sábado, septiembre 19, 2015

Texto rescatado sobre el sismo del 85














Hace diez años —el 16 de septiembre de 2005— publiqué en mi columna este comentario sobre el sismo y la muerte que más vinculo con aquel desastre. Apareció en mi casi recién fundada columna Ruta Norte del periódico La Opinión Milenio (la había inaugurado en marzo de 2005), pero no aparecía aquí porque este blog lo abrí un año después, durante el proceso electoral de 2006 que derivó, como ya lo sabemos y lo padecimos, en el fraude que impuso al genocida Felipe Calderón en la presidencia de la república.

El sismo y dos décadas sin Rockdrigo

Jueves 19 de septiembre de 1985, 8 am. Recuerdo con absoluta claridad ese momento, lo veo como si ocurriera en un presente ya perpetuo. Estoy en un aula del Iscytac, escuela donde rumio la carrera de comunicación y voy en el penúltimo semestre. El Iscytac está todavía en la colonia Bellavista, de Gómez, allá por donde sigue el Francés. Uno de mis maestros de periodismo, Juan Noé Fernández Andrade, llega al aula para dar su clase y las primeras palabras que nos dispara, sin “buenos días” mediante, son abrumadoras: “Acaba de temblar muy fuerte en la ciudad de México; parece que hay miles de muertos”.
Todos en el salón escuchamos esa mala nueva sin demasiado azoro; tuvimos la primera clase a las 7 de la mañana, así que todavía no carburábamos lo suficiente como para digerir una noticia de tamaña dimensión. Después de todo, con triste frecuencia los periódicos y la tele emiten noticias sobre temblores en la capital. Por supuesto, los alumnos de Juan Noé —Adrián Valencia, Saúl Vargas, Chuy Sánchez, Carlos Ezquerra, Ana Zúñiga, Mary Tere Murra, Rocío Lazalde, Cecy Santibáñez, Roberto Fernández, Valentín Botello, Juan Carlos Cabello, Margarita Morales, Mary Montelongo, Araceli Espinoza y yo— no sospechamos que aquella era una nota estremecedora, un parteaguas en la historia del México moderno, pues a partir de allí muchos estudiosos de nuestro país desprenden el surgimiento de la llamada “sociedad civil”.
Unos minutos bastaron para que dimensionáramos con precisión el quebranto sufrido por la capital. La naturaleza había hecho de las suyas con violencia incomparable y el DF era un caos de sangre, lágrimas y desesperación, pero también de valentía y en no pocos casos de heroicidad. Pronto, demasiado pronto si hacemos una comparación con lo recientemente acontecido en Nueva Orleáns, los anónimos actores de la sociedad civil se organizaron y pusieron manos al rescate. Como en el actual régimen de la Casa Blanca frente al desastre de Katrina, en Los Pinos de De la Madrid la reacción ante el siniestro fue morosa, negligente, absurda (poco menos de un año después, en la inauguración del Mundial 86, el Estadio Azteca le dedicaría al atolero propulsor de la “Renovación moral” una inmensa rechifla transmitida en cadena mundial, acaso la más cerrada de la historia y sólo comparable a la que pudiera recibir Judas Iscariote si se presentara en público).
Aquellos estudiantes de comunicación vimos en la cafetería del Iscytac, borroso en la pantalla de una anciana tele, el terror sembrado por el sismo, y entonces comprendimos bien que la naturaleza había excedido la violencia tolerada por las obras humanas, por los edificios y sus moradores. Calles enteras, avenidas completas mostraban a sus costados el estrago de aquel sacudimiento tectónico. Era el Desastre, con mayúscula, como con mayúscula lo es ahora el cataclismo del Golfo. Nunca más, desde entonces, creo, he tomado a la ligera las noticias relacionadas con la furia de la naturaleza, y hasta hoy lamento profundamente la falta de previsión y la ineptitud de las autoridades a la hora de socorrer las víctimas.
Luego de aquel sacudimiento pasó un par de años, y allá por el 88 o el 89, en una reunión de amigos, el futuro jesuita Javier Prado Galán, que tocaba bien la lira, se echó unas rolas que llamaron sensiblemente mi atención. Pregunté de quién eran, y Prado detalló que las había compuesto un tal Rockdrigo González, apodado El Profeta del Nopal, oriundo de Tamaulipas, muerto muy prematuramente en el sismo del 85. Poco tiempo después, gracias a mi amigo Miguel Teja, voraz consumidor de casetes con música de artistas marginales, me hizo una copia (todavía la conservo) de los únicos discos que pudo grabar Rockdrigo, todos en condiciones casi artesanales.
Así lo pude oír completo, o casi completo, pues abiertamente me confieso profano en rock, en cualquier rock. Pese a mi falta de mejores referentes, la voz, la guitarra, la “trompeta” (el cogote), la armónica y el ingenio letrístico de Rockdrigo pronto se adueñaron de mi más profundo aprecio. ¿Y qué encontré en ese tipo? Todo lo que se le puede pedir a un auténtico artista popular. Fuera del mercado, distante a kilómetros-luz de la publicidad que enceguece y plastifica, sin un centavo de éxito comercial, el gran Rockdrigo era capaz, es capaz, de hacer lo insólito: matar a su público con una espina, pintar hermosos frescos sin pintura y con los dedos, sembrar flores en la piedras. No por nada, el suyo se erigió de inmediato en el mejor, ¿en el único?, emblema del “rock rupestre”, un rock que no necesita de aracles ni performancismos opulentos, un rock que no demanda luces ni sonido para imponer su ley, la ley de la calle, la ley del artista que nada tiene y sin embargo edifica maravillas, émulo del trovador que embrujaba con el laúd y la palabra en los mercados del Medievo.
Muchas muertes, pues, todas dolorosas y terribles, dejó el sismo del 85. Dejó también herido de muerte al sistema que en el 88 naufragó con la derrota del PRI y el triunfo del ingeniero Cárdenas, presidente de la república al que le fracturaron el triunfo Bartlett, Salinas, Fernández de Cevallos y otros rufianes que hasta la fecha siguen sin pisar la bartolina. En ese México que cambiaba, en ese México inconforme y todavía muy bronco, las rasposas letras de Rockdrigo evidenciaban a sus casi secretos admiradores que la composición de letras para el rock y el blues no necesariamente debía ser surrealosa y solemne o humorística y pendeja. Rockdrigo fue, verso tras verso, un compositor en el que convergió la idiosincrasia del mexicano casi en pleno, desde el humor ácido y salaz (“Rock del Ete”, “Asalto chido”, “El feo”), hasta el vuelo existencial con sabor a borrachera en el lóbrego tugurio (“Vieja ciudad de hierro”, “Distante instante”, “Acerca de ti, acerca de mí”, “No tengo tiempo”), pasando por el hábil pincelazo coloquial (“Susana de la mañana”, “Metro Balderas”, “Los intelectuales”, “Buscando trabajo”) y la crítica social sin excesos de panfletarismo (“La máquina del tiempo”, “Balada del asalariado”, “Ratas”).
La página web http://www.rockdrigo.com.mx/ consigna que para el veinte aniversario de su muerte se sucederán homenajes y tributos en varios foros del DF. Será una merecida forma de reconocer el misterioso talento de ese genio callejero y de reiterar que aquel 85 de triste y a la vez noble memoria es una fecha ya imborrable para México.
Pese al dolor, dolor que él experimentó en muchas ocasiones, Rockdrigo no hubiera estado contento con la solemnidad de este apunte, por eso bien puede terminar con la arenga improvisada que se aventó alguna vez en una de sus tocadas. Aunque a veces esas palabras han sido tomadas en serio, vistas como lo que son, el irónico preámbulo de una rola, parecen insuperables, ajenas completamente al misticismo almidonado de muchos rockeros que se la creen y que componen letras vaporosas, tan malditas como malitas, tan deshuesadas como inservibles. Venga, pues, Rockdrigo, cierre la puerta de esta Ruta Norte: “Ha llegado la hora de apausar el tiempo, de detener las estructuras para hacer una entrada dimensional hacia los mensajes del sacerdote del rock, aquel que se preocupa por el bienestar y la salud mental de todo el personal… El padre rockanrolero les manda unos mensajes desde su iglesia cósmica… para todos aquellos chavos acelerados y a todas las personas que creen que el rockandroll es nada más vicio, violencia, sexo, anarquía.... no es cierto... el rock renace últimamente como un sistema espiritual, lástima que todavía no salga nadie que le haya agarrado la onda, pero… ahi les va…”.