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miércoles, julio 09, 2025

Voces del pasado

 









Recuerdo que hace algunos años encontré en YouTube la grabación de la voz de Francisco I. Madero. Casi inmediatamente, la de Porfirio Díaz. A principios del siglo XX, ya la fotografía estaba asentada como herramienta para capturar la realidad visual, y el cine mostraba atisbos importantes para hacer lo mismo, aunque con imágenes silentes en movimiento. Por los mismos años pre y postrevolucionarios, los aparatos para captar el sonido daban sus primeros trastabillantes pasos, y por fortuna su desarrollo técnico alcanzó a retener la voz de los personajes más importantes de aquel momento en nuestro país: la del coahuilense y la del oaxaqueño.

Al escucharlos, sentí que algo cambiaba, que merced a la posibilidad de oír sus voces ellos estaban más cerca, no a la distancia remota de los libros de texto que sirvieron para alimentar nuestra niñez con la historia oficial. Gracias a YouTube, Madero y Díaz tenían voz, una voz a la que luego no me costó poner la cara de cada uno de los sujetos que la emitía: la de Madero algo tipluda, rápida y firme, y la de Díaz ya cansada, de viejo que batalla con la respiración. Estos documentos de YouTube son asombrosos.

Otro de la misma categoría es el que podemos encontrar de un colaborador cercano a Madero: José Vasconcelos. Como sabemos, el autor de Ulises criollo se sumó de joven a la causa antirreeleccionista y, con sus bandazos ideológicos y todo, siempre guardó gran admiración por el político parrense. Ya viejo, cerca de su muerte y quizá todavía con la amargura que provocó en su ser el fraude electoral de 1929, Vasconcelos se encargó de conducir un programa de televisión. Sí, de televisión, aunque parezca absurdo decir esto.

Su título fue Charlas mexicanas, auspiciado con publicidad de la coahuilense Casa Madero y su bebida emblema: Evaristo 1°. En una mesa algo medieval, Vasconcelos aparece al centro y a sus costados lo acompañan dos invitados. Los tres tienen a la mano sendas copas de coñac y no falta que en efecto beban ante las cámaras. Pude computar al menos cinco programas: uno sobre el Hernán Cortés, otro sobre el virreinato, uno más sobre México, otro sobre Porfirio Díaz y uno más sobre el petróleo. Acompañan al filósofo y exrector de la Universidad Nacional, entre otros, el historiador Alfonso Junco y el politólogo Jorge Carrión.

Obviamente, el ritmo del programa es tieso y de estilo algo oratorio en el caso de Vasconcelos. Sea como sea, es un tremendo documento audiovisual de 1957, un milagro de la tecnología.

sábado, junio 29, 2024

Filibusteros del arte

 









Antonio García Villarán es un pintor y profesor de arte español dedicado también a la crítica. No sé mucho sobre él, pero conozco sus opiniones y lo digo si demora: estoy casi totalmente de acuerdo con lo que afirma. El espacio que usa para divulgar sus pareceres es, sobre todo, YouTube, y como sus videos suelen tener muchas visitas, creo que es viable considerarlo, en la terminología hoy de moda, “youtuber”. Hasta donde sé, García Villarán acuñó un neologismo feliz: “hamparte” —formado por las palabras “hampa” y “arte”—, con el cual designa a los hampones del arte, a los filibusteros que con un talento minúsculo (o sin él) se cuelan a las galerías y triunfan en el mercado gracias a la depravación de los parámetros estéticos.

Los videos de García Villarán tienen, como es común en los productos de este tipo, un acabado rústico pero sumamente eficaz. Él, con un estilo algo excéntrico, aparece a cuadro en su estudio y propone hablar sobre tal o cual artista plástico. Con una edición vertiginosa de imágenes e intercortes sin continuidad exacta, pespuntea de lo que afirma en primer plano a ejemplos de la obra y del artista examinados. En el fluido discursivo suma imágenes burlonas y uno que otro efecto especial también deliberadamente rupestre, pues sabe que el mérito de su trabajo en YouTube no está en la forma de las cápsulas, sino en la sensatez y el humor de los análisis.

En México su equivalente más cercano es Avelina Lesper, con quien ha dialogado, pues ambos apuntan hacia la misma denuncia del arte engañabobos que en la actualidad ataca como lepra al arte digno de este nombre o al menos meritorio. Con ambos podemos estar en desacuerdo en la valoración de una obra u otra, pero creo que estaremos muy en sintonía con ellos cuando analizan mamarrachos pictóricos, escultóricos, instalaciones, intervenciones, performances y otros engendros con menos arte que un escupitajo pero justificados con teorías que no por su gravedad expositiva dejan de ser cómicas. Ciertamente, las virtudes que es posible atribuir a tales obras siempre son “posteriores”, como dice Borges en “El Aleph” cuando Daneri pondera la excelsitud de su cojitranco poema.

Queda claro que el crítico español (andaluz) no la emprende contra los artistas amataurs que quizá con fines terapéuticos, poco talento y gran esfuerzo intentan plasmar algo sin la pretensión de recalar en una galería y además obtener gordos dividendos en metálico, sino contra aquellos que, sin talento ni preparación, eyectan cualquier inmundicia, luego inventan una paparrucha seudoacadémica y al final depositan toda su fe en el altar de la mercadotecnia. Así, los “hampartistas” presentan proyectos estrafalarios en galerías y museos donde se da cita, vino tinto en mano y gesto adusto, la complicidad de críticos, curadores, empresarios, publicistas y demás delincuencia organizada organizada para engañar a un público ansioso de novedad y “ruptura”.

Hay numerosos ejemplos del trabajo en video acometido por Antonio García Villarán. Insisto en señalar que adhiero a muchas de sus posiciones, y sólo por destacar alguna de las piezas, cito la referida a un artista (llamémosle tentativamente así) brasileño de apellido Romero Britto. Podemos acceder al comentario en el post “Sobrevalorado e infantiloide. La obra millonaria de Romero Britto. Miami. ¿Arte?” Comprobaremos allí que —pese a la obvia pésima calidad de un cabezón que apenas puede manejar las pinturas Vinci— no está de más explicar el inexplicable alto precio alcanzado por cierta mierda en los aguantaderos del hamparte.

miércoles, diciembre 27, 2023

Un siglo de Fervor











 

Durante todo el año que hoy se encuentra al borde de su ocaso tuve en la cabeza esta efemérides: en 1923 fue publicado Fervor de Buenos Aires, primer libro de Borges. Me impuse como tarea decir algo, aunque sólo fuera este mínimo apunte ya tardío, porque se trata de un arranque editorial significativo para la literatura en nuestra lengua y aún para la literatura a secas, dado que el autor de aquel título se convertiría en lo que es ahora: un monstruo al que resulta imposible no admirar.

En la entrevista número dos de Antonio Carrizo, disponible en YouTube, Borges reveló que Fervor… no fue en realidad su primer libro, sino el cuarto, aunque los tres primeros fueron destruidos por su precoz autocrítica. Cuando lo publicó tenía 24 años, una edad en la que para cualquier escritor todavía es difícil calibrar con ecuanimidad el valor de la obra propia.

Borges señaló que en la publicación de Fervor… tuvo que ver su padre, pues él fue quien pagó el pequeño tiraje de aquel poeta desconocido. Recién la familia Borges Acevedo había regresado de Europa, y es más que lógico pensar que Georgie, como le decían al joven Jorge Luis, había conversado largamente con su padre sobre asuntos literarios. En alguno de aquellos diálogos el aspirante a escritor escuchó que no debía apurarse por publicar, y que lo hiciera cuando estuviera seguro de que la obra comunicaba algo atendible.

Fue así como Borges se animó a publicar Fervor… en 1923. Quizá no lo hizo completamente convencido, dado que hasta su muerte le puso “peros” al primer libro de su producción. En la entrevista con Carrizo, de hecho, Borges observa que de Fervor… sólo rescataba el poema “Llaneza”, aunque esta parece una más de las muchas licencias que el genio se permitió en la exageración de su modestia.

Hoy, si alguien tiene uno de los 300 ejemplares de aquella primera edición de Fervor… ha de saber que posee un objeto de culto valuado en varios cientos, acaso miles de dólares (veo en una web que lo tienen a 48 mil euros, casi un millón de pesos mexicanos). Es el primer libro del más grande escritor latinoamericano del siglo XX, un pequeño volumen que este año aterrizó en su centenario y, contra la opinión de su autor, juzgo hermoso porque prenuncia lo que vendría poco después: una obra que renovó y seguirá renovando la escritura en castellano.

miércoles, julio 20, 2022

Box de antes

 











Lamentablemente tengo el gusto del box como defecto. No miento si digo que he deseado anularlo de mis esparcimientos, pero hay en mi interior una fuerza poderosa (quizá el recuerdo de horas compartidas junto a mi padre) que se niega a repudiarlo. Pensé que la oportunidad para lograr su rechazo estaba en el boxeo actual, ya demasiado adulterado con mercadotecnia y estrellitas de probeta. Por esto descubrí, desde la invención de YouTube, que mi apetito de boxeo se sacia viendo peleas antiguas. Por ejemplo, he disfrutado muchas veces la cátedra de Sal Sánchez a Wilfredo Gómez, y varias más.

Debido a esto fue un muy grato estímulo Memorias de Antonio Andere. 60 años en el boxeo mexicano (s/e, Cuajimalpa, 2001, 162 pp.), libro que me regaló hace poco Adrián Martínez. El, a mi parecer, más grande relator mexicano de boxeo despliega una parte de sus innumerables andanzas entre arenas y micrófonos. Por supuesto, y dada su longevidad como periodista deportivo especializado en pugilismo, su memoria se remonta a una época que me queda lejos, pues no son pocas las alusiones a peleadores como Rodolfo Casanova, Joe Conde, Raúl Macías, Juan Zurita, José López (el Toluco), Luis Villanueva (Kid Azteca) y otros de aquellas legendarias camadas. No los vi, obvio, pero algún registro queda en internet para apreciar sus maderas.

Luego de pasar revista a las glorias prehistóricas del box mexicano, sigue un periodo glorioso cuyos ecos me llegaron más de cerca, pues son pugilistas que incluso llegué, de niño, a ver: Vicente Saldívar, Rubén Olivares, Carlos Zárate, Lupe Pintor, Pipino Cuevas, Daniel Zaragoza, Salvador Sánchez, Ricardo López (Finito), Humberto González (la Chiquita) y Julio César Chávez, peleadores que atestaron tres décadas (de 1970 a 2000) con cinturones para México.

Casi al final de su libro, don Antonio Andere hizo una pregunta retórica: ¿quién ha sido el mejor pugilista mexicano? Sabe que sobre esto es imposible ponerse de acuerdo, pues todo depende de la subjetividad de cada elector. Nunca me he pronunciado al respecto, pero tal vez es oportuno atrever ahora una respuesta. No puedo declarar, como don Tony, que fue el Chango Casanova, pues no lo vi ni vi a sus contemporáneos. No digo pues uno, sino mis tres acomodables en cualquier orden: Zárate, Sánchez y Chávez.

Estas son algunas fotos publicadas en la memoria de don Tony Andere Daher.



sábado, julio 31, 2021

Miradas desde el dron

 







¿Es posible alcanzar la perfección en un organismo social? ¿Los seres humanos tenemos capacidad para construir un entorno en el que todo funcione como el engranaje de un reloj? Creo que no, que allí donde el homo sapiens se conglomere para desarrollar su vida indefectiblemente habrá conflictos, fealdades, turbulencias y sobre todo reglas y restricciones de toda índole, así que el ideal de perfección quedará en eso, en puro, en inalcanzable ideal. Hay algunas sociedades, sin embargo, que al menos a lo lejos dan la impresión de configurar estructuras en las que todo es armonía, paz, bienestar, equilibrio total entre las apetencias del individuo y las normas de la sociedad que rigen el comportamiento del enjambre humano.

Las ideas del párrafo precedente me las sugirió un documental pescado en YouTube; su título es “Japón desde el aire”, y es espléndido pese a su sencilla producción. Ahora que está de moda usar drones para todo, en muchas películas y documentales vemos con frecuencia tomas áreas o en movimiento de ascenso/descenso que hasta el momento no han dejado de impresionar por lo novedoso que resultan las perspectivas de “picado” en secuencias continuas, sin intercortes, del tipo que en el lenguaje técnico del cine es denominado “plano secuencia”.

En el documental susodicho, unas cortinillas con un mapa de Japón ilustran a qué ciudad nos desplazaremos para admirarla desde el aire. Lo que vemos en seguida es Tokio, Nagoya, Kyoto, Sapporo, Yokohama y demás urbes importantes desde el aire, nunca a ras de suelo, sin acercamientos al detalle de las edificaciones, las personas o los autos. Lo impresionante es la idea de perfección que insinúa cada toma. Los impecables edificios modernos y la urbanización sin tacha, con vialidades sin un bache o un embotellamiento, conviven con templos y jardines antiquísimos que dan la impresión de irrealidad, de maqueta. Las áreas verdes, como las llamamos acá, allá no son sólo verdes, sino tupidamente arbóreas y se pintan con matices ocres, anaranjados, púrpuras y marrones que dan a cada toma un aspecto de pintura al óleo. En suma: Japón desde el aire, al menos en el documental que vi, parece una sociedad que ha alcanzado una impecabilidad sin fe de erratas, para decirlo con una expresión lopezvelardeana. Por supuesto, debo suponer que allá no todo es perfecto, que seguramente habrá incontables escondrijos malolientes y atestados de peligro, aunque en el documental no sea posible visibilizarlos.

Al recorrer como ave las calles y los parques nipones no pude no contrastar con mi entorno lo que admiré gracias a los drones del documental. Sé que un factor imprescindible para lograr aquel conato de perfección está en el poder económico y en la adecuada distribución de la riqueza, pero también, claro, en la cultura, otro factor muy frecuentemente determinado por el ingreso per cápita y la calidad de vida. No digo nada nuevo al afirmar que un dron, por ejemplo, en La Laguna, nos dejará apreciar urbes enclavadas en el amarillo de la estepa, pocos edificios altos y muchas casas irregulares y sembradas algo caóticamente en fraccionamientos que han aparecido aquí y allá un tanto bajo el gobierno del gobierno y otro tanto bajo el gobierno del azar. Veremos asimismo, desde ese hipotético dron, áreas verdes sin color verde, carreteras que acusan esguinces, baches, bordos y bordes imprevisibles, fábricas metidas en espacios residenciales, el pecho de un río sin agua, barrios desmedrados y algunas pocas zonas habitacionales cerradas e inequívocamente dignas en su privilegiado interior.

Sé, como digo, que en muchos casos la sana economía y la equidad determinan un desarrollo urbanístico útil y bello, pero también ayudaría una mejora de la educación que necesitamos para colaborar como ciudadanos al menos tratando de no estropear lo ya construido, lo ya avanzado. Sin perder la esencia de lo que somos, siempre podemos edificar mejores entornos. El comienzo podría estar, por ejemplo, en no tirar basura, pero a veces ni esto, que es elemental, se cumple entre nosotros.

miércoles, febrero 03, 2021

Diez desagrados









Al comentar sus intrincados diarios de juventud, Ricardo Piglia señaló que una obsesión visible en aquellas hojas fue la de las listas. El autor de Respiración artificial armaba, pues, listas sobre cualquier tema, y ya viejo, en un documental, explicó que tal vez lo hacía “para no pensar”, para “sacarse las ideas de la cabeza”. Allí mismo muestra dos: una con un ranking de boxeadores y otra (“más interna”) quizá relacionada con algunos de sus intereses: amor, sentido de la vida, política, futbol, teatro, cine, literatura…

Las listas gustan al mundo y son por ello carne de internet. En YouTube, por ejemplo, hay miles de cápsulas con listas de todos los pelajes. Sólo de cine podemos hallar las diez mejores películas de la historia, las diez mejores películas de terror de toda la historia, las diez mejores películas de terror mexicanas de toda la historia, y lo mismo podemos encontrar de actrices, recetas, relojes, rascacielos, videojuegos, asesinos seriales, tacos, ajedrecistas, inventos y un etcétera incuantificable.

No es extraño entonces que a mi modo piense de vez en cuando en listas. Una de ellas se relaciona con objetos que me desagradan de sobremanera (uso aquí la preposición “de” sólo para recomendar que nunca debe ser usada antes del adverbio “sobremanera”). Son objetos que aborrezco, pero este aborrecimiento no tiene por qué empatar, obvio, con los gustos de quien lee. Mi lista es la siguiente:

Gorra de hiphopero. Mi padre, beisbolista de la vieja guardia, la odiaba, y me heredó esta saludable aversión. Tiene la visera recta y el hongo muy abombado; si es usada con la visera cargada a la sien, siempre infunde al portador un notable aire de imbecilidad.

Cuernos de reno navideños. Es uno de los ornamentos más feos inventados por la civilización humana. Pachones, de fieltro, como dos cojines con picos, no los pondría en mi vehículo ni amenazado de muerte por la despiadada camorra napolitana.

Sombrero de copa futbolero. Es espantoso, y no sé por qué sigue teniendo tanto éxito en los estadios. Sólo se le ve bien al gato protagonizado por Mike Myers en The cat in the hat y a Slash, guitarrista de Guns & Roses.

Portacelular de cinturón. Siempre me da una impresión triple: de inseguridad, de incomodidad y de fealdad. Siento que el celular se va a caer de allí, que el usuario no está a gusto cuando se sienta y que indefectiblemente el dispositivo tiene algo de ostentoso si el teléfono es grande.

Aroma a Vainillito. Todavía usada en algunos vehículos carentes de misericordia, esta fragancia podría imprimir el toque mágico de Ómnibus de México incluso a los Ferraris. Si tengo la desgracia de tomar un taxi o un Uber con su tufo, sé que me espera una larga cefalea.

Escoba cuadrada. Sólo sirve para barrer mal. Jamás podrá competir contra la escoba con forma de escoba, la de espiga natural.

Firma electrónica. Todos los dispositivos comerciales para firmar a mano sobre una pantalla son ineficaces. Ni un calígrafo es capaz de firmar allí con la sensación de haber firmado bien.

Crocs grandes. Los crocs parecen un calzado práctico, pero sospecho que sólo se le ve lindo a los niños. Pasada cierta edad y en cierto tamaño de pie, siempre tengo la impresión de que apestan a una mezcla de hule y patas.

Contenedores de pasteles. En general, todos los contenedores de comida para un solo uso son abominables. Todos. Los de pastel son particularmente latosos, pues suelen ser grandes y de un plástico rígido y muy contaminante.


miércoles, agosto 21, 2019

A fondo con Soler Serrano














Nacido en Murcia el 19 de agosto de 1919, hace exactamente un siglo, Joaquín Soler Serrano fue un periodista español especializado en el género de la entrevista televisiva. Culto y cordial, fue conductor del programa A fondo (1976-1981), donde dialogó con una serie impresionante de artistas, sobre todo escritores. Gracias a la tecnología, el privilegio de ver y oír aquellas conversaciones no quedó limitado a su tiempo, como ocurría entonces. Hoy, a la vuelta de YouTube podemos acceder al vasto archivo de Soler Serrano y adentrarnos en la vida y en la obra de personalidades que reviven con la magia del documento audiovisual.
Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Octavio Paz, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Camilo José Cela, Alejo Carpentier, Manuel Puig, José Donoso, Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Atahualpa Yupanqui, Manuel Mujica Lainez, Emilio Indio Fernández, Federico Fellini y Marguerite Duras son apenas algunos de los nombres que desfilaron en A fondo. Sé, porque he visto otras entrevistas de este tipo, lo difícil que es a veces dialogar con los artistas. Esto se debe, creo, a dos razones: por un lado, a la manera de ser de los entrevistados, muchas veces tenue o abiertamente mamona; en segundo lugar, a la impericia del entrevistador, que en la mayor parte de los casos suele encarar la charla sin saber nada sobre su interlocutor. Joaquín Soler Serrano logró lo increíble: crear un clima de confianza en sus conversaciones e inspirar respeto a sus entrevistados gracias a que en general sabía qué preguntar más allá del consabido “¿en qué se inspira?”
De esta forma, A fondo es ahora una referencia imprescindible si queremos conocer, así sea por encima, el universo de muchos creadores que al hablar con Soler Serrano hablan para nosotros. En todos los casos es muy importante el contenido de las declaraciones, por supuesto, pero también, ya que vemos “en acción” a los personajes, es interesante la forma en la que se expresan. Por ejemplo, confirmamos la contención de Rulfo y Onetti, quienes al responder preguntas parece que no quisieran estar allí, o la soltura cosmopolita de Fuentes y Vargas Llosa, quienes se ven permanentemente bien encanchados en el diálogo televisivo.
No sé si en algún otro lugar fue recordado el siglo de nacimiento de Joaquín Soler Serrano, quien murió en 2010. Yo lo recuerdo aquí con gratitud y no poco asombro ante la proeza de sus entrevistas.