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miércoles, enero 02, 2019

Regalo de Papini
























Allá por el arranque de los noventa hice una lectura cómplice de varios libros con Gerardo García Muñoz. El sistema era simple: nos veíamos dos o tres veces a la semana en el café Los Globos ubicado en la calle Cepeda, de Torreón, y a cada encuentro comentábamos el capítulo de un libro previamente determinado. Recuerdo que nuestra mayor hazaña fue despachar el Quijote, todo comentado hasta donde les era posible a nuestras herramientas críticas de aquel endenantes.

Pero no fue el único. Creo que Gerardo y yo resultamos los únicos locos laguneros que alguna vez leyeron, también con el sistema de la lectura cómplice, La historia de las ideas estéticas en España, del erudito chupacirios Marcelino Menéndez y Pelayo. En otra tesitura, mi amigo y yo tomamos cierto día un libro de Porrúa que en realidad era dos libros en uno: Gog y El libro negro, ambos de Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956). Fue, creo, una revelación, uno de los ejercicios de lectura más gozosos que yo recuerde. No sólo por haber compartido comentarios con el agudo Gerardo, sino porque la prosa de Papini se me apareció como una fiesta espesa de humor y de lo que entonces denominamos “malditez”. En efecto, el escritor florentino logró entusiasmarme con la belleza expresiva de las estampas que gracias a Gog, su extravagante personaje, dibujan un perfil alucinante del mundo contemporáneo, un mundo como casi todos los mundos: asombroso por sus avances pero esencialmente necio, vanidoso y ridículo.

Aquella primera convivencia con Papini me marcó. Con los años, poco a poco, conseguí otros libros de su descomunal producción, como Hombre acabado (1912), prematura y brutal autobiografía. A esas alturas ya sabía, empero, que la obra del gigante italiano podía ser hallada de dos maneras: a trancos azarosos, es decir, con títulos pescados aquí y allá, sobre todo en librerías de viejo, o de golpe, si ocurría el milagro de dar con alguna de las escasísimas colecciones de cuatro tomos publicadas con el sello de Aguilar en 1957.

Y ocurrió el milagro. A principios de diciembre pasado recibí una llamada: un amigo me filtró la oferta de que cierta persona, me dijo, tenía varios tomos de Aguilar, y los vendía. Entre ellos estaban los cuatro volúmenes de Papini, y como el precio era harto asequible, los adquirí y con ello logré hacerme el mejor regalo bibliográfico de 2018. Cada tomo tiene más de mil páginas, así que se trata de un regalo para todo lo que me queda de vida. Venga pues, que el 2019 esté lleno de libros como estos o mejores, si es que eso es posible.

miércoles, abril 16, 2014

La erudición tutti frutti




















Es difícil saber qué sabe uno. Lo más probable es que nada, más si nos comparamos con Alfonso Reyes o con Wikipedia, soportes que dan la impresión de guardar en su seno todo el conocimiento habido y por haber. Pero algo, aunque sea poco, resguardamos dentro del cráneo, principalmente el conocimiento de lo que más nos apasiona. En el caso del escritor, hasta donde sé, ese conocimiento es diverso, multiforme, amplio y caótico, con frecuencia oscilante entre lo culto y lo no tan culto.
Uno de los mejores libros que tengo de la editorial Cal y Arena en realidad son dos libros en uno: lo cocinaron a cuatro manos Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar. El primero, Cargos de conciencia, va de un extremo al centro del libro; desde el otro flanco hace lo mismo Nadie puede escribir un libro. Es, pues, un tabique siamés publicado en 1997. En la página 158 del área que corresponde a Pérez Gay podemos leer esto: “… Aguilar disertó sin descanso acerca de: 1) T.S. Eliot, 2) la enorme obra poética de Jorge Luis Borges, 3) la poesía latina (citó de memoria algunos epigramas formidables que, estoy seguro, inventó sobre su loca marcha discursiva), 4) la trayectoria de Hugo Sánchez en el futbol internacional (tema en el cual lo derroté duramente), y al final 5) la vieja colonia Condesa que nos vio crecer”.
Esta lista de cinco incisos da una idea más o menos cercana a lo que quiero escudriñar. El escritor —en este caso Luis Miguel Aguilar descrito por su amigo y copiloto de libro Pérez Gay— es un pozo de saberes más o menos amplio y a veces desordenado, tanto que del exquisito poeta de Misuri es posible pasar al Niño de Oro con cierto descaro, como si fueran dos temas afines.
Recuerdo que mi amigo Gerardo García Muñoz, lector memorioso y ensayista con visión aguda, era capaz de sacar en cualquier charla nombres y andanzas de escritores, músicos, filósofos, pintores y al mismo tiempo de boxeadores, beisbolistas y fauna diversa de la farándula. Hasta donde recuerdo, él es el único que me ha mencionado el nombre real del luchador pelón que salía de malo en las películas de Santo (Nathanael León Moreno) o de Wally Barrón, actor que siempre hizo papeles de sujeto abyecto. No por otra razón, luego de reír, hablábamos sobre la imposibilidad de borrar esa información del disco duro.
Por su lado, y sigo con los amigos que tengo más a la mano, Saúl Rosales tiene una cultura amplia sobre materias como literatura, música y teatro, y puede discurrir sobre Mayakovsky o Sartre o Haydn con la misma solvencia con la que lo hace sobre Julio Jaramillo o Elizabeth Taylor.
Y no se diga el caso de Gilberto Prado, quien en las sobremesas suele fluctuar sin aduanas entre los poetas del Siglo de Oro español, los filósofos del medievo y Los Ángeles Negros y Lalo Mora.
Es posible que en esa capacidad para deambular por territorios tan dispares se base la superstición periodística de entrevistarlos en toda ocasión. Hay, sin embargo, límites, y todo escritor conoce los suyos. Salvo Papini, el mencionado Reyes y algún otro que de momento olvido, los demás tienen o suelen tener una digna erudición tutti frutti, pero con frecuencia nada cercana, por ejemplo, a la economía, la medicina, la ciencia y la cosmetología. Así que cuando vean que un escritor pontifique sobre los avances de la oftalmología o el peligro de la gripe aviar es probable que sólo se esté luciendo.