La
semana pasada rocé el nombre de Daniel Cosío Villegas y su rol como ideador/fundador
del FCE. Mencioné muy brevemente su descripción del momento en el que, junto a
otros jóvenes, consiguió los primeros recursos para echar a andar, en 1934, un
proyecto editorial que terminó siendo el más importante de su tipo en América
Latina. Cosío Villegas había muerto en marzo de 1976, y explicó los detalles citados
en sus Memorias, libro publicado en noviembre
de 1976 por el sello Joaquín Mortiz. Esto significa que antes de morir ya tenía
escrita y quizá apalabrada la publicación del libro, a menos que en una parte
del proceso hayan intervenido sus herederos.
Lo
que en este caso me llama la atención es que haya escrito sus Memorias y que en su primera edición tuvieran
un tiraje de 12 mil ejemplares, altísimo en los parámetros mexicanos.
¿Despertaba tanto interés el relato en primera persona de un hombre de ideas?
¿Por qué 12 mil ejemplares? No sé. Lo que sí sé es que en el América Latina no
es habitual el libro de memorias, género al que han sido asiduos los ingleses y
los franceses, sobre todo. Sospecho que una especie de pudor heredado de España
nos lleva a guardar hasta la tumba el relato de nuestras andanzas, de otra
manera no me explico por qué en México son tan escasos los memorialistas al
estilo de Cosío Villegas.
Al
reparar en esto pensé que, de modo disperso, tengo ya muchos elementos o
retazos para fraguar una memoria. No serviría a nadie, sería casi totalmente
lagunera y por lo tanto aburrida, pero qué más da. Acto seguido (así decían los
narradores del XIX), hurgué en mis archivos y encontré, por ejemplo, un fragmento
de mi pasado que tal vez añadiría como una pequeña parte de aquel libro
hipotético. Las anécdotas y las perplejidades escritas en presente son una
especie de “acordeón” para escribir memorias. Este apunte fue titulado “Aquel
robot que cautivó mi vida” y fue escrito en 2012 sin haber sido, hasta hoy,
publicado. Viene a continuación:
No resistí la tentación de decir a mi hija lo que le dije. Veníamos en
el Ómnibus de México hace rato, de Durango a Torreón, y en la plática
adormecida por el ronroneo del bus, hice un breve silencio y me salió esta
frase: “No puedo creer que tengas quince años”. Ella me miró, sonrió con una
chispa de orgullo, como si crecer fuera bello o meritorio, y me preguntó lo
obvio: “¿Por qué no lo crees?”. La explicación que le di también fue elemental,
algo parecido a esto: pues porque sigo teniendo fresca su cara de bebé, su
cabeza sin pelo de recién nacida, sus pasos inseguros, su risa y su
llanto, las frases con las que inauguró su comunicación hablada, todo su
pasado, el pasado que en aquel momento cerraba el siglo XX. Te miro, pues, le
dije, y a veces quedo absorto, incrédulo, desconcertado ante la rapidez con la
que se han ido quince años, los quince que han pasado desde que la tengo como
hija mayor.
El diálogo allí quedó e hicimos silencio mientras el Ómnibus seguía su
ruta hacia La Laguna; mi mente se atoró entonces en algunos pasajes compartidos
con ella durante su primera niñez. Pensé en la anécdota del robot, en aquel
trabajo escolar con el que la ayudé en segundo o tercer grados de primaria. Ese
fue, creo, mi máximo trabajo como padre de familia que ayuda en las tareas
escolares. Cuento la historia.
Espero a mi primera hija de pie en la puerta de la escuela. Es hasta ese
momento la única de mis hijas que ha llegado a la primaria. Está en segundo o
tercero, no recuerdo, incluso puede ser que en cuarto. Le pido su mochila, la
tomo de la mano y avanzamos hacia el coche. En el camino a casa me comparte sus
pendientes: “Papá —dice—, tenemos que hacer el proyecto de un robot elaborado
con cajas. El mejor del salón recibirá un premio”.
La vi tan ilusionada con la palabra “premio” que desde ese momento me
salieron, no sé de dónde, unas ganas horrendas de construir un robot que
apantallara hasta a George Lucas. Y se lo dije a mi pequeña: “Haremos un gran
robot, no te preocupes”. Supongo que era jueves, algo así, y el robot debía
estar listo para el lunes, por lo que nos favorecería el fin de semana. El
viernes pensé en el diseño, lo imaginé. No exagero si digo, como exageramos los
laguneros, que me la bañé, que en mi mente apareció el mejor robot jamás
imaginado para un trabajo de primaria.
El sábado por la mañana amanecí con un fervor creativo desbordado. Fui a
una papelería, fui a una farmacia y fui a una tienda de electrónica. A la
papelería por papel plateado, a la farmacia por cuatro pastas de dientes y a la
electrónica por unos foquitos, unos alambres y un pila. En la casa había
hallado una caja de zapatos adecuada, y el aditamento estrella yo ya lo tenía:
un señalador de rayo láser de los que usaba a veces en mis clases de la
universidad. Ya con todo reunido, comencé la construcción del inusitado robot,
no sin antes pedir a la pequeña que me ayudara como la enfermera que asiste al
cirujano en el quirófano.
Lo primero fue forrar de papel plata la caja de zapatos. No era una
monstruosa caja de botas sino de calzado infantil. Eso sería el tórax del
robot. Luego hice lo mismo con las cajas de pasta dental, pues servirían para
armar todas las extremidades; recuerdo que a las piernas les puse una base más
amplia, para que el mono pudiera mantenerse en pie sin mayor problema. Siguió
la cabeza, hecha con una cajita cuadrada, como la que puede contener un tarro
mediano de crema o ungüento. Ya con todas esas piezas a la vista, lo que siguió
fue unirlas con pegamento y colocar los foquitos, de esos que denominan leds.
Instalé, con maña y silicón, los ojos, la nariz y la boca. Con cables internos
como tripas conecté las luces hacia una pila cuadrada que ingeniosamente
ubiqué, invisible, en la espalda del robot. Ya con los leds puestos
el mono era un fenómeno, pero no estuve conforme, pues como vengo diciendo, yo
estaba endiosado por un espíritu científico que jamás ha vuelto a visitarme.
Coloqué los brazos en distinta posición: uno caído, otro, el derecho,
apuntando al frente, fijo. Dentro de la caja que era el brazo derecho instalé
con maestría mi rayo láser, lo fijé bien, y permití que fuera encendido
mediante un dispositivo oculto, cercano a la zona del codo. Cuando todo estuvo
listo, luego de varias horas de trabajo enfebrecido, probamos el robot en un
lugar oscuro, para percibir bien la vistosidad de las luces. Aquello fue
hermoso. El maldito robot echaba unas luces vivas, intensas e infalibles, y el
láser, como solemos decir, dejaba chiva de tan eficaz.
Tras ver eso, mi hija y yo estuvimos seguros del triunfo. Llegó el lunes
y entró al salón, supongo que orgullosa con su robot lumínico. No vi, claro, la
competencia, nada, sólo supe el resultado cuando me lo comunicó mi hija a
mediodía. Su explicación, jamás la olvidaré, fue ésta: todos los niños querían
mi robot, encender sus luces, principalmente el rayo láser. Se peleaban por
jugar con él. Fue el que más gustó. La maestra, sin embargo, dijo que el primer
lugar era para un robot que tenía el tamaño de un niño, un robot grande. Ese
ganó.
Le pregunté, cómo no iba a hacerlo, si además del tamaño aquel robot tenía algo más. No sé, luces, sonido, algo. Mi hija añadió: “No, papá, nada. Sólo era un robot más grande”. Tampoco olvido mi conclusión: “Bueno, la maestra hubiera aclarado que hiciéramos una piñata con aspecto de robot”. Pero mi hija estaba contenta, pese a todo. Su robot había sido, insistió, el que gustó más. El dictamen de la maestra no había destruido pues el aprecio de mi hija por aquel robot que cautivó mi vida.

