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sábado, enero 03, 2026

Obsequios de Rojas Garciadueñas

 











No sé desde cuándo —aunque supongo que lo hizo en los años finales de su vida—, mi amigo David Lagmanovich (1927-2010) dispensaba a sus cercanos, como presente navideño, un pequeño libro. Fui receptor de dos títulos que me llegaron por la vía postal desde San Miguel de Tucumán, en el noroeste argentino, hasta Torreón, en el centro-norte mexicano. Eran publicaciones bien cuidadas en lo tipográfico, no ostentosas, más bien austeras aunque sumamente dignas porque además de su cuidado editorial, el contenido estaba a la altura de todo lo que escribía David: era excelente.

Al recibir tales obsequios decembrinos quise suponer que en algún lugar del mundo quizá era costumbre que los escritores hicieran eso: en vez de regalar corbatas o bolígrafos, preparaban con tiraje corto algún librito de su autoría como prenda de amistad en las épocas más propicias al deseo de amor y paz a los hombres de buena voluntad. David era cosmopolita, así que tal vez en algún sitio tocado por su trashumancia vio la idea y la puso en práctica, supongo, en la última década de su vida, o tal vez la idea le surgió sola, lo ignoro y para el caso da igual saberlo.

Introduzco con la historia de mi amigo y sus regalos bibliográficos porque en la reciente FIL me topé con un libro curioso en el pabellón de la UAM. Es, de José Rojas Garcidueñas, Historia de un tipómetro y otros papeles de bibliófilos (UAM, 2025, 128 pp.), libro en formato cajetilla de cigarros, muy limpiamente editado, como todas las publicaciones de la Autónoma Metropolitana.

De José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Guanajuato, 1912- Ciudad de México, 1981), sólo había leído, y esto hace mucho, Cervantes y don Quijote, un libro de la colección SEP Setentas que conservo. La solapa apunta que fue narrador, académico y profesor universitario. Fue director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, abogado del Departamento Jurídico de la Secretaría de Asistencia Pública e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Perteneció a la Sociedad de Geografía y Estadística, a la Academia Mexicana de la Lengua y a la Association Internationale des Critiques d’Art. Entre sus estudios y obras literarias se encuentran El teatro de la Nueva España en el siglo XVI, Presencias de Don Quijote en las artes de México, Anécdotas, cuentos y relatos, Salamanca: recuerdos de mi tierra guanajuatense y El erudito y el jardín.

Publicado cuando la UAM fue invitada de honor de la Feria Internacional del Libro de Guanajuato 2025, el libro reúne ocho de los 19 textos que el guanajuatense Rojas Garcidueñas publicó como regalo navideño. Lo hizo año tras año desde 1947, y el sistema en algo se parece al adoptado por mi amigo argentino. Si no fuera por las limitaciones de presupuesto que nunca faltan, yo lo asumiría, pues quien escribe suele no tener dinero ni nada que dar, salvo sus palabras potencialmente impresas.

Los ensayos contenidos exhiben una temática variada, aunque casi toda relacionada con los libros. “Historia del tipómetro” describe, hiperbolizada, la situación que tal vez vivió su autor cuando pidió ese objeto en una oficina de gobierno donde debía editar libros: nadie sabía que era eso y para comprar la herramienta se vivió un trámite burocrático digno de parábola kafkiana. El tipómetro es, o era, una regla metálica usada específicamente en los talleres de impresión, no una regla cualquiera.

En “El hallazgo del crítico” el autor parodia al investigador obsesivo por revelar al mundo un descubrimiento, en este caso, apenas, como posible tema a explorar. Es verdad que el mundo académico vive bajo el yugo de la originalidad, tanto que es un crimen de lesa investigación abordar lo ya abordado por otros, de allí el imperativo de atender “el estado de la cuestión”. Bajo esta idea, los estudiosos a veces trabajan sobre la indagación de minucias que terminan siendo un tanto cómicas en su incontrovertida originalidad.

Un relato igualmente irónico es “El heraldista”, donde Garcidueñas sonríe con los afanes de quienes trabajan a fondo con su genealogía y anhelan sumar apellidos campanudos a su pasado y, sobre todo, a su escudo de armas y a todos los elementos que sirven al prestigio del linaje, como los sellos empleados años ha para imponerse en el lacre de las cartas. Miguel, “el heraldista”, se lleva una sorpresa al terminar el burilado de su sello, la peor que se puede llevar quien vive en el esmerado riegue de su árbol genealógico. Casi no es necesario añadir que empleo la palabra “riegue” en su sentido mexicano.

El texto con más sabor a cuento-cuento es “Relato de las Islas Mistrocks”, que además es, por mucho, el más largo. El protagonista narra sus encuentros con un tal Stevenson, marinero. Lo conoce en el trópico mexicano y luego, asombrosamente, lo reencuentra en Camden, Nueva Jersey. Intercambian anécdotas y el susodicho Stevenson, que es marinero, le narra la historia fantástica de las Islas Mistrocks, un pequeño archipiélago siempre cubierto por neblina en el que habitan personas sin sombra. Al final, como cierre se plantea que algunos sujetos de las islas anebladas compran su sombra y migran a Estados Unidos. Aquí aparece un resumen con algo de moraleja contra el capitalismo depredador, lo que por otro lado no es improcedente porque en efecto el capitalismo crudo ha evidenciado una capacidad de daño al que le bastaron dos siglos para tenernos al borde de la distopía.

En el texto anterior el autor parece separarse del tema de la bibliofilia, que reaparece en “Un manuscrito de Luis G. Urbina”. Cuenta Rojas Garcidueñas que en una librería de viejo encontró cierta edición de Mimos, librito de Marcel Schwob. En sus páginas finales, casi en la guarda, halló escrito a mano unos versos firmados por el poeta modernista. Eran del soneto —excelente, por cierto— “El cofre vacío”. Para los bibliófilos, lo grato de esta pieza es el recuento del placer que es husmear en librerías de viejo y encontrar asombros. También es atendible un pasaje sobre una particularidad que hasta hoy no había pensado: “uno o dos de los comerciantes en libros viejos habían dado en poner firmas y dedicatorias, con nombres de autores o gentes notables, a ciertos ejemplares, para engañar incautos y obtener mejores precios o más fáciles ventas. Claro que si se les preguntaba por la autenticidad de esos autógrafos, los vendedores nunca aseguraban nada, pero en el comprador entraba la duda y con ella la esperanza y, casi siempre, eso bastaba a decidir la operación”. ¿Han sido firmas apócrifas las halladas por mi curiosidad en las librerías de viejo? Rojas Garcidueñas ya me sembró la cochina duda.

El último tranco del libro es “Lectura e imaginación”. Se basa en una anécdota contada por el historiador Luis González: un raro comprador de librería de viejo fue aquel tipo que hurgaba en los montones y se llevaba series incompletas de novelas. Lo hacía para desarrollar un extraño placer: llenar el vacío del tomo faltante con su propia imaginación. No para escribir, sino sólo por el gusto de imaginar. Debo decir que por simple obsesión me cuesta acometer la lectura de obras que de antemano no tengo cerradas, completas. Así que no, no es un procedimiento que me atraiga.

El librito, esta cajetilla de cigarros de una colección titulada “Gabinete de cultura editorial”, cierra con la reproducción facsimilar de las portadas (ilustradas por el mismo autor) de varios de los opúsculos que año tras año Rojas Garcidueñas regaló a sus cuates. Es, o fue, una buena costumbre que quizá los escritores podríamos revivir cuando no queramos o no podamos obsequiar productos convencionales del mercado.

sábado, agosto 09, 2025

Enfermos de libros













Los algoritmos son implacables. Con más olfato que el de los sabuesos, detectan y siguen la pista de lo que nos gusta, y de inmediato comienzan con el bombardeo. Nunca como ahora se llegó a esto, y sin duda es el más resonante logro del marcado: saber qué queremos sin necesidad de tocarnos a la puerta. Con un celular basta para que dejemos en todos lados las huellas digitales de nuestros apetitos, tanto los superficiales como aquellos que supuestamente mantenemos agazapados en las cloacas más profundas de nuestro ser. El algoritmo nos conoce desnudos, es un invasor indetenible de la intimidad.

Además de ofrecimientos de entretenimiento estúpido, el algoritmo suele aguijar mi interés por los libros. Prácticamente no hay visita a mis redes sin que aparezca algo de esto por allí. Por supuesto, es tan grande el menú que apenas me detengo en lo ofrecido. Pero a veces no es así. Esta semana llegó, por ejemplo, la publicidad de un libro que por desgracia sólo venden en España, y mi bolsillo no gasta tan lejos. Parece excelente, pero, a menos que algún día llegue a México, por ahora me contentaré con la sinopsis comercial de Bibliopatías, bibliomanías y otros males librescos (Antonio Catronuovo, Trama, Madrid, 2024, 304 pp.). Dice la publicidad: “Quien se adentra en estas páginas se hunde de inmediato en el lazareto de las enfermedades producidas por los libros, en medio de las monomanías, las fobias, la codicia y los desvaríos desmesurados que afligen a sus maniáticos acaparadores y perseguidores. Un mundo lleno de obsesiones, frenesíes, caprichos y excentricidades desmedidas. Los variados tipos de locura, las numerosas historias de personas reales, los episodios extravagantes y a menudo al borde de lo increíble que aquí se revelan, permiten al autor asumir la figura de «bibliopatólogo», que le sirve para diagnosticar la enfermedad que él mismo padece: la enfermedad incurable de la bibliofilia”.

La misma página promocional ofrece una estupenda reseña del blog Libros de Cíbola, así que no abundo sobre este antojable título, además de que, como no lo tengo, no sabría qué más decir.

Ahora bien, la referencia sobre las patologías librescas me llevó a recordar La memoria vegetal, libro de Umberto Eco, más exactamente un pasaje de ese volumen alguna vez comentado en esta columna. Lo que recordé se encuentra en el apartado “Reflexiones sobre la bibliofilia” bajo el subtítulo “Robar libros”. La explicación es genial: “El bibliómano roba libros. Podría robarlos también el bibliófilo, llevado por la indigencia, pero el bibliófilo suele considerar que, si para poseer un libro no ha llevado a cabo un sacrificio, no experimenta el placer de la conquista (la diferencia entre tener una mujer porque la has fascinado y tenerla violentándola). Por otra parte, se cuenta de un gran anticuario que habría dicho: «Si no consigues vender un libro, en el próximo catálogo redobla su precio». El bibliómano roba libros con gesto desenvuelto mientras habla con el librero: le indica una edición rara en el estante alto y hace desaparecer otra igual de rara bajo la chaqueta; o roba partes de libros merodeando por bibliotecas donde corta con una cuchilla de afeitar las páginas más apetecibles. Yo estoy orgulloso de poseer una Crónica de Nuremberg con la anhelada lámina trece de los monstruos, mientras que en una biblioteca de Cambridge he visto un ejemplar sin esa lámina, cortada por un bibliómano endemoniado”.

El apartado no es muy largo y vale traer más palabras de Eco: “Hay personas de buena cultura, satisfactoria condición económica, fama pública y reputación casi inmaculada que roban libros. Los roban por incontenible pasión, y gusto por el escalofrío, como los ladrones gentilhombres que roban solo joyas famosas. El ladrón bibliómano se avergonzaría de robar una pera en la frutería, pero juzga excitante y caballeresco robar libros, como si la dignidad del objeto excusara su robo. Si pudiera, robaría tantos libros que no tendría ni siquiera el tiempo de mirárselos. Le corroe el frenesí de su posesión”.

Llegó por fin a la anécdota que recordé del libro de Eco. Es breve, no necesito resumirla, sino permitir que sea el italiano quien nos ayude a recorrerla con su erudita ironía: “El mayor ladrón de libros que la historia de la bibliomanía recuerda es un señor que, nomen omen, se llamaba Guglielmo Libri. Era un insigne matemático italiano del siglo pasado que se convirtió en eminente ciudadano francés (Legión de Honor, Collège de France, miembro de la Academia, inspector general de Bibliotecas). Es verdad que Libri llegó a ser benemérito porque visitó todas las bibliotecas más desvalidas de Francia, encontró y clasificó obras rarísimas que yacían abandonadas; pero quizá se comportó como esos grandes arqueólogos que dedican su vida a sacar a la luz tesoros perdidos de los países del tercer mundo y consideran una honesta recompensa a todos sus esfuerzos llevarse a casa una parte de lo que encuentran. Libri debió de exagerar: el caso es que hubo un escándalo público, perdió todos sus cargos y su reputación y acabó su vida en el exilio, perseguido por órdenes de captura. También es verdad que algunos de los mejores nombres de la cultura francesa e italiana, como Guizot, Mérimée, Lacroix, Guerrazzi, Mamiani y Gioberti, se batieron por la inocencia de un hombre tan célebre y estimado, todos ellos dispuestos a jurar que Libri había sido víctima de una persecución política. No sé realmente hasta qué punto Libri era culpable de veras, pero el caso es que había acumulado cuarenta mil textos antiguos, entre libros y manuscritos rarísimos y, desde luego, la cantidad induce a sospechar. Libri era, sin duda alguna, un bibliófilo: creyó que esos libros estaban mejor en su casa, mimados y amados, que en cualquier biblioteca de provincias donde nunca nadie iría a buscarlos. Pero al haber amado demasiados, seguramente no pudo haberlos amado uno a uno. Sepultados en su origen, volvían a estar sepultados en la meta”.

El caso es que tener libros, muchos libros comprados, regalados o robados es un buen tema ya, al parecer, de numerosos libros. Por increíble que parezca, hay personas que se convierten en adictos a los libros como objetos preciosos, atesorables como las joyas o el dinero, con voracidad y celo. A veces esta adicción no incluye leerlos, dado que la pura posesión es, como observa Eco, el fin, igual que tener joyas y no usarlas o dinero y no gastarlo. Se trata en suma de una patología, no le exijamos mucha lógica.

sábado, diciembre 14, 2024

Biblioteca de JLM

 











Si una bibliomanía juzgo bienvenida, esa es la bibliomanía ejercida al modo de José Luis Martínez (Atoyac, Jalisco, 1918-Ciudad de México, 2007). No la del enamorado de los libros que, sin ser del todo censurable, es más bien una de las mil maneras del coleccionismo, de la acumulación por el solo orgullo de poseer, en este caso libros. Aunque en algún punto cercana a la anterior, la otra posibilidad busca trascender la superficialidad de la mera tenencia bibliográfica por las utilidades intelectuales de un repositorio bien nutrido. JLM fue, entre los eruditos mexicanos, un hombre que acumuló cientos de libros cuyo fin no fue ornamental ni retentivo, sino generador de más conocimiento; es decir, su acervo acusó propósito de fábrica y no nomás de bodega.

Espigo la anterior idea sobre el afán libresco de JLM a partir de mi visita a La biblioteca de mi padre (Conaculta, 2010, Ciudad de México, 107 pp.), testimonio escrito por Rodrigo Martínez Baracs, hijo del gran ensayista atoyaquense. En las páginas de esta memoria filial, Rodrigo Martínez describe con minucia lo que promete su título, así que de un jalón recorremos setenta años de incansable búsqueda, clasificación, lectura y divulgación bibliográfica, la emprendida por el quizá y sin quizá principal conocedor de la literatura mexicana del siglo XX. Al final, y sobre esto no parece haber acuerdo en el mismo libro, JLM reunió en su casa de Rosseau 53, en la capital de nuestro país, poco más de 50 mil títulos.

Además de los paratextos introductorios y apendiculares (uno de ellos de Consuelo Sáizar), La biblioteca de mi padre contiene nueve capítulos. En ellos aborda “La formación de la biblioteca”, “Los grandes fondos”, “Historia”, “Arte y libros de formato mayor”, “Enciclopedias, diccionarios y libros de consulta”, “Filosofía”, “Estudios literarios y filológicos”, “Revistas y suplementos culturales”, “Ciencias y educación” y “Cocina”. A partir de tal índice ya podemos hacernos una idea de la biblioteca de aquel padre, un corpus que convirtió a JLM en una institución metida en el cuerpo de un ser humano elegante y generoso. Además de la descripción textual, Martínez Baracs añade algunas fotos de las habitaciones de la casa que al final no tuvo pared virgen, pues todas fueron usadas para empotrar anaqueles.

Casi idénticas son dos frases que campean en el libro: “mi padre” y “la biblioteca de mi padre”. No podía ser de otra manera, pues con la primera entra a cada acción de su progenitor en virtud del trabajo intelectual por él acometido (“Mi padre empezó a comprar libros sistémicamente a los 18 años  en Guadalajara…”) , y con la segunda ingresa a cada recoveco del repositorio instalado en la propia casa de los Martínez (“la biblioteca de mi padre incluye todo lo más importante que se editó y publicó sobre el tema [prehispánico] en los siglos XIX y XX”).

Cuenta el autor que JLM comenzó también muy joven con la pesquisa y resguardo de hemerografía. Para ganarse la vida, fue funcionario público en varias ocasiones, algunas de ellas como embajador. Para mí, su cargo más recordado y ceñido a su vocación será el de director del FCE, que asumió de 1977 a 1982. Allí prosiguió la benemérita labor editorial del Fondo, y entre sus mayores logros se incluye la creación de la serie facsimilar de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas cuyos originales fueron tomados del repositorio preservado por el propio director. Esta serie, para mí, es un tesoro.

Su hijo cuenta en el primer tramo del libro cómo y dónde su padre armó la biblioteca. Por supuesto, mucho de bibliómano había en él, pues hurgaba en catálogos, rastreaba en librerías de viejo, se suscribía a colecciones y compraba revistas y suplementos con rigurosa disciplina. La amistad y el contacto con escritores y editores le permitió recibir novedades, y en algunos casos los viajes facilitaron la consecución de más títulos raros o inconseguibles en México. Algunos, por cierto, no pudo tenerlos por lo estratosférico del costo.

Martínez Baracs explica que no sólo era reunir y llevar a casa. Luego de conseguir un libro, seguía la labor de ubicarlo en el sitio temático adecuado y a ritmo sostenido escribir los estudios que fraguó con rigor de inverstigador celoso del dato exacto y la aguda observación. Las disciplinas que lo apasionaron no fueron pocas: literatura mexicana desde el periodo previrreinal hasta el presente, historia, arte, lengua y estudios literarios, filosofía, antropología, entre otras.

El recorrido es, inevitablemente, un compendio de nombres propios famosos y no tanto. Escritores, editores, libreros, funcionarios remotos y cercanos en el tiempo y el espacio aparecen aquí en virtud de los libros a ellos vinculados. Describe su obsesión en la búsqueda de títulos para tener todo al menos en lo concerniente a sus intereses temáticos. El orden, la invasión de la casa, el intercambio, las compras, la autorización para que otros usaran la biblioteca, los robos de los que fue víctima, el rastreo en los viajes, las fotocopias cuando tal o cual libro no estaba a su alcance... una máquina, pues, de reunir, organizar y estudiar papeles para generar, a partir de esa labor hercúlea, trabajos que hoy constituyen parte de lo más valioso que tiene la cultura mexicana. Si ya en sí misma la configuración de la biblioteca-monstro era un gran servicio al país, JLM lo complementó con la hechura de sus libros, de ahí que la suya no fue una colección de bon vivant, egoísta, sino el motor de un trabajo cuyo fin estaba en la gestación de una obra inteligente y útil para los demás. La biblioteca de mi padre comparte algunas anécdotas, como ésta: en una ocasión Agustín Yáñez visitó a su paisano y amigo JLM, vio dos de sus libros primerizos y simplemente los tomó y se los llevó, “pues no quería que se leyeran ni que nadie los tuviera”. También contiene, para bien, la buena noticia de que la biblioteca no terminó despedazada en Donceles, sino adquirida por el gobierno mexicano para su resguardo, ampliación y consulta.

El paseo por estas páginas motiva en automático una reflexión sobre la tenencia de miles de libros. ¿Para qué?, se preguntarán quienes ven esto como una incomodidad. Tienen razón, es una incomodidad, pues los libros pesan, ocupan mucho espacio, se empolvan, demandan más cuidados que un jardín y, cuando son muchísimos, fuerzan la radicación fija de su dueño, dado que el embalaje y la mudanza son pavorosos. Sin embargo, aunque en escala amateur y en la casi Nada editorial que es La Laguna, entiendo el tipo de lucha que obsesionó a JLM: hay escritores que además de amar al libro como objeto, desean abarcar cuanto sea posible el rizoma de sus intereses. Por eso la ramificación, por eso el fervor de cruzado para llegar a la utopía de conquistar todo el conocimiento. Al igual que cualquier otra utopía, la del saber absoluto es imposible de consumar. Esto no fue obstáculo para el maestro JLM, como ya pudimos atisbarlo gracias a la crónica de su hijo.

sábado, noviembre 26, 2022

Del libro como vicio

 










Mucho he pensado en la bibliomanía asimilada a otras manías o flaquezas, como si fuera, quizá porque lo es, una adicción, aunque ésta no tiene mala prensa, es decir, que a diferencia, por ejemplo, del alcoholismo, el tabaquismo o la ludopatía, la necesidad de libros no suele provocar daños mayores. En efecto, se puede decir incluso que es socialmente observada como buena, pero esto no le quita el carácter de adicción. Como las otras manías, cuando se satisface con la compra de libros la gratificación es temporal, y por ello, forzosamente, debe repetirse. Como las otras manías, el límite de su ejercicio se encuentra en la disponibilidad de dinero, no en la ecuánime certeza de que la posesión de libros debe atenerse al límite que impone la posibilidad de leerlos, además, en efecto, del que establecen el poder adquisitivo y la capacidad instalada de entrepaños para conservarlos.

Puedo decir, por experiencia, que ni el bajo poder adquisitivo ni una casa de interés social son capaces de detener al buen bibliómano, pues si el dinero es poco, se aprende a cazar ofertas o a hurgar en las librerías de viejo e incluso a robarlos, y en cuanto al espacio, casi todos los entrepaños pueden acoger libros en doble fila, parados unos sobre otros, metidos en cajones e incluso he visto el caso —al que por fortuna no he llegado—  de albergar libros en la cocina y en los baños, libros que desplazan ropa, platos, productos de limpieza...

Esta también es la razón por la que alguna vez llegué a otra conclusión bibliomaniaca. Pasados los años caí en la cuenta de que nunca fui habitué de ninguna biblioteca. Claro que las considero necesarias o, como Borges, una modalidad del paraíso en la vida del lector, pero a mi juicio tienen un defecto: sus libros no son míos. Para un enamorado de los libros como instrumentos de lectura pero también como objetos, como posesiones valiosas en función de su materialidad, el lugar ideal no es, entonces, una biblioteca, sino una librería, sitio en el que los libros están a merced del que los compre.

Ahora bien, en este caso no es tan mala noticia carecer de una billetera ilimitada. Cuando eso ocurre, cuando al bibliómano le sobran los recursos, los antojos editoriales son, como bien lo describe Umberto Eco en su libro La memoria vegetal, permanentes y no pocas veces onerosos. Nosotros, gozadores del libro más o menos convencionales, no sabemos que en alguna parte del mundo hay, en este momento, un ejemplar raro, quizá un incunable, ofrecido al mejor postor y deseado por una jauría dispersa de adictos que lo quieren tener en su colección y son capaces de pagar cantidades de locura para lograr sus selectos propósitos.

No, lo mío no llega a tanto gracias a que mi cartera no da el ancho, y esta es una buena noticia. Lo mío son las librerías convencionales, no la cacería en las profundidades del coleccionismo de carísimas rarezas, además de que tengo prohibido invadir mi casa, que es la de ustedes, con libros en donde no deben estar. Venturosamente, estos dos obstáculos me han contenido.


sábado, agosto 07, 2021

Seguir entre libros

 











Durante mucho tiempo he arrastrado por la vida una biblioteca. Se trata de los libros que minuciosa y testarudamente he pescado en 40 años de indescifrable bibliopatía. Mi ritmo de lectura es de cuatro piezas por mes, si me va bien, así que ya no me dará la biología para leer lo acumulado. Esto no me arredra, pues, como toda buena enfermedad, la bibliomanía es incurable y a lo mucho que puede aspirar quien la padece es a sobrellevarla con abnegación y mirando para otro lado cada vez que se busca sentido a este sinsentido. El caso es que hace poco logré revivir una estantería donde cupo, digamos, una cuarta parte de la biblioteca. Falta crear el espacio para los demás libros, pero eso ocurrirá, si todo sale bien, hasta finales del año. Por ahora he pensado de nuevo, una vez más, en la necedad de dar espacio a tanto papel. Es, cómo no, un asunto caro y molesto, pues en lugar de mandar al carajo tanto libro uno termina por ceder con el pasajero, efímero y alucinado fin de leer para no sé qué, quizá para ser feliz a pequeños trancos, para alcanzar alguna forma de la seguridad emocional u otro objetivo igual de difuso. En la foto, deformada por haber sido hecha en “modo plano”, no se nota que por ahora, sólo para que ya no durmieran en cajas, aventé los libros casi al azar, así que faltará organizarlos por temas o algo parecido. Esto sería más fácil si un día despierto y decido mandar todo a la mierda, venderlo a precio de ganga o directamente donarlo a alguna institución que se encargue de tirarlo en un hoyo burocrático, qué sé yo. Pero no he podido. Sigo pues arrastrando por la vida esta curiosa incomodidad.