sábado, febrero 28, 2026

La tiranía del merecimiento

 











Una versión abreviada y comentada de este texto fue expuesta como conferencia en la Cafebrería La Tinta, de Torreón, el 26 de febrero de 2026. La acompañé con algunas imágenes ad hoc, que aquí omito.

La tiranía del merecimiento: un estudio de Paula Sibilia

Jaime Muñoz Vargas

Hice un experimento inocuo para convidar a esta exposición. Al difundirla, añadí una frase a la invitación digital. “Serán bienvenidos los amigos y los enemigos”. Contra lo habitual, que es invitar a los amigos, invitar a “los enemigos” es un guiño cínico si queremos casi insignificante, pero no por ello raro, más si su lector carga sobre la espalda cinco o seis décadas. ¿Qué pasó para que el cinismo fuera admitido como valor convencional en un mundo que antes lo marginaba? ¿Por qué ahora es posible exhibir frases o actitudes cínicas como maneras de relacionarnos con los demás? Algo cambió, sin duda, para que un político cambie de partido como quien cambia de camisa o para que una joven provinciana revele con total desenfado su ascenso económico con la creación de “contenido para adultos”? Pisamos un nuevo “suelo moral”, una mutación antropológica gigantesca que Paula Sibilia (Buenos Aires, 1967) analiza en Yo me lo merezco. De la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024), libro que comparto con agradecimiento en este sobrevuelo.

Radicada en Brasil, Sibilia nació en Buenos Aires y vive en Río de Janeiro, donde es docente de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense (UFF) e investigadora de las agencias públicas brasileñas CNPq y FAPERJ. Su producción ensayística aborda temas culturales contemporáneos bajo la perspectiva genealógica, centrándose en las relaciones entre cuerpos, subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Estudió las licenciaturas de Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Comunicación (UFRJ), otro en Salud Colectiva (UERJ), y posdoctorados en París VIII y la UBA. Es autora de El hombre postorgánico (2005), La intimidad como espectáculo (2008) y Redes o paredes (2012).

En Yo me lo merezco, la autora subraya el cambio de “suelo moral” que nos hizo pasar de la etapa moderna a la era actual, la del mundo digital. Señala que “La sociedad moderna se fundó bajo la égida de un ‘contrato social’ imaginario, un pacto mítico firmado por todos los ciudadanos de un determinado Estado nacional, que habría instaurado la democracia representativa con sus dignísimas promesas de igualdad, libertad y fraternidad entre los signatarios”. Para preservar su cohesión, la colectividad moderna apeló a una normatividad estricta y a la hipocresía burguesa como mecanismo de freno a las pulsiones individuales, aunque “las prácticas inspiradas en esos reglamentos no lograban disfrazar sus fisuras, solían estallar en serios dilemas morales, destilando un malestar que fue interpretado como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la civilización”. Una triada logró aherrojar los ímpetus del yo: “el sentimiento de culpa, la represión de las pulsiones y el respeto a la ley”, lo que trajo, a decir de Freud, el “malestar en la cultura”. Foucault la llamó “sociedad disciplinaria”, y en ella participaban todos los colectivos y sus reglamentaciones internas: la familia, la escuela, la iglesia, la fábrica, el sindicato, el club, las leyes y demás.

Citado por la autora, el mismo Foucault detectó a mediados de los setenta un astuto desplazamiento del “control-represión” al “control-estimulación”, truco consistente en no frenar las pulsiones individuales de libertad desatadas en los sesenta y setenta, sino dejarlas ser pero canalizadas al consumo y la libertad individuales. Rebasado por la insubordinación juvenil que demandaba acabar con las instituciones burguesas “hipócritas” impuestas en dos siglos de dominación, el capitalismo, sistema plástico si los hay, se reinventó con la llegada del neoliberalismo en cuyo seno se asentó la satisfacción del deseo sin las trabas de la contención defendida por la hipocresía burguesa. El individuo y su amplia carga de apetitos pasó a escena para ser sobrestimulado y puesto de cara al mercado y al consumo: si todo está disponible y hay libertad, no tengo límite, lo merezco todo.

La libertad de tenerlo y merecerlo todo en el universo del consumo, sin más cortapisa que la que uno se quiera imponer, permitió que florecieran “otras yerbas”, hordas de seres (los nuevos cínicos) que “lo merecen todo” y “desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia, mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”. Tras el paso de las herramientas analógicas a las digitales y la creación de las redes sociales, “Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente. (…) Con el aliento que brinda el apoyo mutuo, se sintieron habilitadas a capitalizar la (in)moralidad de los algoritmos para imponer sus insultos, memes, teorías conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los rivales”.

Yo me lo merezco se divide en cuatro capítulos (“De la represión a la excitación”, “Del deber al querer”, “De lo analógico a lo digital” y “De la hipocresía al cinismo”), a su vez segmentados en trancos breves. Luego de explicar la mutación del “suelo moral”, el paso del control-represión al control-estimulación y el encumbramiento del sujeto que lo merece todo en el mercado y puede expresarse como guste de lo que guste gracias a las redes, Sibilia apunta que en este nuevo contexto “la felicidad se ha convertido en una meta indiscutible”. Los medios digitales y los tradicionales exaltaron la búsqueda del goce individual y promovieron la construcción del sujeto emprendedor. Allí, la felicidad individual es “Tanto un derecho como una especie de ‘deber’ al cual nos consagramos; una misión que, de no consumarse, delataría un fracaso humillante: la incapacidad de ser felices”.

De esa manera, “Tras las reformulaciones de la segunda mitad del siglo XX empezaron a germinar desconsuelos imprevistos, frutos de una cultura que exalta y persigue el goce individual, en vez de posponerlo en nombre de entidades colectivas consideradas superiores o trascendentes. Hacer siempre y solamente lo que se desea, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal, por ejemplo, dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso —asociado a la soberbia, la vanidad o el egoísmo— para volverse una meta orgullosamente prioritaria”.

A diferencia de las dinámicas actuales, la sociedad moderna entrañaba “insumos tan valiosos como el honor, la lealtad, el compromiso mutuo, la austeridad, los deberes cívicos, la rectitud moral y la constricción sexual. Preceptos como esos operaban en áspera armonía bajo la tutela de una instancia superior, importantísimo pilar de la esfera pública burguesa: el respeto” mediante el que “los sujetos modernos fueron llevados a ‘interiorizar’ la disciplina que se les exigía, promoviendo un obstinado autogobierno sobre sus actos. Eso los instaba a renunciar a ciertos placeres y soportar el infortunio resultante de tal abdicación en nombre de valores superiores como el bien común, la familia, el trabajo, la patria o la democracia”. En este punto, la autora recuerda a Weber y La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905).

La abdicación a las pulsiones íntimas tenía como centro la construcción de un yo vigilante en el interior de la persona: “De modo que el verdugo más feroz no era el Estado ni el padre de familia, tampoco las múltiples figuras jerárquicas que comandaban las instituciones: profesores, directores, jefes, supervisores o patrones. Ese papel quedaba a cargo del alma de cada cual en aquella sociedad ambiguamente materialista. O bien, recurriendo a un concepto central para el psicoanálisis, ese rol lo asumía el superyó de cada psiquismo”, de allí que “se angustiaban con sus propios actos o deseos cuando estos se desviaban de la buena senda. Al autoevaluarse, se sentían culpables por no estar a la altura y por no ser tan buenos o normales como deberían. En consecuencia, temían la punición —considerada justa por las supuestas mayorías y las ordenanzas comunes— de caer en alguna de las terribles categorías de anormalidad. O sea, aquellas cristalizadas en el polo negativo de clasificaciones binarias como correcto o incorrecto, moral o inmoral, saludable o patológico, legal o criminal. (…) el superyó no daba escapatoria”.

Sin embargo, “Los jóvenes de los años 1960 y 1970 se movilizaron en varios países de Europa y América para insurgirse contra ese ‘sistema’ considerado opresor y autoritario, porque tendía a la normalización de los comportamientos y a la asfixia de los deseos individuales”, y así “El dócil soterramiento de las pulsiones ilícitas fue perdiendo sentido, así como la fabricación cotidiana de culpas envueltas en añejos pudores. Cambiaron las reglas del juego, diversos corsés ardieron en plazas públicas, cayeron varias rejas y se decretó la ilegitimidad de (casi) cualquier prohibición”.

Tras sacudirse el yugo de la hipocresía burguesa, los jóvenes tocaron la anhelada libertad históricamente oprimida. En las décadas de los ochenta y noventa, “Los ímpetus contestatarios de los rebeldes pronto serían secuestrados por los renovados tentáculos del capital, que les sacarían provecho sin necesidad de reprimirlos sino convirtiéndolos en el nuevo combustible de la maquinaria”, y de ese modo “Los deseos dejaron de ser mal vistos y ahora se canalizan productivamente, cebando sin nunca saciar la sed de dominación continua del capital”.

Tan fijo quedó el credo individualista de desear y conseguir todo, que se erigió el “emprendedurismo” como dogma: “‘Fuera de la empresa económica, fuera del trabajo productivo, fuera de los negocios, parece no haber ningún otro deseo, ninguna vitalidad’, sintetiza Franco Berardi. El espíritu empresarial penetró en todas las instituciones, incluso en el substrato molecular de las subjetividades, capitalizando las energías vitales de modos cada vez más generalizados y naturalizados, como si no hubiera ninguna alternativa a esa cosmovisión mercantilista”,

El problema de una sociedad que libera así los deseos y la búsqueda de satisfacción a toda costa, es “no lograr ni siquiera acercarse a los altos parámetros que se aspiran, con la consecuente estigmatización de quienes quedan descalificados como perdedores o fracasados cuando sus tropiezos se vuelven públicos, también se incuban resentimientos, aislamientos y violencias que envenenan la cohesión social. La explosión puede quedar latente, pero va incubándose y se presiente en todas partes”, “el ‘vicio’ de quererlo todo y la pesadumbre de no poder casi nada”.

Una buena cantidad de páginas dedica Sibilia al examen del uso que hacemos a los aparatos de comunicación digital, sobre todo al celular y las redes. He afirmado alguna vez algo que no dejo de pensar: el smartphone, por su portabilidad, es el aparato determinante, el más revolucionario, en la configuración de la sociedad actual, así que merece reflexión aparte, pues “intentan colmar los deseos de espectacularizarse para lograr visibilidad y repercusión con la aduladora compañía de una multitud de ‘amigos’ o seguidores”. Lamentablemente, el celular impide asentar conocimientos, ideas, experiencias: “cuando no se efectúan las operaciones capaces de sedimentar cada experiencia, suspendiendo la multiplicación desenfrenada de flujos informáticos y consumistas, cuando no se da lugar al pensamiento capaz de hilvanar algún sentido, queda solo un exceso de estimulación que suele girar en el vacío y ahogarnos en un sopor obnubilado”. En esta dinámica, hasta “El tiempo de descanso está amenazado” y ya sólo falta que el mercado conquiste la temporalidad del sueño, como lo comentó Jonathan Crary en su libro 24/7.

Lo curioso es que son los mismos espacios digitales los que miden nuestro exceso y recomiendan contención, obviamente sin lograrla: “el uso que solemos hacer de los celulares o las redes sociales es siempre ‘excesivo’, ya que de eso se trata, para eso se los inventó y con ese objetivo se fueron perfeccionando: es así como funcionan (y nos hacen funcionar). Ese uso considerado desmedido, abusivo o adictivo es precisamente el uso que esos dispositivos suponen, proponen y estimulan. Esos artefactos son fruto de esta época, nuestra sociedad los imaginó y los asimiló para ser usados compulsivamente” si no queremos caer en el llamado FoMO, “fear of missing out” (“miedo a perderse algo”).

En este escenario lleno de tentáculos que disputan nuestra atención, perdemos además la idea de espaciotemporalidad tal y como la conocimos en la era analógica. El trabajo, el descanso y todas las actividades humanas estaban limitados a un espacio y a un tiempo determinados; con los aparatos digitales de deslocalizó todo y perdió sus límites temporales, sobre todo el consumo, como comprar a toda hora en línea o ver maratones de programas de series y poder suspenderlas o acelerarlas a capricho, aunque “Al multiplicarse tanto las opciones disponibles como las chances de concretarlas, aumenta también la lista de deseos frustrados y, en consecuencia, la deuda que jamás logrará saldarse. Entre otros motivos, porque termina siendo funcional al nuevo régimen: el consumidor es, por definición, alguien insatisfecho; aunque su voracidad sea constantemente excitada, nunca deberá colmarse”.

Sibilia expone que en el escenario planteado al consumidor actual, “La publicidad, género cínico por excelencia, encontró tierra fértil en esa subjetividad liberada de la lógica represiva moderna y lanzada al torbellino del deseo capitalizable. Tú puedes o Vos podés, dice el lema básico de cualquier anuncio, sintonizando con el eufórico Yo quiero y el consecuente Yo lo merezco del potencial consumidor. Yes, you can, o bien Just do it, y todo así: puro estímulo, cero represión”.

En sus afirmaciones finales, la antropóloga resume las implicancias de los dos suelos morales, el moderno y el actual: “Las liberaciones que se dieron tras la descompresión de los deberes disciplinarios son evidentes y muy bienvenidas, pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la razón, la patria, la familia, el trabajo, inclusive el decoro y el ‘bien común’ encarnado en la civilización; la igualdad, la libertad, la fraternidad, la democracia, etcétera. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones en este nuevo suelo moral detentan una vocación centrifuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando caos, rupturas y conflictos. (…) Al poner al yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal como siempre, pero ahora mucho más, son los otros, que siguen existiendo y también reivindican su derecho a ser yo”, y concluye con una afirmación optimista pese al panorama todavía más desolador que a mi parecer se nos abre en el futuro: “A pesar de la desesperanza que este cuadro puede inspirar, vale recordar que crisis profundas como la actual tienen una ventaja: corroboran que un universo entero se puede desmoronar, por más sólido e inquebrantable que pudiera parecer poco tiempo atrás, para dar a la luz a otra era histórica. Lo cual no deja de ser una rara oportunidad”.

Aunque no se ve una luz de cambio en el fondo del túnel, aunque todos los signos del presente anuncien un futuro aún más negro, vale aprehender el párrafo final de Paula Sibilia en Yo me lo merezco: tomarlo como quien abraza una tabla en el naufragio para no morir de pesimismo en el preciso ahora.