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miércoles, mayo 07, 2025

Los anticuerpos de siempre













Enrique Macías recién me ha compartido un artículo que en efecto aguijó mi interés. En él, Arturo Pérez-Reverte despotrica contra las editoriales y los autores que en asociación ilícita revientan el mercado con libros sin mérito alguno. El alegato es general, abierto, casi para que cualquier empresa productora de libros se sienta parte del problema. Es difícil, imposible más bien, no coincidir con el escritor español, aunque el riesgo de abrir tanto el abanico es que en él quepan libros como los del mismo crítico: novelas y sagas diseñadas para el éxito de ventas, que al parecer es el único éxito que hoy importa.

Afirma el padre del capitán Alatriste: “Dense una vuelta por las mesas de novedades y comprobarán que lo de Jeosm [un fotógrafo amigo suyo que fue invitado a escribir una novela de lo que sea con tal de venderla] no es anécdota suelta, sino indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura. Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta”.

¿No es este fenómeno similar al que se da en todas las artes? ¿Acaso no sobreabundan las propuestas de todos los pelajes? ¿Es posible frenar la avalancha de objetos culturales cuya única razón de ser es el propósito de lucro? Más adelante, observa: “No hay presentador de televisión, youtuber, influencer o famoso que, por iniciativa propia o inducida, en sus ratos libres, que por lo visto son muchos, no pruebe suerte con la tecla”. Particularizar, decir que los youtubers y los influencers son quienes infestan el mercado del libro es casi improcedente, pues en realidad el tumulto de los que hoy producen libros no se restringe a un tipo específico de persona. Es más fácil decir “cualquiera”, o al menos “cualquier famoso”.

Tampoco es un mal sólo atañedero a la literatura, al libro. Hoy, tras el boom de la comunicación digital, cualquiera que tenga un celular y una cuenta de red social puede ser actor, cantante, fotógrafo, estrella porno, politólogo, orientador vocacional, conferencista, científico, mago, cómico, chef... Un poco de fama previa y algo de suerte pueden facilitar cierto éxito, como pasa con los exfutbolistas que ahora se han autohabilitado de entrevistadores en streaming o perpetradores de tik toks.

En este mundo revuelto nos movemos ahora: el de los “creadores de contenido” que se reproducen como chancros. Lo que debemos invocar no es que desaparezcan equis o zeta productos, aspiración hoy imposible de satisfacer, sino alentar en los consumidores la procura de un cedazo con la cuadrícula más cerrada; es decir, lo de siempre. Quien lo logre al final terminará encontrando que lo bueno, lo meritorio, lo atendible, es lo mismo que ya había antes de que fuera tan fácil la multiplicación/exhibición de la estupidez. 

miércoles, octubre 16, 2024

Del cafecito


 







No hace tanto, quizá dos décadas o poco más, el café era una bebida ya habitual, pero no lo que es ahora: una potencia económica y ubicua, un producto que atraviesa todas las franjas sociales e, incluso, casi etarias, pues si no me engaño en este momento ya lo sirven hasta en biberones. Exagero, claro, pero no ha de ser tanto, así que desde hace mucho dejó de ser, como en mi infancia, una bebida casi exclusiva de los rucos.

Cuando abrí los ojos a la vida cotidiana no había más café que el soluble, el instantáneo. Supongo que en los restaurantes o en las cafeterías —que no estaban al alcance de mi edad— hacían del otro, del de grano pulverizado al que después era necesario pasar por un filtro de papel. De éste no se tomaba en las casas. El café que vi de pequeño era el Nescafé (y similares, como Marino o Monky) de fresco para el que nomás es necesario calentar agua. Sé que este café es considerado basura por los “sommeliers” actuales de la infusión, pero es el que tomaban mis padres y las personas como mis padres, toda la gente adulta que recuerdo. El aparato llamado “cafetera” (en cualquiera de sus modalidades eléctricas) se popularizó casi desde los ochenta y eso nomás en ciertos entornos de clase media para arriba, pues en las familias menos pudientes, hasta hoy, el frasco de instantáneo es un producto casi infalible en la despensa. La prueba de la parafina de que el café soluble es patrimonio popular la vemos en muchas gorderías: si uno pide allí café, no falta que le traigan agua caliente y el famoso frasco. así que esperar en esos lugares un café de angora es incurrir en una exquisitez indigna del establecimiento.

Más o menos sobre esto, hace años escuché una afirmación muy atinada a mi amigo Max Rivera, crítico lagunero de cine: todos los productos que se preparan con base en el agua son un negociazo. El principal es, lo comenté en un apunte de hace varios años, el agua. En efecto, el agua, que sin duda es preparada con agua, es tal vez el producto más ventajoso del mundo y puntos circunvecinos. Pero no se diga la cerveza, la gaseosa, el té, el jugo con supuesta fruta y todo aquello que se ha inventado como ingesta líquida basada en el agua. El café no es la excepción: seguro se trata de un negocio rotundo, y en algunos casos, si se le viste de esnobismo y se le convierte en signo de estatus, más que eso, pues todo es cuestión de que el vaso exhiba una determinada marca para que alcance el precio de un elíxir medieval, alquímico. Como tantas cosas en el mundo consumista de hoy, lo que en esos cafés cobran no es el café, sino la mamonería, el lujo de tirar crema para decir sin decir, vasito cool en mano, que uno sí sabe.

miércoles, agosto 16, 2023

Mientras el producto se achica

 







De mi amigo Orlando Van Bredam (Villa San Marcial, Entre Ríos, Argentina, 1952) tengo, entre otros libros, una novela escrita en clave de crónica o reportaje cuyo título es inmejorable para ceñir el tema que aborda: Mientras el mundo se achica (Editorial Fundación La Hendija, Paraná, 2014, 99 pp.). Su protagonista es, o fue, un personaje real: el basquetbolista argentino Jorge González, hombre que desde la adolescencia comenzó a crecer y crecer, lo que en principio favoreció su desempeño en el basquetbol pero a la postre terminó por convertirse en hándicap para su salud. Jugó en la selección argentina, probó suerte, sin fortuna, en la NBA y cerró su vida deportiva en la estrafalaria y pésima lucha libre de Estados Unidos donde alcanzó alguna celebridad por ser el gladiador más alto de la historia: 2,29 metros. Nació en 1966 y murió joven, a los 44, en 2010.

Pero, aunque me sirve de introducción, no es del Gigante González sobre quien deseo escribir en estos párrafos. Sólo me agarro del título Mientras el mundo se achica para comentar que así me siento con frecuencia al salir de las tiendas, pues muchos productos de consumo más o menos frecuente se han achicado hasta convertirse en miniatura gastronómica. Sé, lo tengo muy claro, que la mayoría son chatarra, pero eso no quita que se trate de un fraude fraguado lentamente, durante años de gradual empequeñecimiento.

Un especialista en asuntos de mercado y consumo me explicó que el fenómeno del achicamiento en el tamaño del producto se debe a la inflación. Las empresas, para no incrementar el precio de sus productos con el fin de no desalentar el consumo, han programado la reducción al tamaño de lo que venden. Ahora bien, esta política tiene un límite, es decir, las empresas no pueden reducir el volumen y el peso del producto de manera infinita, pues con esa tendencia los consumidores terminarían comprando vacía la bolsita de celofán. Es viable suponer, entonces, que luego de la reducción de peso y tamaño se dé una reducción en la calidad de los ingredientes. Puede ser.

La tendencia achicadora se ejecuta con mayor facilidad en los alimentos procesados. Reitero que lo he notado sobre todo en muchos o en todos los denominados, no sin razón, chatarra. Alguien podrá aplaudir esa política, pues debido a ella consumiremos menos basura, pero insisto que no me refiero a las nulas propiedades nutritivas del producto sino al fraude que implica, dado que al mismo o mayor precio se vende un bien que a leguas es más pequeño que el conocido años ha. ¿Y por qué es más fácil hacer este chanchullo con los alimentos procesados? Fácil: porque el consumidor no puede compararlos directamente. Todos notamos que los Pingüinos Marinela son más chicos que los disponibles hace diez o quince años, pero nadie conserva un paquete para atestiguarlo de manera fehaciente. Y así con muchos otros productos: nuestra memoria nos advierte que las pastillas Halls tenían cierto tamaño y eran perfectamente gruesas y cuadradas, así que en poco se parecen a las que hoy podemos conseguir: más pequeñas, de forma irregular y medio redondeada para ahorrar a la empresa cuatro esquinas de ingrediente.

Por todo esto, digo, me gusta el título del libro mencionado hace algunos renglones, pues resume muy bien lo que nos ha pasado: como cualquier mexicano, soy un consumidor que sin querer aterrizó en Lilliput, un mundo en el que las políticas marrulleras de muchas empresas han miniaturizado lo que compramos.


miércoles, junio 09, 2021

Mar de excesos

 












Durante muchos miles de años los parientes más cercanos de los seres humanos, y tras la evolución el mismísimo homo sapiens, se alimentaron directamente de la naturaleza. Lo que ésta producía en términos de frutos y carne animal era tomado por el hombre como sustento de su vida. No fue sino hasta muchísimos siglos después cuando los ingredientes del medio natural fueron procesados, combinados y resguardados en recipientes desechables con el fin de servir como alimento. Tenemos, pues, apenas una pizca de tiempo en la historia de la humanidad en convivencia con vidrios, papeles, metales y plásticos como habitáculos de lo que comemos.

En el mercado actual, los recipientes han pasado a ser más que eso. De hecho, quizá la parte más importante de su valor no está en el servicio que prestan, sino en la capacidad que han adquirido para seducir al comprador. Gracias a su diseño y su practicidad, todos los depósitos y envoltorios son la primera cara que observan los consumidores, de ahí el esfuerzo de los mercadólogos por hallar nombres atractivos para los productos y descubrir materiales adecuados y vistosos para cada artículo. Los líquidos han encontrado el vidrio, el metal y el plástico, tres posiblidades para imprimir colorido a los exteriores y ser un resguardo sumamente efectivo contra los derrames y la caducidad corta. Y así todo: el papel para las galletas y los cigarrillos; el plástico para los embutidos, y miles y miles de productos más.

La posibilidad de contar con un recipiente de uso único abrió cancha al añadido de mensajes en la fachada de cada artículo. Encontrar información en cada uno de esos objetos se convirtió en una realidad tan evidente que con el tiempo fue marginado por la mirada del consumidor. Aunque habrá alguno que otro lector asiduo de etiquetas, lo habitual es que no reparemos en ellas y olímpicamente las pasemos de largo, pues a nadie le interesa saber en qué lugar fabrican algo, cuál es su dirección web, si tiene o no código QR, cuándo fue fundada la empresa y un largo etcétera que incluye ingredientes y fecha de caducidad.

Por esta costumbre ya bien socializada de no leer información en las carátulas de los productos —y por razones aún más pesadas de salud pública, obviamente—, surgió la iniciativa oficial de imprimir plastas hexagonales negras con advertencias para el consumidor, todas encabezadas por la palabra “exceso”: de grasas saturadas, de grasas trans, de sodio, de azúcares, de calorías, además de otras rectangulares con las leyendas “contiene cafeína, evitar en niños” y “contiene edulcorantes, no recomendable en niños”. Así, de golpe comenzaron a aparecer en el súper y en las tienditas los productos comunes ahora aderezados con el hexágono delator. La medida nos hizo ver de manera casi escandalosa la calidad de la mugre que metemos al cuerpo, aunque la cantidad de tales porquerías quedara todavía a oscuras. Sea como sea, ahora resulta imposible no leer, y leemos.

Uno de los rasgos de la comunicación es el desgaste semántico de los mensajes reiterados. Así como, debido a su ubicuidad, logramos abstraer las noticias sobre asesinatos en el mundo del narco, la mente del consumidor poco a poco, hoy, va invisibilizando los hexágonos negros, tal y como también procedieron los fumadores aunque al principio se alarmaran con las imágenes de ratas y manos de leproso en cada cajetilla. Sospecho, en suma, que no bastarán las advertencias sobre la etiqueta para mitigar los altos índices de obesidad, hipertensión y diabetes del pueblo mexicano. La lucha contra esos males debe pasar por allí, ciertamente, pero también por un énfasis en la educación de los consumidores y mayores presiones a los fabricantes para moderar los excesos que, por desgracia, se han vuelto adictivos, parte ya de la pavorosa dieta nacional.