La
etapa de mi juventud literaria creo que fue la última, y acaso la única, en la
que se dio una convivencia más o menos frecuente no de todos, pero sí de muchos
escritores y aspirantes a escritores laguneros, sobre todo de Torreón. Ocurrió
entre las décadas de los ochenta y noventa, si es que este recuerdo no es una exageración
o una idealización condicionada por mi nostalgia y esa tendencia manriqueana a
pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Por supuesto que aquella no era una
reunión orgánica, compacta y coordinada, como si hubiéramos formado un
sindicato de escritores o algo parecido, sino una frecuentación determinada por
el azar y la tendencia a coincidir en actividades literarias celebradas en los
recintos culturales del centro de la ciudad.
Era
lógico, pues casi todos vivíamos, cuando mucho, hasta la colonia Jacarandas en
el nororiente y hasta la Diagonal Reforma en el suroriente. Además, no había
internet y todavía con un trabajo alcanzaba para paliar las necesidades
básicas. Disponíamos pues de tiempo, y así los viejos y jóvenes escritores nos
veíamos seguido en las presentaciones y en las mesas redondas, que por otro
lado no eran esporádicas.
En
aquel mundillo de gente literaria conocí a José Luis Herrera Arce (Torreón,
1950-2026), quien recién murió y aquí lo recuerdo. Es así porque siempre fue conmigo
un tipo amable, un atento conversador y en su momento uno de los escritores más
decididos a encarar entre nosotros, con plena voluntad, la tarea de escribir y
difundir su obra. Donde quiera que me lo topaba (la última vez ocurrió hace
como tres años en una presentación en el teatro Garibay) era reiterativo en su pregunta:
“¿Qué has publicado últimamente y qué estás escribiendo?” Sé, y lo comprobé
varias veces, que leía mucho y que ponía especial atención en los escritores
locales. Siento que estaba pendiente de lo que publicaban los jóvenes (yo lo
era en aquel momento) por genuina curiosidad y porque de alguna manera
intentaba empatar con el clima de época que soplaba para la narrativa.
Publicó
varios libros y creo que fue, entre los escritores que traté, el más empeñoso en difundir su trabajo, en venderlo. Por un defecto de fábrica, lo habitual
es que los escritores no sepamos vender nada, ni nuestro trabajo, y que venderlo
incluso dé vergüenza; José Luis fue, al contrario, de los pocos que navegaron a
contracorriente del defecto que por ineptitud o pena impide al escritor
imaginar su obra como objeto comercial.
Otro
espacio donde coincidí frecuentemente con José Luis fue el universitario. Nos
topábamos para el diálogo amable aunque veloz en los pasillos de la Ibero
Torreón, donde dio clases durante muchos años. Él también fue profesor por décadas
de la UAdeC. Su padre, Emilio Herrera, fue columnista local durante muchos
años, y el mismo José Luis colaboró en espacios periodísticos durante algunas
etapas de su vida. Fue condiscípulo en la Pereyra de mi amigo Sergio Antonio
Corona Páez, quien lo apreciaba.
Publicó las novelas y cuentos La fábrica del bicho (1994), El ocaso de los días difíciles (1992), Jazz al piano (1993), ABC mujer (1996), Psst (1993), Cuentos para jóvenes (2002) y Los 10 niveles. Novela para niños (2003). Lo evoco aquí con respeto y afecto. Descanse en paz José Luis Herrera Arce.

