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miércoles, diciembre 03, 2025

Cuando todo sale bien

 








Tampoco es para tanto. Eso que salió bien, a lo que se refiere el título de este apunte, es una secuencia de actividades de condición más o menos rutinaria, pero no sé por qué me llevó a pensar la frase “cuando todo sale bien”, más apropiada para título de una novela melancólica con final tenuemente feliz, no para esta columna. De todos modos guardaré la frase por si en algún momento del futuro sirve al menos para un cuento que le infunda mayor sentido.

El asunto es que ayer martes salí desde temprano hacia el periférico. Dadas mis circunstancias laborales de 2025, cambié de rutinas, una de ellas radicalmente omitida: usar el periférico Torreón-Gómez-Lerdo. Fue durante mucho tiempo una tortura, y aún lo es cada que vuelvo a requerir de sus servicios, por suerte ya muy esporádicamente. Casi sin falla, al recorrer esa ruta espantosa me topo con embotellamientos por cualquier motivo, sobre todo de vehículos varados por descompostura, choque o falta de gasolina, lo que tapona el flujo y provoca inmediato caos. Para mi pasmo, el tramo recorrido fue fluido y llegué sin contratiempos a mi primer destino.

El segundo asunto fue desahogar una conferencia en la secundaria de la que egresé, la Ricardo Flores Magón de Ciudad Lerdo, que este año cumple sesenta. Todo avanzó con normalidad, la atención del público no se dispersó y mi temor de siempre en estos casos, que fallara algo con la computadora o el proyector, no se dio. Fue una actividad muy grata para mí frente a maestros y alumnos en mi querida escuela ya sexagenaria. Segunda palomita del día.

Aproveché la salida para desahogar un trámite bancario y tuve la sospecha de que un detalle mínimo lo atoraría. Lo de siempre, una pequeña cagada del destino de esas que impiden consumar un asunto y obligan a volver a la sucursal o a llamar al call center, lo cual suele inquietar porque jamás sabemos si el acceso a la atención telefónica será fácil o kafkiano. Pero no, fue el tercer ítem despachado sin dificultad.

Al regreso supuse que ya era hora de que en el camino ocurriera algo para estropear la módica felicidad conseguida durante el día. Nada pasó, ni un choque, ni un auto echado a medio puente, ni un agente de tránsito en plan recaudatorio. Nada. Me sentí muy raro, casi incómodo. Esto es lo que pasa cuando todo sale bien.

miércoles, agosto 20, 2025

Contrato y vecindad

 











Quizá no lo advertimos, pero vivimos rodeados de reglas que limitan nuestra libertad y hacen posible, así sea tortuosamente, la convivencia. Ser libres a planitud sólo es viable en el plano de la imaginación o la utopía, dado que todas las libertades juntas para todos crearían un caos ingobernable y destructivo. La única manera de sobrevivir en el gregarismo es, pues, renunciando en buena medida al ejercicio de la libertad absoluta. Esta es la razón por la que admitimos el “contrato social”, el acuerdo en el que cada cual deja de lado parte de su libertad para hacer posible la convivencia. Alguna vez explicaba esto a unos jóvenes y usé el ejemplo del semáforo: uno puede creerse muy libre y lo que quiera, pero al final debe acatar el rojo y el verde. Debe detenerse y debe avanzar, tal es el acuerdo, y por más que decida ser libre y pasar en rojo o detenerse en verde, el gusto no duraría mucho.

Pienso en este contrato, en esta inevitable pérdida de una pequeña libertad, al convivir con los vecinos: es ineludible a menos que uno compre una isla griega y allí, sin metáfora, se aísle de las molestias colectivas. Pero como tal privilegio es de consecución imposible, uno tiene que admitir la cercanía de vecinos que a su vez admiten la de uno, y es aquí donde opera el contrato social más inmediato.

Mientras no se descubra un sistema estrictamente solidario e infalible, una sociedad sin egoísmo ni competencia, uno debe aceptar y acatar algunas reglas mínimas de convivencia. En mi entorno y en casi todos lados trato de ser invisible y molestar lo menos posibles. Al menos procuro ser consciente de mi condición de vecino y, por ello, no generar problemas. Sé que es complicado, pero al menos lo intento. Entre la lista de ítems que noto perpetrados en el lugar donde vivo están 1) música estentórea, 2) botes de basura en la calle cuando no pasa la recolección, 3) vehículos yonqueados, 4) absoluto desapego al aseo de banquetas, 5) defecación y otras miserias de mascotas ajenas, 6) derramamiento frecuente de agua provocada al lavar carros. Hay otros más sutiles que no cito, pero todos los que menciono se dan multiplicados en mi espacio vecinal.

¿Hay remedio para esto? No. He comprobado que no lo hay, pues hacer señalamientos genera malestar y a veces odio, de modo que es mejor resistir, callarse y esperar pasivamente lo imposible: que el vecino renuncie a las pequeñas libertades que se da sin reparar en el fastidio de los otros. Es imposible, insisto, así que mejor apechugar y aprender a convivir con vecinos que jamás han oído hablar de ningún maldito contrato social.

miércoles, noviembre 02, 2022

De chafas y trochos









La que viene es una anécdota real. Tuve problemas con un neumático y por obvias derivé en la primera vulka disponible. En estos casos siempre, claro, bajo de la nave y mientras el compa hace su jale trato de conversar con él. Está en mi naturaleza preguntar lo que no sé, entender detalles técnicos de oficios que no domino (“¿Cómo se llama esa herramienta, maistro?” “¿Ese pegamento seca rápido? ¿Cuánto tiempo tiene trabajando en esto”). En tal intento de interlocución estaba cuando el maistro dijo una palabra: “Es un martillo hechizo”. No pasó mucho tiempo para que soltara otra: “Muchos compas son muy trochos, no trabajan como debe ser”.

“Hechizo”, “trocho”, estas dos palabras me hicieron reparar en los términos que usamos para minusvalorar, para calificar algo como mediocre o de baja calidad, mal hecho, improvisado o de poco o nulo valor. Sé que hay más, pero de momento traigo ocho en orden alfabético.

Balín. De poco valor y por lo tanto de baja calidad. Parece una deformación de “valer”, que en el habla se asocia con “madre” para significar que algo no alcanza la calidad adecuada. “Un reloj balín”.

Caciquiado. Adjetivo que sirve para calificar un producto comestible mal servido, sin la calidad ni los insumos pertinentes. “El bufet estaba muy caciquiado”.

Chafa. Acaso la palabra mexicana más popular para expresar que algo, lo que sea, ostenta mala calidad. Todo puede ser chafa: una película, un pantalón, un teléfono celular, un bar… “Le regalaron una camisa chafa”.

Correas. Deformación de “corriente”. Todo aquello que no cumple con los estándares mínimos de calidad, que tiene materiales frágiles y se descompone apenas es usado. “El estéreo le salió muy correas”. Dícese también del sujeto vulgar, procaz.

Cucho. Mal hecho, que no se sostiene bien o queda construido con suma precariedad. “La silla le quedó cucha”.

Hechizo. Hecho de manera improvisada, sin las herramientas ni los materiales habituales según el caso. “La defensa de su camioneta es hechiza”.

Malacucho. Igual a “cucho”, pero más enfática en su sonoridad. “La instalación de la ventana se ve malacucha”.

Trocho. Mal ejecutante de algún oficio. “Ese plomero es muy trocho”. Objeto elaborado sin destreza ni buenos acabados. “La instalación eléctrica le quedó tocha”.

sábado, abril 02, 2022

Azares de la vecindad

 








No sé, pero supongo que el espíritu de vecindario sólo sobrevive hoy en las colonias populares. Al hablar de ese espíritu me refiero al ambiente que privaba en los antiguos barrios en los que todos nos conocíamos, jugábamos a los mismos juegos e incluso asistíamos a las mismas escuelas. Los padres de entonces salían a trabajar y tanto las madres como los hijos entretejían lazos buenos o malos, pero reales, “presenciales”, en todo el vecindario.

Tal modelo de relación quedó hecho trizas en los años recientes por motivos que aquí apenas alcanzo a sobrevolar: por la inseguridad que provoca desconfianza y miedo al exterior, por la salida de la madre del entorno hogareño tanto para ganar dinero como para desarrollarse en tareas profesionales y, por último, debido a la aparición de internet que trajo aparejados modos de comunicación/distracción ajenos a la cercanía física. Sospecho pues que sólo en las colonias populares, como dije, sobrevive el tipo de relaciones comunitarias que conocí en mi niñez, pero ya ni de esto estoy seguro.

Con el crecimiento de las ciudades se fueron creando áreas de radicación en las periferias, muchas de ellos llamadas, con obviedad, “cerradas”. Cuando comenzaron a nacer y multiplicarse, calculo que hace más o menos 20 o 25 años, pensé que en ellas se abría de nuevo la posibilidad de interactuar comunitariamente, pero no pude probarlo en la práctica, in situ, porque jamás viví en una ínsula de esa especie. Fue hasta hace un año cuando luego de algunas carambolas de la vida caí a vivir en una cerrada de, digamos, clase media tirándole a baja. Es ordenada, tiene algunos servicios pagados por la colectividad (como el cuidado del parque y la caseta) y en general es llevadero vivir encapsulado en su barda perimetral. Aquí sí pude comprobar que la interacción del vecindario también es mínima, casi nula. En el modelo gringo, y salvo por el caso de algunos jóvenes de entre 13 y 17 años que sí conviven entre ellos, veo que nadie tiene inquietud por inmiscuirse en nada ajeno, y todos los residentes vivimos recluidos bajo nuestros techos, indiferentes cabalmente al ambiente exterior.

Es claro ahora sí, para mí, que el modelo de vinculación comunitaria, antes característica de los barrios del centro, ha desaparecido casi por completo en la periferia de las nuevas colonias. Las fiestas, los chismes, los velorios e incluso los pleitos otrora definitivos del ambiente barrial han pasado a ser mito de película con Pedro Infante y Blanca Estela Pavón dirigidos por Ismael Rodríguez. Lo que parece no haber cambiado son ciertos hábitos de vecino nefasto. No están, por suerte, tan generalizados, pero afloraran aquí y allá como molestias que pudieran ser evitadas a fuerza de actuar con un poco más de tacto.

Como dije arriba, hay un parque, y a su alrededor tiene cerca de treinta casas. Todos los residentes estacionan sus vehículos en sus cocheras techadas, aunque de vez en cuando, sobre todo cuando reciben visitas, usan la circunferencia del parque para detener allí sus autos. Hasta aquí todo bien. Lo malo es que dos inquilinos han dejado dos autos estacionados por meses o años como si aquello fuera un yonke, y no hay poder humano que los obligue a eliminar sus chatarras. ¿Qué hay en la cabeza de alguien que decide invadir así un espacio público? No sé, pero es evidente que no precisamente sesos.

Otra calamidad frecuente es la basura. También en este ítem es mayoritario el número de los vecinos que a diario o casi a diario limpian sus cocheras y tratan de mantener a raya la fealdad de la mugre que, como sabemos, es casi inevitable en La Laguna por la frecuencia de las tolvaneras y porque jamás hemos tenido mucha vocación por la limpieza. No faltan, sin embargo, como en cualquier lugar, los vecinos que parecen regodearse en el desaseo, esos que sacan la basura despatarrada cada dos meses, que atesoran objetos inservibles junto a sus fachadas y jamás pasan la escoba por su pedazo de exterior.

Un último rasgo de la vecindad tóxica es la música estentórea. Por suerte, tampoco es reiterada, pero cuando se manifiesta es espantosa. Llamar música a esa música es, claro, una concesión, pues se trata comúnmente de tamborazos y berridos cuya vulgaridad impide vislumbrar que allí se manifiesta alguna forma del arte. Lo mismo pasa con la plaga llamada reguetón y otros ritmos parecidos, casi todos obsesionados por el deseo de que alguna chica mueva el culo.

En suma, ser vecino nunca ha sido tan difícil. Todo es cuestión de meter en nuestros actos una pizca, aunque sea una pizca, de consideración por los demás.