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miércoles, diciembre 10, 2025

Pequeño antídoto antiolvido

 







Entre otras, una de las tragedias de la mente humana es su poca capacidad para memorizar. Esto es más evidente para la persona con hábitos de lectura algo voraces. Por más que se ponga empeño en retener, por más que la página se pueble con notas o en hojas aparte se asienten comentarios, pasado un tiempo a veces nada largo lo leído se diluye de la mente hasta no quedar ni un mínimo vestigio de lo que, en teoría, se iba a mantener incólume ante los embates corrosivos del olvido.

Escrita por George Steiner en alguno de sus demasiados ensayos, leí una defensa de la memorización como parte del aprendizaje, habilidad a veces desdeñada por ciertas pedagogías que la sienten anticuada, indigna de fomento entre los estudiantes. ¿Para qué memorizar, si todo está al alcance de un telefonito con internet? No sin sorpresa de mi parte, algunos alumnos han celebrado la buena memoria que supuestamente exhibo. Agradezco la amable percepción, pero lejos estoy de sentir que tengo buena memoria. Tampoco es mala, y creo que se muestra mejor en las secciones improvisadas de las clases o las conferencias, allí donde uno debe responder de botepronto, sin asomarse al Google. Sé que hay portentos de buena memoria, y que en el pasado hubo incluso generales capaces de saber el nombre propio de cada uno de sus cientos de soldados, y de hecho la rima en la poesía tenía un fin mnemotécnico, de allí que muchos poemas de largo aliento quedaran sujetos en la mente de los antiguos. Lo he dicho y escrito varias veces: los dos amigos más Funes que he conocido son Gerardo García y Gilberto Prado: ambos me han dejado boquiabierto con su capacidad de retención.

He notado que en los años recientes mi memoria de un libro se pierde a las pocas semanas, quizá a los pocos días. Lo que queda es un relente de lo leído, apenas un lejano vapor de recuerdo, y por supuesto nada de orden textual. Si vagamente recuerdo que en tal o cual libro había una frase memorable y la necesito exacta, debo buscar el subrayado, pues me resulta imposible reconstruirla sin merma o tergiversación.

Ante la realidad del olvido que en corto tiempo arrasa las maravillosas frases e ideas que encuentro en los libros, frases e ideas que tienen toda la apariencia de ser inolvidables, he optado por un camino tranquilizador, el único que se me ocurrió para no desembocar en la amargura: gozar en estricto tiempo real y resignarme a subrayar lo que es o parece imborrable y sé que terminará olvidado. Mientras no olvide que lo subrayé, el olvido no se saldrá del todo con la suya.

miércoles, noviembre 12, 2025

Dictadura de la pedacería


 








Una pregunta de sociólogo: ¿cuál es el rasgo más saliente de la comunicación actual? La respuesta ha sido expresada desde hace varios años por pensadores byunchulhanescos del mundo contemporáneo, y puede resumirse en una palabra: infodemia. Es tanta la información actual, son tantos y tan torrenciales los mensajes que nada parece configurar cuerpos de contenido amplios y compactos, sino partículas sueltas que necesariamente crean la impresión de caos. En esta superabundancia de mensajes están detrás, entre otras sombras, el poder, el control social, el mercado y la incapacidad generalizada, social, para dar sentido congruente a cualquier idea, pues el conocimiento de la realidad se genera hoy a partir de flashazos que impiden la atención, la concentración y el análisis detenido de cualquier hecho. El exceso de oferta creó la inquietud por no perderse algo: queremos ver todo tan rápido como sea posible, y es aquí donde aparece la dictadura de la pedacería.

Podemos tener los satisfactores de nuestra urgencia apenas encendemos el celular. Enumero cuatro productos ya genéricos de la infodemia:

Películas: no hace muchos años no necesitábamos resignación para ver completa una película. Era lo lógico, entrar en la historia y recorrerla de la A a la Z, y ni siquiera éramos conscientes de nuestra paciencia. Hoy existe una variante del resumen que no es el trailer, como le llaman, sino una síntesis narrada por un locutor con escenas reales de las cintas. Con este método podemos “ver” diez o más películas al día.

Futbol: alguna vez escribí que, para no perder tiempo, incurrí en la costumbre de ver resúmenes de partidos, sistema que igualmente permite monitorear la jornada completa en poco más de una hora, pues cada partido dura en promedio diez minutos, no noventa.

Infografías: las universidades deberían ser defensoras del aprendizaje denso, sereno, moroso y hasta memorístico, como sostuvo George Steiner, pero hasta en ellas se ha puesto de moda el fomento de las infografías y los mapas conceptuales, herramientas ideales para convertir a los alumnos en herramientas ideales.

Tutoriales: creo que a todos nos ha pasado necesitar un tutorial y elegir el más corto. El apremio por resolver algo no pasa ni de lejos por el interés de dominar un oficio o un arte. No es el tedioso “hágalo usted mismo” de hace años.

miércoles, junio 07, 2023

Steiner y el pensamiento












Entre las diversas colecciones del Fondo de Cultura Económica se encuentra una, la Cenzontle, que me gusta mucho por tres razones: la primera, su diseño; la segunda, la brevedad de sus tomos; y la tercera, la calidad de sus contenidos. Podría añadir una cuarta razón: su bajo precio. En Torreón hay muchos de sus títulos en la librería Educal enclavada, como sabemos, en el Museo Arocena. Son unos libritos tamaño cuarto de oficio (más o menos), todos con el mismo diseño exterior y los mismos excelentes materiales. Tengo varios, y en abril pasado leí uno de la serie: Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (FCE coeditado con Siruela, México, 2020, 83 pp.). Lo comento grosso modo.

Su título es elocuente: el erudito francés (1929-2020) reflexiona en diez capítulos sobre el pensamiento y la inevitabilidad de la tristeza que atraviesa la consciencia humana. Cada apartado cierra con una afirmación similar: de la primera a la décima, concluye que la explorada en cada sección es una razón más para la tristeza del pensamiento.

Aunque no tanto como para no hacerlo disfrutable, es un libro denso para quien, como yo, no está habituado a navegar honduras filosóficas. Siento incluso que más allá de las conclusiones, más allá del aterrizaje de cada apartado, lo fundamental, lo mejor, son las afirmaciones que Steiner va dejando en el camino de su exposición. En cada página hay una pincelada memorable, un razonamiento asombroso sobre la asombrosa máquina de pensar. En este sentido, es de esos libros que se antojan llenos de potenciales citas y epígrafes, plenos de quirúrgica profundidad.

Por ejemplo, sobre la superabundancia de pensamientos inevitables e inútiles: “No hay quizá ninguna actividad humana más extravagante. No pensamos en nuestro pensamiento excepto en los breves periodos de concentración epistemológica o psicológica. Casi en su totalidad, el incesante conjunto y suma del pensamiento pasa fugazmente, inadvertido, sin forma ni utilidad. Satura la consciencia y muy posiblemente el subconsciente, pero se seca como una delgada lámina de agua sobre la tierra abrasada”, y poco más adelante, “la masa del iceberg del pensamiento humano se desvanece, sin ser percibida ni registrada, en el cubo de la basura del olvido”. Un libro pequeño, sí, pero inmejorable para pensar en qué y cómo pensamos, y por qué los humanos somos esencialmente un animal triste.

sábado, junio 26, 2021

Abolición del silencio

 










Alguien, en una entrevista, le preguntó a Alejandro Dolina que qué le gustaba más, si escribir o hablar por radio. No recuerdo textualmente su respuesta, pero aproximadamente dijo que ambas actividades le producían satisfacción; la diferencia sustancial radica en el tiempo de espera necesario para obtener, si es que llega, el reconocimiento: en el radio uno recibe casi inmediatamente la respuesta del público, mientras que en la escritura es imposible que el lector esté allí, junto al autor mientras escribe, listo para aplaudir cada que nace un buen párrafo. Escribir implica esperar con paciencia y silencio a que días, semanas, meses y a veces hasta años después llegue algún apapacho proveniente del lector. Este trabajo es entonces uno de los que implican más silencio, aislarse del ruido para pensar/entretejer palabras.

Lograr el silencio que asegure la concentración es hoy una de las mayores utopías del escritor. A menos que se aísle en una isla, valga el pleonasmo, por todos lados lo perseguirá la sombra del ruido, y a veces ni en el hogar dulce hogar podrá sacudirse el acoso de las estridencias. Tengo un amigo que vive, por ejemplo, en una situación desafiante para escribir: como radica en una colonia popular, todos los días a casi toda hora padece bocinas estereofónicas en el vecindario; expelen sin misericordia reguetones y piezas de banda sinaloense en el peor de los casos, y de José José o de Chente, en el mejor. Pese a esto, con paciencia tibetana, mi amigo sigue adelante, atrincherado en la resignación de saber que el ruido no se largará jamás con su música a otra parte.

Como él y no muy lejos, cada que tengo oportunidad de sentarme a escribir como Cervantes manda debo poner barricadas a la desconcentración, aunque sin éxito. El hecho de trabajar a solas y evitar hasta la música que me agrada no garantiza el silencio: los ruidos se confabulan y rompen a saco el enclaustramiento, de manera que uno debe aprender a escribir en medio del ajetreo sonoro. Ignoro, por esto, qué tanto he perdido en agudeza debido a las miles de horas de escritura perturbada, de silencio hecho trizas por ruidos de cumbias lejanas, de gritos en la calle, de notificaciones de celular, de sirenas de camión gasero, de motos con el escape abierto y karaokes despiadados durante las madrugadas de los fines de semana.

En el libro Lectura y catarsis (Juan Pablos-Ediciones sin Nombre, México, 2000, 78 pp.), ensayo de mi amigo Adolfo Castañón sobre George Steiner, cita del erudito francés unas palabras que ratifican la importancia del silencio en toda labor que tome en serio el imperativo de pensar: “¿En qué piensa usted? —le pregunta el diario francés Liberation y él responde—: En primer lugar en la extrema dificultad de pensar. En el sentido serio del término. En la necesidad de tener acceso, en este fin de siglo, a los silencios, a los espacios privados (…), los ejercicios de concentración y de abstracción de toda mundanidad que presupone, que exige, el auténtico acto de pensamiento. En el presupuesto de la contabilidad mental, nada se ha hecho tan costoso como el silencio. Nuestra condena es la del ruido constante, público, mediático, pero también el ruido en los rincones de nuestras moradas. La metrópolis moderna es un largo aullido —y muy pronto sobrevendrá la abolición del armisticio que era la noche, durante veinticuatro horas sobre veinticuatro”.

¿Cómo ganar terreno al ruido en un mundo que aturde?, ¿cómo pensar y escribir en una realidad que no cesa de retumbar a los costados? No sé. Por lo pronto, uno debe terminar por habituarse al ruido y proseguir a contracorriente, como comenté que prosigue mi amigo el de la colonia popular, quien reflexiona y escribe sobre Sor Juana apedreado por el atroz fondo musical de la banda Cuisillos o los detestables vibratos, si bien le va, de Luis Miguel.


miércoles, noviembre 18, 2020

En el interior del silencio











El libro Fervor intacto. El libro, el lector y la lectura (Arlequín, Guadalajara, 2008) contiene tres ensayos en los que vale la pena colocar el ojo. El primero es archifamoso, la conferencia de Borges sobre “El libro”, aquella cuyo primer párrafo sale a relucir aquí y allá a propósito de cualquier conmemoración del libro como la que atravesamos el 12 de noviembre (“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro…”). El segundo lleva como título “El lector infrecuente”, de George Steiner, y el último, “El encuentro con los libros”, de Albert Béguin. Hoy quiero detener la vista sólo en el segundo.

Steiner, sabemos, nació en 1929 en Francia, era de origen alemán y se nacionalizó norteamericano. Especialista en cultura europea, fue autor de una rica bibliografía ensayística y algunas piezas de ficción. Entre otros reconocimientos, en 2001 obtuvo el Príncipe de Asturias. Murió recién, en febrero de este año. Que yo recuerde, pocas veces he sido mejor persuadido sobre las bondades del libro y la lectura que con el ensayo que me topé en Fervor intacto. Es una joya sin renglón ocioso, un dechado de acercamiento crítico en este caso al acto de leer como quehacer histórico, movedizo.

El ensayista comienza su tanteo con un amplio comentario sobre el cuadro “Le Philosophe lisant”, de Chardin. Comenta a detalle todo lo que envuelve el sentido de esa obra en apariencia simple: un hombre o una mujer, no puede saberse, leyendo un libro sobre una mesa. A partir de tal imagen, Steiner reflexiona sobre el sentido de la lectura en el XVIII francés y poco a poco se va acercando a nuestra época.

En el camino del recorrido nos topamos con valoraciones sobre muchas de las ideas que nos asaltan, sin digestión posible, cuando hablamos sobre libros y lectura. Dice, por ejemplo, que todos los lectores sienten inevitablemente la culpa de no poder leer más que una pequeña porción de todo lo publicado: “Todo lector auténtico (…) arrastra consigo el eco regañón de la omisión, de las estanterías de libros por las que ha pasado a toda prisa, de los libros sobre cuyos lomos ha pasado los dedos con ciego apresuramiento”; a veces no es necesario ir a la Biblioteca Británica que menciona Steiner para acusar esa culpa: yo la siento frente a mi propia y siempre inacabada (de leer) biblioteca personal.

Esta otra idea me confirmó el hábito de corregir que me hice desde hace muchos años; no sabía que alguien le había dedicado tamaño elogio: “El lector que pasa por los renglones tipográficos sin corregirlos no es sólo un filisteo: es un renegado del espíritu y del sentido. Podría decirse que en una cultura secular la mejor forma de definir el estado de gracia consistiría en decir que es aquel en que el lector no deja sin corregir las erratas —literales o sustantivas— del texto que lee y pasará a manos de otro”, y poco más adelante, este énfasis: “El intelectual es, sencillamente, un ser humano que cuando lee un libro tiene un lápiz en la mano”.

Insisto: este ensayo no tiene palabra huera, y para hacerle justicia habría que citarlo completo. No puedo hacerlo aquí, sólo invitar a que sea buscado y leído para encontrar perlas como ésta sobre la desmemoria provocada por la ruidosa enseñanza actual: “El vigor de la memoria sólo puede sostenerse allí donde hay silencio, el silencio tan explícito en el cuadro de Chardin. Aprender de memoria, transcribir fielmente, leer de verdad, significa estar en silencio y en el interior del silencio”.