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miércoles, julio 09, 2025

Voces del pasado

 









Recuerdo que hace algunos años encontré en YouTube la grabación de la voz de Francisco I. Madero. Casi inmediatamente, la de Porfirio Díaz. A principios del siglo XX, ya la fotografía estaba asentada como herramienta para capturar la realidad visual, y el cine mostraba atisbos importantes para hacer lo mismo, aunque con imágenes silentes en movimiento. Por los mismos años pre y postrevolucionarios, los aparatos para captar el sonido daban sus primeros trastabillantes pasos, y por fortuna su desarrollo técnico alcanzó a retener la voz de los personajes más importantes de aquel momento en nuestro país: la del coahuilense y la del oaxaqueño.

Al escucharlos, sentí que algo cambiaba, que merced a la posibilidad de oír sus voces ellos estaban más cerca, no a la distancia remota de los libros de texto que sirvieron para alimentar nuestra niñez con la historia oficial. Gracias a YouTube, Madero y Díaz tenían voz, una voz a la que luego no me costó poner la cara de cada uno de los sujetos que la emitía: la de Madero algo tipluda, rápida y firme, y la de Díaz ya cansada, de viejo que batalla con la respiración. Estos documentos de YouTube son asombrosos.

Otro de la misma categoría es el que podemos encontrar de un colaborador cercano a Madero: José Vasconcelos. Como sabemos, el autor de Ulises criollo se sumó de joven a la causa antirreeleccionista y, con sus bandazos ideológicos y todo, siempre guardó gran admiración por el político parrense. Ya viejo, cerca de su muerte y quizá todavía con la amargura que provocó en su ser el fraude electoral de 1929, Vasconcelos se encargó de conducir un programa de televisión. Sí, de televisión, aunque parezca absurdo decir esto.

Su título fue Charlas mexicanas, auspiciado con publicidad de la coahuilense Casa Madero y su bebida emblema: Evaristo 1°. En una mesa algo medieval, Vasconcelos aparece al centro y a sus costados lo acompañan dos invitados. Los tres tienen a la mano sendas copas de coñac y no falta que en efecto beban ante las cámaras. Pude computar al menos cinco programas: uno sobre el Hernán Cortés, otro sobre el virreinato, uno más sobre México, otro sobre Porfirio Díaz y uno más sobre el petróleo. Acompañan al filósofo y exrector de la Universidad Nacional, entre otros, el historiador Alfonso Junco y el politólogo Jorge Carrión.

Obviamente, el ritmo del programa es tieso y de estilo algo oratorio en el caso de Vasconcelos. Sea como sea, es un tremendo documento audiovisual de 1957, un milagro de la tecnología.

sábado, julio 05, 2025

Taza de té en Apostrophes

 







En Opiniones contundentes (Anagrama, 2017), Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) explicó su aversión a las entrevistas que no podía controlar, aquéllas en las que el entrevistador recoge las respuestas a mano o con una grabadora, o aquéllas en las que las respuestas son espontáneas, como sucede en la tele y la radiodifusión y hoy también en un millón de programas de internet. Si la prensa quería obtener sus palabras, el novelista ruso exigía que le enviaran las preguntas, luego él las respondía con calma y regresaba el manuscrito que, exigía, los medios interesados debían publicar tal cual, sin ninguna modificación. Ese era el trato; de no aceptarlo, los periódicos y las revistas se quedaban sin las declaraciones nabokoveanas.

Esta es la razón por la que hay pocos registros radiofónicos y televisivos del autor de Lolita, su libro más famoso. Nabokov no aceptaba asistir a programas donde forzosamente sus respuestas iban a ser enunciadas de botepronto, al calor de diálogos casi improvisados que además planteaban el peligro de ser luego transcritos. Estilista como pocos, Nabokov tenía horror a las transcripciones; el solo hecho de pensar que sus ideas fueran trasegadas por cualquier tundeteclas, lo forzaba a seguir su método: quien deseara entrevistarlo tenía que enviar primero el cuestionario y admitir después las respuestas sin modificar ni una coma.

Dos años antes de morir, en mayo de 1975, hace exactamente medio siglo, Nabokov aceptó la más famosa entrevista de televisión en la que se retuvieran sus palabras y su imagen. Otra vez, pidió por anticipado las preguntas y exigió que ya en el estudio de televisión los entrevistadores se las formularan tal cual; él, claro, llevaría en cuartillas las respuestas para leerlas ante las cámaras. Es lo menos periodístico que puede haber en el género de la entrevista televisiva, pero no había otra opción. Era esa sopa o era esa sopa, o de plano no contar con el escritor en el plató.

El programa en el que ocurrió el milagro fue Apostrophes, emisión del canal francés Antenne 2. De contenido literario, el programa duró al aire de enero de 1975 a junio de 1990, y en él fueron entrevistados los mejores escritores y pensadores de aquel momento, sobre todo europeos. Tuvo momentos inmortales, como cuando asistió Charles Bukowski e hizo honor a su leyenda: llegó ostensiblemente borracho y siguió chupando “al aire” hasta que, tambaleando, abandonó el programa a media transmisión. Apostrophes era conducido por Bernard Pivot (1935-2024), periodista culto y cordial.

Apenas unos meses tenía el programa cuando a Pivot se le ocurrió invitar al escritor vivo más rejego de ese tiempo: Nabokov, quien vivía en Montreux, Suiza, a seis horas de París. Toda “la previa” a la entrevista fue contada años después por Pivot en un programa catalán. Allí, el francés recordó que antes de buscar al escritor algunos colegas le advirtieron lo difícil que sería lograr la entrevista. Él decidió intentarlo y se apersonó en Montreux. Al llegar a la residencia, Nabokov dormía su siesta y fue su esposa quien lo atendió. Cuando el genio apareció, ambos se aislaron para abordar el motivo de la visita: Pivot lo invitó al programa de televisión. Según parece, el anfitrión no estaba tan de mal humor o le cayó bien el joven periodista, tanto que aceptó. Claro, con las condiciones obvias: preguntas escritas por anticipado y lectura de respuestas al aire sin desviaciones de esa ruta.

Hubo otro requisito, este de carácter gracioso, nabokoveano: el entrevistado pidió beber whisky durante la emisión, pero no en vaso ni con una botella visible, sino en taza y desde una tetera, como si fuera té, para no dar a los televidentes franceses la imagen de “un escritor ruso-norteamericano un poco alcohólico”. La ventaja del whisky es que tiene el mismo color del té, dijo el escritor, y le indicó a Pivot que de cuando en cuando se lo ofreciera con estas palabras: “Señor Nabokov, ¿gusta más té?”

Por todo, el también autor de Habla, memoria controló su entrevista en Apostrophes. Pivot tenía dos caminos, un poco, si se quiere, como los marcados por Max Weber: la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Dejó la primera al lado y optó por su responsabilidad; negar las condiciones de Nabokov era perder un documento que en cualquier caso resultaba harto valioso. Al final, hace cincuenta años el huraño padre de Lolita fue al estudio de Antenne 2 y para la historia quedaron sus respuestas escritas y leídas en perfecto francés ante la orgullosa sonrisa infantil de su entrevistador. 

miércoles, julio 17, 2024

Secuela de Miami









Suelo no ver “las previas”, parte de las transmisiones que se escurre entre anuncios y lugares comunes de los comentaristas, así que siempre en tales casos me engancho a la hora justa. Así, con toda la ociosidad que puedo acopiar durante mis vacaciones, encendí el televisor a las seis en punto del domingo, listo para embobecerme con el partido final de la Copa América. La primera imagen que me regaló la pantalla no fue futbolera, sino un tumulto apretujado afuera del estadio de Miami, donde se disputaría el juego.

Era una imagen rara, acostumbrados como estamos a ver que los espectáculos organizados en EUA, por más gente que convoquen, jamás derriban los protocolos de orden y seguridad. Esta vez no fue así: miles de personas con playeras amarillas y azules se agolpaban en los accesos al estadio mientras la valla metálica y unos cuantos guardias de seguridad contenían aquella ola latinoamericana. El público quería entrar, pero la puerta estaba cerrada y los televidentes sólo podíamos imaginar gritos, insultos, amenazas. Los comentaristas subrayaban obviedades: el calor y la agitación en aquella muchedumbre podían provocar un desastre con desfallecidos y aplastados.

Nada se sabía con precisión en esos minutos de demora. Se especulaba con venta de boletos falsos, con fanáticos que se habían colado sin pagar, con la posibilidad de demorar más o suspender el partido. Luego ocurrió un hecho asombroso: abrieron las puertas del estadio y el público ingresó como horda. Es posible conjeturar que el negocio se puso por encima de la seguridad, y en un momento en el que las autoridades podían suspender todo ante la falta de garantías, prefirieron que la gente entrara y se acomodara a codazos donde pudiera. Poco después comenzó el choque.

Las escenas de caos dejan volando una lección: las autoridades gringas ahora saben que el futbol (“soccer”, como le llaman allá) puede incitar pasiones todavía no bien conocidas en Estados Unidos. Esta vez fueron rebasadas por la locura colectiva, pero en el Mundial próximo no creo que se les vaya a pelar de las manos el control. El domingo pusieron en riesgo a miles de personas; creo que esto no se repetirá porque allá, si algo dominan, es vigilar y castigar mediante sus panópticos.

sábado, septiembre 09, 2023

Una invitación al aburrimiento








 

No es indispensable el socorro de Lipovetsky o Byung-Chul Han para saber que vivimos en la era del entretenimiento. La relajación mundial de los intereses intelectuales serios, llamémosles así, no es tan reciente, y sus orígenes pueden rastrearse en el auge de los medios masivos de comunicación, sobre todo de la tele que ahora, frente a las redes sociales y su arrastre de tsunami, parece peccata minuta como dinamo de la frivolidad.

Cierto que los espacios de la ligereza estaban bien delimitados: la televisión que apodamos “comercial”, los espectáculos de la farándula y del deporte, los zoológicos, los circos, los parques de diversiones, innumerables publicaciones impresas, casi todo el cine, las ferias y los carnavales hasta la fecha sobreviven con mayor o menor fuerza que en el pasado no remoto, y sólo por cambios tecnológicos o de percepción bien pensante algunos han sufrido mermas o modificaciones: la televisión que conocimos (la de Televisa, en el caso mexicano) ha perdido público tras la aparición de internet y, sobre todo, de los smartphones; los circos ya no tienen animales, y ya casi nadie compra revistas, son algunos ejemplos de tales cambios.

En aquel mundo, insisto que no tan remoto pues todavía podemos ubicarlo como vivo hace treinta años, el inmenso ofrecimiento de banalidades o feudos para la relajación tenía un pequeño contrapeso: algunos espacios, casi guetos, ínsulas en el enorme universo de la complacencia, seguían actuando como si lo importante, o más bien lo fundamental, no fuera divertirse, sino pensar, criticar, plantear ideas. Era casi normal que allí no se buscara entretener al respetable público, la risa como dogma ni la distensión de la mente. Poco les importaba a esos espacios pecar de “aburridos”. La lista de tales zonas liberadas de entretenimiento era encabezada, claro, por las universidades, los museos, los centros de investigación, cierto sector editorial, algunos cineastas, poquísimos programas de televisión y quizá las organizaciones políticas, entre otros, pero no muchos.

El paradigma de esos espacios era el de la noción antigua de la aprehensión del saber resumida en el archiconocido dicharacho “la letra con sangre entra”. Y sí, lamentablemente, desafortunadamente, indefectiblemente, ciertas ideas sólo pueden ser asidas y calar hondo con esfuerzo, sangrando en algún punto de su adquisición. Pongo un caso extremo, aunque no por citarlo quiero decir que yo haya accedido a él: es imposible asimilar sin lágrimas a Kant. Explicarlo con dibujos y sinopsis, añadirle “diversión” para que no resulte tedioso o aburrido, es, necesariamente, rebajarlo en el sentido que en México se da al verbo “rebajar” durante el trance de añadir agua a líquidos como la leche.

Hasta aquí parece que rechazo a machamartillo la diversión. No. Es incluso un derecho, y a mí, pese a ciertas teorías terriblistas sobre la manipulación de masas, me gustan el futbol y las películas de balazos, y también me mueven a risa los memes ingeniosos, entre otras muchas boberías que consumo consciente de lo que consumo. Lo que observo, como mero planteo, es el derrame del entretenimiento en todos los recipientes de la vida. Ya nada debe ser “aburrido”, nada, y todo debe tener un anclaje chido, light, peso pluma. Para no sucumbir ante la falta de feligresía, las instituciones “serias” investigan qué apetecen sus públicos y descubren lo previsible: habituados a las redes sociales, a Netflix, a la cultura del permanente ludismo de los video games, al éxito narcisista de los gyms y las industrias del cuerpo, a la idolatría de cantantes y deportistas, a las tendencias punitivistas del “fascismo societal” (el fascismo ciudadano que ni siquiera sabe que es fascismo, ver Boaventura de Sousa), al estilo Disney de seducir, al exhibicionismo del lujo y su deriva en la aporofobia (odio o fobia a los pobres, ver Adela Cortina), a los malls como cúspides del bienestar, a la dictadura de los likes y a tanta quincalla más, los públicos quieren que las clases escolares sean más dinámicas, que los museos no tengan tantas letritas, que los libros cuenten historias de zombies, que las películas no salgan de lo rápido y furioso, que las campañas electorales sólo emitan fraseología chabacana y cierren sus mítines con grupos de música guapachosa, y, en fin, que se le ampute todo rastro de “aburrimiento” a los productos culturales y sociales que antes eran el único coto reservado al pensamiento sin tanta manga ancha para la ñoñez. En síntesis, el Club Apocalípticos va perdiendo por vergonzosa goleada frente al trabuco Deportivo Integrados.

Esto no es gratuito ni inocuo. El dominio del entretenimiento omnipresente y a la carta, desde Netflix a la FIFA pasando por todo lo que pueda quedar en medio, es al mismo tiempo una fuente de ganancias, de domesticación y de vigilancia. Que todo sea hoy entretenido, breve y por ello fragmentario, ligero, ágil, sexoso, violento, chistoretero, tiene en el fondo un costado político: el control debe darse sí o sí, infaliblemente, generar riqueza y permitir que el robot humano —sea niño, adolescente, adulto o anciano— no pierda la sonrisa, una sonrisa que recuerda, dicho sea para terminar, a la del tal Calabacillas pintado por Velázquez.


miércoles, septiembre 06, 2023

Serrucho en nuestro futbol


 








Aunque cada vez menos, tengo medio siglo siguiendo futbol en la tele y nunca había visto una maniobra similar (aquí la palabra “maniobra” es usada en sentido estricto: obra hecha con la mano): un jugador del Atlas, Juan Zapata, cubre la pelota mientras otro del Querétaro, Omar Mendoza, lo presiona casi ceñido a su espalda para evitar que se dé la vuelta con balón controlado.

Hasta allí todo normal, una jugada ordinaria, de las que se ven cien veces en el accionar futbolístico de cada partido. Lo extraño del caso es que el árbitro Fernando Hernández marcó una falta en contra del defensivo, y todo parecía que iba a quedar allí. Entonces intervino la gente del VAR y el silbante tuvo que ir al monitor para revisar algo que ni el cronista (el lagunero Gustavo Mendoza, de Fox) ni los mismos televidentes teníamos claro. ¿Se trató de un pisotón? ¿Fue un rodillazo? ¿O un jalón de camiseta? El misterio quedó develado con una de las tomas en cámara lenta: el jugador de los Gallos Blancos, al mismo tiempo que defendía, con la siniestra diestra le hizo “serrucho” al futbolista de los rojinegros, es decir, le encajó algunos dedos entre nalga y nalga. Insólito.

Al ver la repetición, todos quedamos entre anonadados y sonrientes, incluidos el relator y los comentaristas de la cadena de televisión: reiteraron la jugada unas tres o cuatro veces, le hicieron un close up y era desde ya una imagen para la historia del futbol mexicano, aunque no por su heroísmo sino por su procaz rareza.

Ciertamente, el “serrucho” es, o fue, no sé, pues hace mucho que no veía algo así, una práctica común entre los mexicanos sobre todo en la edad inevitablemente babosa de la adolescencia. Tenía un sentido vejatorio, como de lo que ahora llamamos bullying, pero no es exacto decir que era eso, pues se aplicaba a los compañeros con ánimo de ofender, sí, pero más que nada como juego de seudomachos. En otras palabras, el “serrucho” se infligía a los amigos, no a los enemigos.

Lo que jamás imaginé es que alguna vez iba a ver, como hace poco, a un jugador expulsado de una cancha de primera división por un “serrucho” que sin duda perdurará en la memoria colectiva por algo parecido a lo que en otros contextos es denominado “faltas a la moral”.

Supongo que eso fue. No sé. Es hora de revisar el reglamento.


miércoles, agosto 11, 2021

Doce nuevas

 














La crónica deportiva, como casi todo, se alimenta de la novedad, y es insaciable. Además de fluidez y a veces buen timbre de voz (grave para el beisbol, agudo para el futbol, sereno para la tauromaquia…), los relatores deben hacerse notar por su creatividad a la hora de acuñar palabras o frases con llegada al gran público, lo que a la larga muta a santo y seña del personaje que fragua y populariza las mejores. Así como Ángel Fernández, el todavía no superado cronista deportivo mexicano, amonedaba frases que quedaron retenidos en la memoria de quienes ahora tenemos cincuenta o más años, los más famosos aún activos tienen cada uno la suyas: Enrique Bermúdez: “Tirititito nada más”, “donde las arañas hacen su nido” o “la danza del área”; Christian Martinolli: “La terminó perdiendo” (terminó perdiéndola), “de qué te vas a disfrazar”, “¡ah, no, bueno!” Gustavo Mendoza: “De pechito, papá”. Son marcas personales, distintivos que los peculiarizan en el océano de la crónica deportiva.

Hay palabras o frases, sin embargo, que un buen día aparecen en algún relato y poco a poco son compartidas por todos. Las que vienen configuran apenas una breve lista entre las que he pescado en la crónica de los años recientes. Compruebo que no son palabras y frases de la vieja guardia porque jamás las usaron Ángel Fernández, Fernando Luengas, Gerardo Peña, José Ramón Fernández o incluso Emilio Fernando Alonso, que sigue activo pero podemos considerarlo de una etapa más o menos lejana.

Buen pie. Tienen “buen pie” los jugadores que tocan bien, que saben dar pases atinados, disparar bien hacia la portería, golpear de tres dedos. En teoría todos los futbolistas, dado que el futbol es esencialmente pedestre en el sentido anatómico del término, deberían tener buen pie, pero ya sabemos que hay Picapiedras inhabilitados para dar correctamente un pase de tres metros.

Como dios. Esta frase cuasiteológica es cada vez más frecuente en la crónica. Creo que quien más la emplea es Luis García. Se usa cuando un jugador resuelve algo de manera impecable: un remate de cabeza con el giro exacto de cuello, un chanflazo al ángulo, el control dirigido de un cambio largo de juego, son ejecuciones perfectas, realizadas “como dios”.

Convertir. Antes se anotaban, se metían o se hacían goles (“Fulano sabe hacer goles”, dice Orvañanos). Hoy también, cuando alguien anota, “convierte”. Creo que se trata de un préstamo de la relatoría argentina. De hecho, llamar “relator” al cronista de futbol también es un empréstito de allá.

Cortar circuitos. Se refiere a impedir que un equipo conecte sus líneas, es decir, que la defensa pase bien el balón a la media y ésta a la delantera, lo que frustra el arribo a la meta enemiga.

De una. Frase ya aclimatada en buena parte de nuestra crónica. Es tomar una decisión sin titubear, como viene, como cuando se ejecuta un remate de botepronto o un pase de primera intención.

Descargar. Cuando un jugador tiene el balón y los rivales le cierran las salidas, ahora ya no da un pase de apoyo a su compañero, sino que “descarga”, se quita la pelota de encima y permitir que su equipo siga con el control de la jugada.

Espejear. Como bien se sabe, el futbol es un deporte en el que se necesita mirada periférica, ya que los rivales pueden aparecer en cualquiera de los 360 grados de la realidad; por ello se ha puesto de moda esta metáfora automotriz: así como “espejeamos” al conducir un auto o una moto, el jugador debe mirar hacia los costados, y si se puede también hacia atrás, para saber si le conviene o no correr, detenerse, saltar, fintar o deshacerse del balón. Un jugador que sabe espejear, se supone, anticipa, a veces por milésimas de segundo, las acciones del rival.

Futbol champagne. Frase cliché del Kikín Fonseca. Significa futbol elegante, muy técnico y vistoso, precisamente lo contrario al futbol que jugó el Kikín Fonseca.

Gesto técnico. Se trata de una jugada en la que el futbolista deja ver gran dominio, finura, control y rapidez, todo al mismo tiempo. Como matar de pecho un balón, rematar de escorpión, hacer un pase de “inglesa” o una “elástica” que deje frito al enemigo.

Recambio. No entiendo bien su uso. Los narradores y los comentaristas suelen habilitar esta palabra que, a mi parecer, no añade nada a “cambio”. Dado el prefijo reiterativo “re”, da la impresión de que un cambio volvió a ser cambiado, pero en el futbol esto no puede ocurrir. Podemos afirmar que “cambiaron” al que entró de cambio, no que lo “recambiaron”. Para que lo “recambien” tendría que haber entrado de cambio un par de veces, y esto es imposible.

Revulsivo. El DRAE señala: “Dicho de una persona o cosa: Que provoca una reacción brusca, generalmente con efectos beneficiosos”. Se trata pues de los cambios que sí funcionan, tanto de estrategia como, principalmente, de jugadores. Quien más la usa es Hugo Sánchez, siempre con acento madrileño.

Vacunar. Es anotar gol. Creo que también es un préstamo de la crónica sudamericana. En este caso se anticipó a la omnipresencia de tal verbo en el contexto de la pandemia.


miércoles, julio 21, 2021

El tema del tema










Roberto Gómez Junco, el exfutbolista y hoy periodista deportivo, publica cada tanto “dislates” (así los llama) que pesca en la crónica futbolera. Siempre son muchos y muy divertidos, pues dada la improvisación (improvisación en ambos sentidos de la palabra) de los relatores y comentaristas se dan casos asombrosos de uso torpe de la palabra. No todos son lapsus de la lengua como los que cualquiera perpetra al conversar, sino verdaderos casos de atrofia que siembra al menos una poderosa duda: ¿aprobarían el curso de español elemental? Aquí algunos ejemplos de un reciente lote: “Es un jugador que tiene una altura no muy alta"; Parece que algo oculto está por ahí escondido"; “Nadie sabíamos lo que iba a hacer el América"; “La tocó cuando ya había salido fuera"; “Tienen la posibilidad de poder ganar este partido"; “No hay penal, porque primero toca antes la pelota”; “Es un momento muy complicado por el momento que vive”; “Eso lo tenían preparado desde hace una semana atrás”; “No es penal porque él forza la caída”; “Golpeó el balón después de meterse para dentro”; “En este equipo el nivel de exigencia no es tan exigente”; “El problema es que mucha gente somos así”; "Cada comentarista tenemos un mundo"; "El acercamiento de la MLS ya es muy cercano” y “Llegó antes al balón porque se anticipó al rival”. Como se puede apreciar, es un grato divertimento.

No sé si el dislate que comentaré a continuación ya apareció en las frecuentes listas de Roberto Gómez Junco. Si sí, de todos modos no está de más hacer un énfasis. Creo que se trata de una muletilla similar a “literal”, que hoy sobrexplotan innumerables jóvenes. En una conversación informal de estos días no pasan ni treinta segundos sin que alguno de los interlocutores dispare la famosa palabrita. Ahora, pues, está de moda decir “literal” para rematar toda frase, incluso las que son literales: “Hoy desperté a las seis, literal”, como si hubiera una forma metafórica de despertar a las seis. En fin, decir “literal” es uno de esos vicios afresados que avanzan como rémoras en la oralidad cotidiana, de esas palabras que se enquistan y por años es imposible extirpar de la conversación.

La que destaco aquí es una muletilla como “literal”, aunque no exactamente. Hablo de la palabra “tema”, agregado reiteradamente inútil en cualquier explicación. Los narradores y los comentaristas del futbol, aunque no sólo ellos, la emplean sin piedad, casi en cada una de sus participaciones. Dicen: “Fulano no jugará el próximo partido por un tema de lesión”, en lugar de “Fulano no jugará el próximo partido por una lesión”. “La UEFA se mostró muy preocupada por un tema de discriminación ocurrido en el estadio de Wembley”, en lugar de “La UEFA se mostró muy preocupada por el caso de discriminación ocurrido en el estadio de Wembley”. “El Piojo Herrera señaló que lo que más le interesa es resolver el tema de los refuerzos para su equipo”, en lugar de “El Piojo Herrera señaló que lo que más le interesa es ver qué refuerzos llegarán para su equipo”.

Como el anterior, los dislates en la crónica deportiva pueden ser evitados sin mayor problema. Todo es hacerlos visibles y empuñar el bisturí, deshabilitar esas palabras inservibles y, lo peor, recurrentes, tanto que en cualquier partido es disparado un promedio de veinte inútiles “temas”.

sábado, abril 18, 2020

Del humor social











Se necesita ser un verdadero amarguete para no disfrutar al menos algunas pizcas del humor que hoy cunde en las redes. En el envés de la pandemia y debido al encierro forzoso se ha agudizado la tendencia a dejar en las manos de la gente común, y ya no tanto en las de los comediantes profesionales, la labor de hacer reír ora con la creación de un meme, ora con la narración de un chiste, ora con un sketch, ora con la filmación accidental de un hecho jocoso. También como pandemia, pero ésta de gracejadas, el mundo es testigo de una democratización del humor que sin duda se ha convertido en paliativo de los días en el claustro.
Se dirá, con razón, que tanto humor desactiva —si los tuvo alguna vez— los radares críticos de la sociedad, que por habituarse a chapotear en el mar de los memes el ciudadano de a pie tiende a frivolizarlo todo, a limar importancia a lo fundamental y encumbrar lo hueco. Esto es verdad, tan verdad como el hecho no menos evidente de que el humor y las nuevas tecnologías han abierto una trinchera crítica a la población que antes sólo disponía del pariente o del amigo para escuchar una ocurrencia por lo común insustancial, pero también frecuentemente cargada de acidez contra el poder. Tales ocurrencias tienen en este tiempo la posibilidad de alcanzar mayores públicos y por lo bajo reflejan apetencias, frustraciones, idiosincrasias tan profundas que no sería ocioso analizarlas con una mirada antropológica.
Si ya la oferta de internet había mellado el peligroso filo de la televisión en su formato noticioso tradicional, el espacio de entretenimiento fue el siguiente ítem devorado por el alud de las redes. Las telenovelas, otrora reinas de la pantalla, han quedado reducidas casi a polvo, y los programas humorísticos que entronizaron a muchos comediantes son, en este momento, una pálida sombra de su antiguo boom.
He encontrado tres razones (aunque de seguro no son todas) para explicarme este fenómeno, el de la caída en desgracia de los programas cómicos: 1) La posibilidad, que no ha tenido la tele, de manejar un lenguaje de calibre más picoso, con maldiciones e incluso obscenidades; 2) El poder de circulación que ha permitido la difusión/recepción de chistes (les llamo así, genéricamente) a cualquier hora y en cualquier lugar, a diferencia del horario de la tele siempre restringido incluso a la llamada “barra cómica” que por lo regular era transmitida durante las noches; y 3) La limitación creativa, pues mientras un programa cómico de televisión dependía de uno o dos libretistas, en la jungla de las redes todos los usuarios de un celular son potenciales guionistas, actores, productores y divulgadores de sus ocurrencias, lo que multiplica casi al infinito el número de gracejadas en permanente flujo.
En las redes hay humor de todo, la mayoría ciertamente fallido o estúpido, pero no falta que a diario nos lleguen dos o tres muy buenas píldoras para hacer reír, y esto del humor, dado que estamos encerrados y con la cabeza en ebullición, es hoy una pandemia en medio de la pandemia.

miércoles, agosto 21, 2019

A fondo con Soler Serrano














Nacido en Murcia el 19 de agosto de 1919, hace exactamente un siglo, Joaquín Soler Serrano fue un periodista español especializado en el género de la entrevista televisiva. Culto y cordial, fue conductor del programa A fondo (1976-1981), donde dialogó con una serie impresionante de artistas, sobre todo escritores. Gracias a la tecnología, el privilegio de ver y oír aquellas conversaciones no quedó limitado a su tiempo, como ocurría entonces. Hoy, a la vuelta de YouTube podemos acceder al vasto archivo de Soler Serrano y adentrarnos en la vida y en la obra de personalidades que reviven con la magia del documento audiovisual.
Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Octavio Paz, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Camilo José Cela, Alejo Carpentier, Manuel Puig, José Donoso, Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Carlos Fuentes, Atahualpa Yupanqui, Manuel Mujica Lainez, Emilio Indio Fernández, Federico Fellini y Marguerite Duras son apenas algunos de los nombres que desfilaron en A fondo. Sé, porque he visto otras entrevistas de este tipo, lo difícil que es a veces dialogar con los artistas. Esto se debe, creo, a dos razones: por un lado, a la manera de ser de los entrevistados, muchas veces tenue o abiertamente mamona; en segundo lugar, a la impericia del entrevistador, que en la mayor parte de los casos suele encarar la charla sin saber nada sobre su interlocutor. Joaquín Soler Serrano logró lo increíble: crear un clima de confianza en sus conversaciones e inspirar respeto a sus entrevistados gracias a que en general sabía qué preguntar más allá del consabido “¿en qué se inspira?”
De esta forma, A fondo es ahora una referencia imprescindible si queremos conocer, así sea por encima, el universo de muchos creadores que al hablar con Soler Serrano hablan para nosotros. En todos los casos es muy importante el contenido de las declaraciones, por supuesto, pero también, ya que vemos “en acción” a los personajes, es interesante la forma en la que se expresan. Por ejemplo, confirmamos la contención de Rulfo y Onetti, quienes al responder preguntas parece que no quisieran estar allí, o la soltura cosmopolita de Fuentes y Vargas Llosa, quienes se ven permanentemente bien encanchados en el diálogo televisivo.
No sé si en algún otro lugar fue recordado el siglo de nacimiento de Joaquín Soler Serrano, quien murió en 2010. Yo lo recuerdo aquí con gratitud y no poco asombro ante la proeza de sus entrevistas.

miércoles, junio 19, 2019

Letras y sudor ajeno













Las letras y el deporte han mantenido desde siempre una relación si no tirante, sí distante. Los escritores no han sido muy afectos a practicar algún ejercicio físico y los deportistas no han sido, que digamos, ni remotamente adictos siquiera a la lectura. La lejanía del escritor no ha sido radical, pues si bien no han condescendido a la práctica de algún deporte, muchos han colocado la experiencia de ser espectadores, algunos devotísimos. Con esto me refiero a los escritores que hacen panza, que fuman y beben, que comen como desalmados, que se desvelan y no muy al margen de esos hedonismos siempre tienen un ojo puesto en el televisor o incluso gustan de moverse en escenarios dispuestos para el deporte-espectáculo.
Conozco algunos casos de ese tipo, varios cercanos. Yo mismo considero caber en esa especie, y aunque no me reviento y el pellejo ya no me da para las desveladas (lo que quizá es tenido por poco literario), sigo haciendo algo de deporte y sigo, como siempre, atento a los vaivenes televisivos del futbol profesional y demás prácticas. Como espectador, por ejemplo, asisto con enfermiza frecuencia a la lucha libre lagunera, y no tan de vez en cuando voy también, cuando hay, al beisbol. Y como digo, tengo amigos que pese a su enorme cultura suspenden todo cuando juega el Santos Laguna o la Selección, o cuando hay Serie Mundial o Superbowl; en esos momentos la tele es su altar, y ellos no ven conflicto en esto, menos hoy, época en la que ya se ha relajado la imagen del escritor, antaño percibido como bicho refractario a la sociedad y su mundanal consumo.
Recién me regalaron los Diarios (FCE, 2015, 339 pp.), libro de Salvador Elizondo, y al botarle el celofán y abrirlo al azar caí en la página 243 donde el 1 de febrero de 1976 consignó: “Habló Octavio Paz a las 9:30. Yo estaba dormido. Anoche fuimos al box. Fue una gran noche de combates. Dormí satisfecho”. Hay cierto tipo de escritores a los que sería más o menos fácil asociar con la afición deportiva. Salvador Elizondo no sería uno de ellos. Autor refinado, culto hasta la exquisitez, jamás me dio la impresión de que podía moverse en espacios próximos al sudor. Siento una especie de alegría al leer que alguien como él iba al box y lo disfrutaba, que podía dormir “satisfecho” luego de ver varios cruces de mandobles. Tal vez en el fondo la literatura y el deporte no estén tan distantes; tal vez, incluso, sean lo mismo.

miércoles, junio 28, 2017

La era de las ladys















Una modalidad mexicana del video viral es la de las “ladys” y su correlato masculino de los “lords”. Se trata, como sabemos, de generalmente breves secuencias captadas con celular en las que personajes más bien desconocidos saltan a la repentina fama gracias, sobre todo, a sus modales. Entre más clasistas, racistas, sexistas, machistas, homofóbicos, violentos, pedestres y demás linduras sean, mejor para el respetable público que devora con avidez de zopilote esa carroña audiovisual.

Confieso, no sin sonrojo, que he visto varios, tal vez muchos más de los que un psiquiatra pueda determinar como peligrosos para la salud mental. He tratado de verlos, y sobre todo de oírlos, porque en ellos se cifra un breve y trágico cristal de la índole de los cavernícolas, ya que indefectiblemente exponen facetas harto lamentables de la condición humana. Aquél, por ejemplo, viralizado como #ladychile, en el que una señora exhibe a la trabajadora doméstica por hurtar un delicioso chile en nogada. O ese otro de #ladyIMSS, donde una señito con vocabulario de Pedro Weber Chatanooga suministra una andanada de insultos de alto voltaje porque no le pueden surtir un medicamento. También memorable es #ladysoriana, seño que en la caja del supermercado atizó sin piedad a la cajera, a quien calificó como “pinche gorda”. No menos impresionante es el de la chica oriental, #ladytakataka, que fue catapultada a la popularidad cuando la exhibieron vendiendo productos caducos; y por último, entre las inolvidables de este burdo género, el de #lady100pesos que le dio la vuelta a México ya que la protagonista, visiblemente sexi y briaga, quería sobornar a la autoridad con cien pesos, y ya se sabe que tal cantidad no sirve en esta época para tranquilizar a un buen oficial de policía o de tránsito.

El fenómeno de las ladys —y en menor medida el de los lords— explica a trasmano la brutal caída de los ratings televisivos. Géneros de televisión hay, como los cómicos, que en los años recientes se han desplomado gracias al éxito del humor involuntario diseminado por las redes. Ahora bastan un celular y una plataforma de internet para que un video corra con buena suerte. Pero enmiendo, eso no es suficiente: también son necesarias ladys que sean capaces de sonrojar al más prominente de los carretoneros. Cuando todo eso se conjuga, la viralización está garantizada.

miércoles, mayo 10, 2017

Fiasco sin box













Todo mundo sabe (todo mundo en este caso son mis cuatro o cinco mejores amigos) que carezco de televisión, que prescindí de ese aparato desde hace ya muchos años. Tomé esta decisión porque un día noté que había programas excelentes y receptores con tecnología tan sofisticada que eran capaces de engullir vorazmente mis horas disponibles para leer. Todavía hoy, cuando voy a casa de mi madre y la acompaño a ver tele (en un aparato espléndido), me doy cuenta de que no debo tener televisión, de que si la tuviera no haría más que ver programas y más programas todo el maldito día.
Hay una trampa en esto que digo, sin embargo. No tengo tele, pero sí computadora, y es allí donde cada semana veo lo único que veo: uno o dos partidos de futbol mexicano y la función sabatina de boxeo. Qué le puedo hacer, eso me gusta, es mi adicción, mi cocaína de cada fin de semana desde la niñez. Lo bueno de esto es que no me quita más que tiempo, pues son drogas que pesco en internet, generalmente en las webs de las dos principales televisoras mexicanas.
Como tantos en el mundo, entonces, esperé la pelea del Canelo contra el hijo de Julio César Chávez. No lo hice con la pueril emoción del fan que recién estrena su fervor boxístico, sino como el viejo colmilludo (no fanfarroneo) que sabe distinguir el box genuino del box publicitario. Ya muchas veces me he llevado fiascos y he aprendido: ese box atestado de mercadotecnia suele ser el más arreglado, el más hecho para generar muchos millones y poquísimo pugilismo. Y bueno, ya vimos lo que pasó, no es necesario expresar algo más sobre ese embuste.
Algunos medios denunciaron que las televisoras no aclararon que su transmisión fue diferida. Eso es un poco ingenuo, pues todos los sábados pasa lo mismo. Para mí, el precio de no pagar ni un quinto por las funciones es ver las peleas una o dos horas después de que ocurren. Lo único que hago es no asomarme a tuiter, para no perder la sorpresa. Lo terrible no fue eso, sino las declaraciones del hijo de Julio César Chávez y de su padre. Que el cuerpo no le respondió, que bajó mucho para dar el peso y etcétera. Si físicamente no estaba para dar pelea (dicen que tiró menos de cien inofensivos golpes, o sea, nada), ¿a qué subió entonces? Claro, a defraudar, pues de todos modos se embolsó una millonada a costillas del público aturdido por la publicidad. Un asco.

jueves, marzo 07, 2013

Tele con púas



















Qué padre es ahora la tv, qué colores, qué efectos visuales, qué sonido. Por eso no la veo. Ahí me quedaría atorado, en ese alambre de púas.

sábado, febrero 13, 2010

Nana pantalla



Sin tapujos, hay una relación directa entre enviciamiento televisivo y desapego de los padres por los hijos. No juzgo el mencionado desapego, pues yo mismo soy su víctima y causante al menos en el espacio familiar. Aunque uno no lo quiera, los hijos suelen recibir un suministro excesivo de pantalla televisiva ante la falta de opciones más atractivas, como el deporte o la lectura. Sé que es fácil solucionar el problema si no está uno en él, decir por caso que es necesario sacar a los niños a jugar en el parque, o comprarles libros para que se distraigan con algo más edificante, o compartir con ellos alguna actividad simple de la vida, como coleccionar insectos. Suena bello, es bello, pero no tan sencillo. La razón: la camelluna exigencia laboral y las condiciones actuales de inseguridad.
Metidos como estamos en la dinámica de la supervivencia, los padres de familia estándar apenas ajustamos con las horas laborables del día para juntar el chivo. Salvo quizá el domingo, y a veces ni eso, los otros días de la semana se van en un ajetreo ininterrumpido que impide lo que se ha dado en llamar “tiempo de calidad” para los hijos. No hay tiempo, y ya no pensemos siquiera si es de calidad o no. La mesa tiene dos sopas: o perseguimos la chuleta o perseguimos la chuleta, así que los pequeños están condenados a recibir, si tienen suerte, algún apapacho rápido, unas palabras de aliento en la noche y adiós, a dormir porque mañana el día sería igual de pesado.
En una época que ya me parece remota, los niños de todos los estratos salíamos a la calle, al menos al entorno del barrio o la colonia, y nuestros padres se olvidaban olímpicamente de nosotros. Claro que era riesgoso, que no faltaba que allí, en el exterior, halláramos vicios y problemas. Pese a ello, la mayor parte de la raza salía viva, se educaba a tirones para el futuro, aprendía juegos, hacía deporte callejero, descubría el mundo. Hoy eso es casi imposible, a menos que los padres sean inconcientes y muy laxos. La puerta de la casa, en suma, es la frontera entre la seguridad y el peligro, entre la tranquilidad y la zozobra. Por eso, los padres con un mínimo de precaución han, hemos, decidido atrincherar a los hijos pequeños y no tan pequeños en las paredes del hogar, para no estar luego lamentando ciertos descuidos.
De ahí proviene entonces la adicción a la pantalla. Los niños, los jóvenes de hoy, sin deporte y acaso con aburridos libros en casa no encuentran mejor opción que la tele o la computadora para emerger al mundo, para conocer lo que hay más allá del feudo familiar. Niños hay, lo sé, que han perdido prácticamente la capacidad de leer, en privado o en público, porque han pasado horas, días, años frente a pantallas que amoldaron sus cerebros a esfuerzos mínimos de concentración.
La violencia y la vida laboral actual provocan estragos que no se notan mucho, pero que están allí, minando desde sus cimientos el alma de la población. La sobredosis de tele y de internet, el abuso en el consumo de imágenes y sonidos facilones crea atrofias que luego los maestros no pueden enderezar en el salón de clases. Nuevamente, pues, el paquete mayor recae en los padres de familia, responsables más importantes de las deformaciones adquiridas por sus hijos y, también, los únicos que tal vez, con un esfuerzo titánico, casi como superhéroes, pueden hacer algo para que sus hijos no se vean secuestrados por la nana pantalla, por el ocio babeante de las caricaturas y los sitecoms.