Leo
y escucho desde hace varios años a Jorge Alemán (Buenos Aires, 1951),
psicoanalista, politólogo y escritor argentino radicado en Madrid, y desde esa
misma cantidad de tiempo advierto que se vienen cumpliendo sus feos pronósticos
respecto de la reconfiguración del mundo en las décadas recientes. Alemán
publica artículos y libros, pero también es invitado frecuente en programas de
radio e internet. Ahora que vemos en plena acción a Trump —el peor ser humano
del mundo en este momento— y a sus laderos periféricos, escuché una entrevista
radiofónica a Alemán y no resisto la tentación de transcribir un fragmento:
“Se
ha construido desde hace un tiempo (…) una internacional de ultraderecha que solamente
estaba en condiciones de producirse si previamente no hubiera contado en la
población con una serie de nuevos elementos que fueron el resultado de muchos
años de trabajo, de destrucción de la memoria, de desaparición del trabajo
fijo, de aumento de las desigualdades, de la concentración de la riqueza y,
sobre todo, un empuje del cuentapropismo y de las soluciones individuales que
empezaron a generar sentimientos antiestado, antinmigración, antiexperiencias
populares. Bueno, todo eso fue coagulando de tal manera que, por supuesto, no
vienen de la nada, han crecido y están creciendo de manera exponencial. (…)
Son, los he designado así, neoemperadores, tipos que se han repartido las zonas
de influencia y sobre esas zonas tienen derecho a todo”.
Los
neoemperadores pueden aplastar derechos, reprimir a la población, participar en
las orgías de Epstein, promover estafas, bombardear e invadir países, amenazar
con aranceles, inventar cuerpos parapoliciales que operan al margen de la ley,
modificar leyes, saquear. Nada los contiene, nada los limita, sobre todo porque
además ostentan el monopolio de la manipulación. En efecto, los grandes
sistemas de comunicación actuales funcionan como oráculos, orientan la información
y crean caos, rompen lazos sociales y con algoritmos hunden en la dictadura de
la banalidad y el consumo a las masas pulverizadas en el mapa del planeta.
Imposible imaginar cómo estará todo en 2050, un año que hoy tiene apariencia de ser “el futuro”. Pero con Trump y su gavilla en acción para qué pensar en tanto: imposible imaginar este 2026, el porvenir inmediato.

