sábado, enero 17, 2026

Aquel adiós a la máquina

 











Tengo frente a mí, detrás de la computadora con la que escribo estas palabras, tres máquinas de escribir meramente ornamentales, reliquias del oficio que atesoro sólo por su aspecto: la Olympia funciona; la Underwood, no; y la Remington, más o menos. De cualquier manera, no las conservo por una razón práctica, ni siquiera para rememorar la añeja sensación de golpear sus teclas y escuchar el ruido que hoy da la impresión no de ser ejercicio de escritura sino secuencia de latigazos. Son, sin duda, pese a su obsolescencia, aparatos hermosos por su mecanismo visible, por el ingenio de su diseño a flor de metal, que no de piel.

Aunque, como ocurre con todos los adornos de la casa, se han vuelto invisibles para mí, de vez en cuando fijo la mirada en alguna de las máquinas y recuerdo el tiempo de la transición, cuando a finales de los ochenta y principios de los noventa, la década que va de 1985 a 1995, mi década más adicta a la consecución y lectura de revistas y suplementos culturales, fui testigo en las páginas periodísticas de una pregunta y una respuesta frecuentes en las entrevistas a escritores: ¿usted sigue escribiendo a máquina o ya usa computadora? Las respuestas a esa pregunta hoy inviable eran variadas, todavía sin unanimidad. Algunos escritores decían que la computadora les parecía muy fría, demandante de gran experiencia en su trato y en algunos casos riesgosa, pues corría el rumor no tan falso de que por impericia o un desperfecto del sistema podían perderse documentos, incluso libros ya terminados, así que preferían la máquina de escribir mecánica. Otros, una minoría que poco a poco iba pasando a ser mayoría, confesaba que había entrado con tibieza y escepticismo al mundo del teclado electrónico, y que sin duda lo sentían como un avance para la creación literaria. Unos pocos, sobre todo los poetas, respondían que ni máquina ni computadora, sino lápiz y papel.

No pasó mucho tiempo (el mundo digital no demoró y sigue sin demorar en avasallarlo todo, incluidos sus propios adelantos) para que la pregunta dejará de aparecer en las entrevistas. En un momento de los noventa, quizá en su segundo lustro, ya casi no había escritor que no tuviera una computadora para redactar sus cuartillas, y conste que esto ocurrió poco antes de que llegara la verdadera revolución: internet. Escasos años antes de que se creara la necesidad casi física del contacto con “la supercarretera de la información” (apodo que tuvo internet en el momento de su primera expansión), las computadoras eran, para los escritores, máquinas de escribir, no más, y ya eso parecía ciencia ficción.

En esto, un escritor adelantado en La Laguna fue Paco Amparán. No vi su computadora, pero como chisme azorado en el mundillo literario local corrió la voz de que él, Paco, “tenía una Macintosh”. Me enteré del secreto a voces y no entendí nada. Cerrábamos la década de los ochenta y yo seguía fiel a mi Olympia de metal pesado y a mis hojas tamaño carta de papel revolución para sancochar originales que luego, ya para entonces, pasarían a aparecer en revistas, periódicos y en mis primeros libros.

Pero no transcurrió mucho tiempo para que la fuerza de los vientos que soplaban en el universo digital también venciera mis defensas: en 1993, gracias a la propuesta de un vendedor que la ofrecía en cómodas mensualidades, adquirí una Macintosh Classic II, mi primera compu, la misma que presume Steve Jobs en la foto de arriba. Luego de los tanteos iniciales, pronto me di cuenta de que esa máquina era un adelanto brutal, pues así, de entrada, obviaba los “borradores”. A partir de ese momento no habría más cuartillas llenas de enmiendas, tachaduras, flechitas con dirección a los calces. El texto virtual en la pantalla permitía cambiar infinitamente, sin máculas, la sintaxis de una oración, de un párrafo, de un capítulo, de toda una novela. Fue una revelación, aunque poco después ocurrió lo que ya sabemos: el despliegue de los avances digitales, la caducidad programada, provocó cambios de equipo sin freno hasta la fecha.

El Centro Gabo de Colombia publicó no hace mucho una serie de fragmentos que muestra la transición máquina-computadora en García Márquez. Al leer sus opiniones recordé las entrevistas que comenté párrafos atrás: hubo un tiempo en el que el periodismo se interesó en saber si los escritores habían dejado de ser arcaicos. En la introducción a las citas, se señala que “Aunque era un escritor formado en la era de las máquinas de escribir, Gabriel García Márquez jamás le huyó a las computadoras. Por el contrario, poseía una practicidad a prueba de nostalgias que le permitía adaptarse con facilidad a los cambios tecnológicos. Cuando procesar textos a través de un teclado y una pantalla fue posible gracias a la invención del computador, el autor colombiano no dudó en abandonar sus máquinas de escribir”.

Y amplía que la velocidad de GGM para terminar libros se vio notablemente favorecida: “A lo largo de su vida probó sin recelo todas las herramientas útiles en la confección de un libro: plumas estilográficas, bolígrafos, máquinas de escribir mecánicas y máquinas de escribir electrónicas. En la década de los ochenta del siglo anterior fue el turno para el computador. El amor en los tiempos del cólera fue su primera novela escrita con esta tecnología. Le siguieron El general en su laberinto, Del amor y otros demonios y Memoria de mis putas tristes. La transición le permitió a García Márquez reducir el tiempo que empleaba para finalizar sus libros, ya que no tenía que empezar de nuevo en una hoja en blanco cada vez que cometía un error de mecanografía”.

De las frases que citan de GGM, la primera resume de alguna manera a las demás, pues enfatiza la mayor ventaja que la computadora le dio a su escritura, algo que hoy no vemos porque ya olvidamos escribir con máquina mecánica: “Escribir en la computadora es como volver a escribir a mano, se puede romper, quitar, poner. Me río cuando mis amigos escritores hablan de su vieja máquina de escribir, de que escribir a mano es como ver fluir la sangre por las venas. La verdad pura y simple es que el mejor invento que se ha hecho para el escritor es la computadora. Si la hubiera tenido hace veinte años tendría el doble de libros escritos”. (“La fama es un oficio de 24 horas”, El Tiempo, 28 de marzo de 1989).

Quiero subrayar la fecha en la que GGM hizo la declaración: 1989. Es la misma a la que me referí al principio, el instante bisagra en el que moría un aparato de escritura y nacía otro. Cuatro años después, en 1993, opiné igual.