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sábado, noviembre 04, 2017

Apocalíptico e integrado













No soy de los que en materia de arte se asustan o irritan ante las muestras de exquisitismo con tufo discriminatorio. A ellas respondo con un tranquilo aunque categórico no hay tos, pues para todos hay en el amplio mundo de la producción creativa. Además, el arte, como muchas otras actividades, siempre ha tenido un fleco elitista; fleco chico o grande, pero elitista al fin, y esto se debe simplemente a la capacidad nata de los artistas. Aquéllos que lo son, aquéllos que se inclinaron desde pequeños a la práctica/disfrute del arte, no suelen percibir con estimación las obras que práctica/disfruta la mayoría no dotada. Se sabe, de hecho, que cuando un estilo o una corriente son asimilados por la mayoría, el artista se encamina casi desesperadamente hacia otros rumbos, a otras propuestas.
Otro factor presente en este lío es el de la subjetividad que implica la recepción de toda obra artística. La pregunta es viejísima, y se la han formulado, por la complejidad de su respuesta, los propios filósofos: ¿qué es el arte, qué es lo artístico? Más allá de los parámetros que queramos establecer —proporción, equilibrio, ritmo, profundidad, etcétera—, el arte es misterioso, tanto que hasta las obras consagradas como artísticas e influyentes pueden ser percibidas como malas, facilistas, prescindibles. Baste un ejemplo personal: no admiro la obra de Botero aunque sea muy apreciada y la coticen en millones.
La llamada cultura popular ha mantenido un permanente estado en tensión con la alta cultura. Mientras a la primera no le importa mucho llegar a los museos o a Bellas Artes, a la segunda suele preocuparle que sus espacios sean copados por lo naco. No creo que eso deba ser, necesariamente, un tema de conflicto. Si Juan Gabriel no cantaba en Bellas Artes, no pasaba nada, pues a su disposición tenía mil palenques para desplegar sus canciones.
Lo mismo pasa con las películas del Santo. Si en la Cineteca Nacional no quieren exhibirlas porque su director —el de la Cineteca, no el de las películas— las considera chafas, es un problema menor, y de hecho es un falso problema, ya que el Santo tiene a su merced todas las horas de Galavisión.
Entre los apocalípticos y los integrados de Umberto Eco, me inclino por los segundos. Casi por igual, me gustan mucho los productos artísticos cultos y populares. Lo único que no hago es meterlos en el mismo huacal ni juzgarlos con el mismo rasero.

lunes, agosto 29, 2016

Sobre Juanga sin aspavientos















Disiento amablemente (y parcialmente) de algunos que se han puesto doctorales y descalificatorios a la hora de juzgar: en ese oficio para mí hay tres sujetos metidos hasta el tuétano en el ánimo popular de México: en orden cronológico, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Juan Gabriel, cada uno con al menos treinta composiciones que ya pertenecen al cancionero íntimo de nuestro país. En efecto, las letras de Juan Gabriel no son dechados de calidad literaria, abundan en defectos, pero aun así intentan y logran comunicar algo. Lara y Jiménez, cada cual a su modo y en el plano verbal más dotados, también tienen detalles que en lo estrictamente literario pueden ser cuestionables, pero igual: comunican con gran fuerza sentimientos elementales de, sobre todo, amor y desamor. Lo que no debemos perder de vista es que Juan Gabriel, a diferencia de Lara y Jiménez, fue todo: compositor, arreglista y espléndido cantante, y si a eso agregamos sus ruidosos performances en el escenario y el tiempo mediático que le tocó, ya vemos el resultado.
En cuanto a los defectos, la canción comercial/popular es así, se articula abajo, muchas veces por personas sin instrucción, intuitivas. No podemos pedir que Lara sea López Velarde, que José Alfredo sea Sabines ni que Juanga sea Octavio Paz. Lo digo sin aspavientos: me gusta lo comercial cuando a mi juicio tiene, pese a sus defectos, indescriptibles aires de sinceridad, y eso noto en Juan Gabriel y en muchos otros compositores de vena callejera. Si muy académica y quisquillosamente nos ponemos a buscar defectos a sus piezas, quizá los hallaremos. Pero insisto, cualquier canción popular (bolero, huapango, ranchera, norteña, balada, corrido, son, cumbia…) los tiene:

De la sierra morena,
cielito lindo, vienen bajando
un par de ojitos negros,
cielito lindo, de contrabando.

Veamos rápido: hay abuso de diminutivos y un ripio espeluznante en el bajando/contrabando. Además, el verbo “vienen” debe concordar con “par” y no lo hace. ¿Pero quién se fija en eso? O:

Qué bonitos ojos tienes
debajo de esas dos cejas
qué bonitos ojos tienes.
Ellos me quieren mirar
pero si tú no los dejas
ni siquiera parpadear.

¿Debajo de esas dos cejas? ¿Qué las cejas no son siempre dos y qué debajo no están siempre los ojos? Y si no parpadean, ¿no es precisamente para mantenerse abiertos y mirar? Si nos acercamos a la música popular, siempre encontraremos fealdades como estas o peores, pero no es el caso.
No voy a desgarrarme los trapos ante la muerte de Juan Gabriel, pues “morir es una costumbre que sabe tener la gente”, pero tampoco voy a ponerme pesado y desdeñar su valor en el contexto específico que le cupo en suerte: el de la música sencilla que como mejor prueba de su penetración y de su arraigo termina siendo oída/cantada con la familia y los amigos, es decir, con la gente que uno quiere.

Nota 1: sólo una vez, hace cerca de veinte años, fui a un concierto de Juan Gabriel. Lo ofreció en el estadio Corona de Torreón, hoy extinto, y luego de eso escribí y publiqué una crónica que no sé si conservo y cuyo contenido no recuerdo ni siquiera vagamente. Supongo que me puse rejego, que acudí a la ironía y me hice el desentendido de la emoción. También supongo que eso se debió al momento que corría mi manera de percibir y a que en general me molestaban, y me molestan todavía, los espectáculos con multitudes. Veinte años después estoy en posición de afirmar que lamentablemente no hice esto: disfrutar mejor aquel concierto.

Nota 2: La juangolatría pasa principalmente por la emoción, insisto, no por el frío racionalismo. Ese personaje y sus creaciones gustan no porque sean perfectos, sino porque las vinculamos con el espacio simbólico de lo afectivo. Por eso muchos que son duros, fieros y/o cultos declaran que simpatizan con el paracuarense (no sé si éste sea el gentilicio de Parácuaro, Michoacán) porque les recuerda a su madre, a su familia, a la novia o el novio. Analizar a Juanga con criterios esteticistas lleva necesariamente a la perdición, igual que rechazar a Vivaldi porque no tiene éxito en las carnes asadas, entre caguama y caguama. En fin. No pasa nada si alguien ama u odia al recién ido. En los gustos cabe todo. Como en otras tantas materias, a mí me cuadran los dos. Lo único que hago es consumirlos en espacios diferentes.

lunes, febrero 02, 2009

Primer Festival Vicentino



No sé quién tuvo la brillantísima ocurrencia de llamar al festival cultural de Lerdo como “Lerdantino”. La sufijación creativa (o paragoge, como le llama la retórica) no es un calzón del cuarenta en el que todo cabe. Tiene límites. Si a Cervantes le viene cervantino como a Gómez Palacio gomezpalatino o a Bizancio bizantino o a Jamaica jamaiquino o a Filipinas filipino o a China chino, a Lerdo le queda lerdense, no “lerdantino”. Son esas tonterías que tienen los publicistas puebler(inos), pero bueno, esperemos en Cervantes que no pegue el nombrecito y todo regrese a la normalidad en las tierras donde reinan las nieves de Chepo.
Ahora bien, si cuaja la burrada de llamar lerdantino al festival de la cultura en Lerdo, no me duele la imaginación si bautizo aquí como “vicentino” al festival que ha organizado el ex presidente Fox en las instalaciones de su Centro de estudios cómicos, mágicos y musicales. Aceptado el nuevo nombre, eso quedaría más o menos así: Primer Festival Vicentino del Centro Fox. A tan rimbombante etiqueta le corresponde un elenco de lujo, como el que Fox ya contrató para hacer las delicias del ilustrado y respetable público que sin duda abarrotará este (vamos a llamarlo como es debido según la Academia de la Lengua de Res) “evento”.
El vato con botas (también aceptable bato, con b de asno), como le llaman a Fox los más llevados, se lució de veras con las personalidades artísticas que harán las delicias de chiquillos y grandes. Estarán el divo de Juárez, Juan Gabriel; la ronquita de Sinaloa, Ana Gabriel; el Chopin de los esnobs, Raúl Di Blasio, y Tania Libertad, quien el año pasado estuvo en Lerdo.
“El ex mandatario federal se reservó los detalles de los eventos artísticos que ofrecerá a lo largo del año en la explanada principal del Centro. ‘Son parte de las actividades culturales’”, declaró Fox con notorio orgullo, un orgullo que no le cabe en el 1,90 de estatura.
La comunidad artística mexicana está asimismo un poco triste porque el ex mandatario no pudo conseguir algunas conferencias que eran ansiosamente esperadas. Una de ellas, cuyo tema era el símbolo del laberinto en la filosofía chichimeca, iba a ser dictada por el maestro José Luis Borgues, destacado gastrónomo yucateco; otra más, ésta sobre la antigua poesía calcutense, sería impartida por la doctora Rabina Dra Tagora. Asimismo, el Comandante Fidel Ruz tenía contemplado impartir un curso sobre diplomacia internacional llamado “Cenas y te vas”. Una de las actividades más esperadas era la mesa redonda coordinada por el jurisconsulto Guillermo Pingüín; su título tentativo fue “¿Por qué los mexicanos aceptan los trabajos que ni los negros quieren?”. En fin, al Festival Vicentino no asistirán esas personalidades, pero con Di Blasio y con Juanga los espíritus selectos se han dado ya por muy bien servidos. Un lujo que ni los mexicanos pueden rechazar.
o
Terminal
En nuestra gustada sección “Conductores insolados”, va: hay una costumbre generalmente practicada en exceso durante la temporada de calor; consiste en detener el coche mucho antes del semáforo para aprovechar la sombrita de algún árbol. Yo también lo hago, pero siempre que no haya un solo coche detrás del mío. Para ello uso el retrovisor. Detenerme varios metros antes del semáforo, impedir que otros coches se adelanten un poco más, me parece una vulgaridad de ciudadano chafa. No hay razón que valga, y en casos de amplia fila sólo el azar debe distribuir la sombrita. Más en ciudades como la nuestra, donde algunos semáforos duran cinco segundos en verde y si no avanzamos de inmediato muchos coches hacen esperas innecesarias nomás porque a otro se le ocurre detenerse en la sombrita.