opinando sobre Marcial Maciel, un santo que no resultó santo sino sordero de dios y titán de la cachondería ensotanada, torcida e impune, debí guardar hasta hoy un homenaje al verdadero Santo que ayer cumplió 25 años de muerto. Rodolfo Guzmán Huerta, el enmascarado de plata, fue y será el mero mero chipocludo (fino término que debemos a Héctor Lechuga y Chucho Salinas) de la lucha libre mexicana de endenantes e icono instalado en las más altas esferas de la popularidad cinematográfica generada en Churrubusco Films. El fenómeno de su fama ha sido estudiado con gravedad por los más picudos sociólogos, comunicadores, hermeneutas y demás, y en general han sacado en claro que fue un personaje que arraigó en el imaginario mexicano gracias a varios factores: el poder de convocatoria de la lucha libre, la emergencia del cine como fenómeno de masas, el oportunismo de la heroicidad autóctona y la simplonería sublime/ridícula de las historias en las que el encapuchado se batió a muerte contra las fuerzas del Mal, dicho lo anterior con prudencia para no incurrir en involuntarios humorismos.
En efecto, la sopa que hizo del Santo un superhéroe de la mexicaniza combinó elementos irrepetibles. Hasta la sencillez bisilábica y eufónica de su nombre ayudó a fijar el mito, además de que la palabra santo, per se, invoca las virtudes de la bondad y la justicia, lo cual no era de poca importancia en una sociedad ya habituada a padecer todo tipo de ojeteces proveniente del poder kafkiano que nos gobernaba. Las películas (por llamarlas de algún modo) del Santo eran brutalmente maniqueas, delirantes y burdas, pero se impusieron a un público casi virgen en materia de heroísmo bajo en calorías. A la gente le valía gáver que las tramas fueran más surrealistas que un paraguas en la mesa de disecciones; aplaudía, eso sí, que hubiera un cabrón capaz de ponerse a las patadas contra los sansones del crimen. Obviamente, los niños fuimos, como dicen los mercadólogos, el “público meta” de ese luchador social (luchador en sentido estricto y traslaticio), y en primera persona puedo asegurar que ningún héroe de nuestras barriobajeras infancias lograba convencernos, como el Santo, de su indeclinable anhelo de luchar, sin interés, por esa extraña y escasa vaina llamada Justicia.
En una sociedad sin libros, con pocas teles, sin tantas publicaciones impresas como las que ahora tenemos, el cine en el cine era el santuario (santuario deriva de santo) en el que se edificaban las admiraciones más profundas. Así pues, domingo tras domingo (hablo en primera persona) los niños de Gómez nos apersonábamos en la sala del Elba, del Palacio y un poco después del Roma y del Continental para ver las gestas de ese hombre que, en solemnes palabras de Augusto Benedico al final de cada film, luchaba por el bien sin que le importase ningún pago, que daba la cara (es un decir) por los desvalidos para enfrentar a los malos de la película (también sin metáfora), que lograba derrotar a zombies, pleonásticas mujeres-vampiro, cerebros del mal, científicos locos, computadoras-ropero que hacían permanente ruidito de tortillería, maldiciones egipcias, cazadores de cabezas, marcianos que habían llegado ya y llegaron bailando el chachachá, momias de Guanajuato y demás sabandijas expelidas por la mariguanísima imaginación de los guionistas. Ante tamañas amenazas, es lógico que un tipo capaz de hacerles frente se iba a encaramar en los cuernos de la gloria. Tan necesitados estábamos —estamos aún— de esos símbolos de justicia que a los niños no nos importó la basura argumental ni la jodidez escenográfica ni la prehalloweeneana rudimentariedad de los disfraces de Chácharas y Juguetes, sino el alto propósito que movía al Santo: hacer el bien sin mirar a quién.
A 25 años de su muerte, en mi recuerdo veo alejarse el Porsche descapotado que conduce, triunfal y bien chingón, el enmascarado de plata. Lo veo y no puedo evitar que mi corazoncito grite: ¡Sant-to, San-to, San-to!