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miércoles, octubre 02, 2024

Acequias 94 en línea

 

















Ya está en línea el número 94 de Acequias, revista de la Ibero Torreón. En su editorial describe grosso modo su contenido, éste:

“Las pedagogías del mal son aprendizajes que se movilizan con gran eficacia a través del miedo, la desidia, la apatía, la indiferencia. La injusticia estructural se sostiene en la convicción de que jamás podrá ser derrotada”, señala Juan Luis Hernández, rector de la Ibero Torreón, en el primer capítulo de Geopolítica de la esperanza, obra que nos convida a reflexionar sobre el imperativo de no caer en el derrotismo que paraliza y hace el juego a un sistema en el que campean la iniquidad y la negación a todo sueño de justicia social. El primer capítulo de esta publicación es aquí reproducido íntegramente.

En “La regla que nos divide”, Zaide Patricia Seáñez nos recuerda que la menstruación es una más de las condiciones que han sido invisibilizadas y por ello hay que atender incluso con legislación para resolver los problemas que genera y no sean, como hasta hoy, una desventaja más para la mujer en todos los espacios de su vida. De Fernando Javier Araujo y Juan José Rojas traemos un fragmento de su ensayo “Horizontes epistemológicos para la formación de jóvenes investigadores en derechos humanos” publicado en Entrelazar realidades (Ibero Torreón, 2024), libro colectivo de maestros y alumnos de la carrera de Derecho. Le sigue “Un sobrevuelo al edificio de la gestión estratégica”, de Andrés Rosales Valdés, repaso a la importancia de la planeación en todo organismo que aspire de entrada a la supervivencia mediante la innovación y luego a la obtención de resultados.

El artículo “Las elecciones hicieron presentes a las personas desaparecidas”, del periodista Luis Alberto López, describe, ante la desaparición forzada, una modalidad de visibilización puesta en marcha en las pasadas elecciones federales. Sigue “La polémica sobre el cometa de 1680 y 1681”, donde Fernando Fabio Sánchez traza las coordenadas históricas de una polémica entre los jesuitas Eusebio Kino y Carlos de Sigüenza y Góngora.

Una reseña sobre la novelista francesa Annie Ernaux, premio Nobel 2022, es la colaboración de Laura Elena Parra en estas páginas. Después, Alfredo Loera traza “Un largo adiós que no se acaba”, evocación de Teresa Muñoz, escritora y promotora cultural cuyo deceso sigue siendo lamentado en el ámbito cultural lagunero; sobre ella también, la reseña “Días de ceniza o los comienzos de la ebullición”. Cierran este número una reseña cinematográfica de Rodolfo Bañuelos y un cuento de Lucila Gamboa.

miércoles, junio 21, 2023

Diálogo sobre viejos

 








Recién leí un puntual comentario de Alfredo Loera, escritor lagunero, sobre las librerías de viejo. Hoy en Torreón tenemos cuatro: Otelo, El Libro Usado, La Tinta y la del güero de la avenida Juárez, cuyo nombre, si lo tiene, ignoro.

Escribe Alfredo: “Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla”.

Y continúa: “Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos…”.

No resistí la tentación de hacer eco a su post con estas palabras: “Como dicen ahora, me siento ‘representado’ por tu espléndido texto. Soy habitué de las librerías de viejo y, como sé que visitamos las mismas de la localidad, haz de cuenta que seguí tus palabras como si fuera una cámara subjetiva de cine: lo que tú veías, yo lo veía igual, con el mismo decorado, con los mismos clientes ingenuos y no tan ingenuos. Hace poco fui a Buenos Aires y me traje muchos libros, y sólo el 5% o 10% nuevos. Por esto: cerca del departamento donde paré hallé una librería de viejo. Era un paraíso. Como me quedaba a dos cuadras, poco a poco la fui saqueando y pensé que ya no iba a ser necesario buscar en otras librerías. La razón es simple: en una sola librería el azar me había deparado más de los que yo podía cargar hasta Torreón, así que no tenía sentido internarme en otra librería para que el azar me deparara más libros apetecibles. Con una bastó, con un solo azar fue suficiente para desbordarme la maleta…”.

Larga vida a las librerías de viejo.

Nota 1. El artículo completo de Alfredo Loera es el siguiente:

Un laberinto llamado “las librerías de usado”

Alfredo Loera

Es increíble lo que uno puede hallar en las librerías de usado. Ahí es donde se encuentra en verdad la tradición literaria de una ciudad; no sólo eso, también su espíritu, su memoria, sus anhelos, su inconsciente colectivo.

La formación de un escritor necesita pasar por estos lugares; en especial cuando en ellos no hay orden: es la mejor manera de hacerse un criterio. Y sobre todo de perderles el respeto a los libros. No se puede escribir nada si no se les pierde el respeto a los mayores. Desde luego, se trata de una irreverencia contenida, siempre hecha con desconfianza, pero a la vez con cinismo; el mismo cinismo del librero cuando sabe que un volumen de tan maltratado va a la basura, sin importar el nombre impreso en la portada. ¿Cuántas primeras ediciones se perdieron así? ¿Cuántos ejemplares firmados por Borges, por Rulfo, por García Márquez, por Fuentes se tiraron a la basura porque, en el desconocimientos de estas firmas, los libreros, al ver los tomos humedecidos, creyeron imposible su venta? En las librerías de usado nadie tiene privilegios; al menos no, en esas donde todavía no nos alcanza el lavado de cara del capitalismo rampante que de inmediato busca usurpar los espacios sociales que se han ido formando por la misma gente.

Libros por aquí y por allá, de los más diversos temas, sin etiquetas en los mostradores, sin guías previas de lectura, sin modos de saber si es un libro de ficción o un estudio sesudo sobre una de las conspiraciones más complejas en dominio del mundo (ya sea el Club Bilderberg o los reptilianos, aunque creo que son los mismos); sin nada que nos prevenga o nos predisponga a su lectura más allá de las solapas y cuartas de forros empolvadas, y en ocasiones ni siquiera eso.

Las librerías de viejo se vuelven entrañables porque son una metáfora de la tradición literaria e intelectual. Se tiene la equivocada idea de que el canon es lineal, definido, inamovible y académico. Ese canon tiene únicamente una función formativa o, en el peor de los casos, comercial. No se puede sacar casi nada de él; es una idea falsa de la literatura. La tradición es un montón de páginas hongueadas sobre mesas y libreros repletos de polilla.

Me atrae en gran medida la imagen de lo terroso y de lo antiguo, pues la lectura apasionada se ha vuelto un trabajo arqueológico; ediciones de libros escritos por gente desconocida que en su momento fueron los grandes autores, pues así lo aseveran las pequeñas sinopsis, los grandes premios, y que ahora se nos presentan igualados por el tiempo, al lado de otros desconocidos quienes pasaron de largo sin ser notados hasta llegar a nuestras manos; libros de escritores locales mil veces ninguneados y que al leer el primer cuento del ejemplar, ahí de pie en los pasillos laberinticos de la librería, nos deja un buen sabor de boca y la consciencia de que lo literario es algo misterioso y que va más allá de los reflectores; libros sobre política que ahora sería imposible publicar por la incorrección ideológica del abordaje, y que sin embargo interesan incluso más por el arrojo de las ideas y por la sensación de leer algo con un tufo de prohibido; ediciones de autores leídos en una vieja reseña, de quienes jamás vimos un ejemplar en las librerías de nuevo y que, al cabo de años de búsqueda, aparecen amontonados debajo de una caja, la cual quizás estuvo siempre en el mismo sitio hasta que esa buena tarde nos dignamos a esculcar.

Y no sólo eso. Me falta hablar de las personas asiduas a estos lugares. Porque no me dejarás mentir, estimado lector: no cualquiera se presenta a estos sitios con la naturalidad necesaria. Para ser asiduo a una librería de usado se requiere de cierto carácter, de cierta independencia, de cierta vitalidad por el debate desorbitado. Muchas veces he entablado conversaciones con extraños sobre temas fuera de toda conexión actual en esos pasillos, o tal vez simplemente sea la inocua pasión de buscar algún libro sin saber bien a bien lo que ese libro nos dará. Aunque también es un espacio idóneo para reírse sanamente de los incautos (risas malignas).

El primer incauto es aquel que llega ya con el título de la obra y le pregunta al estimado librero por el ejemplar. Es de lo más cómico que puede ocurrir (más risas malignas).

Incauto 1: Disculpe, tiene el libro ¿Quién se ha llevado mi queso?

Es indispensable señalar que inmediatamente después de ser escuchada esta frase en el local se hace un silencio, sin importar cuántos de nosotros, aquellos otros incautos en búsqueda del libro de la semana, estemos indagando estante por estante.

Después del incómodo silencio, y esto dependerá de la amabilidad del librero o librera, el diálogo continuará en cualquiera de las tres vertientes.

Opción 1: Librero: No, mijo, no lo tenemos.

Opción 2: Librero: Mira, mijo, acá la onda es buscarle entre todos esos tomos.

Opción 3: Librero: Creo que sí, pero no me acuerdo dónde está.

Por supuestos siempre hay algunos matices. Recuerdo una vez que, en una de nuestras más importantes librerías, la Otelo, arribó un joven preguntando por El diosero de Francisco Rojas, y el estimado librero, muy amablemente (era un hombre extremadamente viejo), se paró en sus dos muletas y como pudo caminó los veinte pasos hasta el fondo y con una paciencia infinita, digna de un mártir de la literatura y de los libros, con sus lentes de fondo de botella se puso a buscarlo; tardó como media hora, lo entregó y se lo vendió al muchacho por veinte pesos. Eso para mí fue una especie de milagro. Me hizo recuperar mi confianza en la humanidad.

Pero hubo otra ocasión en donde la librera (oculto sus identidades pues no deseo evidenciar a nadie en particular), me acababa de comentar que no sabía que decirle a la gente cuando alguien abría la puerta con la siguiente frase:

Incauto 2: Señora, recomiéndeme un libro.

Al salir el cliente, esta vez, al cabo de comprar Las aventuras de Huckleberry Finn, la apreciable librera y yo soltamos la carcajada. “Ves lo que te digo”, me comentó la mujer.

En fin, es un mundo con material suficiente para una novela de cuatro tomos con saltos de tiempo y espacio al estilo de Faulkner, pero por ahora me detengo. Aquí sólo tuve el deseo de compartirte mi admiración por estos locales. Espero te hayas entretenido, estimado lector, y que nunca se acaben las librerías de viejo.

Nota 2. La espléndida foto de este post fue tomada por mi hija Ivana Muñoz en la librería Otelo.

domingo, diciembre 12, 2010

Vidas quebradas de Loera



“El hombre tiene más posibilidades de salvarse a través del infierno que del paraíso”, ha escrito Cioran, ídolo de las multitudes posmodernas y apóstol de la Negación. No le falta verdad: cuando uno piensa en homilías para los ricos o en santidades sin riesgo llega a la conclusión de que el primer y quizá único requisito que se necesita para salvarse es estar perdido, es habitar el abismo, es chacualotear de alguna forma en los inmensísimos mares de la inmundicia. La perfección se explica en automático, no requiere cronistas y como en el ser humano es muy escasa los lectores suelen verla con suspicacia, como si fuera falsa o efectista, si no es que de existencia imposible en el maltrecho pedazo de universo que nos tocó habitar.
Quizá es la narrativa el arte que con mayor libertad usa escafandras de palabras para bucear en las profundidades de la mierda. No por regodeo escatológico ni terriblismo obligado, sino porque permite a los creadores explorar las hondonadas del alma con el fin de explicar qué tipo de animales somos, por qué nos comportamos así, qué podemos hacer para no sufrir tanto o en qué medida es imposible librarnos del destino trágico que a todos nos espera aunque nos aplaquemos el horror, mientras tanto, con algún sedante religioso o material. La narrativa, a diferencia de otras formas de la exposición verbal o icónica, crea personajes que son fantasmas de un fantasma, el autor, cuya mayor licencia consiste en hacerlos caminar por el mundo de la imaginación para que nos expliquen, para que nos descifren, para que nos ayuden a sobrellevar el destino real, no menos ingrato que el vivido por los hombres hechos de palabras mejor conocidos como personajes. Eso es precisamente lo que se deja vislumbrar en los relatos de Alfredo Loera, escritor nacido en Torreón hacia 1983 y autor de Fuegos fatuos, libro de cuentos publicado por la UAdeC en la tercera serie de Escritores Coahuilenses Siglo XXI.
Recolector de huesos amarillentos y polvosos, de vidas quebradas por la desdicha, Loera ha formateado a su corta edad un conjunto de cuentos que sorprende por la fiereza de su punch. Si bien la vida enseña, querámoslo o no, a conocer de golpes y tropiezos, hay hombres como Loera que nacen con un chip para detectar las dolencias alojadas en el lado oscuro del corazón. Esto no se aprende así como así, en escuelas o con buenos consejeros; esto se trae, esto proviene de la cuna. Es el caso de Loera, quien ha sabido sacar jugo a su visión descarnada de la vida para urdir historias en las que peregrinan hombres y mujeres sin atributos, seres desfalcados de optimismo, espectros cuyo sentimiento trágico de la vida se expresa con gritos que retumban hacia adentro. Precoz espeleólogo de la desgracia, Loera nos lleva de la mano hacia los abismos de su imaginación y de allí salimos como renovados, como paradójicamente redimidos por el sacrificio de los otros para, de esa manera, anticipar rutas de escape.
Hagamos el cómputo de la edad que frisaba el autor al momento de curar la exposición de Fuegos fatuos. Si nació el 5 de julio del 83 y publicó el libro en enero de 2010 (a los 27 de su edad), es de suponer que estos cuentos fueron escritos entre los 24 y 25 años, si no es que un poco antes. Pues bien, esto es de resaltar porque escasos hombres de esa edad miran con tanto detenimiento el espectáculo del fracaso humano. A los veintitantos y tal vez todavía a los treinta y tantos, la vitalidad del cuerpo no deja que el alma se distraiga con pesadumbres, así que suele ser la etapa más propicia para el optimismo. Loera, con su antena captadora de desolación, comenzó temprano a percibir las vibraciones que lo llevaron a escribir cuentos con personajes que ni siquiera parecen de literatura mexicana, más cargada a frecuentar el lado dicharachero y festivo, ese lado que disuelve el desaliento en el ácido del humor. Las historias y los fantasmas que trajinan en las páginas de Fuegos fatuos parecen más arltianos, más scalabrineanos, más malleanos, más onettianos, más beneditteanos, más piglianos, es decir, más cercanos a la tristona narrativa rioplatense que a la carnavalesca ficción que solemos cocinarnos por acá. Un solo título de alguno de los libros acuñados en Buenos Aires, aunque no se trate exactamente de una narración sino de un ensayo, basta para ilustrar el parentesco, no sé si voluntario o involuntario, entre los cuentos de Loera con el clima típico del relato porteño: El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalabrini Ortiz. En efecto, los escombros de hombres creados por el escritor lagunero parece que siempre están solos y parece que siempre esperan, que siempre están masticando el agrio (ni siquiera agridulce) bocado del tedio.
Loera estudió contabilidad y finanzas y egresó del diplomado de la Escuela de Escritores de La Laguna. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en la Ciudad de México y en Fuegos fatuos nos ofrece seis cuentos con un catálogo de personajes abatidos y atmósferas enrarecidas. En la cuarta de forros, Édgar Valencia escribió que “Los personajes de Fuegos fatuos son oscuros, perdedores, entrañables y vivos; jóvenes sin esperanza cuya única diversión es tomar una cubeta de cervezas. Hay algo de lo más amargo del alcohol en estas páginas donde lo fantástico se justifica en la desesperanza y en la soledad de cada cuento”.
Aunque hay algunos con fleco fantástico a la manera dislocativa de Cortázar, los siento más realistas aunque, insisto, aborrascados, como velados por una niebla densa que en el caso de La Laguna puede ser nuestro no muy londinense polvo. Los sujetos se mueven en un ambiente gris como sus vidas y pasean su moral hecha jirones por bares, restaurantes, parques, vecindarios, hoteluchos, burdeles. Los protagonistas son, la mayoría, hombres, perros solitarios que mendigan compañía de mujeres, acostones, fajes que de todos modos no anulan la patética miserabilidad, como dijo Yrigoyen, de estos machos sin camino de retorno a la alegría.
Del grupo destacan, creo, “Aquella luz púrpura” (casi una noveleta más que un cuento), “Casandra” y “Falta de luto”, acaso el mejor de todos. El estilo tiene densidad metafórica aunque en ocasiones falle un poco, incluso la sintaxis por dificultades con el uso de la puntuación. Pecata minuta, nada que un poco de aseo editorial no pueda despejar. Lo importante es la fluidez de la prosa, el inframundo espiritual que sin exaltarse nos revela Alfredo Loera en sus historias. En todos los casos (“Falta de luto” es paradigmático en este sentido) el autor muestra dominio de un recurso caro en la cuentística, un recurso que Hemingway elevó a la categoría de precepto: la teoría del iceberg, el arte de la alusión, del decir sin decir. El autor de Por quién doblan las campanas lo resumió así: “Siempre trato de escribir teniendo en cuenta el principio del iceberg. Los siete octavos de su superficie están debajo del agua por cada pedazo que muestra. Todo lo que uno sabe que puede eliminar solamente refuerza el iceberg. Es la parte que no muestra nada” (traducción de Tatiana Calderón-Le Joliff). Loera lo domina no sé si por intuición o aprendizaje, aunque es lo mismo, pues lo importante es que pasamos por encima de sus cuentos a sabiendas de que abajo hay algo inexpresado y terrible, tan doloroso que basta mostrar la cáscara para imaginar la putrefacción de la pulpa.
El caso de Loera y sus Fuegos fatuos es una sorpresa para mí, pues su registro es anormal no sólo por su edad sino por el entorno cultural en el que se formó. Por aquí no es frecuente escribir en tono de lento cellístico. Loera lo tiene y eso, en vez de entristecerme o deprimirme, me alegra pues en él contamos con un Virgilio para transitar nuestros infiernos. (Texto leído ayer en la presentación de Fuegos fatuos celebrada en la Galería de Arte del TIM; ofrecí estas palabras junto al autor y Ruth Castro).