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miércoles, junio 21, 2023

Diálogo sobre viejos

 








Recién leí un puntual comentario de Alfredo Loera, escritor lagunero, sobre las librerías de viejo. Hoy en Torreón tenemos cuatro: Otelo, El Libro Usado, La Tinta y la del güero de la avenida Juárez, cuyo nombre, si lo tiene, ignoro.

Escribe Alfredo: “Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla”.

Y continúa: “Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos…”.

No resistí la tentación de hacer eco a su post con estas palabras: “Como dicen ahora, me siento ‘representado’ por tu espléndido texto. Soy habitué de las librerías de viejo y, como sé que visitamos las mismas de la localidad, haz de cuenta que seguí tus palabras como si fuera una cámara subjetiva de cine: lo que tú veías, yo lo veía igual, con el mismo decorado, con los mismos clientes ingenuos y no tan ingenuos. Hace poco fui a Buenos Aires y me traje muchos libros, y sólo el 5% o 10% nuevos. Por esto: cerca del departamento donde paré hallé una librería de viejo. Era un paraíso. Como me quedaba a dos cuadras, poco a poco la fui saqueando y pensé que ya no iba a ser necesario buscar en otras librerías. La razón es simple: en una sola librería el azar me había deparado más de los que yo podía cargar hasta Torreón, así que no tenía sentido internarme en otra librería para que el azar me deparara más libros apetecibles. Con una bastó, con un solo azar fue suficiente para desbordarme la maleta…”.

Larga vida a las librerías de viejo.

Nota 1. El artículo completo de Alfredo Loera es el siguiente:

Un laberinto llamado “las librerías de usado”

Alfredo Loera

Es increíble lo que uno puede hallar en las librerías de usado. Ahí es donde se encuentra en verdad la tradición literaria de una ciudad; no sólo eso, también su espíritu, su memoria, sus anhelos, su inconsciente colectivo.

La formación de un escritor necesita pasar por estos lugares; en especial cuando en ellos no hay orden: es la mejor manera de hacerse un criterio. Y sobre todo de perderles el respeto a los libros. No se puede escribir nada si no se les pierde el respeto a los mayores. Desde luego, se trata de una irreverencia contenida, siempre hecha con desconfianza, pero a la vez con cinismo; el mismo cinismo del librero cuando sabe que un volumen de tan maltratado va a la basura, sin importar el nombre impreso en la portada. ¿Cuántas primeras ediciones se perdieron así? ¿Cuántos ejemplares firmados por Borges, por Rulfo, por García Márquez, por Fuentes se tiraron a la basura porque, en el desconocimientos de estas firmas, los libreros, al ver los tomos humedecidos, creyeron imposible su venta? En las librerías de usado nadie tiene privilegios; al menos no, en esas donde todavía no nos alcanza el lavado de cara del capitalismo rampante que de inmediato busca usurpar los espacios sociales que se han ido formando por la misma gente.

Libros por aquí y por allá, de los más diversos temas, sin etiquetas en los mostradores, sin guías previas de lectura, sin modos de saber si es un libro de ficción o un estudio sesudo sobre una de las conspiraciones más complejas en dominio del mundo (ya sea el Club Bilderberg o los reptilianos, aunque creo que son los mismos); sin nada que nos prevenga o nos predisponga a su lectura más allá de las solapas y cuartas de forros empolvadas, y en ocasiones ni siquiera eso.

Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla.

Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos; libros de escritores locales mil veces ninguneados y que al leer el primer cuento del ejemplar, ahí de pie en los pasillos laberinticos de la librería, nos deja un buen sabor de boca y la consciencia de que lo literario es algo misterioso y que va más allá de los reflectores; libros sobre política que ahora sería imposible publicar por la incorrección ideológica del abordaje, y que sin embargo interesan incluso más por el arrojo de las ideas y por la sensación de leer algo con un tufo de prohibido; ediciones de autores leídos en una vieja reseña, de quienes jamás vimos un ejemplar en las librerías de nuevo y que, al cabo de años de búsqueda, aparecen amontonados debajo de una caja, la cual quizás estuvo siempre en el mismo sitio hasta que esa buena tarde nos dignamos a esculcar.

Y no sólo eso. Me falta hablar de las personas asiduas a estos lugares. Porque no me dejarás mentir, estimado lector: no cualquiera se presenta a estos sitios con la naturalidad necesaria. Para ser asiduo a una librería de usado se requiere de cierto carácter, de cierta independencia, de cierta vitalidad por el debate desorbitado. Muchas veces he entablado conversaciones con extraños sobre temas fuera de toda conexión actual en esos pasillos, o tal vez simplemente sea la inocua pasión de buscar algún libro sin saber bien a bien lo que ese libro nos dará. Aunque también es un espacio idóneo para reírse sanamente de los incautos (risas malignas).

El primer incauto es aquel que llega ya con el título de la obra y le pregunta al estimado librero por el ejemplar. Es de lo más cómico que puede ocurrir (más risas malignas).

Incauto 1: Disculpe, tiene el libro ¿Quién se ha llevado mi queso?

Es indispensable señalar que inmediatamente después de ser escuchada esta frase en el local se hace un silencio, sin importar cuántos de nosotros, aquellos otros incautos en búsqueda del libro de la semana, estemos indagando estante por estante.

Después del incómodo silencio, y esto dependerá de la amabilidad del librero o librera, el diálogo continuará en cualquiera de las tres vertientes.

Opción 1: Librero: No, mijo, no lo tenemos.

Opción 2: Librero: Mira, mijo, acá la onda es buscarle entre todos esos tomos.

Opción 3: Librero: Creo que sí, pero no me acuerdo dónde está.

Por supuestos siempre hay algunos matices. Recuerdo una vez que, en una de nuestras más importantes librerías, la Otelo, arribó un joven preguntando por El diosero de Francisco Rojas, y el estimado librero, muy amablemente (era un hombre extremadamente viejo), se paró en sus dos muletas y como pudo caminó los veinte pasos hasta el fondo y con una paciencia infinita, digna de un mártir de la literatura y de los libros, con sus lentes de fondo de botella se puso a buscarlo; tardó como media hora, lo entregó y se lo vendió al muchacho por veinte pesos. Eso para mí fue una especie de milagro. Me hizo recuperar mi confianza en la humanidad.

Pero hubo otra ocasión en donde la librera (oculto sus identidades pues no deseo evidenciar a nadie en particular), me acababa de comentar que no sabía que decirle a la gente cuando alguien abría la puerta con la siguiente frase:

Incauto 2: Señora, recomiéndeme un libro.

Al salir el cliente, esta vez, al cabo de comprar Las aventuras de Huckleberry Finn, la apreciable librera y yo soltamos la carcajada. “Ves lo que te digo”, me comentó la mujer.

En fin, es un mundo con material suficiente para una novela de cuatro tomos con saltos de tiempo y espacio al estilo de Faulkner, pero por ahora me detengo. Aquí sólo tuve el deseo de compartirte mi admiración por estos locales. Espero te hayas entretenido, estimado lector, y que nunca se acaben las librerías de viejo.

Nota 2. La espléndida foto de este post fue tomada por mi hija Ivana Muñoz en la librería Otelo.

miércoles, agosto 14, 2019

Bucear en libros antiguos















Gracias a Sergio Garza Orellana he tenido acceso a siete trípticos de la colección “Libro en contexto”, proyecto emprendido por la biblioteca del Museo Arocena. Diseñados con pulcritud y exquisitez, estos materiales son un espléndido complemento de los cursos que con ese mismo nombre, “Libro en contexto”, han desarrollado in situ, frente a públicos interesados en profundizar sus conocimientos sobre tal o cual publicación antigua. No dudo en destacar el valor de este proyecto como promotor de la cultura bibliográfica que muchos, por suerte, todavía juzgamos imprescindible en un mundo que en apariencia ya le dio la espalda.
El formato de los trípticos es grande y por ello muy legible. Contiene la portada del libro en su frontis y a continuación un ensayo como de tres o cuatro cuartillas sobre el título a contextualizar; el material es complementado con imágenes vinculadas a la temática, una ficha bibliográfica amplia y otros breves anexos. Por ejemplo, Enciclopedia del hogar, tomos primero, segundo y tercero del recetario de cocina de Excélsior, primer título abordado por la colección, es asediado por Adriana Gallegos Carrión en el ensayo “Para la dueña del hogar”.  El trabajo de contextualización consiste en desmenuzar para nosotros el horizonte de recepción que tuvo este material entre las amas de casa, el uso social que le daban y la idea que el medio productor del discurso (en este caso el diario Excélsior) tenía sobre el hogar y la mujer entre 1943 y 1944. Hay, pues, una labor de interpretación que nos permite vislumbrar más allá del libro en sí, una hermenéutica que no por breve deja de ser interesante y enriquecedora.
Como en el primer tríptico proceden los otros seis, su estructura es similar. El segundo trata sobre el libro Euzkadi en llamas (1930), de Ramón de Belausteguigoitia, que fue buceado por Carlos Castañón Cuadros. El tercero, Ejercicios del Santísimo Rosario de Nuestra Señora y modo de rezarle con meditaciones de sus misterios (1630), fue estudiado por Sergio Garza Orellana. Historia de un anticuario (1962), analizado por Adriana Gallegos. Euzkalerriaren Alde, Revista de Cultura Vasca (1926), por Ruth Castro. Guatemala por Fernando VII (1810), por Adriana Gallegos, y Apellidos vascos (1953), por Carlos Castañón.
No sé si los materiales están disponibles en papel para todo el público o si los tienen a la venta. Lo importante es que pueden ser consultados en la web del Arocena, sección de biblioteca. Adelante pues. A disfrutarlos.