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jueves, junio 11, 2026

1. Abreu


 







Loco es un apodo común en Sudamérica, y se aplica al verdadero loco o a tipos que obviamente no lo son, pero rompen con los comportamientos habituales. Washington Sebastián Abreu (Minas, Uruguay, 1976) admitió el mote porque su capacidad rematadora de 9 natural parecía desenfadada e imprevisible, la de un loco en el eje del ataque. Alto, flaco, correoso, no daba el tipo de goleador. Su físico parecía inadecuado para lo que hizo: era hábil, driblaba en la carrera (no partiendo de cero), cabeceaba, disparaba con ambos pies, anticipaba remates, la empujaba porque la empujaba, llegara como llegara. Alcanzó la gloria en el Mundial de Sudáfrica con un alucinante penal al estilo de Panenka, el definitivo para que Uruguay pasara a semifinales y el paisito estallara de alegría. Fue un trashumante total, un cosmopolita de las canchas, pues jugó en casi cuarenta equipos y anotó más de 400 goles que en general no evidencian un estilo, sino una miscelánea en definiciones que lo mismo exhibió toques sutiles en globito que cañonazos despiadados a la red. De su etapa mexicana es inolvidable la temporada 2002-2003 con Cruz Azul: jugó 43 partidos y anotó 37 tantos, casi uno por juego. Una locura.

miércoles, septiembre 26, 2018

Boselli o el delantero árbol

















El futbol actual, hecho de transacciones millonarias e intereses comerciales, ya casi no permite el arraigo. Un jugador que destaca, por ello, está irremediablemente condenado a la trashumancia, a cambiar de camiseta como un cantante de vestuarios. Por ello, si uno revisa el palmarés de cualquier jugador entrado en años, podrá ver que la suma de sus clubes da una idea de inestabilidad, de constante recomienzo. Las dos razones más frecuentes de tal ir y venir son éstas: porque el jugador es muy bueno y en cada transferencia genera un dineral, o porque no es tan bueno y debe salir de los equipos cada vez que no interesa a entrenadores y directivos. Hay, además, casos inverosímiles en los que el jugador, ignoro por qué, tiene una especie de manía migratoria: Sebastián Abreu, con 33 equipos en 24 años de carrera, y Toño de Nigris, con 13 en 9 años, eran de este tipo, aunque en el caso del Locodebo decir “es”, pues a sus 41 años todavía es hora que sigue en la cancha, hoy con el Magallanes de Chile.
El fenómeno de los cambios frecuentes es mucho más marcado ahora que antes. Jugadores había en la antigüedad que en quince o veinte años de trayectoria sólo brincaban dos o tres veces de equipo. Eso ya no es posible en esta época, lo sabemos bien. Pese a tal situación, todavía hoy se dan algunos esporádicos casos de futbolistas que echan raíces y por un motivo inexplicable se identifican con un club, con una ciudad, con un público, con una cancha, como Paolo Maldini y Andrés Iniesta, por ejemplo. Pero dado que el gol se fija especialmente en la memoria colectiva, no quiero pensar por ahora en arqueros, defensas o medios, sino en delanteros. Como decía pues, por una circunstancia inexplicable tal o cual romperredes se enquista en un conjunto y termina por ser sólo de ese equipo, una especie de talismán que funciona allí y nomás allí, misteriosamente. Son los casos de Esteban Fuertes con el Colón de Santa Fe, Argentina, o de Jorge González, el Mágico, con el Cádiz español. Ambos, el delantero del club santafesino y el salvadoreño del conjunto gaditano, son emblemas de esos clubes, iconos inolvidables, atacantes que con goles allí echaron raíces, delanteros-árbol.
En México tenemos algunos casos de ese tipo. Jorge Comas se convirtió con decenas de tantos en icono de los Tiburones rojos de Veracruz. No estuvo muchos años, pero a fuerza de anotaciones pasó a ocupar un sitio al lado de Luis de la Fuente, el Pirata, y todavía el gran Comitas es querido en el Puerto como si fuera jarocho de nacimiento, o más. Otro jugador, el chileno Marco Antonio Figueroa, anduvo en varios clubes, pero fue en el Morelia de México donde logró convertirse en el hijo predilecto de la capital michoacana, en el goleador que jamás habían tenido los hoy llamados Monarcas. Por último en esta breve lista, Jared Borgetti, quien llegó como buen delantero a Santos Laguna y salió de aquí como su mejor anotador y por ello como ídolo máximo del club. Un detalle digno de tomar en cuenta por aquello del arraigo es que tanto Comas como Jared viven en la ciudad que los vio anotar sin freno.
Esta lista me lleva a un caso actual, el de Mauro Boselli, delantero de León. Luego de jugar para ocho equipos en diez años de carrera, llegó a los Panzas verdes en 2013, y aquí se ha quedado y aquí ya es emblemático de Bajío. Tiene cinco años pues en el conjunto zapatero y lleva más de cien goles en la Liga, un promedio anual de casi veinte anotaciones y tres campeonatos de goleo. Pero como sucede con el Santos Laguna, el León no es un equipo marquetinero y no tiene tanto aparador como los equipos de la capital o de Nuevo León, de ahí que Boselli no reciba el reconocimiento merecido.
Aunque, pensándolo bien, quizá esto sea lo mejor. Hay delanteros de este pelaje: que se arraigan en el respeto de un público pequeño y allí es donde anotan sin parar, crecen y silenciosamente hunden sus raíces hasta lo más profundo de la querencia y del reconocimiento.

viernes, diciembre 26, 2014

Simetría a lo Panenka
















La situación era simétrica, exactamente igual, aunque en otro nivel. Aquella fue la serie de penales entre Uruguay y Ghana en el mundial sudafricano; ésta, una definición en tiros de pena máxima sobre una cancha sin césped de la Deportiva Municipal. Pedro Martínez tenía en sus botines el gol definitivo, el que dejaría eliminados a los jugadores de Transportes Cerro S.A. Como Ghana, ellos habían fallado un penal en el último minuto del tiempo reglamentario, y como Uruguay, el pénalty había sido propiciado por una flagrante mano en la raya. Pedro recordó esas simetrías, fue como un relámpago. Estaban ya, pues, en la tanda de penales, y a Pedro le tocó el último, el definitivo; pidió el balón, lo colocó y supo que debía picarla, lanzar un disparo a lo Panenka, como procedió el Loco Abreu. Y así lo hizo. Tomó algunos metros, picó leve el balón y vio que se fue lento, lentísimo al pecho y las manos del portero. Unos segundos antes, también como un relámpago, todos —el portero enemigo y todos— sabían que Pedro iba a fallar. Esa tarde nadie ignoró que estaban calcando otro partido.