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miércoles, julio 17, 2024

Secuela de Miami









Suelo no ver “las previas”, parte de las transmisiones que se escurre entre anuncios y lugares comunes de los comentaristas, así que siempre en tales casos me engancho a la hora justa. Así, con toda la ociosidad que puedo acopiar durante mis vacaciones, encendí el televisor a las seis en punto del domingo, listo para embobecerme con el partido final de la Copa América. La primera imagen que me regaló la pantalla no fue futbolera, sino un tumulto apretujado afuera del estadio de Miami, donde se disputaría el juego.

Era una imagen rara, acostumbrados como estamos a ver que los espectáculos organizados en EUA, por más gente que convoquen, jamás derriban los protocolos de orden y seguridad. Esta vez no fue así: miles de personas con playeras amarillas y azules se agolpaban en los accesos al estadio mientras la valla metálica y unos cuantos guardias de seguridad contenían aquella ola latinoamericana. El público quería entrar, pero la puerta estaba cerrada y los televidentes sólo podíamos imaginar gritos, insultos, amenazas. Los comentaristas subrayaban obviedades: el calor y la agitación en aquella muchedumbre podían provocar un desastre con desfallecidos y aplastados.

Nada se sabía con precisión en esos minutos de demora. Se especulaba con venta de boletos falsos, con fanáticos que se habían colado sin pagar, con la posibilidad de demorar más o suspender el partido. Luego ocurrió un hecho asombroso: abrieron las puertas del estadio y el público ingresó como horda. Es posible conjeturar que el negocio se puso por encima de la seguridad, y en un momento en el que las autoridades podían suspender todo ante la falta de garantías, prefirieron que la gente entrara y se acomodara a codazos donde pudiera. Poco después comenzó el choque.

Las escenas de caos dejan volando una lección: las autoridades gringas ahora saben que el futbol (“soccer”, como le llaman allá) puede incitar pasiones todavía no bien conocidas en Estados Unidos. Esta vez fueron rebasadas por la locura colectiva, pero en el Mundial próximo no creo que se les vaya a pelar de las manos el control. El domingo pusieron en riesgo a miles de personas; creo que esto no se repetirá porque allá, si algo dominan, es vigilar y castigar mediante sus panópticos.

miércoles, julio 03, 2024

Con la misma piedra


 











Para seguir cerca de los memes habituales en este mes, recuerdo que Julio Iglesias hizo famosa la canción del estribillo “Tropecé de nuevo y con la misma piedra”. No se me ocurre mejor frase para enunciar de manera sintética lo que ha pasado con la selección mexicana en la Copa América 2024. Una vez más, ya por enésima, el equipo de nuestro país se queda en el camino mucho antes de lo que se esperaba, lo que nos produce una sensación de déjà vu que ya se está convirtiendo en el pan de cada torneo en el que participa.

Soy de los que, por razones que la razón no entiende, ven los partidos oficiales de la selección con algo muy parecido a la fe religiosa. Por supuesto que no llego al desgarramiento de mis vestiduras, pero siempre que hay algo de por medio, cuando los partidos no son de los que llaman “amistosos”, me aíslo frente al televisor anhelante de triunfos tricolores. Ha pasado incluso que despierto en la madrugada para ver los encuentros que se juegan del otro lado de planeta. Se trata entonces de una extraña tendencia al masoquismo.

Así la realidad, y si recapitulo lo sucedido, me doy cuenta de que nuevamente nos faltó un pelo para seguir adelante. Como en otras ocasiones, un gol en contra, un gol que no cae a favor, un penal de Robben, un leve descuido atrás, es decir, un detalle relativamente nimio nos fulmina. Por ejemplo, ahora nos faltó cualquiera de estos diminutos logros, no hazañas: un gol más ante Jamaica; no errar el penal frente a Venezuela; un gol ante Ecuador.

Pese a que México no jugó bien y casi todo dependió del riñón más que del cráneo, en general se vio mejor (no mucho mejor) que sus rivales. Debió pasar en primer lugar de su grupo, pero se quedó corto de presupuesto por monedas, por casi nada, y esto es lo que más amarga.

Hoy se buscan culpables del fracaso y al primero que hallamos es a Lozano. Soy de esta idea: la selección estará mejor cuando veamos una Liga digna del dinero que genera. Tiene todo: estadios, publicidad, público, buenos jugadores, pero deben echarse abajo aberraciones como la eliminación del descenso. También, obligar a la formación de jóvenes y reducir el número de fuereños.

En fin. El enojo me mueve a pensar en lo que quizá no tiene remedio.