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sábado, octubre 15, 2022

Enésima mirada al periférico


 







Hubo un tiempo en el que el periférico de la comarca lagunera sí le hacía honor a su etimología: “peri”, alrededor, y “phero”, llevar, conducir: lo que lleva o conduce en este caso por el exterior. Cuando fue planeado, en efecto, rodeaba o envolvía a Ciudad Lerdo, Gómez Palacio y Torreón, pero a medida que pasaron los años esta vía terminó siendo desbordada, puesta en crisis por el enorme flujo de vehículos que a diario la recorren. En el camino ha visto remozamientos, apertura de derivaciones, elevación de jorobas y demás, pero en realidad todo esto ha servido como mero paliativo ante el brutal ir y venir no sólo de vehículos con placas de la localidad, sino también foráneos, sobre todo de carga pesada.

Modestia al margen, creo que nadie ha escrito más que yo sobre el periférico. Durante muchos años, cada vez que me tocaba la mala suerte de recorrerlo por cualquier razón, en mi fuero íntimo latía la necesidad de publicar algo, lo que fuera, sobre ese paso de la muerte. Así lo hice, y hasta la fecha ya van seis o siete apuntes sobre el tema, al que ahora se suma éste. Conste que antes mi necesidad de transitar este pasaje era esporádica, pero desde hace varios meses, debido a un cambio de domicilio, se volvió parte de mi rutina. Hoy, cinco veces a la semana lo recorro de ida y vuelta, así que con demasiada frecuencia confirmo mis observaciones del pasado: pobres de los ciudadanos que a diario se juegan el pellejo en esa —como las denominan en el argot burocrático— “vialidad”.

El colapso del periférico se debe, claro, a que ya quedó chico ante el torrente de vehículos que día tras día lo invaden desde los cuatro puntos cardinales. Tiene, como sabemos, dos vías “rápidas”, una de ida y otra de vuelta, de norponiente a suroriente del mapa conurbado. Cada una cuenta con dos carriles, un vado y otros dos carriles laterales. Pero esto es un decir, por supuesto, ya que, como “El chorrito” de Cri-Cri, se hace grande y se hace chico en las diferentes zonas de su extensión. Dos carriles de ida y dos de vuelta equivalen a muy poco frente a tanto tráfico, de ahí que en sus horas pico el avance de vehículos se dé casi a paso de ser humano.

Pero no son, creo, el número de carriles ni la amplitud de cada uno los únicos problemas de esa ruta. En realidad, se trata de un problema complejo, un desafío para la movilidad urbana. En mi práctica de campo como resignado conductor, en mi experiencia in situ, he tratado de entender lo que allí sucede, y es demasiado. Uno de los problemas allí visibles y obvios es, por su diseño original, la falta de más carriles, pero también el alto flujo de unidades que ingresa a la autopista en varios puntos. En la joroba conocida como “El campesino” hay un tapón enorme, casi imposible de disolver en horas conflictivas. Al lado del supermercado Aurrerá, apenas un poco adelante del antiguo DVR, no hay forma civilizada de salir a la lateral o entrar al periférico, y todo tiene que hacerse allí a bayoneta calada, con agallas y habilidad.

El caos, como sabemos, produce choques, y los choques, que a diario ocurren, paralizan o ralentizan el flujo. A esto se suman las malas condiciones de muchos vehículos, que con frecuencia se descomponen a medio camino y obturan un carril, lo que colapsa todo principalmente en horas pico. En resumen, ese periférico no está para manitas de gato, sino para medidas de veras sustanciales. He pensado que quizá podrían añadirle un carril en ciertos puntos, pero no me atrevo a proponer nada. Es, como ya dije, un tramo complejísimo de la región y por ello amerita especialistas. Pero especialistas que busquen una solución profunda, no maquillaje, como siempre.

sábado, mayo 21, 2022

Breve etimología animal*














Siempre he tenido curiosidad por la etimología. No soy especialista, pero a lo largo de mi vida como lector he chapoteado en esa laguna con el mismo gusto de un niño bien dispuesto a divertirse. Etimología viene del griego “etymos”, “verdadero”, y “logos”, en este caso “palabra” o “expresión”; así pues, la etimología de la palabra “etimología” es “expresión o palabra verdadera”. Ahora bien, no nos vayamos con la finta: una cosa es la etimología y otra es la realidad; es decir, aunque etimología significa lo que significa no necesariamente debemos ceñirnos a sus raíces para, hoy, entender algo en sentido estricto. En otras palabras, no hay que incurrir en el error de la “etimologización”, como la llama Luis Fernando Lara, quien da el ejemplo de la palabra “considerar” (etimológicamente “examinar los astros en busca de augurios”, de “con”, “junto”, y “sider”, “astro”), usada ya no para lo que propone su etimología, sino de manera más general: “reflexionar con atención y detenimiento para formar una opinión sobre algo”.

Visto lo anterior, pienso en algunos animales comunes cuya etimología no nos deparara un asombro. Por ejemplo, “perro” es, según el más famoso etimólogo de nuestra lengua, el catalán Jean Corominas, una onomatopeya, es decir, una palabra relacionada con un ruido, en este caso del gruñido “perr-perr”. Como no tiene relación con otras lenguas cercanas como el latín (“canis”), el francés (“chien”), el portugués (“can”) y el vasco “(txacur”), se cree que su origen es prerrománico, o sea, de alguna de las lenguas que se hablaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos.

“Gato” es de origen incierto, quizá afroasiático, y es notable el parecido que guarda esta palabra en varios idiomas: “gat”, “chat”, “cat”, “gatto” y “gato”, respectivamente del catalán, francés, inglés, italiano y portugués.

En cuanto a “caballo”, del latín “caballus”, también tiene una etimología borrosa. Se cree que proviene del céltico o quizá balcánico. Lo cierto es que, dada la importancia y la belleza de este animal, se ha desplegado en un abanico amplio de palabras aledañas: “caballero”, “caballería”, “cabalgadura”, “caballerango”, “caballada”, “caballete”, “caballuno”, “cabalgar”…

Del latín “vacca” tenemos “vaca”, cuya palabra derivada más famosa es “vacuna”, dado que la primera vacuna se desarrolló a partir de una viruela producida por las vacas, acierto científico que le debemos al inglés Edward Jenner.

Las palabras de animales que más me gustan son aquellas que en su misma etimología contienen una especie de descripción. Por ejemplo, “rinoceronte”, que viene de “rinos”, “nariz”, y “ceros”, “cuerno”, es decir, animal que tiene un “cuerno en la nariz”, que es casi como decir “unicornio”. También es curiosa en este sentido la palabra “hipopótamo”, configurada en dos partes: “hippos”, “caballo”, y “potamos”, “río”, es decir, “caballo de río”. Genial es “murciélago”, de “mus” o “mur”, “ratón”, y “caecus”, “ciego”, o sea “ratón ciego”. Por último, ornitorrinco, de “ornis”, “ave” o “pájaro”, y “rinchos”, “pico”, lo que parece un pleonasmo, pues todas las aves tienen pico; lo que observa esta palabra es, al contrario, la condición excepcional de un mamífero con pico, ya que el ornitorrinco es esto.

Sea este breve viaje por la etimología de algunos animales para recordarlos, es decir, para traerlos nuevamente al corazón, que eso significa “recordar” (“re-cordis”, “traer de nuevo al corazón”).

*Artículo publicado en la revista Nomádica.

miércoles, mayo 04, 2022

La mosca de León Guzmán

 









Ya de regreso a La Laguna por la carretera Durango-Gómez Palacio abrí la ventana para liquidar un tramo más del carísimo peaje en la caseta de León Guzmán. Bastaron los veinte o treinta segundos en los que se da el pago del servicio para que entrara una mosca que de inmediato comenzó a cruzar frente a mi cara y la de Maribel. Sin detener la marcha del vehículo, abrí las ventanas hasta que presentí la salida del insecto. Al subir nuevamente las ventanillas, la mosca, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí. Era sin duda una mosca establera, terca y molesta. Fue en ese momento cuando tuve una especie de triste revelación: habíamos llegado a La Laguna, la mosca nos estaba dando la bienvenida.

Amo, jamás lo he dudado, a la región en la que nací y he vivido. No puedo pensarme, por ello, ajeno a su clima, a su polvo, a su sol, a su destino en general. Esto no significa que no vea, como veo a diario, sus numerosas fealdades, sus carencias, la dificultad que tercamente nos impone y nos hace la vida más incómoda. En efecto, la mosca de León Guzmán me llevó a percibir que habíamos llegado a nuestra tierra, que había aparecido una de las muchas calamidades que tiene la vida en La Laguna.

Era la media tarde del domingo, así que pensé en los días previos. Habíamos llegado a Mazatlán un jueves de finales de octubre y allá ni cuenta me di de que no había moscas ni mosquitos al menos en la zona aledaña a la playa donde nos hospedamos. ¿Es el viento marino el que las aleja? ¿Es la salinidad del aire? ¿Es la humedad? ¿Es la temporada del año en la que estuvimos allá? No sé, pero al echar el rollo de película hacia atrás reparé en que esa molestia, la de las moscas y los mosquitos al aire libre, no existió en el recién concluido periplo vacacional. Volví a pensar entonces en una idea que me ronda desde que tengo uso más o menos serio de razón: que vivir en La Laguna tiene muchos pequeños y grandes escollos. No digo nada que no padezca cualquier conglomerado humano, por chico o grande que sea, pero ciertamente cada uno, como yo, habla según le va en la feria.

Vivir en La Laguna nos somete a un paisaje ciertamente desolador en términos de flora y fauna. El verde de los árboles y los arbustos siempre parece casi un gris, por lo terroso, y la larga temporada de calor, de brutal y seco calor, contrasta con los dos meses de frío horrendo. Sólo nos quedan, creo, octubre y noviembre, quizá un poco de diciembre, para gozar de un clima digno para el ser humano. El énfasis del calor y otros factores que desconozco permiten que moscas y mosquitos se ensañen con la vida al aire libre, de manera que prácticamente no podemos tener reuniones fuera de cuatro paredes en las que nos libremos, bien librados, de aquellas insoportables presencias.

En esto pensé mientras luchaba contra la mosca de León Guzmán, que persistía en no salir del auto. Ya habíamos llegado a Torreón cuando noté con claridad que emigró por el lado de mi ventanilla, pero en ese momento vi otra molestia: a dos agentes de tránsito con radar en mano, listos para multar con ánimo menos precautorio que recaudatorio. Tal visión me llevó a pensar en otra incomodidad que no vi en Mazatlán por ningún lado: ni un solo tránsito municipal, pero esta es una reflexión que ya no cabe en los párrafos que aquí terminan, como mi paz en la caseta de León Guzmán.

miércoles, abril 20, 2022

Panorama del mercado mexica

 







Se ha dicho que Hernán Cortés magnificó lo que sus ojos vieron en tierra azteca para elevar así el precio de su aventura conquistadora. Ciertamente esta es una tendencia natural del alma humana: agrandar la dificultad del obstáculo para aumentar el mérito propio, como cuando a una amada se le explica, para lograr sus favores, todo lo complicado que ha sido llegar hasta su puerta con un anillo en la mano. En sus Cartas de relación, Cortés se dirige a Carlos V, lo sabemos, pero en su mentalidad, todavía movida por resabios medievales, ya hay un hombre picado por el apetito de gloria individual, un renacentista que desea la trascendencia de sus obras y su nombre. No es pues exagerado decir que exageró al describir lo que miraba, pero tampoco pudo ser tanto por una razón simple: él sabía que no sería el único informante de la conquista, así que debió cuidarse y describir la realidad, en muchos casos, lo más ceñidamente posible a un criterio fotográfico.

No han sido pocas las veces en las que he señalado mi permanente asombro ante el asombro del extremeño frente al mercado mexica. Creo en las palabras de Cortés porque desde entonces hasta la fecha el Valle de México es un espacio que concentra servicios y mercaderías sin fin, todas las que produjo y produce desde siempre nuestro país y ahora más, pues debemos tomar en cuenta la interacción comercial de todo el globo. El capitán español, lo imagino, recorrió el espacio del mercado aborigen con preguntas en ristre, y al primer momento de sosiego, antes de que se traspapelara en su memoria, escribió sobre lo visto y oído. De este modo dejó a la posteridad un mural como los de Rivera: exuberantes en detalles, celosos del pormenor. “Tiene esta cibdad muchas plazas donde hay contino mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la plaza de la cibdad de Salamanca toda cercada de portales alderredor donde hay cotidianamente arriba de sesenta mill ánimas comprando y vendiendo, donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan ansí de mantenimientos como de vestidos, joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Tres figuras retóricas destacan en esta primera cita: para que el destinatario europeo se dé una noción de lo que describe a partir de algo conocido, usa la comparación: “como dos veces la cibdad de Salamanca”; la hipérbole, que de un plumazo da la idea de totalidad: “hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan”, y la enumeración, que se enseñorea en esta parte de la crónica para tratar de abrazar cabalmente lo que observa: “joyas de oro y de plata y de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles, de plumas”.

Al caminar un poco más por el mercado, la enumeración como tropo desplaza a la comparación y la hipérbole, y se convierte en un recurso indispensable de su pluma: “Véndese cal, piedra labrada y por labrar, adobes, ladrillo, madera labrada y por labrar de diversas maneras. Hay calle de caza donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra, así como gallinas, perdices, codornices, lavancos, dorales, zarcetas, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuela, papagayos, buharros, águilas, falcones, gavilanes y cernícalos. Y de algunas destas aves de rapiña venden los cueros con su pluma y cabezas y pico y uñas. Venden conejos, liebres, venados y perros pequeños que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios donde hay todas las raíces y hierbas medecinales que en la tierra se hallan. Hay casas como de boticarios donde se venden las medecinas hechas, ansí potables como ungüentos y emplastos”.

La enumeración es, claro, más amplia, y cuando Cortés ya no da más, vuelve a la hipérbole con flecos de síntesis: “Finalmente, que en los dichos mercados se venden todas las cosas cuantas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho son tantas y de tantas calidades que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria y aun por no saber poner los nombres no las expreso”.

Como se puede apreciar, nuestra tierra, en/por sus mercados, fue siempre una cornucopia; para Cortés y para quien la haya mirado desde hace 500 años a la fecha.

sábado, abril 02, 2022

Azares de la vecindad

 








No sé, pero supongo que el espíritu de vecindario sólo sobrevive hoy en las colonias populares. Al hablar de ese espíritu me refiero al ambiente que privaba en los antiguos barrios en los que todos nos conocíamos, jugábamos a los mismos juegos e incluso asistíamos a las mismas escuelas. Los padres de entonces salían a trabajar y tanto las madres como los hijos entretejían lazos buenos o malos, pero reales, “presenciales”, en todo el vecindario.

Tal modelo de relación quedó hecho trizas en los años recientes por motivos que aquí apenas alcanzo a sobrevolar: por la inseguridad que provoca desconfianza y miedo al exterior, por la salida de la madre del entorno hogareño tanto para ganar dinero como para desarrollarse en tareas profesionales y, por último, debido a la aparición de internet que trajo aparejados modos de comunicación/distracción ajenos a la cercanía física. Sospecho pues que sólo en las colonias populares, como dije, sobrevive el tipo de relaciones comunitarias que conocí en mi niñez, pero ya ni de esto estoy seguro.

Con el crecimiento de las ciudades se fueron creando áreas de radicación en las periferias, muchas de ellos llamadas, con obviedad, “cerradas”. Cuando comenzaron a nacer y multiplicarse, calculo que hace más o menos 20 o 25 años, pensé que en ellas se abría de nuevo la posibilidad de interactuar comunitariamente, pero no pude probarlo en la práctica, in situ, porque jamás viví en una ínsula de esa especie. Fue hasta hace un año cuando luego de algunas carambolas de la vida caí a vivir en una cerrada de, digamos, clase media tirándole a baja. Es ordenada, tiene algunos servicios pagados por la colectividad (como el cuidado del parque y la caseta) y en general es llevadero vivir encapsulado en su barda perimetral. Aquí sí pude comprobar que la interacción del vecindario también es mínima, casi nula. En el modelo gringo, y salvo por el caso de algunos jóvenes de entre 13 y 17 años que sí conviven entre ellos, veo que nadie tiene inquietud por inmiscuirse en nada ajeno, y todos los residentes vivimos recluidos bajo nuestros techos, indiferentes cabalmente al ambiente exterior.

Es claro ahora sí, para mí, que el modelo de vinculación comunitaria, antes característica de los barrios del centro, ha desaparecido casi por completo en la periferia de las nuevas colonias. Las fiestas, los chismes, los velorios e incluso los pleitos otrora definitivos del ambiente barrial han pasado a ser mito de película con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón dirigidos por Ismael Rodríguez. Lo que parece no haber cambiado son ciertos hábitos de vecino nefasto. No están, por suerte, tan generalizados, pero afloraran aquí y allá como molestias que pudieran ser evitadas a fuerza de actuar con un poco más de tacto.

Como dije arriba, hay un parque, y a su alrededor tiene cerca de treinta casas. Todos los residentes estacionan sus vehículos en sus cocheras techadas, aunque de vez en cuando, sobre todo cuando reciben visitas, usan la circunferencia del parque para detener allí sus autos. Hasta aquí todo bien. Lo malo es que dos inquilinos han dejado dos autos estacionados por meses o años como si aquello fuera un yonke, y no hay poder humano que los obligue a eliminar sus chatarras. ¿Qué hay en la cabeza de alguien que decide invadir así un espacio público? No sé, pero es evidente que no precisamente sesos.

Otra calamidad frecuente es la basura. También en este ítem es mayoritario el número de los vecinos que a diario o casi a diario limpian sus cocheras y tratan de mantener a raya la fealdad de la mugre que, como sabemos, es casi inevitable en La Laguna por la frecuencia de las tolvaneras y porque jamás hemos tenido mucha vocación por la limpieza. No faltan, sin embargo, como en cualquier lugar, los vecinos que parecen regodearse en el desaseo, esos que sacan la basura despatarrada cada dos meses, que atesoran objetos inservibles junto a sus fachadas y jamás pasan la escoba por su pedazo de exterior.

Un último rasgo de la vecindad tóxica es la música estentórea. Por suerte, tampoco es reiterada, pero cuando se manifiesta es espantosa. Llamar música a esa música es, claro, una concesión, pues se trata comúnmente de tamborazos y berridos cuya vulgaridad impide vislumbrar que allí se manifiesta alguna forma del arte. Lo mismo pasa con la plaga llamada reguetón y otros ritmos parecidos, casi todos obsesionados por el deseo de que alguna chica mueva el culo.

En suma, ser vecino nunca ha sido tan difícil. Todo es cuestión de meter en nuestros actos una pizca, aunque sea una pizca, de consideración por los demás.

sábado, julio 31, 2021

Miradas desde el dron

 







¿Es posible alcanzar la perfección en un organismo social? ¿Los seres humanos tenemos capacidad para construir un entorno en el que todo funcione como el engranaje de un reloj? Creo que no, que allí donde el homo sapiens se conglomere para desarrollar su vida indefectiblemente habrá conflictos, fealdades, turbulencias y sobre todo reglas y restricciones de toda índole, así que el ideal de perfección quedará en eso, en puro, en inalcanzable ideal. Hay algunas sociedades, sin embargo, que al menos a lo lejos dan la impresión de configurar estructuras en las que todo es armonía, paz, bienestar, equilibrio total entre las apetencias del individuo y las normas de la sociedad que rigen el comportamiento del enjambre humano.

Las ideas del párrafo precedente me las sugirió un documental pescado en YouTube; su título es “Japón desde el aire”, y es espléndido pese a su sencilla producción. Ahora que está de moda usar drones para todo, en muchas películas y documentales vemos con frecuencia tomas áreas o en movimiento de ascenso/descenso que hasta el momento no han dejado de impresionar por lo novedoso que resultan las perspectivas de “picado” en secuencias continuas, sin intercortes, del tipo que en el lenguaje técnico del cine es denominado “plano secuencia”.

En el documental susodicho, unas cortinillas con un mapa de Japón ilustran a qué ciudad nos desplazaremos para admirarla desde el aire. Lo que vemos en seguida es Tokio, Nagoya, Kyoto, Sapporo, Yokohama y demás urbes importantes desde el aire, nunca a ras de suelo, sin acercamientos al detalle de las edificaciones, las personas o los autos. Lo impresionante es la idea de perfección que insinúa cada toma. Los impecables edificios modernos y la urbanización sin tacha, con vialidades sin un bache o un embotellamiento, conviven con templos y jardines antiquísimos que dan la impresión de irrealidad, de maqueta. Las áreas verdes, como las llamamos acá, allá no son sólo verdes, sino tupidamente arbóreas y se pintan con matices ocres, anaranjados, púrpuras y marrones que dan a cada toma un aspecto de pintura al óleo. En suma: Japón desde el aire, al menos en el documental que vi, parece una sociedad que ha alcanzado una impecabilidad sin fe de erratas, para decirlo con una expresión lopezvelardeana. Por supuesto, debo suponer que allá no todo es perfecto, que seguramente habrá incontables escondrijos malolientes y atestados de peligro, aunque en el documental no sea posible visibilizarlos.

Al recorrer como ave las calles y los parques nipones no pude no contrastar con mi entorno lo que admiré gracias a los drones del documental. Sé que un factor imprescindible para lograr aquel conato de perfección está en el poder económico y en la adecuada distribución de la riqueza, pero también, claro, en la cultura, otro factor muy frecuentemente determinado por el ingreso per cápita y la calidad de vida. No digo nada nuevo al afirmar que un dron, por ejemplo, en La Laguna, nos dejará apreciar urbes enclavadas en el amarillo de la estepa, pocos edificios altos y muchas casas irregulares y sembradas algo caóticamente en fraccionamientos que han aparecido aquí y allá un tanto bajo el gobierno del gobierno y otro tanto bajo el gobierno del azar. Veremos asimismo, desde ese hipotético dron, áreas verdes sin color verde, carreteras que acusan esguinces, baches, bordos y bordes imprevisibles, fábricas metidas en espacios residenciales, el pecho de un río sin agua, barrios desmedrados y algunas pocas zonas habitacionales cerradas e inequívocamente dignas en su privilegiado interior.

Sé, como digo, que en muchos casos la sana economía y la equidad determinan un desarrollo urbanístico útil y bello, pero también ayudaría una mejora de la educación que necesitamos para colaborar como ciudadanos al menos tratando de no estropear lo ya construido, lo ya avanzado. Sin perder la esencia de lo que somos, siempre podemos edificar mejores entornos. El comienzo podría estar, por ejemplo, en no tirar basura, pero a veces ni esto, que es elemental, se cumple entre nosotros.

miércoles, junio 09, 2021

Mar de excesos

 












Durante muchos miles de años los parientes más cercanos de los seres humanos, y tras la evolución el mismísimo homo sapiens, se alimentaron directamente de la naturaleza. Lo que ésta producía en términos de frutos y carne animal era tomado por el hombre como sustento de su vida. No fue sino hasta muchísimos siglos después cuando los ingredientes del medio natural fueron procesados, combinados y resguardados en recipientes desechables con el fin de servir como alimento. Tenemos, pues, apenas una pizca de tiempo en la historia de la humanidad en convivencia con vidrios, papeles, metales y plásticos como habitáculos de lo que comemos.

En el mercado actual, los recipientes han pasado a ser más que eso. De hecho, quizá la parte más importante de su valor no está en el servicio que prestan, sino en la capacidad que han adquirido para seducir al comprador. Gracias a su diseño y su practicidad, todos los depósitos y envoltorios son la primera cara que observan los consumidores, de ahí el esfuerzo de los mercadólogos por hallar nombres atractivos para los productos y descubrir materiales adecuados y vistosos para cada artículo. Los líquidos han encontrado el vidrio, el metal y el plástico, tres posiblidades para imprimir colorido a los exteriores y ser un resguardo sumamente efectivo contra los derrames y la caducidad corta. Y así todo: el papel para las galletas y los cigarrillos; el plástico para los embutidos, y miles y miles de productos más.

La posibilidad de contar con un recipiente de uso único abrió cancha al añadido de mensajes en la fachada de cada artículo. Encontrar información en cada uno de esos objetos se convirtió en una realidad tan evidente que con el tiempo fue marginado por la mirada del consumidor. Aunque habrá alguno que otro lector asiduo de etiquetas, lo habitual es que no reparemos en ellas y olímpicamente las pasemos de largo, pues a nadie le interesa saber en qué lugar fabrican algo, cuál es su dirección web, si tiene o no código QR, cuándo fue fundada la empresa y un largo etcétera que incluye ingredientes y fecha de caducidad.

Por esta costumbre ya bien socializada de no leer información en las carátulas de los productos —y por razones aún más pesadas de salud pública, obviamente—, surgió la iniciativa oficial de imprimir plastas hexagonales negras con advertencias para el consumidor, todas encabezadas por la palabra “exceso”: de grasas saturadas, de grasas trans, de sodio, de azúcares, de calorías, además de otras rectangulares con las leyendas “contiene cafeína, evitar en niños” y “contiene edulcorantes, no recomendable en niños”. Así, de golpe comenzaron a aparecer en el súper y en las tienditas los productos comunes ahora aderezados con el hexágono delator. La medida nos hizo ver de manera casi escandalosa la calidad de la mugre que metemos al cuerpo, aunque la cantidad de tales porquerías quedara todavía a oscuras. Sea como sea, ahora resulta imposible no leer, y leemos.

Uno de los rasgos de la comunicación es el desgaste semántico de los mensajes reiterados. Así como, debido a su ubicuidad, logramos abstraer las noticias sobre asesinatos en el mundo del narco, la mente del consumidor poco a poco, hoy, va invisibilizando los hexágonos negros, tal y como también procedieron los fumadores aunque al principio se alarmaran con las imágenes de ratas y manos de leproso en cada cajetilla. Sospecho, en suma, que no bastarán las advertencias sobre la etiqueta para mitigar los altos índices de obesidad, hipertensión y diabetes del pueblo mexicano. La lucha contra esos males debe pasar por allí, ciertamente, pero también por un énfasis en la educación de los consumidores y mayores presiones a los fabricantes para moderar los excesos que, por desgracia, se han vuelto adictivos, parte ya de la pavorosa dieta nacional.

miércoles, julio 29, 2020

Adictos a las bolsas














Narro una escena recurrente de mi infancia: cada dos o tres días mi madre pedía a alguno de sus muchos hijos que sacara la basura. Como los hijos suelen ser flojos, a menudo mi madre se veía forzada a gritar cuando la campana del camión recolector ya se oía cerca. En ese instante alguno de mis hermanos o yo corríamos al patio, agarrábamos el bote o los botes de la basura para luego salir de casa y colocarnos en la acera. Era allí donde uno de los trabajadores de recolección tomaba nuestro recipiente, lo empinaba en el contenedor del camión y al final nos entregaba el bote o lo arrojaba al suelo con tosquedad.
Supongo que eso dejó de ocurrir en los ochenta, década en la que ya no hubo tienda, supermercado o almacén que no diera bolsas de plástico. En muy pocos años, pues, las bolsas del súper y de todo tipo de negocio se hicieron indispensables no sólo a la hora de empacar los productos del mandado, sino, más allá, para envolver el lonche de la escuela, para guardar ropa sucia, para que no endurezca el pan y, principalmente, para almacenar la basura. Ahora, tras prohibir a los negocios la entrega de bolsas plásticas, parece que en casa se nos vendrá encima un problema. ¿Cómo y con qué vamos a sustituir las bolsas del súper?
Durante cientos de años la humanidad vivió sin ellas, así que no se trata de una catástrofe. Aunque lo más fácil es amontonar la basura en bolsas y luego dejarlas fuera de casa hasta que pase el camión y se las lleve, quiero suponer que, cuando sea posible, muchas familias volverán al bote de metal para almacenar sus desperdicios. Dado que todos producimos basura, cuidar un bote no es tan fácil para quienes, por ejemplo, salen muy temprano a trabajar y su horario no coincide con el del camión recolector. En estos casos se debe buscar alguna solución distinta, como ubicar algún contenedor fijo.
El problema en este caso se dará para —imaginemos— quienes salen temprano a su trabajo desde un tercer o cuarto piso. Si hasta ahora han usado un contenedor colectivo y antes de cerrar su puerta tomaban las bolsas con basura y las dejaban en el sitio pertinente, ¿qué pasará si hoy almacenan su basura en bote? Forzosamente deben modificar sus horarios, cargar el bote, tirar los desechos y volver con el recipiente a casa. Esto, aunque latoso, parece viable, y sería como volver al pasado. Pero hay otro problema: dada la cantidad y la calidad de la basura actual, dejarla en un contenedor sin bolsas trae consigo que quede totalmente expuesta, lo que agudiza la multiplicación de insectos y demás fauna. Obsesivos de la comodidad cueste lo que cueste en términos ambientales, para nadie será un problema sencillo de resolver dentro de la actual dinámica de vida.
Sé que la medida oficial de eliminar las bolsas de las tiendas tiene otras repercusiones, como el golpe que da a las empresas dedicadas a la venta de este tipo de consumibles plásticos, pero es indiscutible que habíamos llegado al colmo de la adicción por este tipo de objetos contaminantes; tanto es así que algunas personas parecían ir al súper no a comprar la despensa, sino a que les dieran muchas bolsas para lo que se fuera ofreciendo en la semana.
Sigue ahora, pues, encontrar salidas a la prohibición de las bolsas y buscar algo quizá más importante: ver qué hacemos con los miles y miles de envases plásticos vinculados con nuestras destructivas vidas. La lucha por el rechazo o el uso responsable de los polietilenos apenas ha comenzado.

sábado, febrero 29, 2020

Transporte mega















El 30 de octubre de 2019 me llamó la atención que este tema ocupara el editorial de La Jornada: “Doble remolque, peligro inacepable”. En principio, sentí que tal asunto no revestía la importancia necesaria para figurar en un sitio del diario que suele reservarse a los más grandes problemas nacionales e internacionales, pero luego de leer advertí que, aunque suene raro, el transporte con doble remolque es una presencia incómoda y muy peligrosa en la vida de los mexicanos.
En síntesis, la opinión del diario capitalino se resume en lo que cito: “los denominados fulles suponen un grave peligro, no sólo para sus conductores, sino para todos los usuarios de carreteras, autopistas e incluso vías urbanas. Pese a representar apenas 0.1 por ciento del parque vehicular a nivel nacional, en 2017 fueron causantes de 14.1 por ciento de las víctimas de accidentes carreteros. (…) Los riesgos que supone la circulación de vehículos biarticulados se ven potenciados por la laxitud de las regulaciones mexicanas en la materia: mientras Alemania, Bélgica, España, Finlandia, Italia y Suiza imponen un límite de 43 toneladas con extensión máxima de 20 metros, y Canadá establece el tope en 50 toneladas de carga en vehículos de no más de 25 metros de longitud, las alrededor de 48 mil unidades de doble remolque que circulan en México se vuelven literalmente inmanejables al rebasar 70 toneladas de carga y acumular 32.5 metros de largo”.
Así los números, el transporte “biarticulado” es, en efecto, tan grande como peligroso, pues a sus ya de por sí brutales dimensiones hay que sumar dos factores más o menos evidentes en relación con las condiciones en las que opera: por un lado, el siempre defectuoso sistema de carreteras mexicano y, por el otro, las condiciones en las que suelen trabajar muchos choferes sometidos en su mayoría a salarios rabones y exigencias cronométricas que les exigen trajinar horas extras, lo que, sabemos, implica problemas de sueño y atención que en alguna medida pueden ser paliados con sustancias de cualquier manera nada seguras y hasta contraproducentes.
El problema generado por tales monstruos de la carretera es visible en todo el país, y La Laguna no escapa a su nefastez. Aquí y allá, por todos lados salen al paso esas cajas gigantes cuyo contenido ignoramos, lo que a los conductores de vehículos más pequeños exige permanentes maniobras de evasión cuyo fin es esquivar colisiones fatales. El conductor común y corriente, por ello, debe ser quien más debe cuidarse, pues al final de cuentas resulta infinitamente más vulnerable ante los pesos pesados del camino que un día sí y otro también se mueven con casi indestructible imprudencia en la telaraña de nuestras carreteras.
La razón por la que todavía no desaparecen los transportes con “doble semiremolque” (la erre huérfana es un error ortográfico habitual en la parte trasera de esos camiones) se relaciona, obvio, con el factor económico: el truco consiste en que una sola unidad jala dos camiones a la vez, lo que genera mayores márgenes de ganancia para las compañías de fletes. Pero más allá de tal conveniencia, el imperativo es la seguridad de los conductores y sus familias, no un negocio indefectiblemente riesgoso.
Así pues, el problema es grave y nacional, de ahí el juego de vencidas entre las compañías fleteras y el gobierno federal. Tarde o temprano, la normatividad del ramo deberá prohibir que esas máquinas asesinas deambulen por el país. De no hacerlo, el porcentaje de percances con alto costo de vidas seguirá siendo elevado, mayor incluso al 14.1 por ciento mencionado párrafos arriba.

Nota: Texto publicado originalmente en la revista Nomádica.

sábado, septiembre 21, 2019

Todos descubridores












En su biografía sobre Magallanes, Stefan Zweig señaló con asombro que viajar en el tiempo de los grandes descubrimientos era casi una aventura al centro de la nada. El prolífico escritor austriaco se suicidó en 1942, cuando ya los viajes eran seguros gracias a la tecnología del transporte y al desarrollo de los medios de comunicación. Pero antes, hace 500 años, emprender un recorrido por el mundo era renunciar a la familia y al terruño porque luego de la partida se anulaba toda comunicación, y sólo el regreso confirmaba el éxito de los periplos. Viajar es hoy, como nunca, una aventura poco aventurada, pues en general, gracias al celular, no nos desprendemos ni un momento de quienes nos ven partir.

Veo pues lo que ocurre en esta época, oigo que todos mis alumnos tienen experiencias foráneas a veces lejanas, y contrasto sus vivencias con las que se le alcanzaban a mi generación. Cuando estuve en la secundaria y la prepa, incluso en la carrera —periodos de supuesta rebeldía—, no recuerdo a nadie con el apetito de quemar sus naves y largarse a ver qué sucedía más allá de los cerros pelones laguneros. El mundo era esto y lo que nos comunicaban la televisión, los periódicos y el cine, el inglés lo farfullaba una inmensa minoría de la población y casi todos aceptábamos, sin tragedia mediante, nuestro destino de seres atornillados al lugar que nos había visto nacer.

Ahora, sobrados de apetitos y confianza, los jóvenes quieren viajar, conocer, salir temporal o definitivamente del pedazo de mundo que les cupo en suerte como cuna. Es lógico. Llegados a la vida con un celular (y no una torta) bajo el brazo, se les despierta el apetito de lo lejano, hacen “amigos” en las redes y se entrenan en el conocimiento de aplicaciones para hoteles y transportes, además de que la mayoría no teme al inglés, lengua del turismo actual.

Apenas una o dos generaciones antes, como digo, no era tan así. Yo, por ejemplo, hice mi primer viaje verdaderamente largo a los 40 años, y sé que Monsi, editor de la revista Nomádica, ha recorrido mucho mundo a una edad en la que viajar ya no es tan habitual. Nos rozó a destiempo, digamos, el impulso viajero de la juventud presente, y hemos hecho lo que de jóvenes quizá jamás imaginamos.

Hace poco recordé en un texto que en la secundaria realicé un “viaje de estudios” desde Ciudad Lerdo a Veracruz. Entre otros detalles, en la crónica mencioné que nuestros padres nos despidieron en la puerta del camión y no supieron de nosotros sino hasta una semana después, cuando volvimos. Quiero suponer que el profe Gámez, quien nos llevó, llamaba al teléfono fijo de la dirección escolar y a ese mismo teléfono llamaban nuestros familiares para saber cómo y dónde estábamos, pero no estoy seguro. Más bien creo, al menos en mi caso concreto, que entre mis padres y yo se abrió un paréntesis lleno de silencio mientras duró el viaje, y sólo respiraron tranquilos cuando me vieron entrar de nuevo a casa.

En contraste, mis dos hijas menores viajaron por primera vez solas hace poco. Una tiene 18 y otra 16, y sin que yo supiera que existía eso, me conectaron a una herramienta de Whatsapp que en tiempo real da seguimiento a la trayectoria de los viajes. Así, vi los graduales avances en el camino de mis hijas, y cuando lo sentí prudente les escribí o les llamé. Con tales instrumentos, es ahora imposible no animarse a ahorrar y viajar y abrir las puertas a la totalidad del mundo. El celular lo cambió todo. Ahora todos queremos ser descubridores.

miércoles, julio 31, 2019

Su majestad la selfie
















Lo grande y lo pequeño, lo importante y lo banal, todo encanece. En principio, lo más evidente en relación a la obsolescencia es lo que se vincula con la tecnología: notamos de inmediato, por ejemplo, el cambio en una televisión o en un celular; basta verlos, sin tocarlos siquiera, para saber que son viejos o nuevos, descontinuados o actuales. Lo mismo pasa con los coches y la moda: no es necesario ser expertos para advertir que ya caducaron o están al último grito.
Hay bienes y servicios en los que es menos evidente el cambio, pero es suficiente estar un poco entrado en años para comparar el antes y el ahora. Pienso por caso en el ejercicio físico y todo “el cambio de paradigma” (así suele decirse) que conlleva. En el caso del antes, claro que se hacía ejercicio, la gente (sobre todo los hombres) jugaba beisbol, futbol, basquetbol, nadaba, andaba en bicicleta, corría…, pero estas prácticas tenían mucho más que ver con lo lúdico, con el esparcimiento, que con la salud; se siguen ejerciendo, por supuesto, e igual son asumidas como divertimento apto para la convivencia y el relajo, pero poco a poco han sido suplidas por la práctica de algún deporte como salvaguarda de la salud y en muchos casos como medio para alcanzar una mejor apariencia.
Debajo de la ejecución de algún deporte para favorecer la salud y la apariencia está una gigantesca operación del mercado y los medios. Para modificar conductas globales es necesario que la información y las nuevas tecnologías entronquen en una misma o al menos en parecida dirección. Así, los smartphones, por ejemplo, abrieron la cancha a las redes sociales, y las redes sociales posibilitaron que la vida privada se distendiera hasta convertirse en vida pública; esto permitió que todos pudiéramos exhibirnos en público (como los artistas y las modelos, toda proporción guardada), de modo que el culto a la apariencia personal se convirtió de golpe en una prioridad generalizada. La aplicación llamada Instagram, en la que casi solamente importa la imagen del usuario, es el altar en el que deriva la convicción de cada individuo por “verse bien”, por lucir lo mejor posible.
A este deseo por esculpirse se le ha emparejado un cúmulo de bienes y servicios cuyo valor en el mercado es hoy incalculable. Para verse bien no es suficiente un celular con buena cámara. También es fundamental comer sanamente (esto suele ser también más caro), comprar ropa buena y variada, tomar mucha agua y hacer ejercicio de preferencia en un gimnasio, ahora llamado “gym”. El auge de la cultura fitness trajo consigo, a su vez, un desarrollo impresionante de la ropa deportiva y de los suplementos alimenticios. Dos o tres décadas antes, los gimnasios eran negocios de barrio que sólo concernían a compas con alma de luchador o boxeador, y no mujeres. La idea era ponerse como Pedro Infante y quizá lucir un tatuaje de anclita o de Guadalupana. El agua no era vendida en botellas y se sudaban playeras, pantaloneras y tenis sin marca visible, de diseño ordinario y materiales convencionales. Hoy no es así: los gyms son pasarelas de esculturas masculinas y femeninas con ropa deportiva de marca cara, con Bonafont en mano y comida y suplementos vigilados. Además, como ha sido necesario añadir ayudas externas, los cirujanos plásticos viven su época de oro, todo con el fin de que la imagen individual en Instagram no vaya a defraudar.
Entre el consumismo y el individualismo (los dos “ismos” más importantes de esta hora), las redes sociales son evidencia de transformaciones muy claras y otras no tanto. En la práctica autoimpuesta del deporte todo cambió, hasta la manera de beber agua y después sudarla.

sábado, julio 06, 2019

Nenes apantallados













La escena es cada vez más frecuente: en cualquier sitio podemos encontrar a un padre o a una madre ocupados y al lado, no lejos, un hijo con la vista fija en películas o juegos de video. El caso es recurrente, como digo, en padres que deben cargar con sus hijos al trabajo o en madres sin servicio de guardería, pero no es el único: muchos padres y madres con posibilidades económicas evitan atender a sus pequeños mediante la compra de un celular o una tableta sin restricciones de uso, como se puede ver, por ejemplo, en los consultorios médicos o en los aeropuertos.
Cuento dos ejemplos de esta tragedia. Hace poco tiempo estuve en México con mi hija mayor, y en un desplazamiento a la Cineteca tomamos el metro. Entre los incontables negocios del subterráneo, nos topamos con uno minúsculo dedicado a la venta de artilugios electrónicos. Yo necesitaba unos audífonos con sistema de “manos libres” y nos detuvimos a preguntar. El negocio, como digo, era mínimo: una caja de madera de metro y medio de ancho y metro y medio de fondo. La joven que atendía estaba detrás de la cubierta que exhibía los productos. Como quedé de lado, pude ver que a los pies de la joven estaba una cobija doblada en cuatro, y sobre ella, dormido, un niño como de dos o tres años. En la manita flácida del nene, al lado de su cara morena y rebosante de sueño, una tableta dejaba ver cierto juego de video inmóvil. Deduje sin dificultad que el niño se había quedado dormido en medio del juego, oculto en la covacha que le hacía el negocio atendido por su joven madre. Al irnos de allí, no pude evitar un diálogo, creo desgarrador, con mi hija: ¿cuántas horas debe pasar el pequeño en ese espacio? ¿Quién lo educa? ¿Cómo se divierte? ¿Qué come?, tales fueron las preguntas que nos hicimos. Las respuestas deprimen. Conjeturamos que el único divertimento del niño era la inevitable tableta, y que su madre, dadas las desconocidas circunstancias de su vida, debía cargar con él las ocho o nueve o diez horas de su jornada en el cubículo, de suerte que allí la tableta con juegos de video fungía como niñera. Una tragedia, en suma.
Pocas semanas después recordé la escena del metro en una “miscelánea” —así les llamamos a las tienditas de barrio cada vez más escasas debido al éxito de las llamadas “tiendas de conveniencia”— de La Laguna. Un padre también joven me despachó un producto y al mismo tiempo hablaba con su hijo de tres o cuatro años. El pequeño deambulaba en los recovecos de la tienda, inquieto, y su padre permanecía con un ojo al cliente y otro al garabato. En una oportunidad, le gritó: “¡Ven, ya te puse eso!” Como apuntó con el dedo a sus espaldas, pude ver que “eso” era una tableta conectada a la electricidad, ya con una caricatura lista para comenzar. El niño corrió al lugar y de inmediato, con total seguridad, tomó el aparato y lo echó a andar con un dedazo en la pantalla touch. Pensé lo mismo: ¿cuántas horas del día pasa ese niño en la misma desventura?
No sé si tenga alguna solución esto que me parece, repito, una tragedia que condena a los niños a un aprendizaje vacuo en una época de sus vidas cuya circunstancia debería ser más estimulante. Es difícil, claro, pues sabemos que las jornadas de trabajo y ciertas condiciones laborales —y no pocas veces la indiferencia— de muchas padres han provocado la salida fácil de acercar a los hijos herramientas electrónicas de entretenimiento y evasión. Lo cierto es que se trata de un peligro; para no darle muchas vueltas, es de una forma de achatarles la vida mientras parece que se divierten.

sábado, mayo 25, 2019

Peatones somos y en el peligro andamos









En una de nuestras muchas conversaciones sobre todo y sobre nada, mi amigo Gerardo García Muñoz observó que en Houston, donde vive, ya no hay aceras. Allá, como en tantos otros lugares de Estados Unidos, el coche ha terminado por borrar del croquis esos espacios de la ciudad que antes servían para caminar.

Acostumbrados como están a las distancias enormes, de muchas millas, para ir al trabajo o a lo que sea, los gobernantes del país vecino supusieron que ya no hay loco que se atreva al desplazamiento a pie. Nadie podría sobrevivir a cincuenta millas de marcha forzada. Tampoco hay, me comenta Gerardo, abundantes líneas de transporte público. En el fondo del asunto hay una razón fincada en el progreso o lo que en algunos lugares se entiende como tal, como progreso: las aceras y el trasporte colectivo no son necesarios porque allá todos tienen auto. Quien no, está frito, y debe resignarse a la estaticidad.

Hay países y ciudades, sin embargo, que todavía contienen millones de transeúntes y esto implica que sus arterias tengan espacios reservados para ellos. Y aquí no me refiero sólo a las aceras, sino también a los “pasos de cebra”, a los paradores de transporte público, a los puentes peatonales y a las rampas diseñadas para personas con discapacidad. En estos lugares el peatón es una presencia ineludible, así que las normativas sobre movilidad deben tomarlo en cuenta sí o sí, aunque en los hechos sepamos que el rey de la ciudad es el vehículo de cuatro o más neumáticos.

Lo que todo peatón debe saber es que tiene derecho a la movilidad, y que ese derecho no debe ser restringido para ceder cada vez más cancha al transporte privado. Uno de los derechos más elementales, acaso el principal, es cruzar la calle con calma y seguridad, lo que no ocurre en nuestro entorno. Hasta el peatón ignora este derecho cuando apura el paso para que pueda avanzar un coche en una calle sin preferencia, o cuando corre por el paso de cebra aunque el semáforo marque rojo, esto para no molestar a los conductores que aguardan el verde.

Otro derecho es el de las banquetas amplias o al menos despejadas. Como ya lo señalé en algún otro comentario, cada vez es más frecuente ver la invasión de objetos extraños en las banquetas, desde coches trepados hasta montañas de arena y cascajo, desde carritos de comida hasta estacionamientos en batería que no dejan ni medio metro libre al transeúnte. En esta circunstancia, quien camina debe aprender a sortear obstáculos, a subir y bajar desniveles porque cada quien hace de su banqueta lo que le apetece.

Caminar no debería ser traumático ni peligroso, sino lo contrario, un placer que deje al ciudadano la sensación de que vive en la civilización, no en la jungla. Esto no será posible mientras siga la merma de los espacios para el desplazamiento a pie y el avance irreductible, descontrolado y absurdo de los espacios para vehículos con motor, a los que debemos sumar el cúmulo de obstrucciones fijas que convierten a los andadores urbanos en un trauma de todos los días para quienes, por la razón que sea, las recorren a pie, con muletas o en sillas de ruedas.

miércoles, abril 03, 2019

Cien nomádicas apariciones




















Creo que supe de Nomádica desde su aparición. Un ejemplar, el primero, cayó en mis manos y como siempre pasa en estos casos pensé en sus posibilidades de vida: durará poco, lamentablemente. Pensé eso porque en general la vida de las revistas suele ser muy corta. Cuántas no aparecen con ímpetu de gran acontecimiento editorial y se disuelven al primer hervor, casi como si no hubieran nacido. Les pasa lo que decía Max Rivera sobre ciertas películas: “Tienen salida de pura sangre, pero llegada de burro”. Pasados los primeros meses, seguí viendo Nomádica en puestos de periódicos, seguí leyéndola, y no puedo no confesar que me asombró por tres razones muy evidentes: porque había sobrevivido a su primera infancia (la etapa más difícil), porque en cada número mejoraba su calidad en forma y contenido, y porque su extraña temática comenzaba a parecer de ingente interés para cierto tipo de lectores.
Fue pasadito el número veinte, si no me engaña la memoria, cuando un encuentro fortuito con Monsi nos llevó a decidir mi colaboración. Recuerdo haber felicitado al copiloto de Héctor Esparza, también amigo mío, y allí, sin más, acordamos una primera colaboración. La verdad fue un espacio que me gustó desde que los repasé por primera vez, aunque en sus páginas me sentía siempre un tanto intruso, pues yo vengo y me muevo más en lo literario, en lo estrictamente cultural, y estar ahora aquí, entre científicos, antropólogos, ambientalistas y otros expertos me resultó por lo menos extraño. Como pude, recurrí a mi bagaje —a mi “vagaje” callejero— y de allí fueron saliendo textos relacionados sobre todo con mi experiencia directa como habitante del planeta. Reflexioné de todo lo que vemos a diario: la basura, el uso indiscriminado de plásticos, el descuido de nuestra flora, el conflicto permanente con el agua, los peligros de la tecnología obsoleta, el maltrato a los animales, en fin, lo que cualquiera piensa y la mayor parte de las veces no aterriza en el papel, sino en la conversación de sobremesa.
Dije —insinué— aquí arriba que Nomádica es una revista algo extraña en nuestra región; la mayoría de las que conocemos y han sobrevivido largo tiempo se relacionan temáticamente con la política, los deportes o las notas rosas llamadas “de sociales”. Por ello, ¿qué destino le esperaba a una publicación como Nomádica? ¿Eran viables sus temas en un mercado habitualmente lejano del conocimiento científico e histórico? ¿Llamarían la atención sus reportajes sobre nuestras zonas de interés? ¿Habría lectores para sus artículos sin grilla ni frivolidades del jet set regional? Con dificultades, casi heroicamente, esta revista fue demostrando poco a poco que se trataba de un proyecto viable, que, así fuera pequeño, había del otro lado un público lector sensible a los contenidos vinculados con nuestros hermosos y casi inexplorados parajes naturales, con nuestras costumbres de vida cotidiana, con nuestro pasado remoto y cercano. Nomádica ha seguido en pie por eso: porque ha encontrado a sus lectores y porque algunas instituciones públicas y privadas han confiado en ella para difundir sus logros de gobierno y sus servicios.
En resumen, no me queda más que sentir alegría con el arribo a este número cien. Para Héctor, Monsi y todo su equipo de asistentes y colaboradores, un abrazo espeso de admiración y respeto. Larga vida a Nomádica: que vengan otros cien.

miércoles, febrero 06, 2019

Espíritu de las áreas verdes














En el debate público sobre las necesidades de una ciudad poco se enfatiza el valor de las áreas verdes como aglutinante social. Mientras los candidatos andan en campaña, prometen lo que ya sabemos: honradez, buena administración de los recursos, drenaje, alumbrado, atracción de inversiones que generen empleo, seguridad, apoyo al deporte y la cultura y así, una batería más o menos estándar de ofrecimientos que son el pan de cada campaña. En los discursos aparece la necesidad de las áreas verdes, ciertamente, pero siempre de manera algo tangencial, casi como nota al pie de página, sólo por no dejar.
Las áreas verdes son el equivalente a un jardín en la casa, un espacio para el reposo y la contemplación, para el solaz de la lectura y la sensación de bienestar en soledad o en compañía. Si todo fuera concreto y pavimento, como hoy muchas ciudades lo son, la sensibilidad del ser humano no tendría margen para el descanso de su mirada en medio del estrés que producen los problemas cotidianos. Una plaza, un parque, un bosque y a veces hasta un andador bien provisto de plantas hacen la diferencia entre una ciudad hostil, amenazante, y otra grata a los sentidos, amable con el espíritu del ciudadano local y del foráneo que la visita.
En el entorno que me queda cerca, el de Torreón en su zona céntrica y su segundo cuadro, hay pocos espacios verdes. La plaza de armas, la alameda, el bosque y un poco más al nororiente la plaza Madero, son los tres únicos puntos cuyas características son equiparables a lo que denominamos áreas verdes. La Plaza Mayor, por más que en un extremo tenga las jardineras colindantes con la avenida Morelos, es lo menos parecido a un área verde, pues se trata de una plancha de concreto que por otro lado es viable para lo que fue construida: un espacio adecuado para organizar actividades cívicas y presentaciones (sobre todo musicales) masivas.
La carencia de áreas verdes se puede cuantificar de inmediato, casi a simple vista. Por ejemplo, todo el bulevar Independencia, desde la Múzquiz hasta la Plaza Galerías, no las tiene, ninguna. Todo lo que hay son edificios, comercios, plazas comerciales, concesionarias de automóviles, gasolineras... Ni siquiera hay allí una florería, algo que se relacione —así sea oblicuamente— con la naturaleza.
En este aspecto, la política pública de un ayuntamiento no sólo debe consistir en el remozamiento de lo que ya hay. Eso está muy bien, pero debe ser acompañado por un esfuerzo permanente para pellizcar terreno al cemento, para ganar cancha a la “civilización” que suponen los negocios. Porque sembrar árboles es ciertamente un emprendimiento relacionado con la salud pública en sentido físico, pero no sólo eso: el espíritu del hombre también se beneficia cuando camina, cuando ve, cuando huele espacios verdes, aireados, propicios para el encuentro y la conversación libres del ajetreo habitual en calles y oficinas.