Si
bien veo con pesimismo el avance de la ultraderecha que en occidente encarnan
gángsteres como Trump (Partido Republicano, EUA), Milei (La Libertad Avanza, Argentina)
y Abascal (Vox, España), percibo una salida a la bestialidad que proponen los
discursos de estos sujetos. Es complicada, lo he dicho varias veces, sobre todo
porque las inercias del mundo transitan hacia la disgregación y el embebimiento
individualista. Alguna respuesta tendrá que darse, sin embargo, ante los embates
que en el mundo desmoronan el trabajo como medio digno de vida allí donde se han
establecido leyes para regular la relación obrero-patronal. México no es el
paraíso en este rubro ni en ninguno, pero sin duda, como se dice para exagerar,
casi es Suiza si lo comparamos con países que hoy avanzan hacia la
desprotección total del trabajador.
En
el fondo veo que el neocapitalismo global ha encontrado en la tecnología y
sobre todo en la IA una serie de avances que poco a poco torna innecesario el trabajo
humano. Sin que lo veamos muy claramente todavía, al mercado laboral le va
sobrando mano de obra, y por ello la tendencia a la precarización, al
abatimiento de cualquier prestación, a la destrucción del homo faber. El mundo transita hacia un colapso de millones
de fuentes de trabajo, y por ello la urgencia de economizar con contratos
temporales y facilidades para despedir y dejar en la calle.
El
tipo ideal de trabajador que desea el “tecnofeudalismo” (así lo llama Yanis Varoufakis)
es como el empleado de las “plataformas”: sin ninguna ventaja, él y su
bicicleta contra el mundo. Mariano Recalde, político argentino especializado en
estos asuntos, se ha opuesto a la reforma laboral de Milei, hoy en vías de
aprobación; si cuaja, sería el primer gran experimento latinoamericano para
hacer pomada los derechos de los trabajadores. Sintetizado por Horacio Verbitsky,
al hablar de las chambas de los repartidores Recalde plantea la necesidad de
una negociación colectiva que “establecería como piso el salario mínimo,
seguridad social, licencias y protección contra el despido. El trabajador
tendría derecho a conectarse y desconectarse libremente, respetando descansos
legales obligatorios. La plataforma estaría obligada a informar cómo se asignan
los pedidos, se evalúan las tareas, se pagan las comisiones y se aplican las
sanciones, y debería atender al trabajador a través de una persona humana, para
evitar bloqueos arbitrarios y resolver conflictos. La plataforma estaría
obligada a capacitar al trabajador, proveerle elementos de seguridad, darle
cobertura ante accidentes y enfermedades laborales, poseer estaciones
sanitarias y de carga de energía. Debería reconocer al trabajador derecho al
descanso, a vacaciones y a sindicalizarse, con posibilidad de afiliación desde
la propia plataforma”.
Esto
nomás respecto de los repartidores que hoy son un símbolo de la indefensión
laboral. Por supuesto, sumarles derechos no será una iniciativa de quienes hoy
los contratan, así que sin remedio estos trabajadores, y todos los demás,
requieren de un Estado firme y la posibilidad de organización y lucha. Ahí está
el detalle: primero, que el Estado sea sensible a los reclamos de justicia en
el trabajo, y después, que los trabajadores sepan valorar colectivamente su
importancia en la cadena de producción de la riqueza.
Por todo, es importante seguir atentos a la Argentina. Allá se libra esta semana el primer gran hachazo a los derechos laborales o la primera gran derrota de capitalismo financiero para sacarse de encima a los trabajadores que aspiran a algo más que un salario de supervivencia. Para bien o para mal, lo que resulte será ejemplo para los trabajadores en el mundo.

