Una versión abreviada y comentada de este texto fue expuesta como conferencia en la Cafebrería La Tinta, de Torreón, el 26 de febrero de 2026. La acompañé con algunas imágenes ad hoc, que aquí omito.
La tiranía del
merecimiento: un estudio de Paula Sibilia
Jaime
Muñoz Vargas
Hice
un experimento inocuo para convidar a esta exposición. Al difundirla, añadí una
frase a la invitación digital. “Serán bienvenidos los amigos y los enemigos”.
Contra lo habitual, que es invitar a los amigos, invitar a “los enemigos” es un
guiño cínico si queremos casi insignificante, pero no por ello raro, más si su lector
carga sobre la espalda cinco o seis décadas. ¿Qué pasó para que el cinismo
fuera admitido como valor convencional en un mundo que antes lo marginaba? ¿Por
qué ahora es posible exhibir frases o actitudes cínicas como maneras de
relacionarnos con los demás? Algo cambió, sin duda, para que un político cambie
de partido como quien cambia de camisa o para que una joven provinciana revele
con total desenfado su ascenso económico con la creación de “contenido para adultos”?
Pisamos un nuevo “suelo moral”, una mutación antropológica gigantesca que Paula
Sibilia (Buenos Aires, 1967) analiza en Yo
me lo merezco. De la vieja hipocresía a los nuevos cinismos (Taurus, 2024),
libro que comparto con agradecimiento en este sobrevuelo.
Radicada
en Brasil, Sibilia nació en Buenos Aires y vive en Río de Janeiro, donde es
docente de Estudios Culturales y Medios en la Universidad Federal Fluminense
(UFF) e investigadora de las agencias públicas brasileñas CNPq y FAPERJ. Su
producción ensayística aborda temas culturales contemporáneos bajo la
perspectiva genealógica, centrándose en las relaciones entre cuerpos,
subjetividades, tecnologías y manifestaciones mediáticas o artísticas. Estudió
las licenciaturas de Comunicación y Antropología en la Universidad de Buenos
Aires (UBA), una maestría en Comunicación (UFF), un doctorado en Comunicación
(UFRJ), otro en Salud Colectiva (UERJ), y posdoctorados en París VIII y la UBA.
Es autora de El hombre postorgánico
(2005), La intimidad como espectáculo
(2008) y Redes o paredes (2012).
En
Yo me lo merezco, la autora subraya
el cambio de “suelo moral” que nos hizo pasar de la etapa moderna a la era
actual, la del mundo digital. Señala que “La sociedad moderna se fundó bajo la
égida de un ‘contrato social’ imaginario, un pacto mítico firmado por todos los
ciudadanos de un determinado Estado nacional, que habría instaurado la
democracia representativa con sus dignísimas promesas de igualdad, libertad y
fraternidad entre los signatarios”. Para preservar su cohesión, la colectividad
moderna apeló a una normatividad estricta y a la hipocresía burguesa como
mecanismo de freno a las pulsiones individuales, aunque “las prácticas
inspiradas en esos reglamentos no lograban disfrazar sus fisuras, solían
estallar en serios dilemas morales, destilando un malestar que fue interpretado
como el inevitable precio a pagar por algo digno de cualquier sacrificio: la
civilización”. Una triada logró aherrojar los ímpetus del yo: “el sentimiento
de culpa, la represión de las pulsiones y el respeto a la ley”, lo que trajo, a
decir de Freud, el “malestar en la cultura”. Foucault la llamó “sociedad
disciplinaria”, y en ella participaban todos los colectivos y sus
reglamentaciones internas: la familia, la escuela, la iglesia, la fábrica, el
sindicato, el club, las leyes y demás.
Citado
por la autora, el mismo Foucault detectó a mediados de los setenta un astuto desplazamiento
del “control-represión” al “control-estimulación”, truco consistente en no
frenar las pulsiones individuales de libertad desatadas en los sesenta y
setenta, sino dejarlas ser pero canalizadas al consumo y la libertad individuales.
Rebasado por la insubordinación juvenil que demandaba acabar con las instituciones
burguesas “hipócritas” impuestas en dos siglos de dominación, el capitalismo,
sistema plástico si los hay, se reinventó con la llegada del neoliberalismo en
cuyo seno se asentó la satisfacción del deseo sin las trabas de la contención
defendida por la hipocresía burguesa. El individuo y su amplia carga de apetitos
pasó a escena para ser sobrestimulado y puesto de cara al mercado y al consumo:
si todo está disponible y hay libertad, no tengo límite, lo merezco todo.
La
libertad de tenerlo y merecerlo todo en el universo del consumo, sin más
cortapisa que la que uno se quiera imponer, permitió que florecieran “otras
yerbas”, hordas de seres (los nuevos cínicos) que “lo merecen todo” y
“desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia,
mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e
irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”. Tras el
paso de las herramientas analógicas a las digitales y la creación de las redes
sociales, “Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los
teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos
años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente. (…) Con el
aliento que brinda el apoyo mutuo, se sintieron habilitadas a capitalizar la
(in)moralidad de los algoritmos para imponer sus insultos, memes, teorías
conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los
rivales”.
Yo me lo merezco
se divide en cuatro capítulos (“De la represión a la excitación”, “Del deber al
querer”, “De lo analógico a lo digital” y “De la hipocresía al cinismo”), a su
vez segmentados en trancos breves. Luego de explicar la mutación del “suelo
moral”, el paso del control-represión al control-estimulación y el
encumbramiento del sujeto que lo merece todo en el mercado y puede expresarse
como guste de lo que guste gracias a las redes, Sibilia apunta que en este
nuevo contexto “la felicidad se ha convertido en una meta indiscutible”. Los
medios digitales y los tradicionales exaltaron la búsqueda del goce individual
y promovieron la construcción del sujeto emprendedor. Allí, la felicidad
individual es “Tanto un derecho como una especie de ‘deber’ al cual nos
consagramos; una misión que, de no consumarse, delataría un fracaso humillante:
la incapacidad de ser felices”.
De
esa manera, “Tras las reformulaciones de la segunda mitad del siglo XX
empezaron a germinar desconsuelos imprevistos, frutos de una cultura que exalta
y persigue el goce individual, en vez de posponerlo en nombre de entidades colectivas
consideradas superiores o trascendentes. Hacer siempre y solamente lo que se
desea, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal, por ejemplo,
dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso —asociado a la soberbia, la
vanidad o el egoísmo— para volverse una meta orgullosamente prioritaria”.
A
diferencia de las dinámicas actuales, la sociedad moderna entrañaba “insumos
tan valiosos como el honor, la lealtad, el compromiso mutuo, la austeridad, los
deberes cívicos, la rectitud moral y la constricción sexual. Preceptos como
esos operaban en áspera armonía bajo la tutela de una instancia superior, importantísimo
pilar de la esfera pública burguesa: el respeto” mediante el que “los sujetos
modernos fueron llevados a ‘interiorizar’ la disciplina que se les exigía,
promoviendo un obstinado autogobierno sobre sus actos. Eso los instaba a renunciar
a ciertos placeres y soportar el infortunio resultante de tal abdicación en
nombre de valores superiores como el bien común, la familia, el trabajo, la
patria o la democracia”. En este punto, la autora recuerda a Weber y La ética protestante y el espíritu del
capitalismo (1904-1905).
La
abdicación a las pulsiones íntimas tenía como centro la construcción de un yo
vigilante en el interior de la persona: “De modo que el verdugo más feroz no
era el Estado ni el padre de familia, tampoco las múltiples figuras jerárquicas
que comandaban las instituciones: profesores, directores, jefes, supervisores o
patrones. Ese papel quedaba a cargo del alma de cada cual en aquella sociedad ambiguamente
materialista. O bien, recurriendo a un concepto central para el psicoanálisis,
ese rol lo asumía el superyó de cada psiquismo”, de allí que “se angustiaban con
sus propios actos o deseos cuando estos se desviaban de la buena senda. Al autoevaluarse,
se sentían culpables por no estar a la altura y por no ser tan buenos o
normales como deberían. En consecuencia, temían la punición —considerada justa
por las supuestas mayorías y las ordenanzas comunes— de caer en alguna de las
terribles categorías de anormalidad. O sea, aquellas cristalizadas en el polo
negativo de clasificaciones binarias como correcto o incorrecto, moral o
inmoral, saludable o patológico, legal o criminal. (…) el superyó no daba
escapatoria”.
Sin
embargo, “Los jóvenes de los años 1960 y 1970 se movilizaron en varios países
de Europa y América para insurgirse contra ese ‘sistema’ considerado opresor y
autoritario, porque tendía a la normalización de los comportamientos y a la
asfixia de los deseos individuales”, y así “El dócil soterramiento de las
pulsiones ilícitas fue perdiendo sentido, así como la fabricación cotidiana de culpas
envueltas en añejos pudores. Cambiaron las reglas del juego, diversos corsés
ardieron en plazas públicas, cayeron varias rejas y se decretó la ilegitimidad
de (casi) cualquier prohibición”.
Tras
sacudirse el yugo de la hipocresía burguesa, los jóvenes tocaron la anhelada
libertad históricamente oprimida. En las décadas de los ochenta y noventa, “Los
ímpetus contestatarios de los rebeldes pronto serían secuestrados por los
renovados tentáculos del capital, que les sacarían provecho sin necesidad de
reprimirlos sino convirtiéndolos en el nuevo combustible de la maquinaria”, y
de ese modo “Los deseos dejaron de ser mal vistos y ahora se canalizan
productivamente, cebando sin nunca saciar la sed de dominación continua del
capital”.
Tan
fijo quedó el credo individualista de desear y conseguir todo, que se erigió el
“emprendedurismo” como dogma: “‘Fuera de la empresa económica, fuera del
trabajo productivo, fuera de los negocios, parece no haber ningún otro deseo,
ninguna vitalidad’, sintetiza Franco Berardi. El espíritu empresarial penetró
en todas las instituciones, incluso en el substrato molecular de las
subjetividades, capitalizando las energías vitales de modos cada vez más
generalizados y naturalizados, como si no hubiera ninguna alternativa a esa
cosmovisión mercantilista”,
El
problema de una sociedad que libera así los deseos y la búsqueda de
satisfacción a toda costa, es “no lograr ni siquiera acercarse a los altos
parámetros que se aspiran, con la consecuente estigmatización de quienes quedan
descalificados como perdedores o fracasados cuando sus tropiezos se vuelven
públicos, también se incuban resentimientos, aislamientos y violencias que
envenenan la cohesión social. La explosión puede quedar latente, pero va
incubándose y se presiente en todas partes”, “el ‘vicio’ de quererlo todo y la
pesadumbre de no poder casi nada”.
Una
buena cantidad de páginas dedica Sibilia al examen del uso que hacemos a los
aparatos de comunicación digital, sobre todo al celular y las redes. He
afirmado alguna vez algo que no dejo de pensar: el smartphone, por su portabilidad, es el aparato determinante, el más
revolucionario, en la configuración de la sociedad actual, así que merece
reflexión aparte, pues “intentan colmar los deseos de espectacularizarse para
lograr visibilidad y repercusión con la aduladora compañía de una multitud de ‘amigos’
o seguidores”. Lamentablemente, el celular impide asentar conocimientos, ideas,
experiencias: “cuando no se efectúan las operaciones capaces de sedimentar cada
experiencia, suspendiendo la multiplicación desenfrenada de flujos informáticos
y consumistas, cuando no se da lugar al pensamiento capaz de hilvanar algún
sentido, queda solo un exceso de estimulación que suele girar en el vacío y
ahogarnos en un sopor obnubilado”. En esta dinámica, hasta “El tiempo de
descanso está amenazado” y ya sólo falta que el mercado conquiste la
temporalidad del sueño, como lo comentó Jonathan Crary en su libro 24/7.
Lo
curioso es que son los mismos espacios digitales los que miden nuestro exceso y
recomiendan contención, obviamente sin lograrla: “el uso que solemos hacer de
los celulares o las redes sociales es siempre ‘excesivo’, ya que de eso se
trata, para eso se los inventó y con ese objetivo se fueron perfeccionando: es
así como funcionan (y nos hacen funcionar). Ese uso considerado desmedido, abusivo
o adictivo es precisamente el uso que esos dispositivos suponen, proponen y
estimulan. Esos artefactos son fruto de esta época, nuestra sociedad los
imaginó y los asimiló para ser usados compulsivamente” si no queremos caer en
el llamado FoMO, “fear of missing out” (“miedo a perderse algo”).
En
este escenario lleno de tentáculos que disputan nuestra atención, perdemos
además la idea de espaciotemporalidad tal y como la conocimos en la era
analógica. El trabajo, el descanso y todas las actividades humanas estaban
limitados a un espacio y a un tiempo determinados; con los aparatos digitales
de deslocalizó todo y perdió sus límites temporales, sobre todo el consumo,
como comprar a toda hora en línea o ver maratones de programas de series y
poder suspenderlas o acelerarlas a capricho, aunque “Al multiplicarse tanto las
opciones disponibles como las chances de concretarlas, aumenta también la lista
de deseos frustrados y, en consecuencia, la deuda que jamás logrará saldarse.
Entre otros motivos, porque termina siendo funcional al nuevo régimen: el
consumidor es, por definición, alguien insatisfecho; aunque su voracidad sea
constantemente excitada, nunca deberá colmarse”.
Sibilia
expone que en el escenario planteado al consumidor actual, “La publicidad,
género cínico por excelencia, encontró tierra fértil en esa subjetividad
liberada de la lógica represiva moderna y lanzada al torbellino del deseo
capitalizable. Tú puedes o Vos podés, dice el lema básico de
cualquier anuncio, sintonizando con el eufórico Yo quiero y el consecuente Yo
lo merezco del potencial consumidor. Yes,
you can, o bien Just do it, y todo así: puro estímulo, cero represión”.
En
sus afirmaciones finales, la antropóloga resume las implicancias de los dos
suelos morales, el moderno y el actual: “Las liberaciones que se dieron tras la
descompresión de los deberes disciplinarios son evidentes y muy bienvenidas,
pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima
tenía un efecto centrípeto a nivel
colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en
nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la
razón, la patria, la familia, el trabajo, inclusive el decoro y el ‘bien común’
encarnado en la civilización; la igualdad, la libertad, la fraternidad, la
democracia, etcétera. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones en
este nuevo suelo moral detentan una vocación centrifuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando
caos, rupturas y conflictos. (…) Al poner al yo en primer plano, se rechaza
cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal como siempre,
pero ahora mucho más, son los otros, que siguen existiendo y también
reivindican su derecho a ser yo”, y concluye con una afirmación optimista pese
al panorama todavía más desolador que a mi parecer se nos abre en el futuro: “A
pesar de la desesperanza que este cuadro puede inspirar, vale recordar que
crisis profundas como la actual tienen una ventaja: corroboran que un universo
entero se puede desmoronar, por más sólido e inquebrantable que pudiera parecer
poco tiempo atrás, para dar a la luz a otra era histórica. Lo cual no deja de
ser una rara oportunidad”.
Aunque no se ve una luz de cambio en el fondo del túnel, aunque todos los signos del presente anuncien un futuro aún más negro, vale aprehender el párrafo final de Paula Sibilia en Yo me lo merezco: tomarlo como quien abraza una tabla en el naufragio para no morir de pesimismo en el preciso ahora.

