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miércoles, octubre 29, 2025

Tres respuestas sobre Saúl







Saúl Rosales recibió ayer martes un reconocimiento por sus 85 de su edad, que cumple hoy. Parejamente nos hicieron tres preguntas sobre él; esto es lo que anoche respondí:

Iba a escribir un comentario sobre el homenajeado porque nunca he confiado en la espontaneidad, de allí la distancia que he mantenido con los medios electrónicos en los que surgen las preguntas y, al responderlas de volea, siempre me queda la sensación de desorden. Es probable que también sea poco persuasivo aquello que escribo frente al sosiego de mi teclado, pero sin duda las cuartillas me infunden una pizca de tranquilidad, tal y como ocurría con los acordeones ante los espantosos exámenes de la preparatoria. Dado que el pasado domingo llegaron las preguntas, lo que haré es responderlas según mi insana costumbre: por escrito.

¿Cómo conocí a Saúl Rosales?

En agosto de 1982 entré a simular que estudiaba la carrera de Comunicación sólo porque en el programa había muchas materias de literatura, pues ya entonces era lo que más me interesaba. Sin que yo lo supiera, poco tiempo antes, en 1981, se había dado la coincidencia de que Saúl regresó a La Laguna luego de su radicación de veinte años en la Ciudad de México. Acá, además de conseguir una pequeña chamba como corrector de estilo en el diario La Opinión, Saúl se hizo de unas clases de literatura en la escuela donde yo estudiaba, así que el azar me lo asignó como maestro. Por esos mismos años ocurrieron dos hechos importantes: Saúl comenzó a coordinar el suplemento Opinión Cultural, donde publiqué por primera vez unos poemas de cuyo contenido no quiero acordarme, y además me regaló su primera publicación, una plaquette titulada Vestigios de Eros, el primer libro que me obsequió un escritor. En ese momento comenzó nuestra amistad, hace poco más de cuarenta años. Yo tenía 19; Saúl, 43. Lo que sucedió entre aquellos años y este día ha sido una vida: muchos libros, muchas conversaciones, muchos amigos comunes, muchas mesas como ésta, muchos malabares para la supervivencia, muchos fracasos de todo tipo y una matriz ideológica similar.

Háblenos de un libro, obra de teatro o artículo que desee destacar de Saúl Rosales.

Tengo y he leído casi entera la obra de Saúl y creo que nadie ha escrito más que yo sobre sus libros y su gravitación en el alma de La Laguna. Incluso he editado al menos siete u ocho títulos de su producción. Por razones distintas, en todos ellos encuentro aciertos, belleza e inteligencia, tanto que me resulta muy difícil decidir qué libro de Saúl podría destacar para no malgastar esta pregunta. Sólo porque lo edité y porque en él están implícitos algunos rasgos que me hermanan ideológicamente con Saúl (su ateísmo, su filiación de izquierda, su horror patológico ante la desigualdad y la explotación, su anticlericalismo, su admiración a Marx, entre otras afinidades), menciono el libro que decidimos trazar en el cincuenta aniversario del asesinato perpetrado contra Raúl Ramos Zavala, torreonense y fundador ideológico de la Liga Comunista 23 de septiembre.

¿Por qué Saúl Rosales es importante para la cultura en La Laguna?

Porque su obra (y por “obra” me refiero a sus libros y a su magisterio) a muchos nos hizo ver la importancia de la literatura como vehículo conductor de dos valores: el manejo de la palabra para generar belleza, en primer lugar, y, en segundo, el poder que la literatura tiene para humanizarnos, para despiojarnos el espíritu, para ayudarnos a conocer mejor la viscosa condición humana.  Esto es, creo, el mejor aporte de Saúl a nuestra cultura.

Ahora bien, en lo estrictamente personal mi gratitud tiene muchas vertientes, pero la que más aprecio de Saúl es su ininterrumpida amistad. Alguna vez le pidieron a Yupanqui que diera una definición de amigo, y el poeta y cantor respondió de una manera inmejorable: dijo que un amigo es uno mismo en otro pellejo. Puedo afirmar entonces que mucho de mi maestro y amigo Saúl habita en mí, que de alguna misteriosa forma y al menos parcialmente yo soy él, nomás que en otro pellejo.

Nota. Gracias a Jorge Luis Gaytán por la foto que encabeza este post. En la mesa participamos Saúl Rodríguez, Nadia Contreras, Ruth Castro, Arcelia Ayup, el homenajeado y yo. La sede del homenaje fue la biblioteca municipal José García Letona, Torreón.

sábado, julio 19, 2025

Al galope con Ruth Castro

 











Uno de los hábitos más frecuentes de la literatura es preguntarse sobre las colindancias de los géneros. Qué es un cuento, qué es una novela, hasta dónde llega la poesía, cuál es la forma de crónica y otras preocupaciones que nunca ha desvelado a la mayoría de los lectores. Antes tomaba muy en serio estas inquietudes, pero luego me di cuenta de que sólo servían sobre todo para facilitar el trabajo en las aulas, no tanto para resolver los problemas creativos del escritor o del periodista. Todavía es hora en la que, al leer y escribir, me planteo la definición genérica de lo que leo y escribo, pero sin caer en el fundamentalismo de la juventud. Si un libro es bueno o malo, da igual que sea del género que sea.

El libro de Ruth Castro que aquí presentamos se inscribe claramente en lo que conocemos como “ensayo”, precisamente uno de los géneros que más debate definitorio han provocado. ¿Qué es un ensayo?, se han y nos hemos preguntado incontables veces. En su estado más puro y antiguo, la respuesta está en Pensar a caballo, pensar sobre la almohada (El Astillero Libros-Arferit Editorial, Torreón, 2024, 117 pp.) en el que su autora no sólo ofrece en el primer ensayo homónimo su definición del espécimen, sino que también lo ejerce en las páginas que componen todo el libro. Por alusiones y dicho sea de paso, una parte de este volumen se desarrolló durante la pandemia, época que, si un beneficio tuvo, a muchos resultó adecuada para pensar y escribir.

A continuación y también a caballo, pero galopando, describo por encima cada una de las 21 piezas, todas breves y varias ilustradas por María José Ramírez:

“Pensar a caballo, pensar sobre la almohada” es un ensayo en el cual Ruth Castro reflexiona sobre el género que en ese mismo momento está practicando; el ensayo. Es pues una especie de metaensayo. Señala que este género tuvo dos grandes iniciadores, uno en occidente, con Michel de Montaigne, y otro en oriente, con la japonesa Sei Shönagon, quien escribió El libro de la almohada, una especie de diario con reflexiones sobre su circunstancia y a quien Ruth prefiere tener como engendradora del ensayo, 580 años antes que el francés a quien tenemos como padre del género. En aquel libro, Shönagon compartió sus problemas, su vida íntima, una especie de antecedente remoto del ensayo a lo Montaigne. La autora lagunera confiesa al paso que este es el género que más le acomoda.

El siguiente ensayo, “Escribir la historia con los pies”, es un elogio de la movilidad pedestre. Lamenta que a diferencia de los hombres, las mujeres no tienen la libertad suficiente para desplazarse por el mundo sin el miedo a muy diversos tipos de agresión. Con ideas de Rebecca Solnit como punto de partida (Una historia del caminar), luego habla sobre las marchas que permiten, gracias al desplazamiento a pie, mostrar inconformidades y reclamos de muy diversa naturaleza. Ruth Castro reafirma su convicción de ganar la calle, de disfrutarla y de convertirla en espacio público para la manifestación, para la crítica y para el disfrute. Es decir, opone la participación física, poner el cuerpo en la calle, a la queja digital contra los abusos de todo poder.

En “Fijación por los calcetines” la autora recurre a su memoria para evocar, mediante la escritura, la imagen de su padre, hombre con quien tuvo una relación polivalente entre el cariño, el distanciamiento, el recelo, la indiferencia y otros rasgos. Habla de su padre como un sujeto entregado a la curiosidad permanente por explorar con sus manos el mundo doméstico. Fue un gran desarmador y arreglador de objetos cercanos a la vida cotidiana, y entre las obsesiones de su padre como herencia del pasado estaba la de arreglar los calcetines mediante remiendos y así proyectar su vida útil. Esto podemos vincularlo con la idea que algunos filósofos, como Han, sostienen en relación con la pérdida de valor de los objetos, hoy desechables casi inmediatamente. Como en el oficio de costurera de su abuela paterna, Castro reconstruye su pasado a retazos, zurciendo como puede los fragmentos de tela real e imaginaria del recuerdo.

“Las piedras saben escuchar” es un ensayo breve y poemático dividido en todavía más pequeñas estancias en los que la autora reflexiona sobre su colección de piedras; ante la pérdida de una de ellas se lamenta de estos extravíos y piensa con certeza que las piedras son seres vivos capaces de transmitir emociones especiales a quienes saben escucharlas; otra vez nos encontramos con la idea de las “no cosas” en contraposición con las cosas, aquellas que permiten una adherencia del recuerdo mucho mayor que la posibilitada por los objetos resguardados en medios digitales.

“Atalanta” es un comentario sobre el libro Amazonas, guerreras del mundo antiguo, de Adrianne Mayor. Trata sobre el mito griego de una mujer excepcional: abandonada por su padre, criada por un oso y desdeñada y retada por hombres a los que vence en competencia. Este mito da pie a Castro para pensar en las historias, míticas o reales, de mujeres que se han impuesto a su circunstancia para afirmarse como seres creativos y fuertes.

En “Como peces flotando”, la ensayista lagunera trabaja sobre un libro de Jung en el que reflexiona sobre las casualidades y las casualidades. Da el ejemplo de los peces que (a Jung) reaparecen en un rato a propósito a sus tratos en la inmediatez de la vida cotidiana. Luego, a Castro le sucede lo mismo: muchos peces aparecen en apenas unas horas. Creo que a todos nos ha pasado, y sobre esto sospecho que se da un fenómeno relacionado con la atención: encontramos lo que estamos pensando, como ocurre cuando trabajamos un tema de investigación.

Una paradoja abraza “Escribir desde la negación”: es posible escribir cuando no se quiere o no se puede escribir. Ante el bloqueo, lo viable, dice Ruth, es escribir sobre el bloqueo, trabajar sobre la imposibilidad de escribir y de allí obtener algo: un producto de la escritura nacido como plantita en la aridez. Como en sus otros ensayos, un libro preside el fondo de estos párrafos; se trata aquí de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, exploración del escritor catalán sobre obras en las que aparecen escritores abrumados por el bloqueo o prófugos de la escritura, como Rimbaud y Rulfo, entre muchos otros.

“Para vivir hay que pagar” es un agudo y sutil alegato contra la ubicuidad de los pagos. En efecto: vivir es sinónimo de pagar. Sólo los parias que deambulan en la calle se libran de esta piedra sisífica: todo hay que pagarlo. Hoy, aquí, estamos pagando. Tenemos celular y señal porque hay un pago. Podemos ponernos de pie porque nos alimentamos pagando la comida. No andamos desnudos porque compramos ropa. Todo es pagar y pagar, como dice la canción de Rockdrigo. Y lo peor: tenemos que pagar para morir. Claro, por adelantado, ya que muertos no podemos sacar la billetera para liquidar la cuenta de lo que costaremos ya muertos.

Uno de los ensayos más amplios del libro es “De algunas de las cosas que tomé por buenas y lo que resultó de ello”, y comienza con un énfasis en el gusto de la autora por los títulos a la usanza antigua, aquellos que empezaban con las fórmulas “De cómo…”, “De lo que…”, “De cuando…” y otros semejantes, que muchas veces encabezaban los capítulos como pasa en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega. Luego de esto, Ruth avanza hacia el sobrevuelo de los trabajos que suelen atar al artista o a quien se cree artista. En el fondo, se trata de un texto cercano al debate actual sobre la experiencia de la enajenación en el mundo neoliberal: hay que ser productivos, no perder tiempo, ganar, reinventarnos, diseñar nuevos modelos de negocios, producir, atarnos al “emprendedurismo”. A su modo, la tesis de Ruth no deja de sintonizar con la renuncia a la productividad y la desaceleración propuesta, entre muchos más, por pensadores como Bifo Berardi o Kohei Saito.

“Color cúrcuma” es un elogio del té y otras infusiones descubiertas y preparadas por la autora durante la pandemia. Una prueba más de que todo es tema posible para las piezas de este libro.

El ensayo puede rozar los territorios de la crónica. De hecho, puedo rozar, invadir lo que sea. Es un género capaz de internarse en cualquier espacio, pasar por cualquier rendija. En “Pequeña manada sale a pasear”, con tono de crónica escrita en presente narrativo, la autora aprovecha una salida en bicicleta para reflexionar sobre nuestra condición de mamíferos esenciales y sobre los peligros y las emociones de la vida en una urbe, no lejana de la vida en la jungla. Obviamente, en los pliegues de la crónica se filtra el ensayo, la opinión subjetiva, la divagación mientras se da la “vagación” sobre dos ruedas.

“Duelos” supone el tránsito por el dolor ante la pérdida de seres físicos, sobre todo humanos, pero también sobre amistades y proyectos que han llegado a su fin. El dolor personal debe ser asimilado, nos dice la autora, en un proceso de aceptación que ojalá termine en el agradecimiento luego de convalecer ante las pérdidas.

Una evocación de la abuela cuasicentenaria aparece en “Los botones siempre fueron un tema aparte”, vagabundeo en el recuerdo de una mujer entregada al oficio de la costura y de la que Ruth Castro reconstruye vida, oficio y ámbito de trabajo. No me parece demasiado atrevido decir que de ahí le viene el gusto por la escritura y la edición, que a su modo es lo mismo que coser, unir tramos de palabras. De hecho, “texto” es una palabra hermana de “textura”, “textil” y del verbo “tejer”, de suerte que la metáfora “tejer textos” es casi un pleonasmo.

“Debo trabajar” es la pieza más breve del conjunto y añade un elemento interesante: el ensayo puede arrimarse mucho al terreno de la microficción.

El cuerpo nace marcado por rasgos y obligaciones según se nazca mujer u hombre. En “Para una cartografía de los cuerpos nubosos” la autora expone sutilmente la necesidad de una liberación del cuerpo, de un despojamiento o al menos de la conciencia de los prejuicios que determinan qué es o cómo debe ser el cuerpo.

“Con zapatos de tacón” no es un examen de la famosa cumbia interpretada por Bronco, sino un paseo típico del ensayismo clásico: asumir lo inmediato, en este caso el calzado, los zapatos, como punto de partida para pensar. ¿En qué? Ruth lo hace en torno a las imposiciones sociales, al abuso de los clichés estéticos, a la aceptación de sacrificios sólo para cumplir con los estereotipos. Una reflexión excelente, grata e incluso salpimentada por buenas dosis de humor.

La pieza titulada “Desolación” me deja ver que en la distancia corta, en sus textos más sintéticos, la autora avanza muy cerca del microrrelato. Hay allí un juego con la paradoja: el sol y sus rayos inclementes son tomados como lluvia, lluvia de luz y de calor, de energía que achicharra. Desaparece aquí el yo autobiográfico del ensayo, asume un tenue rasgo narrativo, y aparece un tú en segunda persona metido en una atmósfera atroz: la del calor habitual, por ejemplo, de La Laguna.

En “Affaire” reaparece el yo, la voz de la autora desde el fondo de las palabras. Se deja escuchar aquí una confesión: cómo se ha prendado de escritores y escritoras, y cómo eso ha sido elevado a la categoría de enamoramiento breve o largo, según sea cada caso. Creo que al leer este apunte no hay lector que no confiese una experiencia similar: leer con pasión es amar con pasión.

Un viejo y siempre novedoso tema, el del plagio en literatura, aparece en “Entrecomillar”. La autora recorre aquí, de manera sumaria, cuáles son las fronteras entre el robo y el préstamo, dónde se ubica el descaro y dónde la originalidad.

“El dificultoso oficio de comerciar libros” sirve como pretexto para hablar de su experiencia como lectora, de la relación física y emocional que ha mantenido con los libros. Su paso por librerías como compradora, trabajadora y dueña le ha permitido valorar la importancia del contacto directo con el libro y su gravitación en tanto objeto de cultura.

Por último, “Ixtlilxochitl” es un divertido ejemplo del camino que por lo regular recorre el ensayista: buscar un tema para escribir es propiciar casi de la nada la escritora: todo es tema, incluso no tener tema y buscarlo es tener tema. Es este texto casi una puesta en práctica de lo insinuado en el segundo ensayo, “Escribir desde la negación”

Saludo la llegada de este libro inteligente y grato, un buen modelo para quienes todavía quieran preguntarse qué es un ensayo. Aquí hay muchos de suyo interesantes, sabrosamente escritos y además muy bien editados en dominante tinta azul, el color del pensamiento, quiero creer.

Nota. Texto leído en la presentación de Pensar a caballo, pensar sobre la almohada, celebrada en la Feria Duranguense del Libro el 13 de julio de 2025. Victoria de Durango, Durango. Participamos Ruth Castro y yo. El libro está disponible en El Astillero Librería, Casa Juárez, Juárez y Degollado, Torreón. Muchas gracias a Shamir Nazer por la invitación y la organización. 

sábado, diciembre 16, 2023

Vicisitudes y presente del sotol

 











En el Museo Arocena de Torreón recién fue presentado El sotol. Una historia de árido mestizaje (Gobierno de Coahuila, 2023), libro de Ruth Castro que constituye una pequeña enciclopedia, valga el oxímoron, sobre el destilado emblemático del pedazo de mundo en el que nos ha tocado nacer y vivir: el desierto chihuahuense. El volumen es, pues, abarcador, sumario, y convoca por ello varias disciplinas: botánica, química, antropología, historia, literatura, economía, entre las más salientes, lo que cuaja en un acercamiento redondo al objeto de estudio.

El sotol... es resultado de dos periodos de trabajo vinculados a sendas becas del Pacmyc. Su origen remoto se apoya en un hecho simple y al mismo tiempo poderoso: el amor que la autora siempre ha tenido por las plantas. Contra la idea generalizada que las percibe como objetos distantes, Ruth Castro señala que su inquietud buscó inscribirse en el nuevo paradigma que considera al mundo de las especies vegetales “no solo como elementos de la naturaleza de los que extraemos los compuestos biológicamente activos que nos sirven en alimentos, artículos y medicamentos, sino como seres vivos inteligentes, similares a los humanos en más de lo que podríamos imaginar, ya que desarrollaron complejas estrategias de sobrevivencia y poblaron el mundo millones de años antes que nosotros, es decir, que ellas fueron eslabón indispensable en el proceso de evolución para que existieran otras formas de vida”.

Así entonces, el trabajo de la autora indaga en las especies de Dasylirion, nombre científico de la planta que da origen al sotol. Los doce capítulos que lo componen atraviesan todas las posibilidades de un viaje por el tema, como “El sotol: un mezcal?”, “El sotol no es una agavácea”, “Aproximaciones a la vida social del sotol”, “‘Los mezcales’ en la conquista y colonización de española”, “Siglo XX, entre lo legal y lo clandestino”, “La planta de sotol, tradición y cultura”, “El proceso tradicional en la vinata”, “Tradición y nuevos escenarios” y “Sopesar el presente, imaginar el futuro”. A estos apartados debemos añadir, como parte del aparato crítico que demanda una buena investigación, el de referencias y el oportuno glosario preparado por Fernando de la Vara.

Diseñado con delicadeza por Álvaro Domínguez e ilustrado con imágenes exquisitas que Teresa Hernández Luna trabajó deliberadamente con el estilo de los manuales de botánica del siglo XIX, El sotol... nace como libro de obligada consulta cuando, a partir de hoy, alguien desee saber las generalidades de una planta y un producto, el destilado, cuya descripción ha llegado hasta nosotros gracias al esfuerzo de Ruth Castro y un equipo que estuvieron a la altura del desafío que implica todo buceo en las aguas profundas del pasado.

Nota. El sotol. Una historia de árido mestizaje fue presentado el 6 de diciembre de 2023 en el auditorio del Museo Arocena. Participaron Sergio Garza Orellana y la autora. El libro está a la venta en El Astillero Librería, Casa Juárez (Juárez y Degollado, Torreón).

miércoles, abril 26, 2023

Mesa de editores


 







El jueves 20 de abril pasado el IMCE de Torreón convocó a una mesa de editores laguneros a la que fuimos invitados Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y yo. La moderadora/organizadora fue Nadia Contreras, responsable del área de literatura en el ayuntamiento actual. Quienes asistimos no somos la totalidad de quienes trabajamos directa o lateralmente con lo editorial en La Laguna, pues hay colegas que, como Ruth Castro, se han relacionado aquí con la labor editorial, en este caso específico en la elaboración de libros y no de otro tipo de productos editoriales, como revistas o periódicos.

Por supuesto que una hora, lo que duró el “conversatorio”, es insuficiente para espigar todas las implicaciones que tiene una actividad tan delicada como la edición bibliográfica, pero algo logramos poner sobre la mesa (redonda) para saber en dónde estamos parados como cultores de este oficio. De entrada, creo que coincidimos en afirmar que en nuestra comunidad el trabajo editorial no tiene un perfil estrictamente empresarial, es decir, que no tenemos sellos que auspicien la publicación como apuesta comercial. Tenemos, eso sí, personas que pueden ayudar a los interesados en armar sus libros de acuerdo a los criterios exigidos para que este objeto cumpla con los requerimientos mínimos de calidad.

¿Y cuáles son esos requisitos? Primero, orientar al autor sobre lo que puede hacer de acuerdo a su propósito. Luego, si el autor desea seguir adelante, lograr que el documento se apegue lo más posible a la corrección gramatical, lo que en mucho depende del documento original creado en el mismo Word. Luego, diseñar las páginas con apego a las partes convencionales del libro, establecer su diseño en interiores y portada, y pensar en el tiraje pertinente. Al final, imprimirlo en el sistema que más convenga (por demanda u offset), lo que incluye la posibilidad hoy viable de distribuirlo sólo como producto digital.

Fue una mesa grata, y lo más importante es que permitió el diálogo sobre la confección actual de libros en La Laguna, un fenómeno que en este momento goza de su mayor auge en la historia de nuestra región.

miércoles, agosto 14, 2019

Bucear en libros antiguos















Gracias a Sergio Garza Orellana he tenido acceso a siete trípticos de la colección “Libro en contexto”, proyecto emprendido por la biblioteca del Museo Arocena. Diseñados con pulcritud y exquisitez, estos materiales son un espléndido complemento de los cursos que con ese mismo nombre, “Libro en contexto”, han desarrollado in situ, frente a públicos interesados en profundizar sus conocimientos sobre tal o cual publicación antigua. No dudo en destacar el valor de este proyecto como promotor de la cultura bibliográfica que muchos, por suerte, todavía juzgamos imprescindible en un mundo que en apariencia ya le dio la espalda.
El formato de los trípticos es grande y por ello muy legible. Contiene la portada del libro en su frontis y a continuación un ensayo como de tres o cuatro cuartillas sobre el título a contextualizar; el material es complementado con imágenes vinculadas a la temática, una ficha bibliográfica amplia y otros breves anexos. Por ejemplo, Enciclopedia del hogar, tomos primero, segundo y tercero del recetario de cocina de Excélsior, primer título abordado por la colección, es asediado por Adriana Gallegos Carrión en el ensayo “Para la dueña del hogar”.  El trabajo de contextualización consiste en desmenuzar para nosotros el horizonte de recepción que tuvo este material entre las amas de casa, el uso social que le daban y la idea que el medio productor del discurso (en este caso el diario Excélsior) tenía sobre el hogar y la mujer entre 1943 y 1944. Hay, pues, una labor de interpretación que nos permite vislumbrar más allá del libro en sí, una hermenéutica que no por breve deja de ser interesante y enriquecedora.
Como en el primer tríptico proceden los otros seis, su estructura es similar. El segundo trata sobre el libro Euzkadi en llamas (1930), de Ramón de Belausteguigoitia, que fue buceado por Carlos Castañón Cuadros. El tercero, Ejercicios del Santísimo Rosario de Nuestra Señora y modo de rezarle con meditaciones de sus misterios (1630), fue estudiado por Sergio Garza Orellana. Historia de un anticuario (1962), analizado por Adriana Gallegos. Euzkalerriaren Alde, Revista de Cultura Vasca (1926), por Ruth Castro. Guatemala por Fernando VII (1810), por Adriana Gallegos, y Apellidos vascos (1953), por Carlos Castañón.
No sé si los materiales están disponibles en papel para todo el público o si los tienen a la venta. Lo importante es que pueden ser consultados en la web del Arocena, sección de biblioteca. Adelante pues. A disfrutarlos.

sábado, octubre 14, 2017

El Astillero: oasis de la lectura












Hace poco tiempo discrepé amablemente de algunas opiniones que me parecieron lapidarias. Se referían a la supuesta condición de “rancho” que tenía y sigue teniendo nuestra ciudad, Torreón. No estuve de acuerdo porque jamás lo esteré con las dos varas que solemos usar para medir lo que más nos atañe, en este caso el lugar donde vivimos. No creeré pues en la postura soberbia que nos lleva a creer que somos el ombligo del universo, ni en la otra, la opuesta, que nos induce minosvalorarnos. Querámoslo aceptar o no, la ciudad tiene muchas instituciones dignas, aunque también muchos rezagos que ojalá dejen de serlo algún día. Para eso trabajamos.
Entre lo valioso está, por ejemplo, una pequeña librería del centro: El Astillero. Hace poco cumplió tres años y publicaron un libro en el que participé con estas palabras:
No es frecuente encontrar librerías con riguroso buen gusto. Al contrario, lo común es que estos negocios se establezcan y para sobrevivir o porque los gobierna el caos, comiencen a llenar sus anaqueles de libros prescindibles, algunos (a veces la mayoría) basura, objetos que sólo tienen de libro su condición de papel impreso y encuadernado, no más. Por eso la sorpresa de llegar por primera vez a El Astillero y encontrar un menú bibliográfico bien seleccionado y con sellos editoriales serios, de librería pensada con un criterio que no sólo aspira a recuperar la inversión, sino también, o principalmente, a difundir cultura.
Pero de alguna forma esto era, para mí, previsible, dado que desde hace varios años conozco a Ruth Castro, su dinamo, y sé cómo trabaja y qué inquietudes de lectora la estimulan. Al ingresar por primera vez a su librería, como ya dije, me topé con un nutrido y grato catálogo de títulos. Deambulé lentamente sus anaqueles y al fondo me topé con dos o tres entrepaños dedicados a exhibir libros de la Universidad Veracruzana, institución promotora de un trabajo editorial que muchos respetamos desde hace décadas. Allí me detuve y encontré un título de David Lagmanovich, amigo y maestro argentino cuya muerte, ocurrida en 2010, sigo padeciendo como una orfandad. Encontrar en El Astillero varios volúmenes de la UV, entre ellos el de mi querido David, me llevó a pensar en esta librería como un pequeño oasis, un punto de reunión que los laguneros necesitábamos y ya tenemos.
Por todo, larga vida a El Astillero, larga vida a este oasis de la lectura.

miércoles, marzo 01, 2017

Librerías en La Laguna




















El tema nació en mi clase de literatura de la Ibero Torreón. Hubo por allí una pregunta y comenzamos con el ejercicio. Es un grupo perspicaz, así que casi todos los muchachos colaboraron con la lista. Tratamos de anotar todas las librerías de La Laguna, y comenzamos con Torreón.
Aparecieron las más famosas y dedicadas exclusivamente a eso: Gandhi, que es una de las cadenas más poderosas del ramo en el país, y Gonvill, digamos que su competidora más cercana en la ciudad. Sumé El Astillero, hermoso emprendimiento encabezado por Ruth Castro que sobre el Paseo Morelos ofrece un catálogo muy bien seleccionado, tan bueno que es quizá la librería más consciente de su sentido en nuestra región. En la misma avenida está la Librería del Estudiante, un poco escondida y ajena al ruido, pero todavía (asombrosamente) viva. Cerca de allí, dentro del Museo Arocena, Educal, con excelentes ediciones, la mayoría publicadas por instituciones que operan con recursos públicos.
Luego escribimos los nombres de los negocios que, sin ser propiamente librerías, tienen una oferta más o menos valiosa aunque se carga a veces a los libros de venta masiva (autoayuda, sobre todo); son las librerías de Sanborns (ya sólo una, la de Galerías) y la librería del restaurante La Terraza, en Cimaco, con mejor selección. Sumamos asimismo la librería Del Maestro, que hasta donde me da la memoria es básicamente papelería y hace mil años no visito.
Caímos, obvio, en las de viejo: El Libro Usado, sobre la Galeana, al lado de la Plaza Mayor, y cerca de allí la Otelo, sobre la avenida Juárez. También sobre la Juárez, cerca del palacio federal, trabajó un tiempo un compa apodado el Güero que vendía libros de segunda en buena cantidad; no sé si siga en acción.
En un rubro más especializado, frente a la catedral, sobre la Matamoros, hay una librería religiosa, y en la Juárez, ya casi en el rumbo del mercado Alianza, estaba la sucursal de Trillas con libros de corte más académico, pero no sé si ya desapareció. Hay también, en la colonia San Isidro, un espacio para venta de cómics, y sobre la Juárez, cerca de la alameda, la librería Aurora de las hermanas Galíndez Araiza, de pura literatura infantil.
Todo esto en Torreón. En las otras ciudades de La Laguna no localizamos nada.

Posdata. El mismo día en el que apareció esta columna recibí una carta de Javier Rodríguez Villa. La agradezco mucho y la comparto con su autorización. Contiene información que subsana una laguna de mi texto: "Estimado Jaime: Ciertamente en Gómez Palacio la oferta editorial es muy limitada, pero no inexistente. Así, por la calle Allende a la altura de Soriana centro, desde hace varios años se encuentra establecida la Librería del Maestro; en la línea de literatura religiosa e infantil, por la misma Allende, a un costado de la CTM, se localiza Casa Angélica; de este punto, dando vuelta hacia la Avenida Independencia, se ubica la Librería "Antioquía" y siguiendo hasta la Catedral de Guadalupe, a su costado encontramos la Librería "Juan Pablo II". Existe también un distribuidor de Enciclopedias Pedagógicas en la colonia Bellavista y en la Papelería Nazas y El Nuevo Modelo ofrecen a la venta libros de texto. Saludos".

miércoles, julio 16, 2014

Miedo cerval: de la pena y la flor*
























El título de este libro es una frase lexicalizada. Cuando sentimos que el horror, cualquier horror, se aproxima, cuando sospechamos que está cerca una amenaza, nos invade el “miedo cerval”. Es, digamos, un miedo extremo, un miedo que nos lleva a abrir inmensamente los ojos, a detener la respiración y a preparar la huida. La frase se forma, claro, con el adjetivo “cerval”  con el que nos referimos a los ciervos o venados, animales que, como lo hemos visto en muchos documentales, mientras pastan no dejan de levantar la cabeza y abrir mucho los ojos, siempre en espera de agresiones.
Miedo cerval, poemario de Aleida Belem Salazar (Torreón, Coahuila, 1989), refleja ese sentimiento, el del miedo, y otro que comentaré más adelante. Quizá debo enmendar: no es tanto el miedo sino la desolación, o en todo caso el miedo fijo, atornillado al alma, que conduce a la desolación. Sea el sentimiento que sea, el caso es que los versos de este pequeño libro exploran con un fósforo un depósito de dinamita. Esta metáfora, creo, calza bien al libro: no hay página en la que uno no sienta la inminencia de una explosión, el estallido a punto de consumarse.
¿De dónde proviene esto? Lo asombroso es que su origen está en una joven poeta lagunera. Asombra porque a su corta edad, la edad de Aleida, los versos suelen salir, en general, impregnados por una luz más clara. No es frecuente hallar que un poeta alcance una madurez expresiva tan potente sino hasta después, luego de que se han dominado ciertas estrategias de escritura.
Aleida Belem Salazar reúne entonces dos virtudes: sabe qué siente y sabe exponer lo que siente, de suerte que su escritura nos arrima al peligro de una llama, como ya dije, en un sitio donde abunda la pólvora. Avanzamos pues junto a ella por los pasadizos de este poemario con angustia, con miedo cerval, con una sensación de temor que en más de un verso nos apabulla. Lo asombroso, lo increíble más bien, es que su autora, pese a su juventud, ha sido capaz de movernos por allí a pura fuerza de palabras, casi como si se tratara de una escritora con largo camino recorrido.
En Miedo cerval no hay zona de confort. Desde que abrimos la puerta (eso es etimológicamente la portada de un libro) nos hallamos frente al desgarramiento interior. Nada de preámbulos: “Todos los asmáticos conocemos la cara de la muerte”, dice para abrir boca. Y de allí en adelante los poemas fluyen entre lo negro y lo rojo, todo con una intensidad que recuerda, al menos me lo recuerda a mí, a la argentina Pizarnik y a nuestra Enriqueta, poetas que asimismo asociamos con la precocidad del vigor expresivo.
Dividido en cinco relampagueantes estancias que en sus títulos delatan el registro en el que se mueve Aleida (“Síntomas, enfermedades”, “Pecho, corazón”, “Infancia, cicatriz”, “Tropiezos, soledad” y “Futuro, anterioridad”), Miedo cerval finca su mérito en la claridad y limpieza de la forma y en la sinceridad del fondo. Por ejemplo, en el momento I del poema “Breve repaso de los acontecimientos”:

ellos preguntan
qué tomó
ellos dicen
abrirá los ojos en unas horas
hay una madre que se pregunta por qué
en singular
ya no es ellos
hay una madre que se culpa
en singular
hay una hija en una camilla y una
madre que siempre va a preguntarse
por qué

Insisto que pese a la brevedad de los poemas, parece expandirlos el ímpetu con el que fueron escritos. Creo, o al menos intuyo, por qué ocurre esto: por una suerte de identificación. Muchos de alguna forma somos y estamos en estos versos: seres quebrados, lastimados, aturdidos, náufragos en la inmediatez del día tras día, pasajeros del mismo camión y del mismo taxi:

Perdí la cuenta de todas las veces que lloré
en un transporte público
He llorado todas las palabras que no pude decir
He llorado todas las lágrimas
los silencios y las palabras que me dijeron
Lo he llorado tanto y muy bien
que nadie nunca lo notó
He llorado en cada autobús por cada
decepción que me gané
por cada hombre que pensé amar pero
no me amó.
Los autobuses son la casa del llanto
que más me sé a ciegas.
Pero no contaré las veces que he
llorado en los taxis
los taxis son otro poema
son mi herida amarilla alojada en mi espalda.

Es notable, en suma, la frontalidad emocional con la que han sido urdidos estos poemas. El miedo y todos los sentimientos adláteres (como el dolor y la soledad, por ejemplo) están aquí sin embozo, descarnados, expuestos sobre el blanco de la página. No es labor de la crítica indagar qué tan cercanos o tan lejanos están los versos de la vivencia real. Sin embargo, si están cerca de la vivencia de la poeta quiero resaltar lo que prometí mencionar en el arranque de este comentario: no alegra en este caso, por supuesto, que el escritor sufra para que luego nos dé un producto artístico. Sería preferible que no existiera el arte si eso hiciera posible que el ser humano, todo ser humano, estuviera lejos de la desdicha en cualquier grado. Pero eso resulta imposible, es obvio. En distintos grados, los hombres estamos aquí para batallar, para sufrir (sin que esto quiera sonar telenovelero), para nadar tarde o temprano en contra de la corriente. La mayoría padece, llora, se desgarra interiormente, pero sólo una minoría tiene la fuerza para convertir en arte la violencia de la adversidad. Como dice Atahualpa Yupanqui en “El aromo”, una de sus milongas:

En ese rajón, el árbol
nació por su mala estrella.
Y en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas...

Miedo cerval es por todo, además de un libro excepcional en términos estrictamente literarios, un testimonio de que el artista genuino suele hacer, como el aromo de Yupanqui, flores de sus penas.

*Texto leído en la presentación de Miedo cerval celebrada el 2 de julio de 2014 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos la autora, Ruth Castro y yo. Miedo cerval, Aleida Belem Salazar, Luma, Zurich, 2014, 58 pp, número 86 del proyecto "1000 books by 1000 poets". Edición de Alexandra Siegrist.

miércoles, diciembre 11, 2013

Memoria y permanencia




















Aunque presumimos lo contrario, tenemos mala memoria. Pasan apenas unos cuantos años para que olvidemos lo que, se supone, siempre deberíamos recordar. Por ejemplo, en México se sigue hablando hoy de polarización, de esa división social provocada por lo ocurrido en 2006. Lo que no se recuerda es quién, cómo y por qué la propició. Contra esa mala costumbre, ciertas sociedades tienen la buena costumbre de organizar documentos para tenerlos siempre a la mano y recordar cuando es debido. Los franceses, por caso, son maestros en la organización de archivos, y acá en América, desde hace algunos años, los argentinos tienen la obsesión de documentar lo más posible el pasado reciente, harto monstruoso.
La memoria, entonces, alcanza su dimensión mayor cuando la aterrizamos en documentos. Sea de interés colectivo o individual, es importante ver que cuaje en papel o, ahora también, en audio y/o video. El hábito, como ya insinué, no es común entre nosotros, y eso se debe acaso al recelo y los dobleces que Paz y otros han destacado en el ser mexicano. Nos gusta, pues, rodear, eludir, no mostrarnos.
Por esto es celebrable que Rosario Ramos haya escrito, publicado y presentado (el lunes 9 de este mes) Los días de mamá, memoria que recorre la vida de su madre en relación con la numerosa familia que le cupo en suerte. El diálogo que entabló la autora con su madre no fue sólo un diálogo literal, sino entablado incluso con silencios a lo largo de una vida poblada de anécdotas, tropiezos, desacuerdos y todo lo que en general sazona el caldo en el que se configura una familia.
Los presentadores destacaron, cada uno de acuerdo a su posición profesional, los valores de este libro. Ruth Castro, quien lo editó, dio una idea clara del trabajal que hay detrás de todo producto bibliográfico digno de ser llamado “libro”. Angélica López Gándara enfatizó el valor de lazo que entablan los hijos (sobre todo las hijas) con su madre, un lazo que por lo común se enreda o se tensa, pero que suele no romperse. Felipe Garrido, por su parte, enfatizó la importancia de la escritura como arma para luchar, así sea infructuosamente, contra el olvido que, como dice un tango, todo destruye.
Tuve ya la suerte de acceder, cuando se encontraba aún en estado embrionario, a las primeras páginas de lo que hoy es Los días de mamá. Puedo decir ahora que es un emotivo viaje al interior de esa relación siempre desafiante: la que mantenemos con nuestros padres y tiene por costumbre dejarnos insatisfechos, pues si nos brindamos a fondo o si les regateamos tiempo y afecto, de todos modos al final nos queda la sensación de que pudimos estar más cerca y brindarnos más.
Rosario Ramos ha pintado, como vocera de su amplia familia, una estela detallada del recorrido vital de su madre. Es un buen ejemplo para todos de que la memoria bien documentada se defiende mejor ante la inevitable erosión provocada por el tiempo.

domingo, febrero 14, 2010

Fondo de los libros



Desde mayo de 2009, Ruth Castro es la encargada de la Librería del Teatro Martínez-Fondo de Cultura Económica. Joven inteligente y sensible al conocimiento y la belleza de la palabra, ocupa pues, hoy, un puesto ideal. La entrevisté sobre su nueva responsabilidad y esto fue lo que obtuvimos.

Brevemente, ¿cuál es tu formación profesional en relación con los libros y otras publicaciones? Tuve la oportunidad de estudiar la carrera de Lengua y Letras Hispánicas en La Universidad Veracruzana del 2002 al 2006, y en Xalapa comenzar a participar en la promoción y fomento a la lectura en eventos públicos, presentaciones de libros, escribiendo artículos para revistas literarias y demás actividades de este tipo. Por otro lado, aún estudiando la carrera trabajé en corrección y edición en una pequeña editorial que se encargaba de algunos proyectos relacionados con la SEP y con el estado (Veracruz), misma labor que he seguido haciendo en Torreón, aunque más esporádicamente. Sin embargo, la experiencia en librerías comenzó desde que tenía 16 años, cuando trabajé en la librería Astraleph, en el centro de Torreón, y en mi estancia en Xalapa trabajé por varios años en librerías Ganco, llamada entonces Gandhi Colorines, pues se especializaba en libros para niños, aunque estaba tan surtida como cualquier librería Gandhi del DF. En esta última fue donde más aprendí acerca de editoriales, de pedidos y devoluciones, de promociones, en fin, del trabajo que requiere cualquier librería, aunque obviamente está ligado a mi aprecio por los libros (por sus contenidos).
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¿Qué representa para ti esta encomienda?
Para mí significó desde el inicio una gran responsabilidad que acepté con mucho gusto, tomando en cuenta que, pese a que la librería es filial del Fondo de Cultura Económica, en realidad está subsidiada por el Patronato de Teatro Isauro Martínez que, como sabemos, es una asociación civil. Con esto me refiero a que forma parte de un gran esfuerzo local por ofrecer cultura a la gente de la región, y en este sentido, a ratos resulta difícil sostenerse, a diferencia de las grandes cadenas que amortizan a sus pequeñas sucursales y mantienen a éstas igual de surtidas que otras. Entonces conlleva bastante dedicación y tiempo, y esto lo sabía desde que acepté, pero es un trabajo que si te agrada y te sientes comprometido con los fines que persigue, es decir, con la promoción de la lectura, pues no se siente tanto el esfuerzo y te llena de pequeñas satisfacciones.
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¿Cuál o cuáles son las políticas de promoción que estás habilitando?
La librería tiene la ventaja de compartir espacio (y finalidades) con el Cafecito del Fondo, así que en coordinación con éste se organizan actividades de lo que llamamos nuestro programa permanente de fomento a la lectura. Además, la sala infantil cuenta con un teatrino y tenemos todo el apoyo del TIM para eventos más grandes. Esto facilita en gran medida que podamos mantener promociones o combinarlas con las actividades. Tenemos, por ejemplo, los martes de cuentacuentos, y entre quienes asisten se les regalan cupones de descuento o se van promocionando distintos libros infantiles que tienen que ver con las narraciones del cuentacuentos; en otras ocasiones tenemos regalos para los niños que participan en los cuentacuentos. Cada mes tenemos también lecturas abiertas al público, en las que se va variando el tema, y en estas fechas se ofrece todo el material del FCE con el 20% de descuento, además de cortesías para los que leen. Hay otras actividades que van cambiando cada mes, y que también dependen de gente que se acerca para pedir el foro del café y hacer actividades en conjunto, como en los que participan músicos de la región o conversatorios de distintos temas dedicados a adolescentes, universitarios o el público en general. Todo con el objetivo de que personas de distintas edades tenga experiencias gratas relacionadas con la lectura.
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¿Qué reacción has percibido del público?
La respuesta del público ha sido placentera, desde la gente que busca la cartelera cultural al principio de cada mes, quienes se acercan buscando el foro del café porque tienen una buena impresión del lugar hasta quien se va contento porque encontró o le conseguimos el libro que había estado buscando. En lo personal creo que falta mucho trabajo, es decir, aunque los comentarios a favor hacen sentir que se están haciendo bien las cosas, tenemos actividades y propuestas que nos gustaría llevar a cabo poco a poco, además de traer más oferta de editoriales y/o eventos de mayor resonancia en la región, pero ahí vamos.
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¿Se “mueven” los libros de autores laguneros?
Sí. Aunque cabe decir que no todos los autores laguneros se “mueven” igual. Mi entrevistador, por ejemplo, es uno de los más queridos, junto a otros autores como Saúl Rosales, por mencionar a otro incansable promotor de la literatura. Sin embargo, hace falta que los mismos autores hagan más promoción de su obra, que participen en lecturas o en eventos para que la gente los conozca.
La librería del TIM-FCE está ubicada al lado del Teatro Martínez, sobre la Matamoros. Felicidades a Ruth por atender tan bien este espacio y por no bajar ni un segundo su entusiasmo bibliográfico.