Mostrando las entradas con la etiqueta luis miguel aguilar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta luis miguel aguilar. Mostrar todas las entradas

miércoles, junio 18, 2014

Nostalgia sobre el césped




















Hay obras literarias que no valen tanto por su ejecución cuanto por su idea. Me refiero a esos textos que apoyan su valor, principalmente, en el hecho de que se tornan únicos, irrepetibles. Pienso por ejemplo en Las vocales malditas, de Óscar de la Borbolla, serie de cuentos cuya metodología nadie puede reintentar sin verse señalado como poco (o nada) original. Un caso semejante es el planteado por “El futbol de antaño (un poema hermético)”, de Luis Miguel Aguilar (Chetumal, Quintana Roo, 1955). Publicado originalmente en la revista Nexos (mayo, 1994) y luego recogido en Nadie puede escribir un libro (Cal y arena, 1997) este extraño espécimen literario es uno de los juegos más maliciosos que uno pueda encontrar en la poesía mexicana, y se refiere a futbol, deporte que uno puede encontrar en cualquier sitio.
Es ya abundante la narrativa sobre futbol, sobre todo la formateada en molde cuentístico. Hay también muchos ensayos de diferentes disciplinas, libros enteros con vistazos críticos planteados desde el periodismo o la academia. Lo que no nos frecuenta es la poesía sobre futbol. Claro que existe, como el hermoso poema “Futbol”, de José Pedroni, que termina: A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña, / la multitud, el fútbol… Todo es grato en la tierra”. O este otro, hermoso, de Antonio Deltoro: “Contra el hacer, contra la dictadura de la mano, yo canto / al pie emancipado por el balón y el césped, / al pie que se despierta de su servil letargo, / a la pierna artesana que vestida de gala va a la fiesta…”. Pero son pocos, o al menos no tantos como ocurre con los cuentos y las aproximaciones críticas.
“El futbol de antaño” es un poema breve. Alcanza apenas 41 versos endecasílabos en verso blanco (es decir, no rimados). Se trata de una larga enumeración de nombres propios encerrados en una especie de paréntesis abierto con esta invocación:

¿Dónde fueron los nombres, me pregunto,
Que hoy trivia son, y pasto de elegía?”.

Y concluidos con este remate:

Hoy vuelven bajo un sol(64) de epifanía(65)
Que es tiempo, y polvo(66), y juego de conjunto.

Dentro de esos cuatro versos ocurre la acumulación onomástica que comienza de esta forma:

Masopust, Kavasnak, Bosniak y Masek,
Smolarek, Sbóvoda(2), Uda Dukla(3),
Edú, Pepe, Coutinho, Lima (4), Manga(5)
Voronin(6), Bene(7), Spartak(8), Florian Albert(9),
Altafini(10), Botafogo(11), Chesternev(12),
Manquito Villalón(13), Pepín González(14),
Amaury Epaminondas(15), Florentino(16),
Ataúlfo Pablo Sánchez Matulic(17),
Cisneros y MacDonald(18), Mustafá(19)…

El lector, intrigado, se preguntará qué son los números adjuntos a los nombres. Son, dicho esto en el argot de la metodología académica, “llamadas”, o sea, los famosos numeritos volados que remiten a nota al pie de página o de final de capítulo. He aquí la jocosa malicia del poema; Luis Miguel Aguilar acumula los nombres, apodos y apellidos que conserva su nostalgia y “el poema” se va haciendo solo, enigmático por lo arbitrario y sorpresivo de cada jugador mencionado.
Pero Luis Miguel Aguilar sabe que un poema armado con tal recurso dejaría al lector casi en cero, así que tomó el camino posmoderno de anotarlo académicamente. Así, al nombre “Bene” le corresponde esta nota: “(7) Bene. Veloz extremo húngaro. Calvo el cabrón. Perforó a Manga en el Mundial de Inglaterra 1966”. O a Florentino: “(16) Florentino. Portero español del Toluca. Usaba unas rodilleras que parecían el escudo de Aquiles”.
El poema es pues breve, pero las notas nos alargan el placer de la nostalgia futbolera. Alguien afirmó que vemos partidos sólo para recordarlos. “El futbol de antaño”, poema inimitable de Luis Miguel Aguilar, confirma el aserto.

miércoles, abril 16, 2014

La erudición tutti frutti




















Es difícil saber qué sabe uno. Lo más probable es que nada, más si nos comparamos con Alfonso Reyes o con Wikipedia, soportes que dan la impresión de guardar en su seno todo el conocimiento habido y por haber. Pero algo, aunque sea poco, resguardamos dentro del cráneo, principalmente el conocimiento de lo que más nos apasiona. En el caso del escritor, hasta donde sé, ese conocimiento es diverso, multiforme, amplio y caótico, con frecuencia oscilante entre lo culto y lo no tan culto.
Uno de los mejores libros que tengo de la editorial Cal y Arena en realidad son dos libros en uno: lo cocinaron a cuatro manos Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar. El primero, Cargos de conciencia, va de un extremo al centro del libro; desde el otro flanco hace lo mismo Nadie puede escribir un libro. Es, pues, un tabique siamés publicado en 1997. En la página 158 del área que corresponde a Pérez Gay podemos leer esto: “… Aguilar disertó sin descanso acerca de: 1) T.S. Eliot, 2) la enorme obra poética de Jorge Luis Borges, 3) la poesía latina (citó de memoria algunos epigramas formidables que, estoy seguro, inventó sobre su loca marcha discursiva), 4) la trayectoria de Hugo Sánchez en el futbol internacional (tema en el cual lo derroté duramente), y al final 5) la vieja colonia Condesa que nos vio crecer”.
Esta lista de cinco incisos da una idea más o menos cercana a lo que quiero escudriñar. El escritor —en este caso Luis Miguel Aguilar descrito por su amigo y copiloto de libro Pérez Gay— es un pozo de saberes más o menos amplio y a veces desordenado, tanto que del exquisito poeta de Misuri es posible pasar al Niño de Oro con cierto descaro, como si fueran dos temas afines.
Recuerdo que mi amigo Gerardo García Muñoz, lector memorioso y ensayista con visión aguda, era capaz de sacar en cualquier charla nombres y andanzas de escritores, músicos, filósofos, pintores y al mismo tiempo de boxeadores, beisbolistas y fauna diversa de la farándula. Hasta donde recuerdo, él es el único que me ha mencionado el nombre real del luchador pelón que salía de malo en las películas de Santo (Nathanael León Moreno) o de Wally Barrón, actor que siempre hizo papeles de sujeto abyecto. No por otra razón, luego de reír, hablábamos sobre la imposibilidad de borrar esa información del disco duro.
Por su lado, y sigo con los amigos que tengo más a la mano, Saúl Rosales tiene una cultura amplia sobre materias como literatura, música y teatro, y puede discurrir sobre Mayakovsky o Sartre o Haydn con la misma solvencia con la que lo hace sobre Julio Jaramillo o Elizabeth Taylor.
Y no se diga el caso de Gilberto Prado, quien en las sobremesas suele fluctuar sin aduanas entre los poetas del Siglo de Oro español, los filósofos del medievo y Los Ángeles Negros y Lalo Mora.
Es posible que en esa capacidad para deambular por territorios tan dispares se base la superstición periodística de entrevistarlos en toda ocasión. Hay, sin embargo, límites, y todo escritor conoce los suyos. Salvo Papini, el mencionado Reyes y algún otro que de momento olvido, los demás tienen o suelen tener una digna erudición tutti frutti, pero con frecuencia nada cercana, por ejemplo, a la economía, la medicina, la ciencia y la cosmetología. Así que cuando vean que un escritor pontifique sobre los avances de la oftalmología o el peligro de la gripe aviar es probable que sólo se esté luciendo.