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sábado, septiembre 16, 2023

Antologías que ya no son

 











De algunos años a la fecha se desató en el mundillo literario una epidemia (y no sé si pandemia) de antologías. Sin señales previas en el horizonte, comenzaron a aparecer “antologías” sobre todo de poesía y de cuento, los dos géneros más lastimados por esta horrible plaga, la de la antologización indiscriminada.

No es posible saber por qué la palabra ganó tantos adeptos, a qué demonios se debió que en tan poco tiempo cualquier escritor, sobre todo aprendiz, comenzara a figurar en libros colectivos en los que sin falta aparecía y sigue apareciendo, como parte del título o del subtítulo, la palabra “antología”. Puedo suponer que tanto a los antologadores como a los antologados la palabra les suena a oro, a prestigio inmediato. Se nota porque en el proceso de difusión la dicen o la escriben como si con ella expresaran que han aterrizado en el Olimpo.

Pero más allá de la eufonía de la palabra, más allá de que su resonancia seduzca al oído y deje sentir que es sinónimo de caché, es necesario traer, una vez más, esta pequeña aclaración. Cierto que hay palabras peores, como “florilegio”, que se oye más empalagosa que un litro de granadina, pero en esta misma horrorosa glucosidad ha ido cayendo la pobrecita palabra “antología”.

Lo primero que es necesario aclarar es lo siguiente: aunque el diccionario académico la define con parquedad “Colección de piezas escogidas de literatura, música, etcétera”, lo que da a entender que pueden ser “escogidas” sin mayor preocupación que simplemente “escogerlas” como sea y de donde sea, la idea que durante décadas conllevó fue de “piezas escogidas”, es verdad, pero no inéditas, sino previamente difundidas, publicadas, conocidas. Aunque la definición del DRAE incluye a la música, es claro que la palabra quedó casi restringida al ámbito literario, de modo que casi todo lo antológico era lo escrito con ánimo literario. Así, durante décadas fue habitual encontrar “piezas escogidas”, o antologías, de la Generación del 98, de cuentos policiacos argentinos, de poemas de Enriqueta Ochoa, de narradores del norte de México, de poesía erótica latinoamericana y etcétera, e incluso “antologías personales”, selección que el propio autor hacía y hace de su obra ya publicada, esto a petición, claro, de algún editor. Se partía de una idea simple: lo antologado, lo seleccionado, lo escogido, salía de un corpus literario más amplio y ya previamente difundido, no inédito. La idea, entonces, de armar una antología con piezas inéditas y de principiantes es una aberración. También lo es antologar, en este mismo contexto, a un escritor que nunca ha publicado o que ha publicado apenas dos cagarrutas textuales en su vida, pues la antología también supone una cierta trayectoria, un mínimo prestigio ya cuajado, y esta es la razón por la que hay muchas antologías de poemas de Rubén Darío y ninguna de un tío lejano que lleva escritos siete modestos poemas en toda su existencia. Y aunque ese tío llevara miles de poemas escritos y fueran deslumbrantes, igual: si son inéditos no es posible armar con ellos una “antología”, sino otro tipo de libro.

Hay palabras para resolver el asunto, es decir, para publicar antologías que no lo son: “compilación”, “muestra”, “reunión”, “asamblea”… todas sirven para evitar la imprecisión de rotular lo inédito, y por ello desconocido, con la vapuleada palabra “antología”.

Saúl Rosales y yo hemos hablado con frecuencia sobre la antedicha epidemia y al hacerlo fluctuamos de la risa al espanto. Por un lado es gracioso, sí, ver que cada mes son publicadas tres nuevas antologías que no son antologías, pero por otro asusta que ya no haya piedad para la literatura, que se haya convertido en una actividad en la que ser digno de hospedaje en una antología es cuestión no de calidad y prestigio ganado con tiempo y sacrificio, sino de capricho e ignorancia.


sábado, julio 26, 2014

De antología














Inolvidable aquel hombre ilusionado que me compartió la inquietud de publicar un libro de su cosecha. Me mostró el obeso engargolado que en la primera página ostentaba el registro ante Derechos de Autor. Luego, en la segunda cuartilla, el voluminoso monstruo de palabras ofrecía su título: Antología de mis poemas, y el dibujo de una flor, un tintero y una espectacular plumota de ganso. No era necesaria más información para saber de qué iba el asunto, pero atreví algunas tímidas y educadas preguntas.
—¿Quién armó la antología?
—Yo mismo, señor.
—¿Usted mismo?
—Sí, fue muy sencillo.
—¿Cómo lo hizo?
—Junté mis poesías y las convertí en una antología.
—¿Ha publicado algo antes?
—No, esta antología será mi primer libro.
—¿Entonces usted mismo seleccionó sus poemas?
—Sí.
—¿Y qué criterio usó para escoger los mejores?
—¿Cómo que los mejores? No usé ningún criterio. Los metí todos. Todos me gustan.
—Bien, bien…
No recuerdo qué alardes de prudencia usé para articular una explicación que sonara convincente acerca del arte de antologar. De entrada, le dije que la palabra “antología” no cuadraba con su proyecto. Que lo mejor era ponerle simplemente un título (Mis poemas, Sentimientos, Instantes poéticos, el que fuera), pues la noción de “antología” (o “muestra” o “selección”) encerraba la idea de que tomamos una parte de un todo, y lo que él había preparado era un “todo” tal cual, pues no había excluido nada. Mi explicación fue inútil, y se defendió.
—Bueno, sí dejé fuera algunas poesías, las primeras. No me gustaron, además de que las dediqué a una mujer con la que ya no ando.
—Pero es casi lo mismo, pues otro sobrentendido de toda antología es que trabaja sobre material ya difundido del que alguien, no el autor, escoge lo que a su juicio es “mejor” o más “representativo” de un escritor, de una generación, de un país, de un tema, de un género, de un conjunto equis.
Fue inútil; siguió la autodefensa:
—Bueno, yo no he publicado, pero creo tener el criterio suficiente para saber qué es lo mejor que he escrito. Si no fuera así, ni siquiera lo hubiera incluido en mi libro. Además, no confío en nadie para elaborar mi antología. ¿Y si el fulano selecciona las poesías que menos me gustan? ¿Eh?
A esas alturas ya me había dado plena cuenta de que estaba ante un nuevo género literario: la autoantología total, aquélla que elabora uno mismo con un procedimiento que hace imposible cometer injusticias, pues integra todo el material habido y por haber, sin discrimen alguno, con una implacable manga ancha. Pensé por ejemplo en una antología de Alfonso Reyes armada con este método: saldría un extraño libro de 25 o 30 mil páginas, poco más o poco menos.
Recordé la anécdota porque en estos días vengo trabajando en la antología de un poeta. Escogeré sus (a mi parecer) mejores poemas y escribiré la presentación de rigor. También lucharé para que el libro no lleve la palabra “antología” en el título, ni siquiera en el subtítulo, aunque eso no dependerá de mí, sino de la institución que me encargó la chamba. Confío en ganar. Antes de que termine el año lo sabré.