Mostrando las entradas con la etiqueta guerrilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta guerrilla. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 08, 2026

Salvador Castañeda, in memoriam

 











El primero de abril pasado murió Salvador Castañeda (1946-2026). Lo vi sólo un par de veces, ambas breves, ambas en Torreón. Lo recuerdo bajito, un tanto distante, muy callado.  Era paisano y colega escritor de La Laguna, y por esto lo invité a responder una batería de preguntas para mi libro Solazos y resolanas (SEC, 2015). Tardó en contestar tal vez porque no estaba muy convencido de mi propósito. Además, no respondió las preguntas una por una, sino con algunos párrafos que se distanciaban un poco del cuestionario, pero por supuesto respetaron esencialmente mi solicitud de contar pormenores de su vida y de su obra. Aquí la respuesta de Salvado Castañeda, que en paz descanse.

Soy originario del ejido San Isidro, municipio de Matamoros de La Laguna, Coahuia; terminé el tercer año de instrucción primaria en la escuela con un solo salón y una sola maestra para los tres grados (no se podía arribar al siguiente grado sin salir de esa población). Así las cosas, me trasladé a otro ejido, éste del municipio de Torreón: La Paz. Des­pués ingresé a la Escuela Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza. Luego de terminar la preparatoria, regresé al ejido a las labores agrícolas al lado de mi padre y los demás ejidatarios. Las razones para reintegrarme al campo fueron económicas. Luego de un par de años deambulé hacia Altos Hornos de México, a la Escuela de Agricultura «Antonio Narro» en busca de alguna posibilidad de ingreso. Todo eso resultó inútil y seguí en el ejido.

Conseguí acumular 200 pesos libres en lo que llamábamos pepena (recoger los últimos capullos de algodón luego de levantar la cosecha), y con ese capital y la decisión de ingresar a la UNAM, llegué a la ciudad de México en un tráiler carga­do con pacas de algodón. Ya en la capital, donde por supuesto jamás había estado pero imaginaba, la mayor sorpresa fue encontrarme con una gran cantidad de información; publicaciones, noticias de todo el mundo (debo señalar que en el ejido San Isidro, en ese tiempo, no había energía eléctrica, ni agua potable, no llegaba ningún periódico de Torreón o de Matamoros).

En la ciudad de México todo me resultaba apabullante. La abundancia de impresos, de librerías, teatros, cines, exposiciones, etcétera. Todo esto, sin proponérmelo, me hacía reflexionar mediante la confrontación de las condi­ciones de los ejidos y lo que veía en la ciudad. Los ejidatarios por completo dependientes de los créditos del Banco Ejidal (llamado “Bandidal” por los propios campesinos).

Más sorprendente y festivo me resultó llegar a la UNAM. La inscripción no resultó fácil: primero era necesario revalidar lo estudiado en Torreón. Hacer filas para todo en la Secretaría de Educación Pública. Los 200 pesos ya no eran míos.

Como estudiante de geología no pude ir más allá del tercer año. Otra vez lo mis­mo: falta de recursos, pues trabajé de mandadero en una compañía de exploración geológica. Después trabajé como dibujante de geología. Sin proponérmelo, un día me enteré en un periódico de un programa de intercambio cultural entre México y la entonces Unión Soviética. No la pensé mucho y solicité una beca para estudiar Agronomía en la Universidad de la Amistad de los Pueblos en Moscú. Cuando ya me había olvidado de la solicitud, pues en realidad tenía pocas esperanzas de conseguir esa oportunidad, recibí un telegrama de la embajada de la URSS donde me informaron que había obtenido la beca como resultado del promedio de mis calificaciones. Más sorprendente que México me resultó hallarme en la capital de aquel lejano país. Existía ahí en aquel tiempo (1965), en la universidad, una atmósfera de efervescencia permanente en la que estudiábamos jóvenes llegados del llamado Tercer Mundo (Asia, África y América Latina) donde en muchos de esos países existían movimientos revolucionarios de liberación nacional. La revo­lución cubana recién había triunfado y por supuesto ejercía una gran influencia en las organizaciones de los países de Latinoamérica; las posibilidades de un cambio estaban ahí. Me involucré en uno de estos movimientos y regresé al país. Luego de operar algún tiempo caí preso (por fortuna, pues muchos jóvenes murieron en enfrentamientos, torturados o ejecutados). Luego de siete años adentro, salí. Ahí adentro fue donde empecé a escribir. Siempre trabajé en la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, pues en ese tiempo el titular de la dirección era el escritor Gustavo Sáinz, quien sabía de mí porque desde la cárcel envié un libro de relatos a un concurso literario convocado por la UNAM; Gustavo era parte del jurado.

Ahora estoy jubilado. Recuerdo mucho a mis compañeros de la secundaria y la preparatoria: Eduardo Antonio Lee Soriano, Homero Ogasón Navarrete, Martín Bautista, Gustavo Bautista, Víctor Albores G., Benito Briceño Paredes, J. Isabel Acosta Solís, Salvador Acosta Solís, Rogelio de la O, Luis de la Rosa, Enrique Martínez, Alejandro López A., Manuel Nava, Enrique Morán, Hugo Olivier, Óscar Morales, Tomás Arizpe Uribe, Mariana G., Irene, Gloria A. Mijares, Ma­nuel Quiñones y Gabriel Carrera; entre otros (he hecho esfuerzos por recordar a más de ellos, sin lograrlo). A todos ellos, o los que quieran y puedan, les pediría sinceramente reunirnos algún día en alguna parte.

Actualmente también coordino tres talleres literarios en la SHCP, en la UNAM y en el INBA. He coordinado un taller en la Casa de Cultura de Torreón y en otros estados.

A un escritor ya no le recomendaría nada, pero sí a alguien que empieza o quiere comenzar: escribir acerca de lo que conoce. Escribir todos los días. Que lo que escriban le guste antes que a nadie más. No olvidar que el escritor se hace escribiendo. Que el problema fundamental que tiene que resolver es decir lo que todos ya dijeron (no existe tema que no se haya abordado ya), pero de diferente manera, lograr una voz propia.

Escritor mexicano nacido en el ejido San Isidro del municipio de Matamoros, Coahuila, en 1946. Fue cofundador del grupo guerrillero Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) en los años sesenta. Castañeda cayó en prisión a causa de las acciones de dicho grupo armado, y en la cárcel fue donde descubrió su vocación de escritor. Obtuvo el Premio de Novela Grijalbo en 1980 por su primera obra, ¿Por qué no dijiste todo? (SEP/Lecturas mexicanas, 1986). Entre otros, también ha publicado Los diques del tiempo (UNAM, 1991), La patria celestial (Cal y Arena, 1992), El de ayer es Él (El Espejo Concéntrico, 1996) y Papel revolución (DMC, Torreón, 2001).

sábado, junio 10, 2023

Juicios del 85

 







Argentina, 1985 (Santiago Mitre, 2022) es una película que me debía. Está disponible en la plataforma de Prime y más allá de los asegunes que nunca faltan en estas obras basadas en hechos reales y relativamente cercanos en el espacio y en el tiempo, es un film muy útil para acceder al conocimiento más simplificado posible de tres hechos: uno, la máquina de aniquilación política puesta en funcionamiento de 1976 a 1983 en la Argentina; dos, el llamado Juicio a las Juntas, es decir, a los militares que ejercieron el terrorismo de Estado; y tres, las consecuencias históricas que tal enjuiciamiento tuvo para la vida de América Latina en general y de la Argentina en particular. Cierto que la película se ubica temporalmente en el punto dos, el juicio de 1985, pero a partir de allí es inevitable expandir la mirada hacia el pasado y el futuro inmediatos de aquel año bisagra.

Como se sabe, en los sesenta y setenta América Latina fue escenario de numerosas luchas revolucionarias que, con diversos matices, pugnaban por la construcción del socialismo, dicho esto con un trazo demasiado grueso; eran los años más tensos de la Guerra Fría, y no es difícil imaginar que el territorio latinoamericano era una zona sometida a la enorme influencia política y económica de los Estados Unidos, cuyos presidentes auspiciaban sin reparo golpes militares y gobiernos títeres para controlar y saquear a las que entonces fueron bautizadas como “repúblicas bananeras”. El crecimiento de la pobreza, el enriquecimiento de las oligarquías y la cerrazón política de tales totalitarismos hizo insoportable la realidad y muchos jóvenes, inspirados sobre todo por la revolución cubana, fueran forzados a seguir el camino de las armas para acceder al poder y lograr cambios. Las elecciones, cuando las había, solían ser meras pantomimas y por ello es que nacieron los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros en Argentina, el FPMR en Chile, la Liga 23 de Septiembre en México, el Frente Sandinista en Nicaragua, Alfaro vive, ¡carajo! en Ecuador, el M-19 en Colombia y varios más. Mucha sangre corría del río Bravo hasta Ushuaia.

Dada su peculiaridad histórica, marcada por la influencia voraz de sus oligarcas y su recurrente golpismo militar, Argentina padeció de todo en los setenta. Se dio la vuelta de Perón, su triunfo electoral, su muerte y, dada la debilidad y la impericia de Isabel Martínez, su viuda y presidente, en 1976 fue echada por un golpe militar que a la postre se convirtió en dechado de brutalidad sin más límite que el dictado por la sádica imaginación de los represores. Dos casos tristemente famosos ilustran sus excesos: la apropiación de bebés y los vuelos de la muerte en los que arrojaban al mar, vivos, a los “subversivos”.

Recuperada la democracia, con Raúl Alfonsín como presidente, comenzó a tomar forma un proyecto inédito en el mundo: enjuiciar a exgobernantes por crímenes de lesa humanidad. No sin turbulencias en la sociedad argentina, el Juicio a las Juntas (militares) comenzó un lento y denso desahogo de testimonios sobre la brutalidad verde olivo. El fiscal que encabezó el acopio de pruebas contra los militares fue Julio César Strassera, personificado por Ricardo Darín, quien acompañado por el adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani) y un equipo de jóvenes leguleyos, supieron configurar un corpus monumental de documentos para demostrar las atrocidades perpetradas por los Videla, Massera, Agosti y demás asesinos con insignias en el pecho que durante siete años se convirtieron en un ejemplo más de "la banalidad del mal", como llamó Hanna Arendt al horror nazi convertido en burocracia.

La película se atiene a una secuencia cronológica y abarca desde el momento en el que se sopea apenas la posibilidad de que los juicios se realicen hasta el momento en el que Strassera lee la acusación final. La ficción apela a algunos fragmentos de video real, disponible este último, gracias a YouTube, en numerosos enlaces. Más allá de lo apretado de su trama, y más allá de que alguno (yo mismo) pueda poner reparos a tal o cual adaptación de la realidad al formato fílmico, Argentina, 1985 es un excelente documento para los no iniciados en materia de bestialidad política en América Latina y su difícil procesamiento judicial y su esporádica y siempre deseable consecuencia: la cárcel perpetua para los genocidas.

sábado, abril 23, 2022

Cuidado con el Oso

 














Once capítulos le han bastado a Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) para reconstruir con milimétrico detalle algunos años de la vida política argentina, la que va, más o menos, de 1973 a 1976. Lo hace en el libro Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina (Sudamericana, Buenos Aires, 2016, 285 pp.). Se trata entonces de una investigación con tema harto escabroso, tanto como la vida social, económica y sobre todo política que sirvió como antesala de un periodo que se convertiría en el más violento hachazo de la historia argentina: la dictadura que operó del 76 al 83.

Los doblados se ubica entonces en el umbral del Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que sirvió como fachada retórica del terrorismo de estado que concelebraron varios países sudamericanos acurrucados bajo el ala del Plan Cóndor. En efecto, pocos años, pocos meses antes de que los militares argentinos se hicieran del poder tras el albazo del 24 de marzo del 76, sus dispositivos de espionaje trabajaron a todo tren en el propósito de eliminar “subversivos” de cualquier filiación, principalmente de agrupaciones que por distintos motivos habían radicalizado sus acciones.

Si bien el triunfo de Cámpora y poco después el regreso de Perón habían propiciado un momento de esperanza, de una muy tenue calma civil y de cierta marginación de lo castrense, con la muerte del caudillo en 1974 todo comenzó a empeorar. La presidenta María Estela Martínez viuda de Perón pronto se vio rebasada por la realidad, lo que alfombró el retorno de las fuerzas armadas al gobierno. Además, el brazo derecho de Isabelita, José López Rega, sujeto apodado el Brujo, turbio como pocos, se había adelantado a los milicos y diseñó su propio esquema represivo, la Triple A, aparato de acoso y aniquilamiento de todo aquel que fuera sospechoso de progresismo, sea de izquierda con perfil cubano o de peronismo del costado montonero.

Mientras la economía hacía agua, los militares preparaban el zarpazo; dejaban adrede que la crisis se agudizara para que, tras el golpe, la población los percibiera como salvadores. María Estela Martínez fue puesta en la congeladora gracias a un oportuno problema de salud, e Ítalo Argentino Luder, su suplente, llegó a la Casa Rosada como presidente de cartón pintado. Todo avanzaba, pues, según los cálculos de los mandos militares que ya para entonces también hacían sus primeros tanteos de brutalidad antiguerrillera en la provincia de Tucumán, esto con un operativo llamado, también con lujo de falsa heroicidad, “Independencia”.

Mientras avanzaba la descomposición política y la confección del golpe, los militares afinaron el mecanismo del espionaje contrainsurgente. Para entonces, varios grupos políticos de izquierda actuaban en la clandestinidad, pero resultaba evidente que los más nutridos de militancia eran el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros, el primero de orientación marxista, peronista el segundo. Para neutralizarlos, el poder militar urdió un plan según el cual lo más importante era el dominio de la información sobre los movimientos de los guerrilleros y sus colaboradores. Esta información, clave para desmadejar a la guerrilla, se conseguía con infiltración y con tortura cada vez que se daba con el paradero de algún “zurdo”. Debido a esto, los militares no repararon en gastos para ensamblar, en su camino al poder que llegaría tras el golpe, un aparato de inteligencia que fue puesto en manos del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.

El contexto sociopolítico planteado en los primeros capítulos es, en suma, amplio y detallado hasta que llega la legalización de la contrainsurgencia, es decir, cuando el terrorismo se institucionaliza. Allí, los apellidos más destacados fueron, claro, los de Videla y Massera, quienes a partir del 24 de marzo del 76 harán equipo con el brigadier general Agosti para constituir la Junta Militar que, junto a otros sucesivos triunviratos, impondría el espanto hasta la debacle de las Malvinas. Ragendorfer revisó paso a paso el procedimiento mediante el cual la estructura militar sentó las bases del dominio subterráneo de la inteligencia. Luego del amplio preámbulo en el que contextualiza las confrontaciones políticas de aquella hora, el autor centra su mirada en el espionaje al ERP, cuyo líder, Mario Roberto Santucho, para entonces (mediados de los setenta) se encontraba oculto en algún refugio porteño. Precisamente, una de las más grandes aspiraciones del Batallón 601 fue dar con Santucho, pero esto no se logró sino hasta julio del 76, cuando un grupo de tareas lo cazó y lo ultimó en Villa Martelli.

Seis meses antes de que cayera Santucho el ERP preparó un ataque al Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, proyecto que ejecutó el 23 de diciembre de 1975. Los entresijos de este emprendimiento guerrillero son analizados con minucia por Ragendorfer, quien focaliza su atención en dos sujetos: uno fue Rafael de Jesús Ranier, alias el Oso, y Carlos Españadero el otro, un mayor de inteligencia del ejército argentino. El primero había militado en organizaciones peronistas, pero tras el desencuentro entre Perón y la Juventud Peronista, y luego tras la muerte del general, decidió migrar a otra organización. Fue en este punto cuando por una serie de carambolas derivó en el apoyo logístico al ERP, aunque más bien con la intención de espiarlo. No operó en el círculo más alto de la organización, pero ya de alguna manera deambulaba cerca de personajes importantes. Así, un sujeto gris, desaliñado y con muy débil formación política se convirtió en “filtro” (infiltrado) del ejército en el ERP. Dueño de un “rastrojero” (camioneta de campo), el Oso era requerido por los guerrilleros para trasladar personal de una casa a otra o para movilizar armas y otros insumos. Aunque ocupaba la base de la pirámide militante, su labor de chofer le permitió ubicar espacios de seguridad y nombres propios que luego trasegaba a Españadero, quien a su vez, junto con otros militares cercanos, planeaba las acciones represivas de las “patotas” (grupos de tareas encargados de operar el secuestro y después la tortura/desaparición de los capturados).

Este engranaje funcionó a la perfección, tanto que el Oso delató, y por ello condenó a la muerte, a decenas de guerrilleros del ERP, y muchos estropicios más. Su personalidad anodina (de “lumpen”, dijo Ragendorfer en una entrevista, lo cual hace sentido con el peligro que la teoría marxista atribuyó al “andrajo”, que esto significa “lumpen” en alemán), su presencia casi fantasmal, su ingenuidad ideológica no despertaron las sospechas de sus “correligionarios”, quienes le asignaban tareas sin imaginar que aquel tipo bigotón y estrábico apenas concluía una encomienda del ERP cuando ya estaba aflojando la lengua y vomitando datos frente a Españadero.

El mayor golpe del bizco Ranier —y aquí Los doblados adquiere tintes peliculescos— se relaciona con las delaciones que permitieron al ejército esperar silbando el ataque del arsenal ubicado en la localidad de Monte Chingolo. Las filtraciones del Oso fueron la base de aquel madruguete, de suerte que, cuando los guerrilleros irrumpieron, los efectivos del ejército ya estaban preparados para repelerlos. Murieron más de sesenta guerrilleros y otros tantos quedaron heridos. Fue un duro revés, en realidad un fracaso para el ERP y su cúpula, principalmente para Santucho, todo por los oficios de un chofer de rastrojero con inmejorable pinta de vago.

El libro concluye con lo que vino inmediatamente después de la acción fallida. Los guerrilleros, que sospecharon todo el tiempo de “filtros”, ahora sí se convencieron de esta debilidad, y decidieron orquestar un plan para detectar al o los implicados en el espionaje. Dieron por fin con el Oso, quien primero fue interrogado y, tras su llorosa confesión, enjuiciado por un tribunal revolucionario del ERP. Al final de este proceso lo esperó una piadosa inyección letal.

Mutatis mutandis, la historia de Los doblados tiene afinidades no sólo con otros países del Cono Sur, sino, a trazo grueso, con México, pues aquí también, durante aquellos años terribles (qué años no lo son) se infiltró, se secuestró, se torturó, se mató y se desapareció en cantidades industriales desde el poder. Dicho de otra manera, acá también hubo Osos y Españaderos.