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sábado, octubre 19, 2013

Vigencia de Jorge Méndez




















La plaquette cuya portada encabeza este post fue obsequiado al público al final del homenaje a Jorge Méndez celebrado el 17 de octubre de 2013 en el Centro Cultural José R. Mijares de Torreón. Las palabras liminares de la publicación son las siguientes:

Presentación. Vigencia de Jorge Méndez

Como lo ha destacado Salomón Atiyhe, desde hace algunos meses él y yo rumiamos la posibilidad de homenajear a nuestro común amigo Jorge Méndez Garza, el director de teatro universitario y barrial con la trayectoria de mayor duración en la historia de la comarca lagunera. Por razones que describe el mismo Salomón, el homenaje demoró hasta que por fin, el 17 de octubre de 2013, logró cuajar en este racimo de sentidas manifestaciones: una mesa redonda en torno a Jorge, varias obras de teatro, una velada musical con las canciones que le gustaban, el bautizo del «Teatro de Cámara Jorge Méndez Garza» en el Centro Cultural José R. Mijares, de Torreón, y un pequeño tributo de papel, la Vigencia de Jorge Méndez que usted tiene en sus manos.
Las páginas que vienen fueron acaparadas de botepronto, sin pensarlas demasiado. Luis Enciso y Salomón escribieron, cada uno por su lado, sendos comentarios, los dos todavía con olor a estreno. Enciso, quien durante muchos años fue amigo cercanísimo de Jorge, nos aproximó el poema de Miguel Morales y la evocación estroboscópica de nuestro paisano Raúl Adalid. Saúl Rosales nos obsequió una reseña (el texto de mayor edad en este conjunto) sobre Acto cultural, obra montada por Jorge a principios de los ochenta. Yo apoquiné con todo lo que escribí sobre Jorge, que lamentablemente es menos de lo que ahora desearía: una entrevista primeriza (de 1987, insólitamente localizada por Enciso entre los papeles que dejó el homenajeado); una reseñita sobre La daga, obra puesta por Jorge en 2009; y una «carta» póstuma publicada un día después de la muerte de Jorge. Se trata, en resumen, de un opúsculo preparado al calor de la emoción, el respeto y el reconocimiento, sentimientos que se mantienen intactos pese a que ya pasaron más de tres años desde que el querido amigo se nos fue.
El agradecimiento por este libro es múltiple, e incluye a los autores de los textos, por supuesto; además, a Arturo Rangel Aguirre y Juan Noé Fernández, por su apoyo solidario para la edición; a Lupita Estrada, por la captura mecanográfica de parte del material, y a todos los que de una manera cálida siguen recordando a Jorge en conversaciones espontáneas, plenas de afecto y respeto a su memoria.
Jaime Muñoz Vargas
Torreón, 1, octubre y 2013

Vigencia de Jorge Méndez, Raúl Adalid, Salomón Atihye, Luis Enciso, Miguel Morales Aguilar, Jaime Muñoz Vargas y Saúl Rosales, Iberia Editorial, Torreón, 2013, 42 pp.

domingo, marzo 07, 2010

Jorge recordado por Raúl



Jorge Méndez, nuestro querido amigo Jorge, recibirá, organizado por la UAdeC, un primer y merecido homenaje el próximo miércoles 10 de marzo a las 7:30 de la noche en el auditorio de la FCA. Todavía no tengo detalles, pero supongo que será un acto sentido, otra forma de agradecer a Jorge lo mucho que hizo por el teatro universitario lagunero. Como sencillo aporte a la valoración de su trabajo, entrevisté a Raúl Méndez, actor lagunero que alguna vez fue dirigido por Jorge y ahora destaca, sobre todo, en el cine mexicano con películas como Amar a morir, Km 31, Matando cabos y El Tigre de Santa Julia. Acordé este diálogo con Raúl el sábado 27 de febrero, luego de la misa a la que asistió, como muchos, dolido por la partida de su maestro y amigo. Esto fue lo que respondió:

¿Cómo y dónde conociste a Jorge Méndez?
Lo conocí en 1993, cuando me invitó a un montaje que estaba preparando (La carpa, de Vicente Leñero); con esa puesta tuvimos la oportunidad de ser parte de la muestra regional, estatal y de zona norte; fue la primera vez que entendí la dimensión de una compañía de teatro y sus alcances.

¿Cuáles fueron los consejos o recomendaciones o enseñanzas que recuerdes te haya dado?
Más que consejos, Jorge lo que lograba con la gente que estaba a su alrededor era contagiarla de la pasión por el teatro; a mí en lo personal me dejó muy claro que el ser actor no es una “profesión” o una “carrera”, sino una condición de vida y por lo tanto creo hasta el día de hoy, como él también lo creía, que el teatro lleva de la mano una gran responsabilidad, la de ser honestos al momento de estar en el escenario, la de no “actuar”, sino abandonarnos al mundo del personaje en el tiempo en el que la obra se lleva a cabo.

¿Alentó en alguna medida tu carrera actoral?
Por supuesto, me hizo advertir, gracias a su enorme pasión por el teatro, que vivir de la ficción por el resto de mi vida implicaba un mayor crecimiento y preparación, y fue por lo que decidí emigrar a la Ciudad de México, para empezar mis estudios profesionales. Eso es algo que siempre me dejó muy claro: un buen actor nace y se hace.

¿Tenías contacto con él luego de tu salida a la capital?
Tuve la oportunidad de regresar a Torreón con un par de obras que eran parte del repertorio que teníamos en nuestra compañía llamada Los Endebles; Jorge asistió a las dos puestas en escena. Hay una anécdota que te quiero compartir. Todos sabemos que Jorge nunca se callaba las cosas y tenía una manera muy ácida de hablar de la vida; cuando venimos por primera vez con la obra Los Endebles la presentación fue en el teatro Isauro Martínez; como lagunero me sentía más responsable de que el teatro tuviera espectadores, a las dos de la tarde salí a la taquilla para preguntar cómo iba la venta y la persona me comentó que había ochenta boletos vendidos, el Teatro Martínez tiene capacidad para ochocientas; diez minutos antes de empezar la función, nosotros estábamos calentando en el escenario, concentrados en lo nuestro y de pronto una voz bastante conocida (la de Jorge Méndez) se vuelve protagónica y grita: “¡Tenían que regresar estos cabrones para ver este teatro de nuevo lleno!” En ese momento nos detuvimos y fuimos todos a los rincones del teatro para asomarnos por el telón: el teatro no solo estaba lleno, sino que tuvieron que improvisar doscientas butacas más. Al terminar la obra nos encontramos con Jorge y sin decirnos una sola palabra se acercó y vimos sus ojos llorosos por una indescriptible emoción.

¿Qué significa para ti la muerte de Jorge?
La muerte de Jorge me significa la pérdida de un gran amigo, maestro y director, pero lo que más me preocupa en estos momentos es el hecho de que queda un enorme hueco en el quehacer teatral; a una ciudad que actualmente está destruida por el ambiente de violencia lo que mejor le podría venir es tener el pretexto o la posibilidad de que por medio del teatro la gente lograra, por un par de horas, adentrarse en un mundo imaginario para alejarse de la cruda realidad actual de nuestra comarca. Habrá que hacer un ejercicio profundo que venga de quienes están en Torreón y fueron discípulos de Jorge para que no dejen que el tiempo pase y el teatro caiga en un letargo. Hay que seguir luchando por el teatro lagunero como Jorge lo hizo por tantos años.
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¿Cuál crees que es el mejor homenaje que la Universidad y La Laguna pueden dedicarle?
El mejor homenaje no creo que esté en un discurso, no creo que en la teoría, sino en la práctica, en el acto teatral en sí; creo que es momento de que aquellos que por años recibieron las enseñanzas de Jorge busquen la manera de montar varias obras, que se vuelva un hecho histórico el tener la posibilidad de ver en siete días de la semana siete obras diferentes; hay que pensar que sí se pueden hacer las cosas.

sábado, febrero 27, 2010

Querido Jorge Méndez:



Ayer, Jorge querido, te fuiste de sorpresa, sin avisar ni nada. Como siempre, fuiste discreto, silencioso, sereno. Sabía que algo andaba mal con tu salud, pero jamás nos comunicaste un malestar a muchos de los que admiramos tu trabajo. Preferías, quizá, luchar solo, no fastidiar a nadie con quejas que, tú lo sabías bien, suelen parecer exageradas cuando se refieren a enfermedades. Ignoro qué fue lo que te robó la vida, Jorge, y no me interesa saberlo. Lo único que sé, amigo, es que fuiste desde que te conocí, allá por el 87, un trabajador inagotable de la cultura lagunera, uno de esos hermanos mayores que siempre tenían algo nuevo que ofrecer, sin desmayo, sin miedo a las carencias, sin perseguir la vulgaridad del éxito individual.
Jorge, alguna vez alcancé a decirte que admiraba tu trabajo, que aunque no nos viéramos mucho yo sabía siempre que en algún lugar de La Laguna andaba Jorge Méndez dirigiendo teatro o dando clases, luchando por el arte y la juventud de nuestra tierra. Para mí, desde que te entrevisté allá por el 88 y publiqué el diálogo en El Juglar, tabloide cultural de la UAdeC, eras el emblema del teatro universitario en la región. Nunca vi a nadie tan cerca, por vocación, de la enseñanza escénica es espacios universitarios; nunca vi a nadie que pudiera presumir tantos montajes y tantos jóvenes y escenógrafos y vestuaristas y músicos coordinados bajo tu mirada atenta y generosa. Cuánto te debemos, Jorge, cuánta infinidad de horas trabajaste con abnegación por el teatro más silencioso que se puede hacer, el universitario, el que orienta a cientos de jóvenes hacia la exploración de la naturaleza humana gracias al conocimiento y la materialización de la literatura en los escenarios.
Jorge, Jorge Méndez Garza, te veo hoy en el recuerdo y sólo conservo imágenes de esfuerzo y desprendimiento. Cómo no decir, por ejemplo, que tu pasión por el teatro llegaba tan lejos que sin aspavientos, con la mesura de todas tus acciones, pasaste del teatro en la universidad al teatro en las cárceles. Tu fe en la escena era tan grande que mientras todos solemos dar la espalda a la tragedia del encierro, tú, yendo y viniendo a los guetos de reclusión, brindabas tu acción directa a los que ya nadie quiere, a los que todos despreciamos porque sobreviven en la cárcel.
Tuve la fortuna, Jorge, y lo recuerdo más porque conservo las fotos, de haber viajado contigo hace pocos meses a México. E igual, fuiste un compañero de viaje sensato, conversador, animado, inteligente, medido en todo, cuidadoso de no caer en ninguna impertinencia. Nunca como en ese viaje de tres días platicamos más, nunca como en esas tardes de caminata sobre Reforma compartimos más ideas, más proyectos, más sueños y recuerdos. No olvido aquella charla en las jardineras de Bellas Artes, el asombro de nuestras almas provincianas ante la vorágine de la capital.
Jorge, amigo Jorge Méndez, ya es tarde para que lo vivas, pero creo que mereces un reconocimiento de todos los que te admiramos y quisimos; algo, lo que sea, que honre tu memoria y tu trabajo. Me apunto para pedir que la universidad a la que tanto serviste tenga un teatro con tu nombre. Esto que pienso hoy de ti, golpeado por tu partida, no es arranque ni sentimiento fortuito, pues hace un año, el 13 de febrero de 2009, dije sin atenuantes, contigo todavía entre nosotros, esto: “[Méndez] es uno de los mejores maestros de arte dramático en La Laguna y uno de los pocos que ha sostenido una carrera amplia, congruente y apegada al trabajo escénico con una dramaturgia humana, demasiado humana (…) es el director de teatro con el trabajo continuo más largo en la historia reciente del teatro lagunero”. Hoy, ya sin ti, lo sostengo y agradezco lo mucho que hiciste por la cultura lagunera.

viernes, febrero 13, 2009

La daga según Jorge Méndez



La daga, obra del recientemente fallecido Víctor Hugo Rascón Banda, será presentada hoy, mañana y pasado mañana en el Teatro Garibay. Ya hizo seis presentaciones y seguirá en cartelera durante todo este mes, así que hay poco tiempo para verla. El montaje corresponde a la Agrupación Teatral La División del Norte, que tiene como director a Jorge Méndez, de quien siempre he subrayado que es uno de los mejores maestros de arte dramático en La Laguna y uno de los pocos que ha sostenido una carrera amplia, congruente y apegada al trabajo escénico con una dramaturgia humana, demasiado humana.
Con pocos recursos y con actores cuyas trayectorias apenas amanecen, Méndez ha logrado meternos a la atmósfera de la carnicería que es el centro de esta obra escrita por Rascón Banda. La combinación de eficacia narrativa y economía de medios permite que los tres vértices temáticos de la obra queden al descubierto, desnudos ante el espectador. Me refiero al machismo (y su derivación hacia la homosexualidad), el alcoholismo y la violencia. Esos son, a mi juicio, los ejes de esta puesta dramática, ejes que se mezclan en un discurso hilvanado entre el humor populachero y la crudeza, entre la barbajanada hiriente y la risa. No es para menos, si pensamos que ese es uno de los rasgos distintivos de esos comercios populares en los que la compra-venta se ve siempre impregnada por el chismorreo y la maledicencia.
Román (Homero Guerrero), es el dueño de la carnicería; se trata de un tipo rústico, fortachón, dicharachero y conquistador, briago de tiempo completo y echón como pocos. Con él trabaja El Mudo (Édgar Eloy Delgadillo), joven cuya discapacidad lo aherroja en la cárcel de la ignorancia y al martirio de los insultos que perpetra contra él, sobre todo, su patrón Román. Al negocito llega Chela (Marisol Díaz de la Serna), chamaca que regentea una estética unisex y hace favores venéreos al carnicero. La dinámica vulgar y simple del lugar se ve alterada con la aparición de René (Sergio Escajeda), gimnasta olímpico mexicano, triunfador y amigo de andanzas juveniles de Román. La trama nos lleva al enredo de conversaciones entrecortadas, elípticas, de agresividad tosca y gratuita, rasgo que suelen tener las charlas en espacios donde el alcohol inunda almas primarias. Los contornos bisexuales insinuados al principio y luego materializados entre Román y René provocan un interés creciente y ponen sobre la mesa el gran tema de la hipocresía. Se trata, pues, de una historia en apariencia sencilla, simple en su pellejo, con la mayor parte de sus malicias colocadas como guiños entre los parlamentos. La daga-fetiche de Román es como un personaje más, símbolo fálico al que debemos poner atención, pues gravitará en el clímax de la obra.
El ritmo es uno de los varios aciertos de la dirección. Los actores han sido colocados con tino y la fuerza del trabajo actoral armoniza muy bien en el conjunto. Homero Guerrero hace un buen machín de barrio, da el tipo, aunque todavía acusa leves altibajos cuando su personaje lo obliga a tocar un registro más solemne. Édgar Eloy Delgadillo luce espléndido como El Mudo, pobrediablo convincente a fuerza de expresiones que no pasan de la seña y la muy mal atendida guturalidad. El mejor desempeño actoral lo hace, a mi ver, Marisol Díaz con su sexosa ligadora; ella es ya una actriz que promete. A Sergio Escajeda lo siento algo débil, como falto aún de trabajo con la voz, aunque tiene una presencia grata, apta en este momento para papeles de joven sensible. La daga convocó, entre otros, a Sergio Gómez (director asistente), Francisco Lira (quien hizo una excelente reproducción de “El buey desollado” de Rembrandt), Carlos de la Rosa (fotografía), Juan Antonio de Alba (apoyo logístico) Óscar Calderas (iluminación), Gilberto Ibarra (carpintería), Enrique Tavares (audio). La producción ejecutiva es del Teatro Nazas y la general es del Icocult Laguna.
Todo este conjunto ha conseguido una meritoria puesta en escena. Hay que verla y felicitar a Jorge Méndez, el director de teatro con el trabajo continuo más largo en la historia reciente del teatro lagunero.