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jueves, julio 16, 2026

36. Sánchez

 








El recuerdo más lejano que conservo de Hugo Sánchez (Ciudad de México, 1958) se remonta a su participación en la selección olímpica de 1976. Parecía ser uno de los más destacados en aquel grupo de buenos jugadores, pero apenas pocos años después, ya como profesional en los Pumas y todavía muy joven, disputó a Cabinho el liderato de goleo en México. En otras palabras, el juvenil “destacado” terminó por convertirse, sin sombra de duda, en el mejor jugador mexicano de la historia. Lo fue por su talento natural, pero también por su fervor competitivo. Los más de 500 goles que figuran en su estadística se agigantan en función del equipo que lo vio encaramarse hasta la punta del futbol mundial: el Real Madrid, club en el que, con más de 200 tantos, se convirtió en “pentapichichi”. Era rápido y elástico, de un resorte poderoso y una capacidad imprevisible para la pirueta. Creo que de él es la mejor chilena de la historia, la más estética. La habilidad que lo encumbró fue el olfato, la anticipación para rematar como venía. Tuvo por ello una temporada de 38 goles ¡de un solo toque! Ha sido el mejor futbolista mexicano, es imposible negarlo.

miércoles, julio 03, 2024

Con la misma piedra


 











Para seguir cerca de los memes habituales en este mes, recuerdo que Julio Iglesias hizo famosa la canción del estribillo “Tropecé de nuevo y con la misma piedra”. No se me ocurre mejor frase para enunciar de manera sintética lo que ha pasado con la selección mexicana en la Copa América 2024. Una vez más, ya por enésima, el equipo de nuestro país se queda en el camino mucho antes de lo que se esperaba, lo que nos produce una sensación de déjà vu que ya se está convirtiendo en el pan de cada torneo en el que participa.

Soy de los que, por razones que la razón no entiende, ven los partidos oficiales de la selección con algo muy parecido a la fe religiosa. Por supuesto que no llego al desgarramiento de mis vestiduras, pero siempre que hay algo de por medio, cuando los partidos no son de los que llaman “amistosos”, me aíslo frente al televisor anhelante de triunfos tricolores. Ha pasado incluso que despierto en la madrugada para ver los encuentros que se juegan del otro lado de planeta. Se trata entonces de una extraña tendencia al masoquismo.

Así la realidad, y si recapitulo lo sucedido, me doy cuenta de que nuevamente nos faltó un pelo para seguir adelante. Como en otras ocasiones, un gol en contra, un gol que no cae a favor, un penal de Robben, un leve descuido atrás, es decir, un detalle relativamente nimio nos fulmina. Por ejemplo, ahora nos faltó cualquiera de estos diminutos logros, no hazañas: un gol más ante Jamaica; no errar el penal frente a Venezuela; un gol ante Ecuador.

Pese a que México no jugó bien y casi todo dependió del riñón más que del cráneo, en general se vio mejor (no mucho mejor) que sus rivales. Debió pasar en primer lugar de su grupo, pero se quedó corto de presupuesto por monedas, por casi nada, y esto es lo que más amarga.

Hoy se buscan culpables del fracaso y al primero que hallamos es a Lozano. Soy de esta idea: la selección estará mejor cuando veamos una Liga digna del dinero que genera. Tiene todo: estadios, publicidad, público, buenos jugadores, pero deben echarse abajo aberraciones como la eliminación del descenso. También, obligar a la formación de jóvenes y reducir el número de fuereños.

En fin. El enojo me mueve a pensar en lo que quizá no tiene remedio.

miércoles, noviembre 30, 2022

Cuatro escenarios








Las combinaciones aritméticas para que México pase a la siguiente ronda son varias. Hay posibilidades, pero se ven remotas y la mejor es la que depende de una goleada mexicana y en segundo lugar del resultado entre Argentina contra Polonia. Para empezar, es necesario decir que ningún resultado entre argentinos y polacos libera a México de la obligación de ganar. En unos casos, por cualquier marcador; en otros, por la susodicha goleada (4-0). Por ejemplo, si pierde Argentina, a México le basta con el 1-0 frente a Arabia Saudita. El problema es que los gauchos pierdan, así que debemos contemplar las combinaciones que generaría su empate o su triunfo frente Polonia. En fin, un lío para la selección tricolor.

No es, sin embargo, este hilado fino de especialistas en combinatoria futbolera lo que me interesa comentar, sino cuatro escenarios posibles para México, todos descritos en greña, a trazo grueso. Los describo.

1. Que México pierda. No creo que esto suceda, pues su juego no ha sido del todo deplorable. Cierto que la ofensiva pasa por una sequía espantosa, pero su defensa ha mostrado buen desempeño. Los tantos de Argentina tuvieron que ser golazos desde lejos para minar a México. Nuestra selección puede (debe) secar a los ofensores sauditas.

2. Empate. Es el escenario que veo más viable. Una sosa igualada que nos deje fuera del Mundial como si se tratara del torneo local, sin chiste. Como los mexicanos andan con la pólvora mojada, pueden conformarse con intentar, con dar la idea de que luchan hasta el final, pero sin efectividad. Lamento imaginar incluso un empate a cero goles.

3. Un triunfo-derrota. Este escenario paradójico describe una victoria de México pero por una diferencia tan escasa que, combinada con el resultado del Polonia-Argentina, nos deje eliminados. De nada serviría pues un 1-0 o un 2-0 a favor si en el otro partido no se da la combinación que nos favorezca.

4. Un triunfo heroico. No estamos habituados a esto, al menos no en Mundiales. Sería como pedir un milagro, que los sauditas salieran en el peor día de su historia y que de golpe México mejorara su puntería en la delantera. O no su puntería, sino su llegada, porque hasta ahora ni la oportunidad de disparar se ha presentado. En fin, los milagros no se dan en maceta, así que preparémonos para el desconsuelo.

miércoles, agosto 12, 2009

Enemigo incomparable



Sí, ya sé: para qué escribo sobre futbol. Lo hago poco, digo en mi defensa, sólo cuando de plano es inevitable, como hoy. Y es que, colonizado por este deporte desde la niñez, soy como muchos adultos: un caso perdido, me gusta el futbol. De reojo veo los goles y los resultados cada domingo, me clavo con el resumen de la jornada argentina y es inevitable: los juegos de la selección son mis favoritos. No todos, como cuando juega contra San Vicente o contra la poderosa selección de Haití. Tampoco los amistosos, por más que los presenten con envoltura de celofán. Me gustan, me atan, esos sí, los juegos como el de hoy, cuando está de por medio algo y cuando van contra un equipo como Estados Unidos, nuestro coco regional en muchos años.
Lejos están las épocas, y me da gusto, en las que México jugaba en la Concacaf como juega el gato maula contra el mísero ratón. Aquello era surrealista, increíble y gloriosamente bochornoso, pues cómo era posible que una selección como la nuestra se midiera contra países no más grandes que Gómez Palacio, sin ligas profesionales y sólo configuradas por atletas que en su tiempo libre, cuando no pateaban pelotas, eran taxistas y botones en hoteles de cinco estrellas. Me refiero sobre todo a esos seleccionados antillanos que al pisar la gramilla del Azteca se zurraban de pavor, pues el coloso de Santa Úrsula era para ellos algo así como La Scala de Milán para los integrantes de la Banda Cuisillos. No es lógico.
Por eso, el mito del seleccionado mexicano rey de la Concacaf sólo era eso, un mito hueco, la forma menos complicada de inflarnos el orgullo sin fundamento en la realidad. Todavía ahora, en la Copa de Oro, por ejemplo, México despachó rivales que podían ser vencidos por equipos de la liga ranchera, aunque vale decir que tras la abrupta renovación provocada por la llegada de Aguirre era más o menos similar el nivel de los mexicanos y el de sus contrincantes. Por eso, soy de los que sí disfruté la goleada que los nuestros recién infligieron a los gringos, aunque sin caer en falsas expectativas ni en patriotismos baratos ni siquiera íntimos.
En el contexto de la Concacaf, zona de suyo débil en el mapa del fut mundial, México mandaba sin oponentes de cuidado. Eso por lustros. Si acaso, Costa Rica y Honduras le daban de repente algunos sustos, pero todo era cuestión de que los verdes le pisaran un poco al acelerador para que las aguas volvieran a sus cauces habituales. Y cómo no, si en infraestructura, sueldos, publicidad y todo lo demás el futbol mexicano les llevaba y todavía les lleva una ventaja abismal tanto a los catrachos como a los ticos. Pero ellos, pese a sus limitaciones, han sabido hacer futbolistas nada chípiles ni apapachados, técnicamente bien dotados, riñonudos y con ganas de sobresalir. Pienso, como casos cercanos, en Hernán Medford o en Carlos Pavón Plummer, tico y catracho que alguna vez nos hicieron travesuras. Sus países siguen avanzando, o, si no, al menos conservan el decoroso nivel que han tenido desde hace algunas décadas. A ellos, como selección, se sumó el peligro de los gringos, quienes han crecido y asombrosamente han mantenido intacto su esquema de futbol desde hace quince años. En efecto, los seleccionados de EUA juegan igual desde hace tiempo: orden atrás, una media sacrificada y recuperadora y dos delanteros que dominan la descolgada como Joe Montana dominaba los pases de anotación. Además de eso, cojones, voluntad, espíritu de lucha. Con eso, sin romper el rígido patrón, nos han propinado algunas bailadas memorables, lo que ahora nos tiene ansiosos de regresarles la dosis. Veré el juego de hoy, pues, y quiero que gane México. No me apuraría si pierde, pero si sale airoso sentiré ese orgullito de niño al que siempre me he sentido con derecho, más ante el enemigo incomparable, los gringos. Al margen de la publicidad, del negocio, sin que me vaya nada en ello, quiero que los de Aguirre salgan adelante. Ya tengo listas mis cervezas.