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miércoles, julio 31, 2024

Otros usos del libro

Es frecuente que al hablar sobre libros gordos no falte el graciosito que exprime la broma por millonésima vez: “Sirve por si una pata de la mesa es más corta”. Después de que nadie emite ni un piadoso jajaja, la conversación sigue por otro rumbo, aunque es cierto que los libros pueden tener algunos usos no necesariamente ligados a la lectura. Al pensar esto vislumbro una de las razones, una más, entre las tantas o no tantas que me han hecho seguir fiel al libro convencional frente al electrónico con el cual ya estoy en tratos, así sea con parca emoción.

Sé de entrada que hay una trampa en mi preferencia por el papel, y es inevitable: crecí y alimenté un fervor muy hondo por el libro físico, así que la llegada del digital, pese a sus ventajas, no ha triunfado en mí. El peso de la costumbre es la trampa de la que hablo. Ahora bien, ¿es sólo eso? Creo que no. Como a muchos otros lectores de libros de papel, el electrónico me parece viable, pero no apasionante. Tiene ya —el dispositivo Kindle— aditamentos notables como la intensidad de la luz o su capacidad de almacenaje, pero no, algo pasa con sus ventajas que no terminan por derrotar al libro de carne y hueso. Me tiro otra pregunta retórica antes de pasar al siguiente párrafo: ¿por qué el libro tradicional no ha perdido fuerza en mí?

Creo saber por qué, y reafirmé la certeza al releer la elegante Apología del libro (Conaculta, México, 2012, 46 pp.), elaborada en mancuerna por Arnoldo Kraus (texto) y Vicente Rojo (ilustraciones). Este libro es muy muy breve, su parte textual da para leerla en menos de una hora, y por ello es más eficaz. Con insistencia, Kraus destaca el valor de libro de papel, más cuando lo pone en contraste con el electrónico de hace poco más de diez años, cuando escribió su elogio. Pero al margen de las virtudes del libro más o menos reiteradas aquí y allá, hay un pasaje con el cual me identifico, y en el que el autor también insiste (por algo será): los libros sirven para lo que sirven, pero también son receptáculos de papelitos personales, boletos viejos, fotos, bonitos separadores y, sobre todo, son una especie de diario o álbum, pues en sus páginas suelen quedar marcas de nuestra vida cuando anotamos fechas de compra, fechas de lectura, notas íntimas (“Cumpleaños de mi madre”, "Muerte de mi tío", "Mudanza a la nueva casa"...) y comentarios sobre la apreciación del libro en sí.

No es una ventaja descomunal frente al libro electrónico, pero es una ventaja que en mi caso me ha sorprendido, por ejemplo, cuando revisito un libro y en sus páginas encuentro un post-it con caligrafía infantil de mis hijas o el boleto de uno de mis viajes en camión con hora y todo. Aunque disperso entre muchas hojas, los libros también son o pueden ser un repositorio de evidencias sobre nuestro fugaz paso por la vida.

sábado, mayo 16, 2015

Puertas de papel




















Las preguntas aparecen cada vez con mayor frecuencia: ¿qué han sido y qué son hoy los libros, qué pasará con ellos, cuál es su destino en un mundo gradualmente dominado por la comunicación electrónica, en qué se convertirá la lectura si todo sigue como hasta ahora? Arnoldo Kraus (Distrito Federal, 1951, médico y profesor de medicina en la UNAM, articulista y autor, entre otros libros, de Apología del lápiz y Cuando la muerte se aproxima) ha pensado en esas preguntas, y en Apología del libro (Conaculta, México, 2012) ofrece algunas respuestas atendibles no sólo por quienes creemos en este objeto —es decir, lectores que no necesitamos ninguna conversión— sino, sobre todo, por quienes desconocen o han renunciado al libro como transformador del alma humana.
Este libro sobre el libro es un ensayo libre, personal, sereno, como pensado con el chip de Montaigne puesto en la cabeza. Sin dogmatismo, sin desgarrarse la piel para demostrarnos que es verdad lo que poco a poco afirma, sin atestar de citas eruditas su reflexión, Kraus nos convida un paseo por su pasión bibliográfica. Es un paseo lento, a pie, como bien cuadra a un recorrido sobre este tema.
En las páginas va quedando pues asentada su certeza sobre el valor todavía fundamental del libro como organizador de la sensibilidad y la memoria de nuestra especie. El contraste, claro, se establece entre el libro y los soportes que lo han colocado en una zona marginal, más marginal que la padecida por el libro antes de la aparición de internet. Kraus exalta las bondades del objeto, las enumera: el contacto con el papel, el olor de la tinta, la posibilidad de escribir con mano humana sobre sus hojas y todo eso. En la acera opuesta, la lectura sobre pantallas, siempre vertiginosa, irreflexiva, facilista, entrecortada, fragmentaria y superabundante, tanto que hoy se ha hecho de códigos (“mensajes abreviados, casi sin idioma”) en los que nada entra en real contacto con nada y todo se consuma en el plano de la virtualidad.
Apología del libro, objeto editorial bellamente ilustrado por el maestro Vicente Rojo, es en el fondo un sereno llamamiento a quienes todavía sientan que puede ser posible, sin renunciar a las nuevas tecnologías, creer en el libro como arma civilizatoria principalmente porque con él podemos hacer algo que no excede las capacidades humanas: pensar con calma, reflexionar con hondura, sentir que gracias a estas puertas de papel entramos de veras en contacto con nuestros semejantes debido a la magia de la impresión real.
Podrá ser un clamor en el desierto, no sé, pero yo lo acepto y, como Arnoldo Kraus, seguiré siguiéndolo.