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sábado, julio 11, 2026

Pausa de hidratación


 











Entre libro y libro de literatura y otras yerbas, por estos días metí a la lista de lecturas en trámite un título recientemente conseguido: Cerrado por fútbol (Siglo XXI, 2017, 232 pp.), póstumo de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015). Le traía ganas luego de insumir hace varios años su clásico El futbol a sol y sombra (1995), editado también por Siglo XXI. Los dos forman el corpus de la obra futbolística, por así decirlo, de uno de los escritores más leídos de América Latina, y no sólo se parecen en su tema y su armadura fragmentaria, sino en el enfoque sustancial: ambos celebran el futbol y ambos remarcan la viscosidad de su manejo en las altas esferas dirigenciales de un deporte convertido desde hace décadas en la droga más adictiva de la sociedad del espectáculo.

Como Galeano, muchos acusamos una especie de vaivén al convivir con el futbol: sabemos que su control es poco menos que una mierda, vemos a diario los chanchullos que perpetra la cosa nostra eufemísticamente denominada FIFA, conocemos o al menos intuimos los flecos delictivos de su administración, pero aun así vivimos pendientes de jugadores, equipos, torneos, partidos y resultados como si algo importante nos fuera en ello, incluso con una pasión que no se manifiesta en el consumo de otras golosinas mediáticas o en la puesta en práctica de creencias religiosas o políticas. El futbol como negocio, lo sabemos, es una calamidad espesa de intereses vidriosos, pero con todo y esto le somos leales, miramos a otro lado y seguimos encontrando justificaciones que nos consuelan del vicio incontrolable. Los Mundiales —como el Mundial que en este momento atravesamos— son una oportunidad inmejorable para quienes, porque suponemos tener un mínimo de autocrítica, atestiguamos en estos días nuestra oscilación entre el amor y el odio.

Cerrado por fútbol es un título elocuente, revelador de adicción irreprimible. Se dice que el escritor uruguayo colocaba en la puerta de su casa, durante los torneos mundialistas, el letrero “Cerrado por Mundial”, indicador de asueto. Establecía pues un lapso necesario para ver partidos, para mendigar belleza sobre la cancha. No parece haber tenido muchas esperanzas de éxito con la selección de su país —apodada la “garra charrúa”, una forma distinta de decir futbol con poca técnica y ultradefensivo—, pero su apetito se podía detener, dice, y no sin admiración, por cualquier otro equipo o jugador digno de merecer elogios por la calidad estética de su desempeño. Galeano, entonces, postergaba todo mientras los Mundiales organizados por una mafia orquestaban el suministro de droga en las pantallas.

El libro fue ensamblado luego de la muerte de Galeano. Carlos E. Díaz reunió textos dispersos en revistas, diarios y libros para armar el segundo libro futbolero del también autor de Las venas abiertas de América Latina (1971). Contiene una explicación sobre lo anterior del mismo Díaz, y también una especie de prólogo del periodista deportivo Ezequiel Fernández Moores, quien en alguno de sus párrafos sostiene que la de Galeano por el futbol “era una pasión ‘sin talibanismos’, aunque sí con desesperación por el buen juego”.

Al final de su amplia presentación, Fernández Moores cita a Galeano en un párrafo que transparenta bien la idea general del uruguayo en torno al futbol: “Pero también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, ‘es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad’. Para este libro redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol. Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. ‘¿Qué pasión popular no es objeto de manipulación?’, preguntó a sociólogos, médicos, intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como si la corrupción en el deporte ‘puro y noble’ fuera algo de otro mundo. ‘¿Existe algo que no sea negocio?’, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo Democrático. ‘El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser’. Y pese a todo, seguimos celebrando el fútbol. Porque ‘las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”.

Tras las prefaciones vienen en cadena los textos recuperados de Galeano sobre futbol. Son muchos apuntes breves (algunos brevísimos), una entrevista, el discurso ya mencionado de Copenhague y una tanda como de cuatro ensayos algo más desarrollados. El género que destaca es, por denominarlo de algún modo, el de la estampa: el autor toma una anécdota y la convierte es pequeño relato (de no más de una página cada uno) para mostrar alguna de las innumerables marcas que el futbol deja en la vida privada y pública de jugadores y espectadores, todos (los textos) atravesados por la mirada crítica/conmovida del autor.

No será el libro fundamental de Galeano, pero es atendible por la agudeza del autor al observar las gestas menores y mayores de un deporte cuya grandeza en la práctica es inversamente proporcional a la miseria de sus turbios administradores, de ahí el pendular amor/odio mencionado hace tres o cuatro párrafos. Puede ser leído entonces como “pausa de hidratación” autocrítica mientras se dan los partidos de cierre en el Mundial 2026.

miércoles, abril 30, 2025

Por qué algunos poemas

 








Quizá el único espacio que me queda como lector hedónico es el de la poesía. Todo lo demás, así sea placentero, tiene algo de utilitario, de pragmático: los cuentos para escribir cuentos, las novelas para aprender a escribir novelas, los ensayos para aprender a observar mejor tal o cual asunto, los artículos y las columnas para obtener información. Esto es aproximadamente así, supongo, para quien escribe: que en todo o casi todo lo que lee hay un tufillo a búsqueda de dividendos que van más allá del mero gusto.

La poesía, digo, no presupone en mi caso una necesidad de nada, salvo la de obtener el mayor placer estético posible. Creo incluso que esto debe ser así, aunque también debo suponer que los poetas leen poesía para hacerse de herramientas que les puedan ser útiles a la hora de escribir. Como mi aspiración al leer poesía es casi virginal, leo poemas para encontrar semejanzas con mi propia experiencia de ser humano. En otras palabras, cuando cruzo un poema me agrada hallar en él la sencillez de una vivencia que me roce, un eco de mi propia circunstancia, la sensación de que yo ya lo había intuido y por ello debí escribirlo.

Esto se me ocurrió pensar a propósito de Islas a la deriva (Siglo XXI, México, 1976), libro de José Emilio Pacheco. Como siempre, el azar me deparó algunas piezas que de inmediato establecieron un nexo con mi experiencia. Doy sólo un ejemplo: este poema me trajo a la memoria un viejo recuerdo, aquel en el que me juré jamás sentir aburrimiento ante un juguete amado. Como se lee: de niño me juré no abandonar nunca un juguete. Me lo había comprado mi padre como regalo para la navidad de 1971. Lo usé y lo guardé a diario durante meses, siempre azorado por su funcionamiento y los detalles de su diseño. No sé cuándo ni dónde lo abandoné. El título del poema de JEP es “Los juguetes”, y es breve: “Cuando la infancia pasa / los juguetes se vuelven tristes / Una melancolía sorda aparece / en sus desgarradores ojos de vidrio // Sienten su muerte / Saben que los espera en un desván / su infinito destierro de cadáveres / y con ellos han muerto para siempre / los días del niño // Oso conejo ardilla de un bosque antiguo / hecho ceniza / Ni ahora ni nunca volverán a los brazos / que acompañaron”.

¿Por qué algunos poemas? Porque son, quizá, un espejo de la memoria.

sábado, abril 28, 2018

Dos malicias narrativas en Chernóbil
























Son muchas las virtudes que es posible destacar en Chernóbil (México, 2018, 177 pp.), primera novela de Ileana Olmedo, obra con la que ganó el Premio internacional de narrativa Siglo XXI-UNAM-Colegio de Sinaloa 2017. Entre otras, la habilidad para contar simultáneamente el destino de varios personajes cuyas vidas, unidas al principio, estallan y se disparan hacia realidades completamente distintas, se desperdigan y se convierten en jirones hasta desconfigurar la llamada (sé que de manera conservadora) “célula fundamental de la sociedad”: la familia.
Chernóbil es una ficción articulada en formato de diario personal. Daniela Arenas, fotógrafa de la Ciudad de México, es quien lo escribió durante, al menos, tres décadas, de 1986 a 2016. Decir, empero, que se trata de “un diario personal” es engañoso, pues en realidad se trata de muchos diarios, todos escritos, eso sí, por la misma mano. En el amanecer de la narración, Daniela recibe la noticia de que su hermana Paula se ha suicidado, lo que la obliga a viajar. Al volver a casa, reencuentra los diarios acumulados durante varios años y es allí donde se nos insinúa la estrategia de lectura para este libro: Daniela, quien en el presente narrativo sigue llevando un diario, consigna allí que vagabundea entre las páginas de sus viejos diarios y es por ese medio que accedemos a su mundo y al de su familia. Nosotros somos, por ello, los ojos de Daniela leyendo los antiguos diarios de Daniela.
Turbada por la muerte de su hermana, la autora ficcional de los diarios deja errar la mirada, a saltos, por su propia escritura. Todo comienza en el primer diario, regalo de su padre. La fecha inaugural del registro coincide con la hecatombe de Chernóbil, y a partir de allí, simbólicamente, la catástrofe de la planta nuclear ucraniana avanza tomada de la mano de la catástrofe vivida por la familia Arenas y acotada en los diarios.
Iliana Olmedo tenía dos caminos para adentrarse en el contenido de su escritura, el cronológico y el no cronológico. Suena simple, pero de esta decisión dependía gran parte del efecto que debía producir, y produce, el libro. Quizá para el lector hubiera sido más cómodo seguir una línea uniforme de tiempo, de pasado a presente, pero la autora optó el camino no cronológico. El pespunte entre las páginas de los distintos diarios, justificado, como digo, al principio de la historia, compromete al lector en el armado del rompecabezas y le crea una sensación de incertidumbre y dislocamiento, lo mismo que acaso siente Daniela al deslizar su mirada por el pasado retenido en los volúmenes que ella misma fue colmando de palabras. La historia, por todo, avanza a trancos cortos, de un año a otro, que son como rendijas que se abren y se cierran para que vislumbremos la fragmentación de la familia Arenas constituida por las mencionadas Daniela y Paula, además de Rafael, su hermano, y sus padres Fernando y Patricia. El efecto de la composición entrecortada es el de, si se pudiera decir así, un sutil caos. Los personajes están bien delineados, son inconfundibles en términos de carácter (como en el caso de la madre y su neurosis), pero su andanza por la vida se nos va iluminando con estroboscopio, a marchas y contramarchas. No podía ser de otra manera, pues los diarios de Daniela son ojeados por Daniela, como ya lo señalé, sin un orden preciso, azarosamente, como quien, en la perplejidad del luto, quiere abrazar el sentido de su pasado y el de su familia de un solo vistazo. Este recurso supone, por todo, un lector cómplice, lo que no sería tan necesario si la novela se hubiera ajustado a una cronología convencional, del antes al ahora.
Digno de resaltar en Chernóboil es el estilo. Como en la estructura temporal cronológica o no cronológica, aquí nos enfrentamos a otro dilema: el que siempre nos plantea el narrador en primera persona. ¿Cómo debe hablar (o escribir) un narrador en primera persona? Es común, lo sabemos, que como lectores demos ciertas permisos a este narrador, como que escriba/piense con cierto vuelo lírico, o que reflexione con imágenes literarias y demás, siempre y cuando no se torne inverosímil sobre todo en el plano del léxico. Es un artificio, una convención literaria, y por esto los lectores muchas veces debemos suspender nuestra incredulidad o al menos mitigarla, pues de otra manera el relato no cuajaría. Ileana Olmedo resolvió la disyuntiva entre lo lírico y lo no lírico de una manera harto sensata: si lo que leemos es escritura en un diario, justo era que el estilo se apegara a la sencillez, a la economía de recursos, para que fuera creíble. Y más allá de esto, otra malicia: Chernóbil no tiene un estilo, sino varios, pues entre segmento y segmento de los diarios hay matices, tonalidades, registros que se ciñen a la madurez de quien vacía sus experiencias en los diarios: no es lo mismo, claro, una página de 1986 a otra de 2000 a otra de 2016. Uno siente el cambio, la simplicidad o la agudeza de las observaciones según convenga a la edad de la Daniela que “redacta”.
Por supuesto, muchas otras virtudes fortalecen las páginas de Chernóbil, como su sentido general relacionado con el tema, creo, de la desconfiguración social, de la disolución y de la pérdida simbolizada por el extinto pueblo de Príapiat (colmena de los trabajadores de Chernóbil) y por la familia de Daniela Arenas, principalmente de Fernando, el padre, especialista mexicano en energía nuclear que termina siendo arrasado, pese a la distancia y aunque parezca increíble, por el desastre ucraniano, símbolo del desastre científico. Eso y más contiene la novela, pero basten estas palabras para alentar a que todos seamos pronto sus azorados cómplices.

Nota. Comentario leído el jueves 26 de abril de 2018 ante estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Coahuila, Torreón. Acompañé en la mesa a Iliana Olmedo, la autora, y a Vicente Alfonso, quien presentó junto conmigo. Esta actividad fue organizada por el Instituto de Educación y Cultura de Torreón a través de Ruth Castro, su coordinadora de literatura.