miércoles, marzo 27, 2024

Relectura y rescate


 









Se habrán dado cuenta de que con frecuencia enuncio frases como estas: “Hace unos días leí…”, “Recién he leído…”, “Acabo de leer…” y otras similares. Por supuesto, tales referencias a una temporalidad cercana, fresca aún, se debe a un hecho inevitable: que lo recién leído se fugará sí o sí de mi memoria, y cuando eso ocurra me será más difícil articular un comentario orientado nomás por mis apresuradas notitas sobre las páginas del libro, costumbre que desde hace algunos años me ha llevado a la neurosis de no poder leer si no cuento con un lápiz a la mano. Así entonces, la lectura fresca me garantiza un lapso breve la posesión de los detalles del libro, de los nombres de los personajes y la trama en el caso de la ficción o de las ideas centrales si se trata de un texto expositivo. No escribo sobre todo lo que leo, pero si lo hago es porque recién lo he leído.

Esto no significa, desde luego, el olvido total de los libros recorridos hace años. Algo queda, un sedimento a veces casi extinto, pero todavía perceptible que me permite conversar o, en la sobremesa, referirme a la idea básica del libro de manera general, pero no escribir. Para escribir, insisto, debo tener fresca la lectura, y esta es la razón por la que en años recientes he vuelto a ciertas páginas, he releído.

Lo viví la semana pasada al releer Querido Diego, te abraza Quiela, la nouvelle de Elena Poniatovska. La había leído hace casi cuarenta años, y como no recordaba casi nada y es cortita, la releí y la comenté con gratitud, pues se trata de un gran libro. Este ejercicio me trajo hasta aquí, a esta reflexión algo triste, pues me obliga a pensar en la inevitable flaqueza de la memoria. Si de por sí no fui dotado de un buen disco duro, el tiempo suma su habitual estrago y más temprano que tarde aniquila lo poco que retengo como recuerdo.

Hay en esta lamentación, sin embargo, una modesta ganancia, un consuelo obtenido tras la evaporación del recuerdo. Como el sedimento de la lectura es a veces insignificante, tan pobre que se reduce casi a cero, la relectura se aproxima mucho a ser lectura, sin el prefijo de reiteración “re”. Esto acarrea sorpresas y asombros ante lo leído, entusiasmos con denso olor a estreno, rescate de tesoros enterrados en el olvido.