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sábado, mayo 10, 2025

Futbol, Argentina y literatura


 







Introducción a la conferencia "Futbol, Argentina y literatura: una pasión es una pasión", ofrecida dos veces: el 9 de mayo de 2025 en la Feria Internacional de Libro de Coahuila y el 19 de mayo del mismo año en la FIL Coahuila-Laguna. 

Futbol, Argentina y literatura: una pasión es una pasión

En más de una oportunidad he contado que la adquisición del hábito de la lectura y el gusto por jugar futbol coincidieron al final de mi niñez, cuando tenía once o doce años. En el libro Invítame a leer. Conversaciones con gente de libros, de Gerardo Segura, respondí así a la pregunta sobre el origen remoto del que hablo:

En mi casa no había libros ni antecedentes de lectura como fuente de placer. Lo que sí había era periódico, pues mi madre compraba a diario La Opinión, el periódico más viejo de La Laguna, fundado en 1917. Gracias a esto, cuando al fin llegué a la primaria y aprendí a leer, las páginas del diario se complementaron con los libros de texto, así que de 1970 a 76, más o menos, no tuve contacto con otros papeles que no fueran esos. Los libros de texto de aquellos años que me gustaban más eran los de español e historia, y desde siempre me sentí lejos de los otros.

Cuando llegué a la secundaria ocurrieron dos hechos importantes: por un lado, descubrí la práctica del futbol y, por el otro, mi madre compró unas enciclopedias, lo que en aquella época era como conectarse a internet. Apasionarme por el futbol como deporte, jugarlo bien y sin descanso, tuvo una extraña derivación “intelectual”, por llamarla de algún modo: me convertí en comprador, lector y coleccionista contumaz de revistas futboleras. Cada semana ahorraba la cantidad necesaria para comprar cinco publicaciones, es decir, todo lo que llegaba a La Laguna sobre ese tema: las revistas Pénalty, Balón y Sólo Futbol, y las historietas Borjita y Chivas Chivas Ra Ra Ra. Gracias sobre todo a las revistas, y a falta de Ilíadas y Odiseas, accedí a entrevistas, reportajes y columnas en los que fui haciéndome una idea del mundo y de la vida a partir del futbol. En aquel tiempo no sólo La Laguna, toda la provincia era más provinciana y se soñaba poco con lo que estaba fuera de nuestro entorno. Las entrevistas a los jugadores me remontaban a geografías distantes, a topónimos y nombres de equipos y jugadores que conllevaban una sonoridad peculiar: Botafogo, San Lorenzo de Almagro, Amaury Epaminondas, Juan Carlos Czentoriky, Belarmino de Almeida, Colo Colo, Rafael Albrecht, Jan Gomola, Carlos Jara Saguier… algo raro había en esas palabras, lo que me hacía pensar en lejanías, en la heroicidad de viajar, en la vaga sensación de que el mundo era mucho más grande de lo que yo imaginaba. Mi vida, entonces, era ir a la escuela, leer revistas de pe a pa y jugar futbol en la calle todos los días. Eso fue, sospecho, lo primero que leí con pasión y disciplina.

Dejé las revistas de futbol y las sustituí por los primeros libros de literatura. No tenía ninguna orientación, leí lo que de casualidad me fue cayendo, y así comencé a formar una biblioteca personal que arrancó con diez libros y ahora debe andar por los diez mil. En esta biblioteca destacan, como temas, la literatura, la historia, el arte, la política, el periodismo y, en alguna medida, el futbol. Esto significa que este deporte me acompañó durante muchos años como práctica (no jugué tan mal cuando jugué), como tema de lectura y como aficionado televisivo. Por supuesto, ya no ejerzo de jugador amateur, pero una pasión es una pasión, qué culpa tengo, y sigo leyendo literatura futbolística y veo resúmenes de los partidos que me interesan.

Con el tiempo, también, comencé a escribir sobre futbol. No sobre la coyuntura estadística de este deporte, sino textos que buscan alguna perdurabilidad. Mi primer cuento futbolístico apareció en El augurio de la lumbre, mi primer libro, de 1990. Luego, en 1999, escribí La ruta de los Guerreros, una larga crónica de los primeros 17 años del Santos Laguna. Después, en 2006 intenté los cuentos del que después sería Polvo somos, treinta relatos futboleros, y hacia 2018 salió Gambeta corta, lote de artículos y reseñas con este mismo tema, el del futbol.

En el camino me fui topando con más literatura futbolera, y pronto advertí que el país que en América Latina tenía mayor número de libros de esta índole era la Argentina. Así, en cada uno de mis viajes a Buenos Aires, he comprado libros de lo que me interesa más, pero siempre sumé títulos sobre futbol. No enciclopedias ni manuales, sino de literatura, especialmente de cuento o, de algún modo, acercamientos de carácter histórico y periodístico. Esta breve exposición muestra el resultado de tal pesca. Salvo dos o tres títulos que nunca hallé, pero de los cuales tengo noticia, todos los que llenan una repisa forman el apartado de mi sección literatura y futbol.

Obviamente, el futbol en estos libros es en gran medida un pretexto para abordar otros asuntos. Como en la Argentina el futbol no es un deporte, sino una forma de vivir, su literatura siempre trasuda las inquietudes comunes a la humanidad, a la condición humana: la honra, la locura, la frustración, el miedo, el reconocimiento, la cobardía, el orgullo, la violencia, la envidia, la ambición, el coraje, pasiones que atraviesan todos los espacios de la vida social. Más allá, pues, de ser un deporte, el futbol argentino es un reflejo de aquel país y de su población, quizá la mejor manera de acercarnos a la comprensión de su idiosincrasia. Esto es lo que he procurado encontrar y entender al leer su literatura futbolística.

miércoles, noviembre 06, 2019

Boceto de Hugo Hiriart














Presentar a un escritor de larga trayectoria, como en este caso a Hugo Hiriart, puede hacerse por dos caminos: el primero y más habitual, tomando la ruta de la semblanza en modo solapa de libro como ésta que ofrece la Revista de la Universidad y espero sea confiable aunque no la más actualizada: “Hugo Hiriart nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Narrador, dramaturgo, guionista y ensayista. Estudió filosofía en la FFyL de la UNAM. Ha sido director y productor del Teatro Santa Catarina y director del Instituto de México en Nueva York. Actualmente es docente en el área de literatura dramática de la Universidad de la Ciudad de México. Becario de la Fundación Guggenheim en 1984. Miembro del SNCA desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1972 por Galaor. Premio de la Asociación Mexicana de Críticos 1980. Premio Woodrow Wilson Internacional Center for Scholars 1988 Washington. Ganador del Ariel 1990 al mejor mediometraje por Xochimilco, historia de un paisaje. Primer lugar en el I Certamen Nacional de Juguetes 1993. Premio de dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 1999. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009, en el campo de Lingüística y Literatura. Premio Mazatlán de Literatura 2011 por su libro El arte de perdurar (Editorial Almadía). Entre sus libros destacan Disertación sobre las telarañas, 1980; Acerca de la naturaleza de los sueños, 1995; Los dientes eran el piano, 1999)”.
Por supuesto, una semblanza de esta índole —insisto que de la modalidad solapa de libro— algo nos dice sobre la persona pero suele dejar fuera lo esencial. Y he aquí el segundo camino mediante el cual podemos presentar a un escritor: Hugo Hiriart no es solamente, pues, la suma de su currículum, la enumeración cronológica de sus libros y premios, sino, a mi parecer y si me pidieran que lo definiera en tres patadas, un espíritu que mira, duda y sonríe. En efecto, si algo destaca en su amplia obra es la curiosidad de su mirada, el acento siempre puesto en la duda y un velo nada infrecuente de humor asordinado.
Escritor con los variados intereses del erudito, Hiriart tiene permanentemente presente que el estilo debe ser sobrio y atractivo a un tiempo. Su obra refleja pues un equilibrio sutil entre el qué y el cómo: decir algo inteligente, agudo, revelador, con un tratamiento bello de la forma. Es posible advertir esto en toda su obra, por ejemplo en su trabajo ensayístico, zona de la escritura en la que Hiriart se mueve con harta soltura, como chef en la cocina, para no incurrir en el lugar común del pez en el agua. Es, aunque suene raro expresarlo así en este momento, discípulo directo de Montaigne como cultor del ensayo libre, personal, creativo, ese ensayo que desde el humanista francés tiene como centro la subjetividad del propio autor.
Doy el ejemplo de El arte de perdurar, libro que tenemos muy a la mano pues no hace tanto, en 2010, lo publicó Almadía. Con una prosa que no dudo en calificar de exquisita, Hiriart reflexiona en el tono del ensayo clásico, es decir, amable, relajado, culto, sobre la idea de la perduración que en general sueñan los artistas sin que esto signifique convertirla en tema visible en sus conversaciones o escritos. En aquellas páginas, el escritor mexicano expone el tema de su libro: “… pese a estar tan presente en los sueños íntimos del escritor, el tema de la perduración ha merecido poca atención directa de la crítica. Indirecta sí: las historias de la literatura son, en parte, sobre eso. Se juzga de mal gusto hablar sobre la trascendencia, el tema es irritante, tal vez, hasta de mal agüero, y se le escamotea. (…) Nosotros no. El tema de este ensayo es el de la perduración literaria”. Para acercarse al objeto auscultado, Hiriart apela a dos ejemplos mayúsculos: Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, y parte de una pregunta: “¿Por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes?” A partir de allí comienza la indagación, trabajo de suyo difícil si consideramos que la materia observada es tenue, intangible, un fantasma que debe ser puesto bajo la lupa”.
Un solo texto de ejemplo no hace verano, pero a merced tenemos muchos otros libros igualmente valiosos como Vivir y beber, Sobre la naturaleza de los sueños y su hermano Disertación sobre las telarañas, los dos últimos de editorial Era; en ellos, este Montaigne mexicano asedia varios temas con punzante claridad y belleza. En Disertación sobre las telarañas hay un ensayo titulado “El arte de la dedicatoria”, acaso uno de sus textos más conocidos. En él, nuestro homenajeado reflexiona zumbonamente sobre la dedicatoria como género literario, y amoneda (este verbo tiene la marca registrada de Borges) una dedicatoria posible: “No deberemos olvidar las dedicatorias excluyentes: ‘dedico estos poemas a toda la humanidad, menos a Enrique Krauze’”. Siguiendo el maldoso guiño, el historiador dedicó su libro Retratos personales de esta forma: “Dedico este libro a toda la humanidad, menos a Hugo Hiriart”, que fue como dedicarlo sólo a él.
No los distraigo más. Nomás quiero añadir que homenajeamos en esta Primera Feria Región Laguna no a toda la humananidad, sino sólo al narrador, dramaturgo, guionista, articulista y ensayista Hugo Hiriart. Me da muchísimo gusto saludarlo y agradecer personalmente sus libros. Bienvenido de nuevo a La Laguna, maestro. Gracias por acompañarnos.