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sábado, mayo 02, 2026

Norbert Elías y la vejez actual

 







He infligido una segunda lectura a La soledad de los moribundos (FCE, México, 2018, 139 pp.) y sigo creyendo que se trata de una reflexión muy interesante para pensar en un fenómeno que comenzó a definir su rostro actual en los ochenta, casi cuando se dio la primera edición de esta obra (1982). Tal fenómeno es la defensa de la juventud o de la apariencia de la juventud y el rechazo a su envés: el aspecto de envejecimiento y lo que supone ser en verdad viejo. El autor del breve libro es Norbert Elias (Breslavia, Imperio Alemán, 1897-Amsterdam, Países Bajos, 1990), sociólogo de quien el Fondo en México ha publicado al menos dos libros individuales más: El proceso de la civilización y La sociedad cortesana.

Luego de aquel primer acercamiento, sancoché rápido un comentario para la columna. La reseña, forzosamente sucinta por el espacio disponible del diario, me dejó la sensación de que el libro de Elias requería mayor abundamiento, pues anunció con transparencia lo que sobrevino poco después, como ya señalé: el fenómeno que dio como resultado un sujeto social hasta ahora desconocido al que de modo popular aquí conocemos como “chavorruco” (llamado así por los mexicanismos “chavo”, joven, y “ruco”, viejo). El trabajo del sociólogo explora el pasado en la percepción de la muerte y percibe y destaca los cambios que al cierre del siglo XX se perfilan en la mirada social de la gente en cuanto a la finitud y su preámbulo, la vejez. Logra detectar el rasgo más saliente del momento que vivimos: la urgencia y hasta la desesperación por blindar el presente ante los estropicios del tiempo, una actitud casi paranoica que hoy se manifiesta incluso a muy temprana edad, en jóvenes de treinta años o poco más que a esa edad comienzan a sentirse acosados por el desgaste físico y obran, no sin estrés, en consecuencia con impertinentes dosis de bótox.

Por supuesto que no es objeto de este apunte dar idea cabal de las observaciones de Elias en La soledad de los moribundos, sino sólo proponerlo como dinamo de nuestra propia reflexión sobre la vejez y la muerte que nos atañe en tanto seres conscientes de nuestra circunstancia. El prólogo de Fernández Christlieb resume en un párrafo las ideas fuerza en la reflexión del autor, las respuestas que el ser humano ha interpuesto para “defenderse” de la muerte: “Hay cuatro posibilidades según Elias: usar la forma más antigua que es pensar que existe una vida posterior; reprimir la idea de la muerte; pensar que otros mueren pero uno no y una última, que el autor puso en práctica los últimos cuarenta años de su vida: mirar de frente a la muerte”. El sociólogo escribió el libro cuando tenía 85 años, sabía que su tiempo se agotaba y compartió su reflexión sobre la vejez y la muerte en las sociedades antiguas y la actualidad: “Refiere que entre los caballeros del siglo XIII un hombre de cuarenta años era casi un anciano, mientras que en las actuales sociedades industriales esa persona sería un joven”.

En efecto, Elias destaca que por el tamaño de las sociedades pretéritas la gente vivía apiñada en colectividades como tribus, clanes y pequeños conglomerados de diverso tipo, lo que aseguraba la visibilidad de la muerte para todos, incluso los niños. Agonizar y morir podían ser procesos dolorosos y poco o nada salubres, pero en general la vida acababa para el moribundo rodeado por los suyos. Esto cambió con el paso de los siglos, según Elias: “Con el desplazamiento hacia las ciudades y la institucionalización de la salud los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia. Si llegan a asilos o permanecen en sus casas viven una exclusión de la vida normal, se les aísla del resto de la sociedad. Es justamente el aislamiento emocional una de las principales características del proceso de envejecimiento en las sociedades avanzadas”.

Otro rasgo de las sociedades antiguas era la posibilidad siempre cierta de que aflorara la violencia en cualquier momento y lugar. Hoy suponemos que nuestra muerte se dará en un lecho, de manera natural. En otros momentos de la historia, la fuerza física y las diferencias de edad, religión, raza, sexo provocaban que la muerte ocurriera en cualquier momento. En las sociedades más desarrolladas ha sido mitigado, pero no desterrado, el miedo a morir abruptamente, de ahí que siga vivo el apego a una idea de trascendencia: “Es evidente que no existe idea alguna, por extraña que parezca, en la que los hombres no estén dispuestos a creer con profunda devoción, con tal de que les proporcione alivio ante el conocimiento de que un día ya no existirán, con tal de que les ofrezca la esperanza en una forma de eternidad para su existencia”.

Casi no pensamos en el pasado como un tiempo ciertamente atroz. El avance civilizatorio, observa Elias, no ha echado por tierra el vandalismo o acabado con lastres como las epidemias, pero el grado de desarrollo alcanzado en estos dos aspectos es innegable. Por un lado, se ha conseguido la “monopolización relativamente eficaz de la violencia física”, que castiga el comportamiento destructivo, y, por otro, la ciencia ha dado pasos extraordinarios que aseguran una extensión promedio de la vida más allá de lo que imaginaron otras generaciones. Esto lleva al autor a asegurar que “En los Estados nacionales más desarrollados, la seguridad de las personas, su protección frente a los más rudos golpes del destino como la enfermedad y la muerte súbita, es considerablemente mayor que en épocas anteriores, quizá mayor que en toda la historia de la humanidad”.

Elias subraya que a la par de lo anterior, y motorizado desde el individualismo Renacentista, se ha dado una especie de paulatina secularización de la vida cotidiana que tiende al laicismo y a difuminar, sin anularla del todo, la idea de trascendencia o inmortalidad. El tiempo terrenal, poco a poco, ocupa mayor interés en la vida humana, y la garantía de seguridad social y salud apalancada en la ciencia han propiciado una especie de evasión. Los moribundos, léase los viejos, han pasado a colocarse tras un muro, pues son un recordatorio ingrato para quienes todavía están vivos: “Nunca antes, en toda la historia de la humanidad, se hizo desaparecer a los moribundos de modo tan higiénico de la vista de los vivientes, para esconderlos tras las bambalinas de la vida social; jamás anteriormente se transportaron los cadáveres humanos, sin olores y con tal perfección técnica, desde la habitación mortuoria hasta la tumba”.

Individualismo, secularización, monopolio de la violencia, participación del Estado, evolución de la ciencia y obsesión hedónica han sido la mezcla de elementos que marginan al viejo reacio a participar en lo lucha por no parecerlo. El afán impuesto hoy, razón de fondo que ha propiciado la propagación de los chavorrucos, es la defensa de la juventud como valor irrenunciable: “La idea de la implacabilidad de los procesos naturales se suaviza con el conocimiento de que también son controlables. Hoy más que nunca puede esperarse aplazar la propia muerte gracias al arte de los médicos, a la dieta y a los medicamentos. (…) En ningún momento anterior de la historia de la humanidad se ha hablado tanto, a todo lo ancho de la sociedad, de métodos más o menos científicos para prolongar la vida”.

El estrés que ahora provoca envejecer, el esfuerzo por mantener una apariencia lozana a cualquier precio y la lucha despiadada contra la decadencia propia que crea pánico, en cierto punto deben tener fin. ¿Habrá valido la pena ese combate contra la naturaleza? Cada quien debe apropiarse una respuesta. Obviamente, y esto lo comento de pasada como tema que merece exploración aparte, el fomento de la juventud a rajatabla es, como casi todo, un negocio, un gran negocio, y no es casual que la multiplicación de los chavorrucos se haya dado a la par del proceso económico neoliberal, que todo lo convierte en consumo. La vejez actual tiene, por ello, dos filos: uno benéfico (se extiende la vida, se mejora la salud en la edad avanzada) y otro traumático (por más que nos opongamos con estrés y gastos, el final llegará).

La soledad de los moribundos termina con palabras que sin duda pueden servirnos para estar preparados, tengamos o no espíritu de chavorrucos: “No abre ninguna puerta [se refiere a la muerte]. Es el final de un ser humano. Lo que sobrevive de él es lo que ha conseguido dar de sí a los demás, lo que de él se guarda en la memoria de los otros. El ethos del homo clausus, del hombre que se siente solo, tocará pronto a su fin cuando deje de reprimirse la muerte, cuando se incluya este hecho en la imagen del hombre como una parte integrante de la vida”.

Cómo último comentario, recuerdo que hace dos años tuve noticia del libro Un instante eterno. Filosofía de la longevidad (Siruela, 2021, Madrid, 202 pp.), del filósofo francés Pascal Bruckner (París, 1948). A mi juicio es también un gran documento, dado que dialoga con el libro de Elias al actualizar la mirada sobre la vejez que nos atañe directamente, pues es un libro escrito y publicado casi ayer, en esta era de jeans rotos, tenis blancos y gimnasios abarrotados de clientela convencida de su lucha contra los estragos del reloj y los malos hábitos que abrevian el disfrute de la única vida que tenemos.

Sólo para sacar tentación, cito uno de sus párrafos de arranque: “Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud, practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus descendientes”.

Cada quien, en suma, sabrá cómo encara su vejez, si lo hará ceñido a la propuesta radicalizada del mercado que modela comportamientos de consumo o cuidará su salud con la prudencia necesaria y sin renunciar del todo a una vejez que parezca eso: la etapa en la que ya estará cerca el fin, el inevitable cierre de todo lo que fuimos.

Nota. Versión abreviada de la conferencia ofrecida el 30 de abril de 2026 en La Tinta Cafebrería.

sábado, octubre 07, 2023

Sebreli en el futbol

 











El nombre Juan José Sebreli (Buenos Aires, 1930) quizá diga muy poco o nada en México, país endogámico como todos en América Latina. Lo lamento, pues se trata de uno de los intelectuales más lúcidos y polémicos de nuestro continente, autor de una obra que sin duda debería ser observada más allá de la Argentina. Sebreli es esencialmente filósofo, pero creo que podemos ampliar los recipientes de su pensamiento hasta la sociología, la antropología, la política y el arte. Identificado en su juventud con el grupo de la revista Contorno (1953-1959) encabezada por los hermanos Ismael y David Viñas, Sebreli no ha cesado de publicar en periódicos, revistas y libros desde la década de los cincuenta hasta la fecha. Hacia la mitad del XX formó un tridente de enfants terribles junto a sus amigos Óscar Masotta y Carlos Correas.

En Torreón tengo tres de los casi treinta libros de su autoría. Uno de ellos, al que le dedicaré estos párrafos, es extraordinario, y si agregara que es brillante sería poco elogiarlo. Se trata de La era del fútbol (Debolsillo, 2005, 349 pp.), tal vez la más pormenorizada y fría golpiza propinada alguna vez al deporte que muchos, muchísimos, más amamos, el futbol (en el título del libro dice “fútbol”, con prosodia argentina; yo me referiré a él como “futbol”, pues así lo pronunciamos en México). Quizá no debo decir “al futbol”, al futbol en sí, sino a lo que gradualmente, desde el siglo XIX a la actualidad, se ha hecho con él: convertirlo en una mezcla de vidrioso y multimillonario negocio, en un espectáculo útil para la manipulación de masas y, por ende, en arma servicial a la política de peor talante.

Adhiero a todo o casi todo lo que describe Sebreli en su sondeo a las viscosas profundidades del futbol. Es difícil no estar sustancialmente de acuerdo con lo que afirma, es verdad, pero después de leerlo no me he convertido al ateísmo futbolístico. La era del fútbol me ha servido, sí, para pensar mejor en esta actividad que es pasión de multitudes, pero no me la ha quitado de encima, pues es, como la poesía para el Quijote, una “enfermedad incurable y pegadiza”.

Tal vez la clave recóndita de su poder aunque se diga con lasitud que en este juego interviene la inteligencia, acaso una inteligencia de lo motriz y lo espacial, y el placer que genera en quienes lo practicaron y lo practican, e incluso en quienes no, se basa en la irracionalidad de su ejecución, en el uso del cuerpo para desarrollar una danza que, como dijo el poeta Antonio del Toro, al final terminó siendo la emancipación del pie frente a la dictadura de la mano, el concurso y el dominio de una parte del organismo humano, el pie, que antes del futbol sólo había servido básicamente para apoyarnos en el suelo y desplazarnos. En otras palabras, es en la irracionalidad de su práctica, en el instinto del pie, la zona más lejana del cerebro, de donde brota su poder, el raro goce de saber que todo el pie —todo: talón, empeine, punta, planta…— tiene capacidad para “manipular” (“manipular” viene de “mano”) la pelota como si fuera un trabajo artesanal. Desde el nombre de esta práctica (foot) hay un homenaje al pie, de suerte que es la única actividad humana que lo tiene como centro.

Al margen de mi digresión seudoesencialista y de seguro errabunda, asombra la hondura y el rigor con el que Sebreli encaró el análisis del futbol como fenómeno de nuestro tiempo. Su libro se divide en trece amplios capítulos, todos apoyados en una profusa máquina de referencias documentales. Todas las secciones del libro son lapidarias, todas desmontan el engranaje del futbol como devoción popular, como mafia económica, como abuso del infantilismo, como madriguera de vándalos, como herramienta política, como teatro de la brutalidad, como espectáculo vacuo.

Bajo la exposición podemos pensar que fluyen, entre otras, estas dos preguntas: ¿por qué el futbol se convirtió en el juego más importante del planeta y por qué muchos intelectuales "irracionalistas", en lugar de encararlo como summum de la frivolidad y los negocios turbios, lo han justificado y empinado incluso al estatus de arte? Sebreli las responde y más allá de persuadirnos o no, nos calza nuevos ojos para observar con menos candidez lo que ya hemos naturalizado como intrínsecamente bueno, sano y heroico.

sábado, agosto 26, 2023

Descubrimiento de Didier Eribon

 











Gana el Nobel o muere un escritor islandés y de inmediato salen a opinar, no sin autoridad, comentaristas que muestran fotos con la obra completa del susodicho y explicaciones tan articuladas que parecen párrafos de tesis. No estoy siendo irónico, creo de verdad que hay lectores totales, máquinas de conocerlo, comprarlo y deglutirlo todo, y lo que a mí me parece un escritor recóndito, absolutamente desconocido, para algunos es autor de cajón, figura habitual en los entrepaños de sus bibliotecas. En fin, voy a otro ritmo, y nada sé sobre los inmortales del momento eslovacos o tunecinos.

Luego de esta intro abochornada por frontal en la asunción de mi ignorancia, sigo con una reseña que comienza aquí en modo anécdota (“en modo” es una locución adverbial reciente y puesta en circulación, creo que como calco del inglés, por el argot de la telefonía móvil: “en modo vuelo”): allá por junio ingresé a una librería de viejo y en el hurgamiento no saltaba nada que esfumara mi desinterés. Estaba por claudicar y salir con las manos despobladas, pero me detuve en un libro que ya había visto antes varias veces en ese mismo sitio atestado de títulos imprevisibles. O sea, ese libro había recibido mi recurrente desdén y quizá, porque allí seguía, el de muchos otros potenciales compradores. El caso es que, dado el nulo fruto de aquella incursión a la librería, me detuve en el volumen y leí su cuarta de forros. Bien. Luego leí la semblanza del autor en la primera solapa, e igual, bien. Ya observado con un poco de detenimiento, el libro parecía ofrecer algo bueno por los pinchurrientos ochenta pesos que costaba. Y me lo llevé.

Al llegar a casa (era sábado) comencé a deslizar mi atención en la primera página de Regreso a Reims (Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2015, 250 pp., traducción de Georgina Fraser), de Didier Eribon (Reims, 1953). Lo que pasó después de acceder a esos renglones es que ya no pude detenerme y para el domingo en la noche lo había terminado. Y pensé: “Este será uno de los mejores libros que leeré en 2023”. Es agosto, llevo varios leídos, claro, pero Regreso a Reims sigue estando entre mis nominados para llevarse el galardón “El mejor libro que leí en el año”, premio que por otro lado a nadie le importa, salvo a mí.

¿Y qué es Regreso a Reims? Han pasado más de dos meses desde que lo leí y conservo intacto lo que me deparó, tanto que casi no necesito tener el libro a la vista para reseñarlo. Es una memoria, la del sociólogo y filósofo Didier Eribon. Su encanto, el poder persuasivo de esas páginas, radica, creo, en la sinceridad con la que asume el tema de su libro que —como decía Montaigne— es el mismo autor y la apretada maraña de dificultades que encaró para llegar a la respetabilidad intelectual de la que ahora goza. Hijo de una familia pobre, ignorante y algo disfuncional por lo violenta, Eribon debió romper a ciegas el cascarón de su futuro académico y, junto a esto, lidiar con el descubrimiento, otra adversidad, de su condición homosexual.

La recordación es tan minuciosa como severa: además de relatar las circunstancias necesariamente difíciles para un chico y luego un joven con aptitudes pero sin orientación ni recursos, Eribon analiza los pliegues de su conducta, la manera en la que fue construyendo su visión de la realidad, lo que incluye, conforme avanzaba a los tumbos su vida académica, la vergüenza de su origen social en un medio, el académico francés, que no excluye el clasismo y está diseñado para anular la movilidad ascendente. Como buen sociólogo, Eribon coloca su individualidad en los contextos políticos y culturales que se fueron dando en su país y su llegada a un plano en el cual la cátedra y los libros testimonian que, pese a todo, alcanzó un pico alto de respetabilidad intelectual.

En suma, Regreso a Reims describe en primera persona, sin eufemismos, sin ambages, la accidentada edificación de un destino. Para cuajar en lo que cuajó Eribon, fueron determinantes la voluntad y ciertas carambolas favorables, no la estructura de un sistema diseñado para escamotear oportunidades a quienes comienzan el partido de sus vidas perdiendo cinco goles a cero.

Didier Eribon es autor de una biografía de Michel Foucault (traducida a veinte idiomas) y ha publicado también varias obras como Identidades: reflexiones sobre la cuestión gay, Una moral de lo minoritario y Herejías: ensayos sobre la teoría de la sexualidad. Es hoy considerado uno de los intelectuales franceses más importantes; la Universidad de Yale le otorgó en 2008 el James Robert Brudner Memorial Prize.

Su Regreso a Reims es un libro inteligente y entrañable al mismo tiempo.


miércoles, marzo 11, 2020

Eso de morir




















Además de ser un tema caro en el arte y la filosofía, la muerte tiene mucha tela para cortar y zurcir en materia sociológica. Esto lo entendió muy bien Norbert Elias en los ochenta, década en la que apareció, primero en alemán (1982), luego en otras lenguas como el español (1987), La soledad de los moribundos, libro que recorre el antes y el ahora sobre la percepción social de la agonía humana y su desenlace natural. Aunque podemos decir que es un libro algo viejo, su cuarta reimpresión de 2018 por el FCE constituye una forma indirecta de afirmar que sigue vigente.
Elias (1897-1990) explora diferentes percepciones sociales de la muerte en función, sobre todo, de las circunstancias que rodeaban al moribundo en el pasado y las circunstancias que rodean al mismo sujeto en tiempos más cercanos. En este sentido, se pueden establecer dos amplias visiones: a mayor inseguridad de la vida en el pasado, más certeza de que la muerte es una presencia cotidiana, algo normal, un hecho tan próximo que los viejos morían en sus casas, rodeados por el clan; en sentido opuesto, a mayor seguridad, la muerte poco a poco fue adquiriendo una aire distante, es algo que le pasa a otro, de suerte que morir, o ir muriendo en la vejez, se convierte en un problema para quienes no han sido entrenados en el trato con moribundos.
“La actitud ante el hecho de morir, la imagen de la muerte en nuestras sociedades no pueden entenderse cabalmente sin relacionarlas con esta seguridad y previsibilidad del curso de la vida relativamente mayores. La vida se hace más larga, la muerte se aplaza más. Ya no es cotidiana la contemplación de moribundos y muertos”, observa Elias, de ahí que la muerte y los muertos nos parezcan tan ajenos.
En lo personal y antes de haber cruzado las páginas de este libro, siempre hablaba de mi juventud con una formulación retórica: “Cuando yo era inmortal…”. Con esto me refería a que en cierta época jamás pensé en la muerte como algo mínimamente próximo, pero luego, más o menos cuando atravesé la cuarta década de mi tiempo sobre el mundo, de golpe me atenazó esta idea: moriré, certeza que jamás, siquiera, me sobrevoló desde que nací hasta que el anuncio de la finitud —de mi finitud— fue vislumbrado en un primer achaque.
Con prólogo de Fátima Fernández Christlieb, La soledad de los moribundos es un excelente libro para (ni modo) prepararnos ante la amenaza de una soledad que a muchos ya nos pisa los de Aquiles.